Misiones Para Todos

La ceguera política

La política argentina se contagió de una enfermedad que viene de afuera: dividir, etiquetar, descalificar al que piensa distinto. Todo muy civilizado, como puede verse. Mientras tanto, en Misiones, Encuentro Misionero insiste con palabras viejas pero necesarias para recuperar el sentido de la democracia —equilibrio, solidaridad— que en la Casa Rosada deben sonar a chino básico. Y mientras el gobierno de Milei entra en la etapa donde todos empiezan a imaginarse el después, la fila de aspirantes crece, los gobernadores miran la puerta de salida y la oposición misionera demuestra que ni siquiera puede coordinar un pedido de informes sin que el teléfono explote. Afuera, la grieta. Adentro, la construcción. La diferencia, cada vez, es más evidente. Y también, dicho sea de paso, más divertida de observar.

José Saramago imaginó una sociedad que de un día para el otro perdió la vista. En Ensayo sobre la ceguera, el problema no era solamente que nadie podía ver. Lo verdaderamente grave era que, en medio del caos,
las personas dejaron de reconocerse entre sí. El otro pasó a ser una amenaza, un obstáculo, un enemigo. La convivencia empezó a romperse mucho antes que las instituciones.

Este padecimiento social parece haberse vuelto contagioso en la política argentina. No es una epidemia biológica, claro. Es una costumbre. Y de las más feas: la necesidad de dividir, etiquetar y descalificar al que piensa distinto. Si alguien no milita en tu espacio (o incluso dentro), sobra. Si tiene determinada edad, sobra. Si viene de otro lado, sobra. Siempre aparece una razón para correr a alguien de la mesa.

Es una moda que viene de afuera. Una lógica que se instaló con fuerza en el debate nacional y que convirtió la agresión en herramienta política cotidiana. Los insultos reemplazaron a los argumentos. La descalificación ocupó el lugar de la discusión. Y la política empezó a parecerse más a una competencia de agravios que a una búsqueda de soluciones. Aburrido, para algunos. Para otros, directamente peligroso.

Por eso llama la atención que, en medio del reagrupamiento político que lleva adelante Encuentro Misionero, empiecen a aparecer conceptos como equilibrio y solidaridad. No son palabras nuevas. Todo lo contrario: son ideas viejas que vuelven a cobrar valor cuando la sociedad está contra las cuerdas. La crisis económica golpea. La
incertidumbre crece. El malhumor social también. En escenarios así, la tentación de profundizar divisiones siempre aparece. Es el camino más corto. También suele ser el más peligroso.

Cuando la discusión empieza a girar alrededor de quién tiene derecho a participar y quién no, la política entra en una pendiente complicada. Hoy la objeción puede ser una cuestión generacional. Mañana una creencia religiosa. Después una identidad personal. El problema nunca es el argumento de turno. El problema es la lógica que se instala detrás: la de la pureza. La de "conmigo o contra mí".

Una comunidad sana necesita diversidad. Necesita experiencia y renovación al mismo tiempo. Dirigentes jóvenes y dirigentes con trayectoria. Miradas distintas conviviendo dentro de un mismo espacio. La política misionera, con todas sus virtudes y defectos, históricamente encontró fortaleza en esa capacidad de integrar más
que de expulsar. Por eso sería un error importar discusiones que hoy dominan la escena nacional pero que poco tienen que ver con las necesidades concretas de los misioneros.

Porque la gente, afuera, no está preocupada por la edad de un dirigente. Está preocupada por llegar a fin de mes. Por sostener un comercio. Por mantener una chacra en producción. Por no perder el empleo. La agenda real pasa por otro lado. Y esa realidad también obliga a revisar conductas. Porque no alcanza con administrar recursos. Hay momentos en los que la política debe administrar símbolos.

Ahí, por ejemplo, resultó acertada la decisión de Axel Kicillof de impedir que funcionarios de su gabinete viajen al Mundial. No cambia una partida presupuestaria ni resuelve un problema estructural, pero envía una señal. Y las señales, en este país, importan bastante más de lo que algunos creen.

