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Sturzenegger, un Quijote desregulador

Entre la furia dogmática de Javier Milei y el pragmatismo de un gabinete que busca un pararrayos, Sturzenegger vuelve a asumir el rol de kamikaze.

Hoy el Gobierno está utilizando de pararrayos a Federico Sturzenegger. Tras la caída de Adorni, el ala pragmática del Gobierno encabezada por Diego Santilli convenció a Karina Milei de que el ministro de Desregulación es el culpable de todos los males y las propias características de Sturzenegger ayudan a este fin, a que “se lleve la marca”, como se dice en política.

El Quijote era un hombre enloquecido por las novelas de caballería que peleaba contra los molinos de viento por el amor de Dulcinea, que en realidad era una campesina que él idealizaba, Sturzenegger es un cruzado contra el intervencionismo estatal y las regulaciones, alguien que busca forzar la realidad a sus teorías para transformar a la Argentina real en sus idealizaciones y que, a diferencia del protagonista de Cervantes, aún no ha depuesto sus armas a pesar de que este es su tercer combate y esté cerca probablemente de su tercera caída. Hay también, otra diferencia entre el Quijote original y este Quijote contra las regulaciones y la injerencia estatal.

El original contaba con Sancho Panza, un seguidor que buscaba llevarlo a la realidad para que deje sus ensoñaciones de caballero, mientras que Sturzenegger cabalga junto a otro personaje, alguien que considera que es el enviado de Dios para hacer una revolución libertaria en Argentina más que por el éxito de la Argentina por su propio éxito en su carrera de celebridad internacional como mezcla de influencer y profeta.

Hoy, en la Casa Rosada quieren soltarle la mano a Sturzenegger y reniegan de sus proyectos de ley, de la hoja de ruta que el ministro desregulador había diseñado para el Gobierno. Al igual que a Adorni, el único que lo defiende es el propio presidente, algo que como vimos en el desenlace del jefe de Gabinete, podría no alcanzar. ¿Estamos ante el otoño del Coloso?

Si Sturzenegger es El Quijote, a Milei hay que ir a buscarlo por ejemplo a la mitología griega. Procusto, hijo de Poseidón según la mitología griega, era un bandido que vivía en el camino entre Eleusis y Atenas y se ganaba la confianza de los viajeros ofreciéndoles hospedaje: los invitaba a acostarse en una cama de hierro que tenía en su casa, pero esa cama nunca coincidía con el cuerpo del huésped —tenía dos, una larga y una corta, y elegía deliberadamente la que no correspondía— así que si la persona era más baja la estiraba en un potro hasta que encajara, y si era más alta le cortaba los pies o las piernas que sobraban.

El mito no le da motivación psicológica ni ideológica: es presentado simplemente como un asesino sádico obsesionado con una sola forma de exactitud. Procusto quería que todos entraran en su cama, fundamentalmente si esto causaba dolor.

El Quijote desregulador fuerza a que entren todos en sus ideas porque está convencido de ellas y es dogmático, el otro parece disfrutar del sufrimiento, de “pasar la motosierra”. Trabajan juntos y sus objetivos parecen converger, pero sus motivaciones son distintas. La complementariedad de sus roles y perfiles fue retratada por la tapa del domingo de Página/12.

Esta tapa interesante, aunque no estoy de acuerdo con lo de “gemelos”. Más bien son dos compañeros de ruta que van para el mismo lado, pero con motivaciones distintas y uno por sadismo y otro por ingenuidad y por pecar demasiado del amor a las ideas y el poco apego a los hechos, entrelazan sus destinos.

El mal momento de Sturzenegger se refleja en el humor gráfico que le hizo Clarín, en su diario del domingo.

Los errores que dentro del propio Gobierno le achacan a Federico Sturzenegger son varios y explican la táctica del resto del Gobierno por culpar al ministro de Desregulación. El más visible fue la derrota parlamentaria con la Ley de Tierras, calificada como una de las peores caídas simbólicas del oficialismo en el Congreso, que obligó a Patricia Bullrich a torcer una votación por fuera de la rosca legislativa habitual.

A eso se suma el conflicto perdido con los prácticos portuarios: un gremio de apenas 550 trabajadores lo puso en jaque con un paro de menos de 48 horas, y su respuesta fue presionar a las navieras para que iniciaran cautelares judiciales contra ellos mismos, algo que no prosperó. También pesa la pelea con el IPCVA por los aportes obligatorios de los ganaderos, que generó rechazo tanto del organismo como de la Sociedad Rural —el propio Nicolás Pino le pidió que aflojara— y terminó con Karina Milei ordenando congelar sus iniciativas y desmarcándose públicamente ante empresarios.

