A diferencia de Hegel, los líderes políticos suelen creer que ellos hacen la historia y no que la historia los hace a ellos. Pero la historia puede ser canalla con quienes usa.
Hegel vio desde su ventana de Jena pasar a un Napoleón triunfante y entendió que lo que pasaba frente a sus ojos no era un hombre sino una herramienta que usaba la historia.
Napoleón, en cambio, no vio a Hegel: estaba concentrado en un objetivo inmediato, que era la derrota de Prusia; y en otro objetivo final, que era la gloria.
A diferencia de Hegel, los líderes políticos suelen creer que ellos hacen la historia y no que la historia los hace a ellos.
La historia no es una entidad abstracta, sino una construcción en continua tensión conformada por intereses económicos, culturales y geopolíticos, por azares y por sectores que pueden asociarse o confrontar según el momento y las circunstancias.
Y los líderes políticos son sujetos que emergen como corporizaciones de las necesidades de los diferentes sectores sociales. Su objetivo final puede ser la gloria, pero el inmediato debe ser espejar bien a quienes los eligieron para ganar una batalla y conquistar nuevos territorios. Si no lo logran, no habrá gloria ni futuro.
Siete años después del triunfo en Jena, Napoleón debió abdicar. Después llegaría Waterloo y, al fin, la prisión en una isla perdida en el Atlántico Sur.
La historia puede ser muy canalla con las herramientas que utiliza.
La herramienta. Los líderes mesiánicos tienen su propia lógica. No solo creen que ellos hacen la historia, sino que fueron designados por Dios para hacerlo.
Javier Milei es un buen ejemplo: el “Uno” le encomendó que terminara con el Mal en la Tierra, el Mal es el Estado al que debe destruir, y las teorías de la Escuela Austríaca son las que le dan sustento ideológico a su misión. Es la forma que encontró para unir su costado mágico con su formación racional. Él cree que es historia y herramienta a la vez. Una herramienta de Dios.
En cualquier caso, el problema de unos y otros es cuando chocan con la realidad y un día se descubren solos en las costas atlánticas de Santa Elena.
El Presidente puede no entenderlo, pero él también es producto de las necesidades de época y lo seguirá siendo mientras resulte útil.
Ya fue usado para corporizar el descontento general frente a la “casta”, símbolo de viejas frustraciones colectivas. Y por quienes querían transformar esas frustraciones en furia viva.
Con interés sectorial, lo usan aquellos empresarios para los cuales el Estado así no les sirve. Ya sea porque requiere de demasiados impuestos para mantenerlo o porque directamente es un obstáculo para sus negocios globales.
Lo usan los economistas convencidos de que es imprescindible ordenar las cuentas públicas. Los medios que usufructúan de quien les da información, entrevistas y rating, además de la millonaria pauta publicitaria de YPF y de otras empresas del Estado. Lo usa Trump en su cruzada contra Europa, los organismos internacionales y la cultura woke. Hasta lo usa la propia “casta” para mantener cuotas de poder.
En las elecciones 2027 se definirá cuánto de aquel 56% que lo votó/usó en 2023 volverá a hacerlo, satisfecho de que su representante haya cumplido bien o relativamente bien con las expectativas puestas en él.
Los otros. Del otro lado estarán los afectados, en muchos casos por las mismas medidas que aplauden los beneficiados.
Puestos a disputar en un balotaje cuántos son unos y otros, ¿volverá el voto en su contra a sumar al 44% de la sociedad o, cuatro años después, superará el 50%?
Si las elecciones fueran hoy, seguramente votarán en su contra aquellos para los cuales Milei no fue, o nunca creyeron que sería, una herramienta histórica eficiente.
Es probable que eso incluya a los dueños de las 26.448 empresas que bajaron sus persianas desde 2023, más los que lo piensan hacer o que deben empeñarse para que no suceda. Son los perdedores de la crisis del consumo, de la apertura de las importaciones y de las tasas bancarias que impiden obtener un crédito o, luego, pagarlo.
La lógica indicaría el malestar con este modelo de los 560.000 trabajadores (y sus respectivas familias) que perdieron sus empleos registrados. Y al menos una porción de quienes cedieron capacidad adquisitiva por la baja real de sus sueldos (el salario mínimo cayó 39% en los últimos dos años y medio, los privados un 5%, los públicos un 17%).
También es de suponer que la parte del 56% que lo votó esperando que reflejara ciertos valores republicanos pueda sentirse defraudada por la violencia presidencial, los destratos democráticos y la corrupción que ronda a esta administración.
De la misma forma que sería esperable el rechazo de los jubilados y pensionados que vieron perder sus ingresos y beneficios sociales; lo mismo que el de una parte de la comunidad educativa. O el de aquellos homosexuales ofendidos porque fueron comparados con los pedófilos, o el de los artistas populares (y sus seguidores) atacados por su forma de pensar. O, entre otros, el rechazo de quienes forman parte del 12% de las familias que ya no pueden pagar las deudas adquiridas.
El corto plazo. Quienes sufren a Milei tienden a pensar que detrás de él se esconden fuerzas malignas que solo pretenden acumular dinero y poder. Lo mismo que creen quienes se oponen a Cristina o cualquier alternativa peronista de gobierno.
Los políticos intentan construir relatos épicos en los que ellos se muestran capaces y honestos y sus oponentes, perversos y corruptos. Pero la realidad suele ser más simple, menos conspirativa.
Quienes respaldan a unos y otros son personas que conforman distintos grupos de interés económico, social y político, que persiguen con su voto el mayor beneficio posible, en un sentido amplio. Sin pretender por ello que al resto le vaya mal, aunque puede que esta no sea la prioridad de cada sector.
Un eventual balotaje representará una suerte de “poroteo” en el que de un lado se sumarán los votos de cada uno de los más o menos beneficiados por el modelo Milei; y del otro, los más o menos perjudicados por el mismo. Los sectores que juntos consigan un voto más del 50% del total tendrán derecho a elegir al nuevo presidente.
Eso volverá a ser suficiente para ganar una elección, pero no alcanza para hacer sustentable el desarrollo de un país como la Argentina.
La incapacidad nacional para construir mayorías más amplias y la promoción de líderes polarizantes da como resultado la desconfianza crónica en que todo puede cambiar sustancialmente cada cuatro años.
El largo plazo. Los éxitos del corto plazo de los relatos populistas que asignan a la mitad de enfrente una entidad maligna son los mismos que garantizan los fracasos futuros.
Pero volviendo a Hegel: si los líderes son las herramientas de los sectores que representan, son esos sectores los que algún día deberán entender que sin asociaciones colectivas más amplias no habrá beneficios consistentes y duraderos.
Si algún día se comprendiera eso, ningún líder populista servirá para representar ese nuevo entramado histórico. Y Milei, como antes otros, pasará a ser un simple chivo expiatorio.
Y entonces serán los periodistas más oficialistas los que encenderán la hoguera, y se lo verá desnudo, y se reirán de su hermana y de sus perros, y se humillará a sus funcionarios, y los jueces harán lo que no hicieron antes, y los cobardes serán valientes.
Seguramente será una nueva canallada con quien fue usado para cumplir determinada misión (aunque no sería correcto aplicar la moral individual al complejo devenir de la historia).
Por eso siempre habrá una Santa Elena en donde enterrar las responsabilidades colectivas.

Por Gustavo González - Perfil