En Misiones, según distintos trascendidos, existe una mirada parecida. Sería voluntad del gobernador Hugo Passalacqua que ningún integrante de su administración participe de ese tipo de actividades mientras la provincia atraviesa un escenario económico complejo. No se trata de una puesta en escena. O al menos, no solamente. Se trata de comprender el clima social de una época donde cada gesto es observado con mucha más atención que antes.

La misma lógica pareció atravesar algunas discusiones recientes. En la reunión que cada jueves encabeza el ingeniero Carlos Rovira apareció incluso el debate sobre herramientas financieras, la posibilidad de emitir deuda y los desafíos del contexto económico nacional. Pero más allá de los aspectos técnicos —que los hay, y no son menores— hubo otro dato que llamó la atención: el tono de construcción con el que se analizan la realidad y sus posibles soluciones.

No es un detalle menor. Durante demasiado tiempo la política argentina confundió firmeza con agresión. El resultado está a la vista: una sociedad cansada, irritada, atravesada por un clima de enojo permanente que baja desde los principales escenarios nacionales. Frente a eso, insistir con la lógica del insulto parece poco inteligente. La descalificación puede servir para ganar una discusión en las redes, pero difícilmente sirva para construir consensos o administrar una crisis.

En tiempos donde sobran motivos para el malhumor colectivo, la
moderación deja de ser una muestra de debilidad. Empieza a transformarse en una virtud política. Suena raro decirlo. Pero es así.

También por eso adquieren importancia palabras como equilibrio y solidaridad. Porque solidaridad no significa pensar igual. Significa aceptar que una comunidad se construye con personas diferentes. Con
trayectorias distintas. Con edades distintas. Con creencias distintas. Cuando una sociedad empieza a seleccionar quién merece participar y quién no, termina perdiendo diversidad, experiencia y riqueza colectiva. Y eso, a la larga, se paga.

Saramago escribió que la peor ceguera no era la de los ojos, sino la de quienes podían ver y decidían no hacerlo. Quizás la política tenga hoy un desafío parecido: ver lo que realmente preocupa a la gente. Y entender que este no parece ser el momento para profundizar divisiones, sino para construir equilibrios.

Cuando una sociedad empieza a mirar solamente aquello que la separa, termina perdiendo de vista todo lo que todavía la mantiene unida. Y eso, en una provincia como Misiones, donde la supervivencia diaria ya es bastante tarea, sería el verdadero lujo que no pueden darse.

La fila

Hay una escena que se repite cuando una empresa importante entra en crisis. Los que hasta ayer defendían al gerente empiezan a actualizar el currículum. Nadie sabe exactamente cuándo llegará el cambio, pero
todos quieren estar preparados.

Es lo que ocurre hoy en la política argentina. Dicho de otro modo: el problema para Javier Milei ya no es solamente la economía. Tampoco el caso Libra. Ni siquiera los permanentes conflictos internos que atraviesan a su gobierno. El verdadero problema es otro: cada vez más dirigentes -propios y ajenos- comenzaron a actuar como si el ciclo ya
hubiera entrado en su etapa de desgaste.

Por eso nadie se va. No se va Manuel Adorni pese a las denuncias sobre su patrimonio. No se va ningún funcionario salpicado por el escándalo Libra o Andis. No se va nadie aunque los cuestionamientos se acumulen. Porque todos saben algo que en política suele ser determinante: quedarse cerca del poder permite controlar daños y
conocer información. La supervivencia, en ese sentido, también es una forma de protección. O al menos, así la justifican.

Mientras tanto, el Gobierno intenta transmitir normalidad. La extensa reunión de gabinete que encabezaron Javier y Karina Milei para respaldar públicamente a Adorni tuvo precisamente ese objetivo: mostrar cohesión cuando lo que se percibe desde afuera es otra cosa. Cuando un presidente necesita reunir a todo su gabinete para explicar
que sigue confiando en uno de sus principales funcionarios, es porque la duda, claramente, ya está instalada.

Esa incertidumbre empieza a proyectarse hacia las provincias. Cada vez son más los gobernadores que observan el escenario con distancia prudente. Algunos acompañaron al Gobierno durante meses. Otros colaboraron en votaciones clave. Pero la sensación que empieza a crecer es que el costo político de seguir pegados a la Casa Rosada puede terminar siendo más alto que el beneficio.