En Hacienda también operan y plantean sus leyes que le agregan ruido innecesario a una crisis económica ya severa, mientras que Santilli, Bullrich y Caputo distribuyen offs diciendo que ya no están dispuestos a absorber los costos políticos de sus decisiones. El resultado es una desconfianza creciente entre los empresarios del Grupo de los Seis, que empiezan a leerlo como un riesgo para la sostenibilidad del propio modelo económico. Todo un gobierno construyendo un pararrayos para salvar a Milei.

Gracias a estas operaciones es el propio círculo rojo quien empezó a pensar en picarle el boleto a Sturzenegger, otra prueba más de la injusticia de la política. Se piensa en sacrificar a un Quijote para salvar al supervillano, el presidente. No sería la primera vez que un gobierno utiliza a Sturzenegger, a su motivación quijotesca contra las regulaciones, su capacidad de trabajo y su plan sistemático de desregulación para que avance hasta que la opinión pública le da la espalda y luego se lo desecha para fingir que nunca hubo acuerdo en ese camino.

Sucede que las características del protagonista de esta columna son similares a las de la novela de Cervantes, una persona tan íntegra como soñadora, tan inteligente como inocente o incluso, algo ingenua.

En la segunda parte del clásico de Cervantes, un matrimonio de nobles llamados Los Duques, deciden manipular al Quijote y le dicen que pueden deshechizar a Dulcinea, la mujer que un caballero busca en los sueños, si Sancho Panza recibe tres mil latigazos como sacrificio. Lógicamente el Quijote no está al tanto del engaño, para él es la posibilidad de alcanzar la gloria y el amor que tanto estuvo buscando, debe ahora convencer al pobre Sancho que se deje provocar una cantidad de dolor prácticamente insoportable, solo para alcanzar su objetivo, lo que siempre soñó.

Además, Quijote le insiste a Sancho en que los azotes no son solo un favor a Dulcinea, sino parte del mismo proyecto del que depende la fama y la fortuna de ambos: mientras Dulcinea siga "encantada", las aventuras de Quijote no pueden llegar a buen puerto, y sin ese éxito nunca se concreta la promesa que le viene haciendo a Sancho desde el principio del libro —el gobierno de una ínsula. Es decir, encuadra el sacrificio de Sancho como una inversión necesaria para que el propio Sancho cobre lo que se le debe. La gloria de un escudero, le recuerda, crece con la de su amo.

Los argentinos somos Sancho Panza que no quiere seguir siguiendo a este Quijote, que no aguanta un solo latigazo más y vemos como las ensoñaciones de libre mercado y desregulación que supuestamente traerán prosperidad y crecimiento, son solo eso, ensoñaciones. Ese límite al sufrimiento del ajuste, a los latigazos en términos de la novela de Cervantes, es lo que pone en crisis todo el gobierno de Milei.

Por eso, estar sacrificando a Sturzenegger es un avance del ala pragmática en el Gobierno. Ya sucedió esto, cuando hubo múltiples derrotas legislativas durante la primera mitad del año pasado, en un momento parecía que Guillermo Francos iba a tomar el control del Gobierno y luego terminó eyectado para que avance el ala dura representada en Manuel Adorni, quien se encuentra fuera de juego. Una pérdida de poder por parte de Sturzenegger y más aún una caída de este, implicaría una desmileización del Gobierno.

Cuando Milei le dice Coloso a Sturzenegger en realidad se lo está diciendo a sí mismo. La relación entre un Quijote y este otro personaje que resulta nuestro presidente es compleja, Sturzenegger es quien le dio encarnadura al proyecto presidencial de Milei que al principio era puro fuego de artificio. Gracias a la hoja de ruta y al llamado Manifiesto Antiestablishment, que se transformó en los grandes proyectos de ley como la Ley Bases o ahora, la Hojarasca, el proyecto libertario tuvo hoja de ruta. Eso es lo que está en crisis ahora.

Esta no es la primera vez que le pasa a Federico Sturzenegger, como dijimos, esta es su tercera batalla contra el Estado.

Antes de meternos en la historia de este Quijote contra el Estado, tengo que hacer una aclaración y hace a este pacto de lectura que tenemos con nuestra audiencia. A Federico Sturzenegger le tengo aprecio.

