La polémica por las declaraciones de Manuel Adorni reavivó el debate sobre la evasión fiscal y el mensaje que transmite el Gobierno. A partir de sus explicaciones, la discusión trascendió el plano personal y alcanzó al discurso oficial sobre los impuestos.
Milei suele hablar de "la moral como política de Estado". Pero la moral del Gobierno es selectiva y particular: Desde hace años el Presidente sostiene que los impuestos son un robo y que quienes logran escapar de ellos son héroes. Además, promueve políticas efectivas para que Argentina se convierta en un paraíso fiscal: los blanqueos, la ley de inocencia fiscal, “dólar colchón”, el RIGI, el super RIGI, sociedades de IA, y ahora, de forma coherente con su ideología, defiende cerradamente a un funcionario que admitió haber evadido durante años: Manuel Adorni.
Ya se ha hablado mucho de las inconsistencias en la declaración jurada del jefe de Gabinete y exvocero presidencial. Claramente es alguien absolutamente incapacitado para cumplir la función más importante del gabinete nacional. Aquí queremos referirnos a que el episodio dejó al descubierto una concepción del Estado, de los impuestos y de las obligaciones ciudadanas que atraviesa buena parte del proyecto político de Javier Milei. Una concepción según la cual la evasión no es un problema moral sino, en determinadas circunstancias, una conducta comprensible, justificable e incluso heroica. Y, como insistimos, la culpa de Adorni es de Milei, Adorni es solo un síntoma. Haber elegido como vocero a un mitómano es la manifestación más clara del inconsciente del Gobierno.
Veamos, para recordarlo, qué decía Milei en abril del 2024 sobre la evasión:
Durante años, Milei sostuvo públicamente que los impuestos constituyen una forma de robo y que quienes logran escapar de ellos son héroes que consiguen escapar de las garras de un Estado depredador. Era una pieza central de su visión del mundo. Si el Estado es una organización que despoja a los individuos de lo que legítimamente les pertenece, entonces quien evade impuestos deja de ser un infractor para convertirse en alguien que resiste una agresión.
Es el modelo que toma Adorni para justificarse, no solo “Ahorramos en negro como todos los argentinos” sino que es una forma de escapar de las garras de la vieja política, el mismo argumento de Milei. Escuchemos ahora, en su voz, las mismas palabras que Milei había pronunciado antes:
El 1% son unos tontos frente al 99% de “vivos” que ahorran en negro. Y más grave aún, no sustrae los impuestos que debió pagar del estado que es de todos sino de “la vieja política”. O sea, los impuestos se los quedaba la “vieja política” una transfiguración retórica que además demuestra la manipulación discursiva del mileísmo, la nueva política sería sin impuestos, cuando es volver a la ley de la selva: “los impuestos son el precio de la civilización”.
La cultura popular lleva siglos fascinada con la figura de Robin Hood. Según la leyenda, el célebre forajido inglés actuaba en un contexto de impuestos considerados abusivos y arbitrarios, cobrados por autoridades percibidas como ilegítimas mientras el rey se encontraba ausente. En la versión más difundida de la leyenda, Robin Hood actúa durante la ausencia del rey Ricardo Corazón de León, que se encontraba en las Cruzadas. Mientras tanto, el gobierno quedaba en manos de su hermano, Juan Sin Tierra (el futuro rey Juan), y de autoridades locales asociadas a él. El principal villano en las adaptaciones suele ser el Sheriff de Nottingham, encargado de recaudar impuestos, administrar justicia y mantener el orden en nombre de la Corona.
Robin Hood se convirtió en un héroe porque robaba a quienes concentraban el poder y la riqueza para ayudar a quienes carecían de ellos y se sentían oprimidos por el Gobierno. Más allá de las discusiones históricas sobre su existencia, el mito expresa una intuición moral muy arraigada: la admiración por quien desafía un privilegio en beneficio de los más débiles.
