Hay una ley que la política aprendió a los golpes: el territorio vacío siempre lo ocupa alguien. Mientras el resto del país se desangra en peleas de televisión, Encuentro Misionero confirmó candidatos en los 79 municipios. Y el gobernador Passalacqua, sin vueltas, avanza con narco tests para sus propios funcionarios. No es solo estructura. Es otra forma de entender el poder.
Hay algo que la política aprendió a los golpes en los últimos años: el territorio vacío siempre lo ocupa alguien. Por eso el anuncio de Encuentro Misionero, confirmando candidatos a intendente en los 79 municipios de Misiones, tiene más peso político del que parece a primera vista.
No es solamente una cuestión electoral. Ni una demostración de fuerza clásica. Hay otra lectura más profunda: mientras gran parte de la dirigencia nacional sigue atrapada en peleas de televisión, el oficialismo misionero decidió volver a mirar hacia abajo. Hacia los pueblos, los barrios, las localidades chicas donde la crisis se siente bastante antes que en cualquier gráfico económico.
En política, llegar a los 79 municipios no se logra solamente con estructura. Hace falta decisión, tiempo y algo que hoy escasea bastante: gente dispuesta a involucrarse.
Ahí aparece uno de los datos más interesantes del armado. La incorporación de vecinos y jóvenes sin experiencia política previa. Algunos seguramente funcionarán, otros no. Así fue siempre. Pero el fenómeno marca otra cosa: todavía hay sectores que creen que vale la pena meterse, incluso en un contexto donde la política carga un desgaste enorme.
Hace algunos años, buena parte de los partidos tradicionales se movían con una lógica automática. Los mismos nombres, los mismos apellidos, las mismas reuniones. Lo nuevo entraba poco y nada. Encuentro Misionero parece haber entendido que eso ya no alcanza. También hay una necesidad evidente de oxigenar.
Por eso el espacio empezó a mezclar dirigentes con experiencia territorial fuerte junto a caras nuevas que empiezan a aparecer en sus municipios. No es romanticismo político. Es supervivencia. La política que no se renueva termina hablando sola.
Detrás de ese movimiento sigue estando la mano de Carlos Rovira, aunque no haga falta nombrarlo a cada rato para entenderlo. Hay algo que el oficialismo provincial conserva desde hace tiempo: capacidad de adaptación. Cuando el clima cambia, cambia rápido. Y eso explica bastante de por qué sigue competitivo después de tantos años.
Las firmas de Lucas Romero Spinelli, Leonardo “Lalo” Stelatto, Oscar Herrera Ahuad y Sebastián Macías en el documento donde se anunció la novedad de los 79 municipios, también funcionan como una señal interna. Hay una generación que empezó a asumir más protagonismo y que ahora tiene que demostrar si puede sostener volumen político propio en un escenario mucho más áspero que el de hace algunos años.
Porque el contexto ya no permite dirigentes decorativos. La crisis económica volvió más cruel el vínculo entre la sociedad y la política. La paciencia dura poco y las redes sociales ya no alcanzan para fabricar cercanía.
Pero hay otro dato que no debería perderse en el análisis. Mientras se define el armado electoral, el gobernador Hugo Passalacqua sigue empujando medidas concretas que pocos gobiernos se animaron a encarar. Una de ellas: los narco tests para funcionarios del gobierno provincial.
La iniciativa no es menor. En una provincia fronteriza, donde el narcotráfico juega en otra liga, que un gobernador decida ponerse el moño y controlar a su propia gente antes de pedirle a otros tiene un costado simbólico importante. No se trata de sospechar de nadie en particular. Se trata de marcar una línea: acá nadie está por encima de un control que después se va a exigir en otros ámbitos.
Passalacqua lo planteó sin vueltas. Los funcionarios del Poder Ejecutivo provincial deberán someterse a pruebas de detección de consumo de sustancias. Primero ellos. Después se verá.
