Clausewitz sostuvo que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Michel Foucault, en sus cursos de 1976, propuso darla vuelta: la política como continuación de la guerra por otros medios. Esa inversión, que entonces fue una hipótesis de filósofo, hoy describe una rutina. En la guerra mundial híbrida las elecciones, los debates y las redes sociales no son el espacio donde se resuelven los conflictos. Son el terreno donde se libran. Lo que se disputa ya no es una frontera sino una percepción: qué cree la gente, a quién teme, a quién culpa.
Las columnas anteriores describieron a quien llega a esa batalla. Es un ciudadano endeudado en tres niveles: su país paga intereses que compiten con lo que invierte en salud y educación, la empresa donde trabaja se debilita o se vende, y él mismo refinancia la tarjeta para llegar al día treinta. Tiene un empleo precario, o dos. El salario perdió contra los precios. No le queda tiempo para comparar fuentes, leer un balance o verificar un dato, porque la información clara exige horas y las horas son justamente lo que le quitaron. Es un sujeto agotado, ansioso y sobreestimulado, que usa el teléfono como única ventana abierta y como único descanso.
Aquí ocurre algo que la economía sola no explica. Ese ciudadano tiene motivos reales para la ira: el Estado le falló, la política tradicional prometió y no cumplió. La ira es legítima. Lo que se manipula es su destino. Las corrientes libertarias, tecnofeudales y anarcocapitalistas, agrupadas a veces bajo el nombre de neorreaccionarismo, le ofrecen un relato simple en el que la culpa es del Estado, de los impuestos, de los sindicatos, del vecino que cobra una ayuda. Le proponen, a la vez, desmontar las protecciones laborales, previsionales y regulatorias que amortiguan su fragilidad. El agotamiento hace el resto: quien no tiene tiempo de leer un programa vota una emoción. Así, buena parte del daño se vota. El trabajador milita contra los derechos que lo sostienen y se convierte, sin saberlo, en tropa de la causa que lo desarma.
Para que ese mecanismo funcione hace falta un arsenal, y conviene nombrar sus piezas.
La primera es la desinformación, que consiste en algo más sofisticado que mentir. Un informe de la RAND Corporation de 2016 sobre la propaganda rusa la describió como una manguera de falsedades: un flujo masivo, veloz y contradictorio, sin compromiso con la coherencia. El objetivo no es que se crea una versión sino que nadie sepa cuál creer. Cuando todo puede ser falso, la verdad pierde valor de cambio y gana quien grita más fuerte.
La segunda es la saturación. Cada hora trae una indignación nueva, una cifra, un video, una polémica. El cerebro tiene un ancho de banda finito, y pasado ese límite no se razona: se delega, se abandona o se elige al azar. La saturación no apunta a convencer. Apunta a cansar, y el cansancio entrega.
La tercera es la combinación de fake news y heurística. Daniel Kahneman y Amos Tversky mostraron que, frente a la complejidad, la mente toma atajos. La guerra cognitiva los cultiva con método: la heurística del miedo, con su inseguridad, su caos y su invasión; la del odio al Estado, según la cual todo lo público es robo; la del enemigo interno, que ofrece un culpable al alcance de la mano. Con esos atajos, un relato que cuesta tres segundos de atención le gana a un dato que cuesta una hora. La inflación que se siente en la caja pierde contra la historia de quién tiene la culpa.
La cuarta es la pieza central, y se llama adiophoria. Zygmunt Bauman habló de adiaforización para describir el proceso por el cual ciertos actos y personas quedan fuera del campo de evaluación moral, neutralizados por la distancia, la técnica o la burocracia. Llevado al terreno de la guerra cognitiva, el concepto designa la indiferencia inducida: el proceso por el cual los estímulos extremos dejan de producir reacción moral, política o afectiva. No es resignación, que supone conciencia del daño. Es anestesia. La indignación se gasta antes de llegar a formularse, porque mañana habrá otra y pasado mañana otra más.
El ejemplo está a la vista. Peter Thiel, cofundador de PayPal y de Palantir, financista y mentor político del vicepresidente de Estados Unidos J. D. Vance, escribió en 2009, en el portal del Cato Institute, que se había convencido de que libertad y democracia ya no eran compatibles, y que la humanidad estaba en una carrera mortal entre la política y la tecnología. En los últimos años dedicó conferencias en varios países a explicar que el Anticristo tiene el rostro de quienes quieren regular la tecnología o frenar la ciencia. En 2025, en una entrevista con The New York Times, ante la pregunta de si prefería que la especie humana perdurara, dudó durante varios segundos antes de responder que sí. Un hombre con ese capital, ese acceso al poder y esa ideología trata el futuro de la especie como un asunto de matices, y el hecho circula como curiosidad, como meme, como contenido. Lo que importa es lo que no ocurre: ninguna ruptura, ninguna deliberación pública a la altura de la frase. Un mundo que procesa una declaración semejante como una más entre mil ya está anestesiado.
El círculo se cierra. La guerra geopolítica produce un trabajador endeudado y precarizado. Ese trabajador, bombardeado cognitivamente, entra en adiophoria y vota a quienes desarman su protección creyendo que vota a sus salvadores. La víctima se convierte en tropa del victimario, y lo hace con la tranquilidad de quien ya no siente nada.
Por Ignacio Stankewitsch