La épica libertaria propone una inversión completa de ese relato. Una especie de Hood Robin. El héroe ya no es quien transfiere recursos desde los poderosos hacia los vulnerables. El héroe es quien logra sustraerse de cualquier obligación colectiva. Ya no se celebra a quien comparte, sino a quien consigue conservar para sí mismo una porción mayor de su riqueza escapando de las cargas comunes. El enemigo se conserva: sigue siendo el Estado.
Según el anarcocapitalismo que defiende Milei, cuando los individuos persiguen libremente su propio interés, el mercado, como mecanismo autónomo y perfecto, equilibra esos incentivos y genera prosperidad para el conjunto. Desde esa perspectiva, los impuestos son una interferencia que reduce la riqueza general y el dinero permanece mejor asignado en manos privadas que en las del Estado.
El problema es que esa idea supone que el mercado puede sostener por sí solo todos los bienes necesarios para la vida colectiva. Sin embargo, incluso las economías más capitalistas dependen de Estados capaces de financiar infraestructura, justicia, seguridad y educación. Sin esos bienes públicos, el mercado difícilmente funcione de manera eficiente.
Una sociedad no puede funcionar si todos aspiran a convertirse en ese Robin Hood invertido. Porque cuando cada individuo intenta retirarse del esfuerzo colectivo, los costos no desaparecen: simplemente recaen sobre quienes no tienen la posibilidad de eludirlos. La escuela pública, los hospitales, la justicia, la seguridad o la infraestructura siguen necesitando financiamiento. La diferencia es que terminan sosteniéndolos, proporcionalmente, aquellos que menos herramientas tienen para escapar del sistema.
Esta visión fue defendida por Milei y llegó al extremo de defender a Al Capone. Uno de los criminales más famosos de la historia de Estados Unidos que se convirtió en el jefe de una poderosa organización mafiosa en Chicago durante la época de la Ley Seca (1920-1933), cuando estaba prohibida la venta de alcohol.
Si defiende a Al Capone, ¿cómo no va a defender a Adorni? Veamos ese pequeño fragmento.
La dificultad aparece cuando esa visión deja de ser una discusión teórica y se transforma en política pública. Porque un Gobierno en ejercicio debería atenerse a la ley vigente y, si está en contra, cambiarla, no violarla.
Sin embargo, el accionar de Adorni se relaciona con las reformas que impulsa el oficialismo: el blanqueo, la Ley de Inocencia Fiscal, el régimen simplificado de Ganancias, el llamado dólar colchón, el RIGI, el denominado "super RIGI" y el compromiso asumido con varios gobernadores para reducir el tamaño del Estado desde niveles cercanos al 50% del PBI hasta el 25% forman parte de una misma dirección estratégica. Veamos cómo es en el resto del mundo:
El porcentaje del gasto público sobre el Producto Interno Bruto (PIB) varía significativamente entre países, reflejando diferencias en políticas fiscales, estructuras económicas y prioridades gubernamentales. A continuación, se presentan algunos ejemplos representativos:
Países con alto gasto público en relación al PIB:
Finlandia: 57,5%
Francia: 57,2%
Austria: 55,2%
Bélgica: 54,2%
Italia: 51,2%
Países con gasto público moderado:
España: 45,3%
Reino Unido: 44,6%
Estados Unidos: 33,8%
En estos países, el gasto público representa una proporción significativa del PIB, aunque menor en comparación con los países mencionados anteriormente.
Países con bajo gasto público en relación al PIB:
Suiza: 9,9%
Irlanda: 21%
Australia: 26,6%
Irlanda es el modelo mencionado repetidamente por el mileismo y el fondo de la discusión es el contrapunto entre ser Noruega, que también tiene petróleo y cuyo gasto público es similar a sus vecinos escandinavos, alrededor del 50% del PBI o si el modelo es Perú que también tiene minería como ahora Argentina cuyo gasto público es del 13% del producto bruto.
El mensaje es inequívoco: la Argentina debe dejar de perseguir capitales y convertirse en un lugar cada vez más amigable para quienes prefieren mantener su patrimonio fuera de los circuitos tradicionales de control fiscal. Milei sostiene dogmáticamente que si se eliminan los impuestos para los inversores, eso generará prosperidad atrayendo inversiones.
