La lógica del clic: cuando la muerte es un indicador de rendimiento
Tecnofeudalismo, extracción y la deshumanización como modelo de negocio, vistos desde el Sur.
En las dos entregas anteriores seguimos el camino de una idea. Ahora hay que mirar su resultado material. Qué ocurre cuando una oligarquía que cree que el pueblo es una ficción, que la democracia es un obstáculo y que el Estado es una empresa, controla además la infraestructura digital de la vida cotidiana y los sistemas que se usan para hacer la guerra.
El economista griego Yanis Varoufakis y el francés Cédric Durand popularizaron el término «tecnofeudalismo» para describir un cambio que el vocabulario liberal tradicional no alcanza a definir. En el capitalismo clásico, el beneficio provenía de producir y vender mercancías en un mercado competitivo. En el esquema actual, una parte creciente de la ganancia proviene de la renta: se cobra por acceder a plataformas que son propiedad privada de unos pocos. Quien quiere vender, comunicarse, trabajar o ser visible debe pasar por esas puertas y pagar peaje, con dinero o con datos. No hay mercado en sentido estricto: hay feudos, con señores, vasallos y tributos.
La coincidencia con la Ilustración Oscura es estructural. La neorreacción propone un soberano-propietario sin controles, y el tecnofeudalismo es la economía que lo hace viable. Un dueño de plataforma ya puede, en la práctica, decidir quién habla y quién no, qué se ve y qué desaparece, qué trabajo existe y cuál es reemplazado. Lo que falta es la formalización política, y de eso se ocupan los ensayos de Yarvin y los lobbies de sus admiradores.
La métrica no distingue entre un usuario y una víctima. Aquí aparece el núcleo del problema, y conviene formularlo con rigor. Nadie necesita dar una orden explícita de matar para que un sistema produzca muertes. Basta con que la muerte, o la violencia, forme parte de lo que el sistema mide y recompensa. Cuando una empresa fija objetivos de rendimiento sobre una operación que incluye daño a personas, la presión viaja por la cadena jerárquica de forma impersonal: metas trimestrales, tableros de control, evaluaciones de desempeño. El empleado no recibe la instrucción de aumentar las víctimas. Recibe la de aumentar la «eficiencia», y la eficiencia, en ciertos contextos, se mide en objetivos procesados. Muy similar a la burocracia nazi organizando trenes con destino a campos de concentración.
Los ejemplos documentados permiten ver la lógica sin necesidad de exagerarla.
En Myanmar, la misión de investigación de las Naciones Unidas concluyó en 2018 que Facebook había tenido un papel determinante en la difusión de discurso de odio contra los rohinyás, en el contexto de una campaña que la propia ONU calificó de genocida. La empresa reconoció ese año que no había hecho lo suficiente. Los algoritmos de recomendación priorizan lo que genera engagement, y el odio genera mucho. No hizo falta una orden: bastó el modelo de negocio.
En Gaza, investigaciones periodísticas de +972 Magazine y Local Call describieron sistemas de inteligencia artificial utilizados por el ejército israelí para generar listas masivas de objetivos, con supervisión humana mínima según los testimonios recogidos. Empresas de tecnología estadounidenses mantienen contratos con las fuerzas armadas israelíes: Palantir anunció en enero de 2024 una asociación estratégica con el Ministerio de Defensa de Israel, y se han publicado informes sobre el uso de servicios en la nube de grandes compañías. Las empresas rechazan toda responsabilidad por usos específicos, y hay que decirlo. Pero la lógica es la que interesa: cuando la guerra se vuelve un flujo de datos, el volumen procesado pasa a ser un indicador, y quien produce los sistemas obtiene ingresos por cada unidad de uso. Se benefician con la guerra y su posición es la misma que la de quienes fabrican misiles pero no se responsabilizan por el uso que sus clientes hagan de ellos, y se desentienden del rol de participes necesarios para producir la muerte de miles de personas.