Maximiliano Pullaro lo entendió rápido en Santa Fe. Martín Llaryora también en Córdoba. Ambos comenzaron a construir perfiles propios. Ya no esperan instrucciones. Ya no actúan como socios subordinados. Cuando los gobernadores empiezan a mirar la puerta de salida, generalmente es porque perciben que el ciclo dejó de expandirse.

Ese mismo efecto espejo aparece en Misiones, pero con otros actores y otras miserias.

Hay dirigentes que todavía creen que una cuenta de Instagram es una estructura política. Que un video viral equivale a conducción. Que una publicación con cientos de comentarios reemplaza el trabajo de construcción real. El diputado nacional Diego Hartfield parece moverse en esa lógica. Como si el destino político de la provincia dependiera exclusivamente de lo que ocurra con el ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo -uno de sus mentores- y el rumbo económico nacional.

El diputado provincial y bendecido por Karina Milei, Adrián Núñez, enfrenta un problema parecido, aunque más inmediato. Hace tiempo intenta consolidarse como referencia opositora en Misiones, pero todavía no logró algo bastante más básico: ordenar su propio espacio.

La mejor demostración ocurrió durante la última sesión del Honorable Concejo Deliberante de Posadas. El concejal de La Libertad Avanza, Santiago Horianski, estaba decidido a presentar un pedido de informes a la Dirección Nacional de Migraciones para obtener los movimientos migratorios del intendente Leonardo “Lalo” Stelatto. El objetivo final era avanzar sobre una hipótesis de incumplimiento relacionada con ausencias prolongadas del jefe comunal para pedir su destitución.

El problema fue que Núñez no tenía idea de lo que estaba ocurriendo.

Cuando se enteró, el teléfono empezó a sonar. Las conversaciones cruzadas fueron tan intensas como urgentes. Finalmente llegó la orden: no presentar nada. La explicación formal fue que primero debía existir una reunión para analizar el tema y definir una estrategia común. La explicación real parece bastante más sencilla.

Fue la misma técnica que utilizan muchos padres cuando necesitan ganar tiempo: comé las verduras y después vemos lo del helado.

Por ahora, Horianski guardó el proyecto y demostró que no tiene real dimensión de las propuestas que pretende imponer en el deliberativo de la capital provincial.

El episodio dejó una enseñanza política incómoda: si alguien aspira a conducir una oposición provincial, primero debe demostrar capacidad para conducir a sus propios dirigentes. Suena obvio. No lo es. Sobre todo cuando se mira quiénes son los que hoy intentan armar la fila.

Y eso conecta con una discusión mucho más grande. Como se planteó en este espacio la semana pasada, todo indica que la elección presidencial de 2027 será extraordinariamente fragmentada. Ya no existe una fuerza política capaz de acercarse sola a los niveles de representación que existieron en otros momentos de la democracia.
Eso abre una posibilidad inédita: con un escenario atomizado, cualquier candidato que ronde el 25 por ciento podría tener serias chances de ingresar a una segunda vuelta.

Por eso todos empiezan a moverse. Mauricio Macri esquiva definiciones pero tampoco cierra puertas y sus amigos empresarios ya lo miran como su candidato. Aparecen dirigentes imaginando alternativas. Algunos gobernadores construyen autonomía. Los operadores ya trabajan en silenciosos operativos clamor que atraviesan distintos espacios políticos. Todos perciben lo mismo: Milei está haciendo las cosas lo suficientemente mal como para que
muchos crean que pueden reemplazarlo.

Y ahí aparece otro dato. La prisión domiciliaria de Cristina Fernández de Kirchner tampoco modificó sustancialmente el tablero. Conserva un núcleo duro importante. Mantiene influencia. Sigue siendo una
referencia para una parte del electorado. Pero también representa una etapa concluida para muchos argentinos. La discusión del futuro ya no pasa exclusivamente por ella.

La política empezó a mirar otra cosa.

Y mientras todos observan el horizonte, la fila de aspirantes sigue creciendo. Porque cuando un presidente deja de parecer invencible, la primera reacción del sistema es producir candidatos. También, dicho sea de paso, posibles sucesores. Aunque nadie se anime a decirlo del todo en voz alta.

Por Sergio Fernández