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Messi no sabe quién es

Messi provocó que la Argentina diera el primer paso en el Mundial 2026 con una goleada a Argelia y un festival con su firma.

Acaso el destino de todo arquetipo, como Messi, sea no tener idea de su propia grandeza (como un océano o un universo). Me parece a mí (anoto “me parece”, pero tengo la certeza) que Lionel Messi, atrapado en su escueto cuerpo y en la destreza mensurable de sus gambas, no sabe quién es Messi. Sabe, obviamente, y conoce de memoria, los rigores del césped, el peso de la pelota y el inventario de sus victorias (una acumulación innumerable de premios y estadísticas que llamamos “ganarlo todo”), pero (siempre, hay un “pero”, insisto) ignora el fenómeno (¿el mito?) que su presencia en la cancha proyecta sobre la redondez de la Tierra. Para el deportista, el fútbol es un oficio riguroso; para el resto del universo, es una forma de la teología.

Digo yo, que de Teología no sé nada.

El muchacho no es capaz de abarcar el símbolo en que se ha convertido. Ser el mejor, el segundo o el tercero en un ordenamiento humano es un mero azar de la cronología o de la opinión; ser un talismán metafísico es un asunto de otra índole. Hay una distancia insalvable entre el ser humano que pisa el barro y la divinidad abstracta que habita la memoria colectiva.

Trato de explicar lo anterior: Esta discordancia entre el hombre y su mito, me remite a un suceso acaecido el 7 de octubre de 2023 en el kibutz Nir Oz, al sur de Israel. La crónica policial registra que una mujer argentina de noventa años, llamada Ester Cunio, vio interrumpida la santidad de su vigilia por la irrupción de milicianos armados de Hamás. El terror, que suele ser anónimo y ciego, buscaba el secuestro y la muerte. En ese confín del horror, donde las palabras de nadie ya no significaban nada, Ester pronunció una suerte de santo y seña secular: invocó la patria de Messi.

Lo que sigue pertenece al orden de los milagros literarios o de las paradojas universales:
El nombre del futbolista actuó como un pacificador inmediato. Los atacantes, devotos de la misma mitología esférica, depusieron la violencia.

La realidad se suspendió para dar paso a una instantánea fotográfica, un simulacro de concordia entre captores y cautiva.

El nombre de un muchacho que patea un balón en estadios remotos sirvió como un salvoconducto sagrado, un escudo invisible en una tierra devastada por odios milenarios.

Un talismán inesperado, claro. Pero eficaz.

La mención de Messi no fue una astucia política; fue la revelación de una fe compartida que humanizó, por un instante, a quienes habían olvidado la condición humana.

Tal vez Messi (el de carne y hueso, ese que yo tanto admiro y quiero) ignore este episodio, o que lo compute como una anécdota más de las muchas que fatigan su fama. Ahí radica el centro de la conjetura: el héroe es siempre el último en enterarse de la magnitud de sus hazañas.

Mientras el individuo duerme o descansa, su nombre eje|cuta milagros en los desiertos del mundo, salva vidas en el corazón de la guerra y unifica los lenguajes dispersos de la torre de Babel. Messi es, a su pesar, una de las formas que toma la eternidad en el siglo XXI; un dios involuntario que ignora que su mera existencia justifica la piedad en el alma de los asesinos.

Sospecho que Messi no sabe quién es él.

Por Alejandro Javier Panizzi