Se termina el ruido, aparecen los límites y la política vuelve a su lugar: sin atajos, sin épica y con menos margen para el error. Mientras el modelo libertario empieza a mostrar fisuras, la dirigencia ensaya un reacomodamiento que anticipa el inicio de una nueva etapa.
En El Padrino, Michael Corleone creyó que podía controlar todo sin exponerse, convencido de que el poder se
administraba mejor desde el silencio que desde el conflicto. Pero cada decisión que evitó enfrentar terminó regresando con más fuerza. El vacío nunca quedó vacío: alguien lo ocupó. Esa lógica empieza a aparecer en la Argentina de Javier Milei y, por arrastre, en lo que viene para Misiones.
El relanzamiento de Mauricio Macri de esta semana, intentó ordenar al PRO, pero también dejó expuesta una
incomodidad más profunda. El partido nunca fue un espacio al que se le discutiera con dureza. No generó
rechazo visceral, al nivel del kirchnerismo porque, en muchos casos, ni siquiera generó conflicto. Le faltó picardía
política. Quedó como una estructura prolija, moderada, difícil de putear. Y eso hoy no alcanza.
Ahí aparece el primer dato de lo que viene: los armados políticos empiezan a correrse de las figuras ruidosas y
miran hacia caras nuevas. La lógica cambia. Ya no suma el dirigente que acumula poder desde la confrontación
permanente, sino el que logra atravesar el desgaste sin quedar marcado.
En el radicalismo misionero ese proceso ya se siente con más claridad de la que muchos quieren admitir. Pepe
Pianesi y Martín Arjol no quedaron en el centro de la crítica por un hecho puntual, sino por algo más difícil de revertir: lo que hoy representan. Encarnan una etapa que empieza a mostrar signos de desgaste, una forma de hacer política que ya no conecta con una sociedad que cambió más rápido que sus dirigentes.
No es un problema exclusivo de ellos ni siquiera del radicalismo. Es más profundo. Tiene que ver con una
percepción extendida: la dirigencia tradicional dejó de interpelar. Y cuando eso pasa, el cuestionamiento ya no
distingue matices internos ni trayectorias. Se vuelve general.
En ese contexto, lo que antes se leía como experiencia hoy empieza a leerse como repetición. Lo que antes sumaba
volumen político, ahora suma desgaste. Y eso empuja a los espacios a una tensión incómoda: sostener nombres
conocidos o animarse a construir otros nuevos.
Ese dilema no tiene una resolución inmediata, pero marca el rumbo. Porque si algo dejó este tiempo es una
advertencia clara: la sociedad ya no discute solo ideas, discute caras. Y en esa discusión, muchos llegan con el
crédito agotado.
El fin de la galera
Durante años, la política resolvió sus crisis sacando conejos de la galera. Un candidato inesperado, una alianza
de último momento, una jugada que rompía el tablero. Ese recurso empieza a agotarse. Hoy no alcanza con
sorprender: hay que sostener.
El ciclo de Milei deja una marca que atraviesa a todos. Los que se plantaron frente a su lógica van a tener recompensa política. No necesariamente ahora, pero sí cuando el escenario se estabilice. En cambio, los que acompañaron por conveniencia van a tener que reconstruir desde otro lugar: el de la credibilidad.
Mientras tanto, el frente económico empieza a mostrar fisuras que ya no se pueden maquillar con relato. Los
precios vuelven a moverse, de manera menos estridente pero constante y la sensación térmica es clara: la inflación
nunca se fue. Se escondió un tiempo, cambió de ritmo, pero volvió a aparecer en lo cotidiano. La plata alcanza
menos y eso no necesita estadísticas para comprobarse.
El problema es que esa realidad choca de frente con una promesa central del discurso libertario. Se aprobaron leyes, se avanzó con reformas, se sostuvo que el mercado iba a reaccionar. Pero las inversiones no llegaron en la escala que se anunció. El famoso derrame quedó más en expectativa que en evidencia.
Ahí aparece una tensión difícil de disimular. Porque el mismo esquema que cuestionaba el intervencionismo
terminó necesitando explicaciones externas para justificar resultados internos. El aumento de los combustibles, por
ejemplo, empieza a explicarse con argumentos que suenan conocidos: factores internacionales, variables que no se
controlan, contextos adversos.
No es un detalle menor. Ese fue, durante años, el núcleo del discurso kirchnerista cuando necesitaba explicar la
inflación: la invasión de Rusia a Ucrania, la pandemia, el contexto global. Hoy el argumento cambia de
protagonistas, pero conserva la lógica. Y eso erosiona uno de los activos principales que el oficialismo intenta mostrar como uno de sus fuertes: la coherencia.
En paralelo, el frente internacional agrega un componente más delicado. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e
Irán no es un dato menor en la historia reciente. Argentina ya sabe lo que significa quedar, aunque sea
tangencialmente, dentro de esa lógica de tensiones. Los atentados de los años 90 no son un recuerdo lejano: son
una advertencia.