Pero el efecto cultural es más profundo. La señal que reciben millones de argentinos es que cumplir puede ser una conducta ingenua, mientras incumplir termina premiado con sucesivos procesos de regularización.
En este punto conviene distinguir dos conceptos que deliberadamente suelen confundirse. No es lo mismo la elusión que la evasión. La elusión consiste en organizar legalmente una actividad económica para pagar menos impuestos. Una empresa que establece su residencia fiscal en una jurisdicción más favorable, utiliza exenciones previstas por la ley o estructura una operación de modo eficiente puede reducir su carga tributaria sin violar ninguna norma.
La evasión, en cambio, implica ocultar ingresos, patrimonio o transacciones para evitar el pago de impuestos que legalmente corresponden. No es una optimización fiscal. Es una conducta delictiva. Requiere dinero no declarado, operaciones fuera de registro o mecanismos destinados a impedir la trazabilidad de los fondos.
La diferencia no es menor porque la elusión puede discutirse desde la justicia tributaria o desde la conveniencia económica. La evasión, en cambio, plantea un problema de legalidad y de ética pública. Y sus efectos van mucho más allá de la recaudación estatal.
Cuando alguien decide pagar una obra en efectivo y sin factura, no sólo reduce el ingreso del fisco. También obliga a que toda la cadena económica funcione en negro. El contratista evita registrar ingresos. Los proveedores venden sin facturar. Los trabajadores cobran sin aportes. Los impuestos desaparecen, pero también desaparecen las jubilaciones futuras, las coberturas laborales y los derechos asociados al empleo formal.
Los argentinos conocen perfectamente este fenómeno. Cerca de la mitad de los trabajadores del sector privado se desempeñan en condiciones de informalidad. No porque todos hayan decidido espontáneamente vivir al margen del sistema, sino porque quienes los contratan lo hacen mediante esquemas no registrados.
Por eso resulta llamativa la naturalidad con la que Adorni defendió que sus refacciones, compras o servicios fueron pagados en efectivo y sin documentación. Más llamativa aún fue la defensa basada en que "todo el mundo lo hace". Precisamente porque mucha gente lo hace es que la informalidad constituye uno de los principales problemas estructurales de la economía argentina.
La frase encierra una paradoja moral notable. Quien paga en negro suele presentarse como una víctima de la presión fiscal. Sin embargo, la principal víctima inmediata suele ser quien cobra en negro. El albañil sin aportes. La empleada doméstica no registrada. El electricista que no puede acceder a una jubilación futura. El trabajador que carece de cobertura frente a un accidente laboral.
Después, cuando llegan las consecuencias, la responsabilidad recae exclusivamente sobre el trabajador informal. Se le reprocha no haber aportado para su jubilación. Se le cuestiona no haber ahorrado. Se le atribuye una supuesta irresponsabilidad individual. Pero rara vez se analiza la conducta de quien hizo posible esa informalidad pagando fuera del sistema.
Existe una cadena de responsabilidades que suele quedar invisibilizada. El dinero negro no aparece por generación espontánea. Requiere acuerdos, incentivos y decisiones concretas. Detrás de cada operación informal hay alguien que paga y alguien que cobra. Sin embargo, el juicio moral suele concentrarse únicamente sobre el eslabón más débil.
Escuchemos a Adorni sobre cómo aumentó su patrimonio.
Es interesante el graph: “me acusan de chorro”.

Según un relevamiento de Reputación Digital sobre las conversaciones en “la calle online” (X, Facebook, Instagram, YouTube y TikTok) tras su entrevista en LN+, el 82% de las reacciones fueron negativas, predominando sentimientos de ira y rechazo. El balance final arrojó un diferencial de imagen de -75,2%.

Además, por cada mensaje de apoyo aparecieron dieciséis críticas. Los términos más asociados a su figura fueron "robo", "chorro", "coimas" y pedidos de renuncia.