Lo mismo vale por abajo, en la cadena de suministro. El cobalto y el coltán que alimentan los dispositivos del Norte se extraen en el este del Congo en condiciones denunciadas por organizaciones locales e internacionales, con trabajo infantil y grupos armados. Los moderadores de contenido en Kenia que filtran la violencia más brutal para que las plataformas funcionen demandaron a Meta y a su subcontratista por condiciones laborales que les provocaron daños psicológicos. Los etiquetadores de datos que «entrenan» la inteligencia artificial, en Filipinas, Kenia o Venezuela, cobran centavos por tarea. La inteligencia artificial que se vende como magia es en gran medida trabajo del Sur invisibilizado.
La deshumanización como método
Todo esto encuentra su justificación en una cosmovisión. Si los seres humanos no son iguales, si hay jerarquías naturales, si el pueblo es una ficción, entonces el cálculo costo-beneficio puede incluir vidas sin que nadie sienta que cruzó una frontera moral. La Ilustración Oscura no inventa la crueldad del capital, pero le suministra una teoría que la vuelve respetable. Quien puede decir que ciertos grupos humanos valen menos no tiene problema en tratarlos como insumo, como daño colateral o como mercado cautivo. Cuando se anula la idea de prójimo y la de semejante, y se cosifica al otro mediante demonización y estereotipos que se multiplican algoritmos mediante, su muerte ya no duele, sino que hasta alivia o alegra, en muchos casos. No está bien, pero hemos visto celebrar la muerte y festejar genocidios.
Por eso es un error de análisis reducir esto a «ultraderecha» en el sentido clásico, de nacionalismos y banderas. Muchos de sus protagonistas tienen poco de patriotas. Su lealtad es a la acumulación, y están dispuestos a mudar de país, de jurisdicción y hasta de planeta, como proponen quienes sueñan con ciudades flotantes, enclaves privados o colonias en Marte. El «exit» de Yarvin no es una metáfora: es el plan de quienes tienen con qué irse.
Buena parte del análisis europeo sobre estos temas se enfoca en la amenaza «a la democracia», entendida como las instituciones de Europa y Estados Unidos. Ese encuadre implica que antes de la ofensiva había un orden democrático global, algo que los pueblos de Asia, África y América Latina difícilmente reconocerían. Para nosotros la democracia fue siempre condicional: se toleraba mientras no tocara los intereses de las corporaciones, y se interrumpía con golpes, bloqueos o endeudamiento cuando los tocaba. Lo que cambia ahora es que el método se aplica también a europa, y que los dueños del poder y las grandes fortunas ya no sienten la necesidad de disimularlo.
También hay un sesgo en el modo de definir la solución. Cuando se propone «regular» a las plataformas con normas europeas, se asume que el Sur seguirá siendo el territorio de la extracción y del vertedero tecnológico. Una respuesta seria exige otra escala: soberanía sobre los datos, infraestructura digital pública y regional, derechos laborales para quienes entrenan y moderan, tributación efectiva de la renta digital, y cooperación entre países del Sur que hoy compiten por atraer inversiones. La tradición de pensamiento sur-sur, de Fanon a Quijano y de Dussel a Mbembe, ofrece herramientas que las academias del Norte tardan en reconocer: la colonialidad del poder no desapareció con las independencias, cambió de interfaz.
La Ilustración Oscura comenzó como una rareza en la sección de comentarios de internet. Terminó como la filosofía íntima de una clase que controla los canales por los que circulan la información, el dinero y las armas. Su proyecto es simple de enunciar y difícil de enfrentar: que la política deje de ser asunto de los pueblos para ser un servicio gestionado por sus dueños.
La respuesta no puede ser nostalgia por un liberalismo que ya incubó este monstruo, ni confianza en que las instituciones del Norte nos van a proteger. Será, si llega, una construcción colectiva del Sur, hecha con memoria de lo que ya vivimos. Porque lo que el discurso del «futuro» presenta como novedad es, en demasiados aspectos, una vieja concesión colonial con mejor diseño.
Por Ignacio Stankewitsch