Lo conocí en el MIT, invitados ambos por estudiantes latinoamericanos a hablar de la Argentina de Néstor Kirchner: yo porque mi hijo cursaba ahí un posgrado y Perfil era entonces de los pocos diarios críticos de aquel oficialismo; él porque se había graduado en esa misma universidad y daba clases en Harvard, la eterna rival cruzando la avenida. Nos reencontramos años después, cuando presidía el Banco Ciudad en la gestión porteña de Macri, y ahí la relación se hizo más frecuente.

Fue él, de hecho, quien me contagió la convicción de mudar la redacción de Perfil hacia el barrio de Barracas, mientras construía la nueva sede del Banco Ciudad en Parque Patricios, un edificio de Norman Foster tan logrado que terminó siendo la sede del Gobierno porteño. Esa manera desestructurada de moverse, ser el primero en romper con la reserva tradicional de un presidente del Banco Central dando entrevistas largas, y antes en el Gobierno de la Ciudad mudar sus oficinas hacia el sur, barrio postergado de la Ciudad, dice bastante de su carácter.

Hay un dato que siempre me pareció revelador de quién es Federico debajo del economista: llevó su colección de juguetes de Star Wars a su despacho del Banco Central, como quien necesita un objeto de afecto para sentirse acompañado en la soledad de un cargo así. Contradice la imagen de tecnócrata frío que muchos le endilgan.

Viene de una familia de clase media, formado en la escuela pública y en la Universidad de La Plata donde su padre, también economista, daba clases; se recibió más joven que los demás estudiantes con un 10. Llegó al MIT por una beca ganada a fuerza de notas, no por herencia ni por círculo. Ese origen es el que lo vuelve, a su manera, un iconoclasta del establishment que hoy dice combatir.

No comparto su tesis de que basta con sacarle recursos a la "casta" para destrabar el país —creo que la parálisis argentina no viene exclusivamente de la falta de ataque a esos privilegios sino de la falta de consenso entre gobiernos que se turnan para deshacer lo que hizo el anterior—, pero de su integridad personal y de su vocación por la cosa pública me resulta convincente, algo que no podría decir con la misma certeza de otros funcionarios de este gobierno movidos por otros intereses.

Con todo esto quiero aportar a la pintura de un personaje tan complejo como relevante de la situación política local. No es un arribista como Adorni, ni un camaleón como Santilli, no está en política por el dinero, realmente es una persona íntegra, es un talibán contra las regulaciones algunas del Estado con privados y muchas entre privados mismos. Como todo talibán es fundamentalista y rígido en su cosmovisión, en eso tiene un aspecto algo infantil y eso lo vinculó con lo de los juguetes de Star Wars.

Hace recordar al personaje Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia, un hombre de negocios retratado en una tira cómica de mediados del siglo pasado que se comportaba como un chico, porque no había tenido tiempo de ser niño por haberse tenido que ganar la vida de muy joven. Probablemente Sturzenegger haya tenido infancia, pero eso no quita que en su actividad política tenga ese dejo de idealismo e ingenuidad que viene de la juventud. Eso han dicho algunos de sus compañeros de ruta.

Se doctoró en el MIT en 1991 y fue profesor asistente en Universidad de California en Los Ángeles hasta 1994, cuando José Estenssoro lo convocó de vuelta al país para ser economista jefe de YPF durante la transformación de la petrolera, cargo que combinó con el decanato de la Escuela de Negocios de la Universidad Di Tella.

Su primer desembarco político-institucional llega en 2001, como secretario de Política Económica de la Nación bajo Fernando de la Rúa, primero junto a Ricardo López Murphy y luego a Domingo Cavallo. Participó del blindaje financiero del FMI y del megacanje de deuda, por el cual fue procesado judicialmente y sobreseído recién en 2016.

Tras la crisis de 2001 volvió a la academia —Di Tella, luego la Escuela Kennedy de Harvard hasta 2008— hasta que el acercamiento a Mauricio Macri, entonces candidato a jefe de Gobierno porteño, marca el giro que define el resto de su carrera: en 2008 asume la presidencia del Banco Ciudad, donde lleva adelante una reestructuración estudiada como caso por Harvard Business School.

En 2013 fue elegido diputado nacional por la Ciudad con el PRO, y en diciembre de 2015, ya presidente Macri, asume al frente del Banco Central. Su gestión —marcada por la salida del cepo cambiario y la meta de inflación— termina en junio de 2018 en medio de una crisis cambiaria que erosionó su credibilidad; renuncia sin asumir responsabilidad directa en su carta, atribuyendo el desgaste a "diversos factores".