Es decir que resultó acertado el comentario de Adorni que rescataron para el graph de la entrevista: “Me acusan de chorro”. Efectivamente, fue una de las palabras más elegidas por los usuarios para reaccionar a la entrevista en vivo.
Confesó un delito, al decir que mantuvo durante años fondos no declarados y que esos bienes no figuraban en sus presentaciones patrimoniales, estaría reconociendo conductas que podrían encuadrarse en presunta evasión tributaria y en la posible omisión maliciosa de bienes en declaraciones juradas de funcionario público.
La Justicia lo investiga por enriquecimiento ilícito, una cuestión que dependerá de la consistencia y trazabilidad de las explicaciones ofrecidas sobre el origen de los fondos. Más allá de cuál sea la conclusión judicial, la controversia política gira alrededor de una pregunta más simple: si el dinero existía desde hacía años, ¿por qué no había sido declarado oportunamente?
Pero además está en cuestión la explicación que dio Adorni sobre que se encontró un pendrive con criptomonedas. La explicación resulta inverosímil y ridícula.
Sobre todo porque circularon en redes videos donde el propio Adorni afirmaba que no había invertido en criptomonedas. Veamos uno de ellos.
La desconfianza hacia el cobrador de impuestos tiene raíces profundas e históricas. Ninguna sociedad disfruta pagando tributos. Pero prácticamente todas las sociedades organizadas descubrieron que sin algún mecanismo de financiamiento colectivo resulta imposible sostener instituciones permanentes.
La historia de los impuestos es tan antigua como la propia civilización. Mucho antes de los Estados modernos ya existían tributos para sostener ejércitos, construir infraestructura o financiar la administración de los territorios conquistados. En la Biblia aparecen los recaudadores de impuestos como personajes detestados. En el Imperio Romano eran vistos como intermediarios de un poder lejano y opresivo.
La discusión legítima nunca fue si deben existir impuestos. La discusión fue siempre cuánto deben cobrarse, quién debe pagarlos y cómo deben utilizarse. Allí radica el núcleo de cualquier debate democrático serio sobre la cuestión tributaria.
El problema aparece cuando se reemplaza esa discusión por una simplificación moral según la cual todo impuesto es un robo y toda evasión una forma de legítima defensa. Porque si llevamos este razonamiento hasta sus últimas consecuencias desaparece cualquier fundamento para exigir contribuciones comunes destinadas a financiar bienes públicos.
Paradójicamente, incluso quienes defienden esa posición suelen demandar seguridad jurídica, estabilidad monetaria, protección de la propiedad privada, tribunales eficientes e infraestructura adecuada para producir y comerciar. Todos esos bienes tienen costos. Todos requieren algún mecanismo de financiamiento.
Pero evadir impuestos afecta la recaudación del Estado, necesaria para mantener en funcionamiento aspectos tan sensibles como la educación, la salud y la seguridad. Si la evasión perjudica a la economía, entonces no puede ser heroica. Y si es heroica, difícilmente pueda presentarse como una de las causas del deterioro económico. Ambas afirmaciones no pueden ser verdaderas al mismo tiempo.
El caso Adorni termina funcionando como una síntesis perfecta de esa tensión. Lo que está en juego es la coherencia entre un discurso moral y las conductas concretas que ese discurso termina legitimando.
Un país donde cumplir las reglas convierte a las personas en ingenuas y violarlas convierte a otros en héroes termina erosionando los incentivos básicos sobre los que descansa cualquier convivencia organizada.
Más allá de cuánto dinero tenía Adorni, cuándo lo obtuvo o dónde lo guardó, hay otra pregunta profunda sobre las consecuencias de sus actos y los de Milei: si la evasión es presentada como una conducta admirable, ¿qué clase de cultura tributaria está construyendo el Estado? Y si es el propio Estado quien transmite ese mensaje, entonces ya no estamos frente a una simple contradicción individual. Estamos frente a una política de Estado.
En lugar de "la moral como política de Estado", sino la evasión como política de Estado.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
Por Jorge Fontevecchia - Perfil