Por eso llama la atención el tono que adopta Javier Milei cuando habla de ese escenario, justo en la semana que se
cumplieron 34 años del atentado a la Embajada de Israel. No lo hace como un jefe de Estado que mide
consecuencias, sino como un actor involucrado en primera persona. Esa sobreactuación no suma posicionamiento:
expone.
El problema no es solo discursivo. Tiene impacto político. Porque mientras la sociedad discute cómo llegar a fin de
mes, el Presidente se mete en una narrativa de conflicto global que no genera identificación.
Y otra vez aparece una contradicción. Cuando el contexto aprieta, el argumento vuelve a ser externo. La guerra, el
mundo, las tensiones internacionales. Exactamente el mismo mecanismo que se criticó durante años.
La diferencia es que ahora el margen es más chico. Porque la paciencia social no es infinita y el crédito político se
empieza a consumir más rápido de lo que muchos esperaban.
Recalculando
En Misiones, mientras tanto, la política empieza a reordenarse en silencio. Los aliados circunstanciales de
Milei recalculan y bajan un cambio. Aparecen gestos más pragmáticos, menos ideológicos. La visita de Sandra
Petovello, ministra de Capital Humano y sus recorridas junto al gobernador Hugo Passalacqua no fue solo una foto
de gestión: fue una señal. En tiempos de incertidumbre, el vínculo institucional vuelve a cotizar.
En esa misma línea, el vicegobernador Lucas Romero Spinelli reactivó el programa La Vice en tu Escuela. Un
movimiento que, más allá de lo formal, apunta a sostener presencia territorial en un momento donde la política
necesita volver a mostrarse cerca, tangible.
Y en ese tablero que empieza a acomodarse, algunos movimientos se vuelven más interesantes por lo que
insinúan que por lo que dicen. El ministro Coordinador de Gabinete, Carlos “Kako” Sartori, suma apariciones (esta
semana encabezó el acto por el aniversario de Alba Posse), gana centralidad y elige bien dónde estar. No hace
falta demasiado para entender que, en política, la constancia rara vez es casual. A veces, simplemente, es
preparación.
Incluso dentro del PRO local el fenómeno se repite. Son pocos los dirigentes que esquivan el desgaste. Uno de los
nombres que queda al margen es el del diputado nacional Emanuel Bianchetti, más por perfil (pocos misioneros
saben que ostenta una de las bancas de la provincia) que por volumen político.
El dato que empieza a consolidarse es otro: deja de ser negocio creer que una foto con La Libertad Avanza
garantiza futuro. Durante meses, esa imagen funcionó como un atajo, una especie de certificado de actualidad
política. Hoy empieza a pesar más como una incógnita que como una ventaja. Ir con un libertario se parece cada vez más a lo que antes significaba cerrar con el kirchnerismo duro de Cristina Fernández de Kirchner o figuras como
Cristina Brítez: una jugada que ordena hacia adentro, pero complica hacia afuera.
La política misionera entra, casi sin anunciarlo, en otra etapa. Se agota el ciclo de los atajos y vuelve algo menos
glorioso pero más efectivo: construir. Aparecer. Sostener. Escuchar. Nada demasiado novedoso, salvo para una
dirigencia que durante un tiempo creyó que podía saltearse esos pasos.
Porque no hay más conejos en la galera. O, mejor dicho, los pocos que quedan ya no sorprenden a nadie. El
electorado los vio salir demasiadas veces como para aplaudir el truco otra vez.
En El Padrino, Michael Corleone entendió tarde que el poder no se sostiene solo con cálculo: también necesita
presencia. Cuando quiso corregir, el tablero ya había cambiado. En la política pasa algo parecido. Se puede
administrar desde lejos un tiempo, incluso con éxito. Pero llega un punto en el que la realidad pide cuerpo.
Y ahí es donde la ironía se vuelve inevitable. Después de años de gritos y promesas de ruptura, lo que vuelve a
aparecer es lo más clásico: dirigentes caminando, sacándose fotos en escuelas, hablando de cercanía,
midiendo palabras. La nueva política termina pareciéndose bastante a la de siempre, solo que con menos margen para el error.
Porque, en el fondo, la historia no es nueva. Jorge Fontevecchia recuperó este fin de semana una idea
atribuida a Séneca sobre un sobrino que viajaba convencido de que al moverse dejaba atrás sus problemas.
Cambiaba de lugar, acumulaba distancia, pero nada cambiaba. Los problemas no se quedaban: viajaban con él.
Algo de eso aparece en la lógica de Javier Milei, que suma millas como si el movimiento fuera una forma de esquivar lo inevitable. Pero la política —y la economía— no funcionan con husos horarios. Lo que no se resuelve, espera. Y cuando toca volver, sigue ahí. Incluso un poco más grande.
Por Sergio Fernández