En una época donde la política suele exigir transparencia para los demás, la decisión del gobernador de empezar por casa tiene un efecto contagio difícil de ignorar. Y también funciona como un mensaje hacia adentro del propio Estado: la gestión no es solamente pavimento y números. También es coherencia.
Quizá por eso el oficialismo decidió volver a algo bastante básico: caminar. Mientras otros espacios siguen discutiendo sellos, candidaturas o internas eternas, Encuentro Misionero salió a ocupar terreno. Y Passalacqua, mientras tanto, pone reglas claras adentro de su propia casa. A veces la política no necesita grandes teorías. Necesita presencia y necesidad de coherencia.
Y en tiempos donde casi todos hablan de representación, el primero que llega sigueten iendo ventaja. El que limpia su propio patio también.
Ya no es Milei
Hay una sensación que empieza a circular en los pasillos políticos, en las mesas de análisis y también en las conversaciones de barrio. Ya no hay sorpresa. El gobierno de Javier Milei dejó de ser una incógnita para convertirse en una certeza incómoda. Se sabe cómo piensan, se sabe cómo gobiernan, se sabe qué tipo de violencia institucional están dispuestos a ejercer y hasta dónde están dispuestos a llegar. El libreto libertario ya no tiene
capítulos ocultos. Es un manual abierto: ajuste, provocación, concentración del poder, desprecio por el disenso y una crueldad discursiva que funciona como método.
Eso ya se sabe. No hay misterio. El verdadero problema, entonces, está del otro lado. Porque el escenario que se viene es, para muchos, aterrador. No es retórica. La destrucción del aparato productivo, la desregulación salvaje, el vaciamiento de derechos conquistados durante décadas y una lógica de poder que castiga a los más débiles mientras protege a los propios. Eso está a la vista. La pregunta que empieza a hacerse la sociedad, con un
cansancio que ya no disimula, es la siguiente: ¿la oposición tiene algo para poner encima de la mesa que no sea simplemente no ser ellos?
Porque el no solo, por más firme que sea, no alcanza para gobernar un país. La oposición argentina tiene un problema que todavía no resolvió. Sabe decir qué rechaza. Tiene cierta claridad para señalar el horror. Pero cuando se les pregunta ¿y ustedes qué proponen?, muchas veces aparece el silencio, la fórmula vacía o el voluntarismo sin anclaje en la realidad. Y en un contexto de crisis profunda, la sociedad no necesita consignas. Necesita alternativas creíbles.
Hay una responsabilidad opositora que esta vez no se puede delegar. No alcanza con esperar que el oficialismo se derrumbe solo por su propio peso. La historia argentina tiene demasiados ejemplos de gobiernos que se fueron mal, pero que dejaron atrás un desierto.
Y en el desierto, cualquier cosa puede crecer. No siempre lo mejor. La oposición tiene que construir. Y construir en serio. Propuestas económicas viables, un relato que no sea solamente de queja, dirigentes que salgan del estudio de televisión y caminen los territorios donde la gente ya no llega a fin de mes. También tiene que animarse
a hacer autocrítica. Porque si algo aprendió la sociedad en los últimos años es a distinguir entre los que quieren solucionar problemas y los que quieren vivir de ellos.
El miedo, solo, no construye una alternativa. La bronca, sola, no gobierna.
El oficialismo ya mostró todas sus cartas. Son malas, son violentas, son peligrosas. Pero están sobre la mesa. La pregunta, a partir de ahora, es para el otro lado: ¿la oposición va a estar a la altura de este momento o va a seguir esperando que alguien más resuelva lo que ella no se anima a encarar?
Porque el país no puede darse el lujo de tener un solo equipo jugando. Y porque, en el fondo, la sociedad ya no quiere elegir entre lo malo y lo peor. Quiere algo en lo que creer. Y esa es, hoy por hoy, la gran asignatura pendiente de la oposición argentina.
Por Sergio Fernández