Fuera del cargo, retoma la docencia en la Universidad de San Andrés y Harvard, fue columnista de Perfil y dedica cerca de dos años, prácticamente todos los sábados, a redactar un proyecto de trescientas leyes para modificar la estructura económica argentina —el germen de lo que iba a ser un libro, "Manifiesto Antiestablishment". Ese archivo, pensado sin destinatario político claro aunque más cercano al proyecto de presidencia de Patricia Bullrich. De hecho, había grabado este video para ella.

Luego Sturzenegger encuentra en 2023 en Javier Milei al presidente dispuesto a instrumentarlo: en julio de 2024 asume como ministro de Desregulación y Transformación del Estado, con rango de artífice intelectual del plan económico libertario y fama de "alter ego" del presidente.

Su tercera cruzada a favor de las desregulaciones como funcionario de primera línea puede generar que termine de la misma manera que la segunda. En ambas parece haber pasado lo mismo. Primero a Sturzenegger se lo manda a romper con el status quo y cuando empiezan a aparecer las primeras complicaciones, se le suelta la mano. Al principio con las metas de inflación de Sturzenegger en el Banco Central que se hacían subiendo las tasas de interés, generaba que se enfríe la economía, cuando llegaron las elecciones, se lo obligó a cambiar las metas y la inflación se disparó. A continuación un fragmento de aquel fatídico día del 2017 conocido en el periodismo como el 28D.

Luego, Sturzenegger tuvo que renunciar. Ahora, se tomó de él toda la ruta legal de transformación jurídica del país y cuando se topó con las lógicas resistencias y nuevamente se acerca un año electoral, al igual que la anterior vez, se le pide que se aparte de las decisiones.

Segunda vez que a Sturzenegger se lo manda de kamikaze a chocar contra las bases enemigas. Entendiendo su biografía y personalidad, su cercanía más a las ideas que a los hechos, se entiende por qué consiente este lugar de kamikaze. Sin embargo, se dio cuenta de que fue usado por el macrismo tiempo después. Él mismo dijo en enero del año pasado “El macrismo me usó de chivo expiatorio de cosas que yo no tenía nada que ver”. ¿Terminará diciendo lo mismo del Gobierno libertario?

Es la escena que cierra el arco del personaje, hacia el final de la Segunda Parte, en la playa de Barcelona.

Sansón Carrasco, el bachiller que ya lo había desafiado al Quijote una vez sin éxito disfrazado de "Caballero de los Espejos", vuelve a intentarlo bajo una identidad nueva: el "Caballero de la Blanca Luna". Lo busca deliberadamente, lo encuentra en Barcelona y lo reta a duelo con una condición que Quijote, fiel a su código de honor caballeresco, no puede rechazar: si pierde, deberá retirarse a su aldea, colgar las armas y no volver a la caballería andante por un año entero.

Quijote acepta sin dudar —está convencido de su invencibilidad— y ambos se enfrentan a caballo, lanza en mano. Pero esta vez no hay margen para la reinterpretación de la realidad que tantas veces lo salvó antes: el Caballero de la Blanca Luna lo derriba limpiamente, sin trampa ni encantamiento que valga como excusa. Quijote queda en el suelo, y ahí llega el momento clave: tendido, vencido, con la lanza del otro apuntándolo, dice en voz alta que aunque ha perdido el combate, Dulcinea del Toboso sigue siendo la mujer más hermosa del mundo— y que prefiere morir antes que negarlo. Es un gesto revelador: no reniega de su sistema de creencias ni siquiera derrotado en el cuerpo a cuerpo más literal y menos ambiguo de todo el libro. La derrota física no le alcanza para quebrar la idea.

Pero sí lo obliga, por el código que él mismo profesa, a cumplir la condición pactada. Y ese cumplimiento —no la derrota en sí— es lo que empieza a apagarlo. Emprende el regreso a su aldea ya sin la excusa de una nueva aventura por delante, y en el camino, cargando encima el peso de tener que abandonar por un año lo único que le daba sentido, va perdiendo el ánimo poco a poco. Sancho, que lo acompaña, nota el cambio: ya no es el mismo hombre exaltado de antes.

Ya en su casa, enferma —de tristeza, dice Cervantes, más que de un mal físico concreto— y se acuesta a morir. Y es recién ahí, en el lecho, cuando ocurre la verdadera caída en la realidad, mucho más honda que la del combate: recupera la razón por completo, reniega de los libros de caballerías como causa de su ruina, y pide que lo vuelvan a llamar por su verdadero nombre —Alonso Quijano el Bueno. Muere ya no como caballero, sino como el hidalgo cuerdo que era antes de perder el juicio.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

Por Jorge Fontevecchia - Perfil

Día 971: Sturzenegger, un Quijote desregulador