Las consecuencias de las políticas del gobierno de los hermanos Milei golpean la puerta de las familias argentinas.
Fábricas que frenan su producción, textiles que cierran, forestoindustria que se achica, son un llamado de atención
para quienes avalaron a este proyecto político y que todavía no se animan a mirar sin anteojeras. En Misiones, el
gobierno de Hugo Passalacqua recibió un nuevo espaldarazo de los intendentes que asumen una realidad: ante la
falta de respuestas de la Nación, solo la unión los ayudará a resistir.
A veces no se trata de no ver, sino de mirar para otro lado. De postergar una conclusión incómoda. De convencerse
de que el golpe no va a llegar a casa. La literatura lo contó muchas veces: la ceguera no siempre es oscuridad,
muchas veces es negación. Y cuando los ojos finalmente se abren, el paisaje ya cambió. Demasiado tarde para
lágrimas.
La economía argentina atraviesa uno de esos momentos en los que la realidad deja de ser un debate ideológico y sevuelve cotidiana. Está en la industria que frena, en los frigoríficos que trabajan a media máquina, en fábricas
textiles que cierran, en los comercios que cada día venden menos y en la forestoindustria que vuelve a achicarse.
No son números: son turnos que se pierden, sueldos que no alcanzan, pueblos que sienten el impacto antes que las
grandes ciudades.
Durante mucho tiempo se dijo que los problemas estaban concentrados en el AMBA. Que el interior resistía mejor.
Hoy esa idea empieza a caer. Corrientes, por ejemplo, fue durante años una referencia regional, incluso un destino
al que muchos misioneros miraban con expectativa y al que, incluso, llevaban sus bienes para tributar menos. Sin
embargo, en las últimas semanas el propio gobernador, Juan Pablo Valdés, (el que reemplazó a su hermano
Gustavo en el cargo) admitió dificultades financieras y problemas para pagar salarios. No es un dato menor:
muestra que la crisis no distingue fronteras provinciales ni colores políticos ni mucho menos pactos de sangre.
No es una discusión entre derecha o izquierda. Es otra cosa. Antes se decía, sobre todo tras la vuelta del peronismo
al poder en 2019, de la mano de los Fernández (Alberto y Cristina) “ah, pero Macri”. Ahora aparece el “ah, pero los
K”. Lo cierto es que este gobierno ya lleva dos años y la realidad empieza a hablar con voz propia. Se entiende el
hartazgo con la dirigencia anterior. Era profundo y genuino. Pero eso no convierte automáticamente a la alternativa
elegida por la mayoría en una respuesta correcta.
En los barrios, en los comercios, en las charlas informales, empiezan a repetirse escenas similares: billeteras
virtuales cargadas de crédito para llegar a fin de mes, tarjetas de crédito al borde del abismo por el pago en cuotas
de los alimentos y heladeras cada vez más vacías. Cuando la comida falta, el discurso pierde fuerza. No hay relato
que tape la necesidad.
Incluso entre quienes votaron a Javier Milei aparece, de a poco, una reflexión distinta. No reniegan de todo.
Muchos siguen creyendo que el ajuste inicial era inevitable. Pero también admiten que algo se desvió. Que la
motosierra era una herramienta, no un proyecto permanente. Que el presidente empezó a enamorarse del
personaje y se olvidó de la gente común que lo llevó hasta el sillón de Rivadavia.
La realidad es responsabilidad del oficialismo y también del resto de la clase política. El libertarismo, hoy, se
sostiene más por la falta de una oposición clara que por los resultados de su gestión. No hay liderazgo alternativo,
no hay rostros nuevos, no hay una propuesta que ordene el descontento. Y eso es peligroso. Porque cuando la
sociedad reaccione —no los sindicatos, que siguen ausentes— el malestar va a arrastrar a todos. También a
quienes miraron para otro lado demasiado tiempo.
No se trata de insultar, ni de ofender, ni de señalar con el dedo. Se trata de advertir. De aceptar que algo no está
funcionando. De animarse a abrir los ojos antes de que la realidad termine de imponerse por la fuerza. Porque,
como en los viejos relatos, el problema no es equivocarse: el problema es insistir cuando ya quedó claro que el
camino no era el escogido.
Espaldarazo
En un escenario nacional áspero, donde la incertidumbre económica golpea de manera desigual pero persistente, la
política misionera volvió a mostrar una postal conocida: los intendentes cerraron filas y ratificaron su respaldo a la
gestión provincial. No hubo estridencias ni grandes discursos, pero sí señales claras. Hugo Passalacqua volvió a
recibir un espaldarazo concreto desde el territorio, ese lugar donde la política deja de ser consigna y se transforma
en gestión cotidiana.
La renovación de autoridades de la Comisión de Desarrollo Estratégico e Integral de Municipios (Codeim), realizada
en Caá Yarí, funcionó como marco de ese mensaje. Allí, más de 50 jefes comunales acompañaron una transición
ordenada, consensuada y sin fisuras, en un momento donde la palabra orden no abunda en la política argentina.
Carlos “Kako” Sartori cerró una etapa de ocho años al frente de la Codeim. Fue el cierre natural de un ciclo que
consolidó al organismo como una herramienta real de articulación entre municipios, lejos formalismos y cerca de
las necesidades concretas de cada localidad. En ese tiempo, la Codeim dejó de ser una sigla para convertirse en una mesa de trabajo efectiva, especialmente valorada por intendentes que deben resolver problemas con recursos
cada vez más escasos.
El dato político no pasó desapercibido: Sartori asumió un nuevo rol, lo que habla de continuidad más que de
ruptura. Su salida de la presidencia del organismo no significó un corrimiento, sino un reordenamiento dentro de
una misma lógica de gestión, siempre con el acompañamiento del gobernador Passalacqua y del conductor de la
Renovación, Carlos Rovira.
La llegada de Carlos Koth, intendente de Puerto Rico, a la presidencia de la Codeim profundizó esa idea. No hubo
disputas internas ni solapadas. Koth asumió con respaldo unánime y con un mensaje claro: seguir por el mismo
camino, en un contexto nacional que exige más coordinación, más presencia del Estado y menos improvisación.
La nueva comisión —con representantes de distintos puntos de la provincia— ratificó esa mirada federal puertas
adentro. Vicepresidencia, Tesorería y Secretaría quedaron en manos de intendentes que conocen el pulso de sus
comunidades y que enfrentan, día a día, las consecuencias de una economía en recesión.
Más allá de los nombres, el mensaje fue político. Mientras en otras provincias los municipios quedan librados a su
suerte, en Misiones los intendentes ratificaron una forma de trabajo colectivo, con respaldo provincial y con una
conducción que no se desentiende del territorio. En tiempos de ajuste y repliegue del Estado nacional, esa cohesión
no es menor.
El respaldo a Passalacqua se expresó en hechos. En una transición prolija. En una institucionalidad que se sostiene.
En una dirigencia que, con matices y estilos, entiende que la gestión local es hoy la primera trinchera frente a una
crisis que no espera.
La foto de Caá Yarí dejó una certeza: los intendentes siguen apostando a un modelo de cercanía, articulación y
presencia, incluso cuando el contexto nacional empuja en sentido contrario. Y en política, a veces, esa coherencia
vale más que cualquier discurso.
Por Sergio Fernández

