Misiones Para Todos

Batalla Cultural

¿Escribió la CIA la canción "Wind of Change"?

Moscú, 12 de agosto de 1989. Cien mil personas llenan el estadio Lenin. En el escenario se turnan Ozzy Osbourne, Bon Jovi, Mötley Crüe y los Scorpions, cinco melenudos de Hannover. El festival existe porque su organizador, el manager Doc McGhee, había aceptado culpabilidad en un caso de contrabando de marihuana y necesitaba un gesto redentor. Pagó quince mil dólares de multa, recibió una condena en suspenso, y prometió hacer el bien. Eso dice el expediente. Lo demás es leyenda, o sospecha bien fundada, según se mire.

Tres meses después cae el Muro de Berlín. Un año después, los Scorpions publican una balada: silbido inicial, guitarras limpias, un río moscovita, un parque, un futuro que flota en el aire. Vende millones. Se vuelve himno. Gorbachov los invita al Kremlin.

  Demasiado perfecta. Demasiado oportuna. Una canción de hard rock sobre el fin de la Guerra Fría, escrita por tipos que cantaban sobre huracanes y mujeres. ¿Casualidad o guion?

 La teoría tiene un origen conocido. En 2011, el periodista Patrick Radden Keefe, de The New Yorker, escuchó de un amigo, que a su vez lo había escuchado de alguien, que la CIA había escrito "Wind of Change". Un rumor de tercera mano. Nueve años de investigación periódistica después lo convirtió en Wind of Change, un podcast de ocho episodios de Pineapple Street Studios y Crooked Media, con Spotify, estrenado en mayo de 2020. Keefe viaja a Moscú, a Kiev, a Alemania; entrevista a músicos, historiadores y ex oficiales de inteligencia, entre ellos una a la que llama Rose, cuya voz reemplaza una actriz. Ninguno confirma exactamente que la CIA escribiera la canción. Varios dicen, eso sí, que la hipótesis no es absurda.

  Y no lo es porque la CIA ya lo hizo, y los papeles están desclasificados. Entre 1950 y 1967 financió en secreto el Congreso por la Libertad de la Cultura, una red de intelectuales con sedes en treinta y cinco países y revistas como Encounter, hasta que la prensa estadounidense lo expuso. En 1954 pagó una versión animada de Rebelión en la granja y le cambió el final. En 1958 repartió en Bruselas ejemplares en ruso de Doctor Zhivago entre visitantes soviéticos. Y bajo el nombre Mockingbird, que internet usa para todo, las Joyas de la familia, el informe interno de 1973 desclasificado en 2007, registran escuchas a periodistas; el Comité Church sumó en 1976 un hallazgo mayor: unos cincuenta periodistas estadounidenses con vínculos con la agencia.

A favor hay, entonces, un método. La agencia entendió pronto que la cultura es un terreno donde un gobierno puede pelear sin que se note, porque el público baja la guardia ante lo que parece espontáneo. Eso es doctrina, no teoría conspirativa. Funcionó así el Congreso por la Libertad de la Cultura, funcionó así el caso Zhivago y funcionó así, según el historiador Hugh Wilford, la gira de Nina Simone por Nigeria en 1961, patrocinada por una organización que la agencia de inteligencia financiaba sin que ella lo supiera.

 Hay también un cuadro que invita a conectar puntos. Un festival organizado por un manager con causa penal, bajo una fundación antidrogas, en el corazón de la URSS, ante la mirada de la KGB. Una banda que en 1988 fue la primera de hard rock en tocar allí, y que cantaba sobre fiestas. Y de pronto y de la nada aparece con una balada política. Su letra habla de hijos del mañana y de un futuro en el aire: un optimismo geopolítico que cualquier asesor de comunicación estadounidense habría firmado.

  En contra, la versión oficial de los Scorpions es la misma hace treinta años. Klaus Meine cuenta que se inspiró en un paseo en barco por el río Moscova con las bandas, periodistas y soldados soviéticos; McGhee recuerda haberlo oído silbar la melodía en el micro, de vuelta del segundo concierto. No existe un solo documento desclasificado que la vincule con la agencia, pero eso tampoco es suficiente, ya que esa ausencia de respaldo documental se resolvería tarde o temprano cuando se desclasificaran los documentos. Ya sucedió en muchos otros casos.

 El Muro había caído hacía un año y Alemania se había reunificado semanas antes de que saliera el álbum. La canción no aceleró el colapso; lo narró cuando ya había pasado. Keefe terminó sin pruebas. Dijo a Rolling Stone que hizo todo lo que pudo como periodista y que, aun así, le quedaron preguntas. También conviene decir que la ausencia de pruebas, en este terreno, no es prueba de ausencia: las operaciones que sí se conocen se conocieron décadas tarde, y por investigación periodística o desclasificación.

 Queda la pregunta que importa. ¿La CIA necesitaba escribirla, o le bastaba con potenciarla? Son matices distintos. Radio Liberty, financiada en secreto por la CIA hasta 1971 y abiertamente por el Congreso después, ya llegaba a los oyentes soviéticos por onda corta. Y sí existe amplificación documentada, pero de otro tipo: Gorbachov invitó a la banda al Kremlin y los Scorpions grabaron una versión en ruso. La autoría exige un compositor. La weaponización solo exige una canción que ya funcione, y los medios para que suene en la radio correcta, en el idioma correcto, en el momento correcto. Esa segunda hipótesis es bastante más difícil de probar y mucho más fácil de creer.

Aunque no la haya escrito, el caso demuestra algo. Que la CIA, durante décadas, apostó a que una balada podía rendir más que un misil. Que financió revistas, películas y libros con esa convicción, y lo hizo con el cuidado de quien sabe que, si se nota, no funciona. Y que la guerra híbrida cultural no necesita inventar: le alcanza con amplificar, financiar y convertir una canción en sentido común. No es poco. Es la diferencia entre una conspiración y un método: la primera se prueba con un papel; el segundo se reconoce por su repetición. Y eso está probado.

Algo más para tener en cuenta: una canción escrita por espías es una historia más cómoda que una escrita por cinco tipos de Hannover emocionados en un barco. Keefe lo sabe: advierte que cuanto más se repite una historia, más gente la cree. Y en Rusia, dice en el podcast, la desinformación produce primero cinismo y después apatía. Cualquiera que haya escuchado la teoría y haya pensado "y por qué no" ya recorrió medio camino.

Y un último giro. En 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, Meine dijo a Die Zeit que ya no podía cantar "Wind of Change" como siempre. Una canción que nadie pudo probar que fuera un arma terminó, a los treinta y dos años, desarmada por una guerra de verdad. Lo que significa que el éxito o permanencia de una canción no lo decide quien la escribe. Lo deciden quienes la usan.

Si "Wind of Change" no fue de la CIA, fue exactamente el tipo de canción que la CIA habría querido escribir: simple, emocional, optimista, ajena a cualquier firma gubernamental. Y eso ya es una lección sobre cómo se construye el sentido común. No hace falta obligar a otros a adoptar una postura política conveniente al poder de turno. Alcanza con que, cuando el viento sople, alguien haya dejado la ventana abierta.

Por Ignacio Stankewitsch