En el año 2006, el filósofo disruptivo alemán Peter Sloterdijk publicó el libro “Ira y tiempo. Ensayo psicopolítico”, una interesante obra que reconstruye la historia política de la ira. Según este filósofo formado bajo la órbita de los seguidores de la Escuela de Frankfurt, un sentimiento irreprimible corría a través de todas las sociedades, alimentado por aquellos que, con razón o sin ella, creen que están siendo perjudicados, excluidos, discriminados o no escuchados. Históricamente, había sido en primer lugar la Iglesia quien había canalizado esta enorme rabia acumulada. Luego, los partidos de izquierda había tomado el relevo a finales del siglo XIX. A decir de Sloterdijk, estos habían asegurado la función de “bancos de indignación”, al acumular las energías que, en vez de liberarse, podían destinarse a construir un proyecto más ambicioso. Un ejercicio difícil porque dependía de, por un lado, inflamar constantemente la furia y el resentimiento y, al mismo tiempo, de controlar estas emociones para que no derivaran en episodios individuales, sino que se pusieran al servicio de la ejecución de un plan general. Según este plan, el perdedor se convertía en activista y su ira encontraba una salida política.
Ahora bien, desde inicios del siglo XXI, la ira se ha expresado de manera cada vez más desorganizada hasta la actualidad en donde se puede observar que las fuerzas de la indignación popular se han reorganizado.
Más que medidas específicas, quienes se venden como nuevos referentes ofrecen a los electores la posibilidad de “sacar a las patadas” a los gobernantes. No existen planes de gobierno ni un rumbo claro, simplemente operan como vehículos depositarios del odio y la indignación.
Ya en la Antigua Grecia, el castigo a los “poderosos” siempre encabezaba el programa de medidas de los demagogos, mientras que el resto de las promesas eran poco realistas y se perdían en la nebulosa.
Vivimos en la era de la tecno política, dicho esto, es imprescindible remarcar que la maquinaria hiperpotente de las redes sociales, enlazada a los manantiales más primarios de la psicología humana, no fue diseñada para apaciguarnos. Por el contrario, fue construída para mantenernos en un estado de incertidumbre y de vacío permanente.
Para comprender la rabia contemporánea, es necesario, por lo tanto, alejarse de la perspectiva puramente política y entrar en una lógica distinta. Los psicólogos sostiene que la rabia “es el efecto narcisista por excelencia”, que surge de un sentimiento de soledad e impotencia y que caracteriza la figura del adolescente.
El problema es que hoy, en las redes sociales, todos somos adolescentes enclaustrados en nuestras habitaciones, donde aumenta la frustración debido a la creciente brecha entre la mediocridad de nuestras vidas y todas las posibilidades virtualmente a nuestro alcance.
Los psicólogos sentencian que como un adolescente, tenemos altísimas probabilidades de terminar consumiendo dos tipos de contenidos en las redes que alimentan aún más nuestra frustración: el contenido pornográfico o el contenido que desarrolla teorías conspirativas, que ejercen un intenso poder de satisfacción porque ofrecen, al fin y al cabo, una explicación plausible a las dificultades en que nos encontramos. La culpa es de otros, nos dicen, que no hacen más que manipularnos para lograr sus objetivos perversos.
Ahora nos detendremos en el análisis de los teóricos de la conspiración: estos siempre ofrecen un mensaje halagador. Entienden al indignado, conocen su ira y la justifican: no es culpa suya, es de los demás, pero todavía puede redimirse convirtiéndose en un actor de la batalla por la verdadera justicia. Se empieza por las cosas más insignificantes para llegar a las más grandes.
Las redes sociales no son, por naturaleza, propensas a la conspiración. No obstante, las conspiraciones funcionan en las redes porque invitan a las emociones intensas, a la indignación, a la rabia . Y estas emociones generan clics y mantienen a los usuarios pegados a la pantalla. Estudios de la Instituto Tecnológico de Massachussetts (MIT) da cuenta de que una información falsa tiene, en promedio, un 70% más de probabilidades de ser compartida en internet, porque es generalmente más peculiar que una verdadera. Según los investigadores, en las redes sociales, la verdad tarda seis veces más que las fakes news en llegar a 1.500 personas.
La mayoría de los estudios que existen al respecto, muestran que las redes sociales tienden a exacerbar conflictos, al radicalizar los discursos hasta puntos que, en algunos casos, derivan en un verdadero factor de violencia. Una vez que la ira se ha desatado, se hace posible construir cualquier tipo de operación política. Es así que muchas veces, bajo la aparente simplicidad de un contenido low cost e improvisado publicado en las redes sociales se esconde la próxima operación de los ingenieros del caos, que no son más que un grupo de terroristas que atentan contra la democracia y que operan por medio de la combinación de la ira con los algoritmos.
Memoria
El filósofo alemán de origen judío, Walter Benjamin, muy vinculado a la Escuela de Frankfurt en su tesis sobre la historia subrayó que “recordar es un acto peligroso para los poderosos”. Al hablar de la memoria resulta inevitable saltear al gran maestro Jorge Luis Borges quien concebía a la memoria como un territorio frágil y a la vez decisivo, lejos de ser un simple archivo del pasado. Para él, la memoria no reproduce los hechos tal como ocurrieron, sino que los recrea, los ordena y también los deforma, convirtiéndose en el núcleo mismo de la identidad. De textos borgeanos como “Funes el memorioso” se desprende una enseñanza clave: la memoria no es acumulación mecánica, sino interpretación crítica del tiempo vivido. En esa tensión entre recordar y olvidar, Borges sitúa una ética de la memoria que permite comprender el presente y evitar que el pasado se repita como fatalidad. Dicho esto, queda claro que el olvido no es neutral: siempre beneficia al poder que quiere volver a empezar de cero.
A mediados de diciembre de 2024 ingreso por Mesa de Entradas de la Cámara de Representantes un pedido de juicio político contra la Dra. Rossana Pía Venchiarutti Sartori, máxima autoridad de la Justicia misionera. El inédito y desopilante escrito fue impulsado por el ex titular de la Dirección General de Rentas de Misiones Miguel Arturo “Pimpi” Thomas, con el patrocinio letrado de Esteban Antonio Cartago Lozina, dos personas que caben dentro de la categoría de “cualquier hijo de vecino”. Apelemos a la memoria: se trata de dos ex dirigentes renovadores que se fueron por la puerta de atrás del espacio conducido por Carlos Rovira.
Algunos desprevenidos se preguntarán ¿quién es Thomas?. Sigamos refrescando la memoria. El contador Thomas fue titular de la Dirección General de Rentas entre 1999 y 2019 y fue el artífice de lo que muchos llaman “aduana paralela” en Misiones. Su salida de ese organismo un tanto particular y se dio luego de una serie de traspiés que debilitaron su posición de funcionario todopoderoso: el gobernador Hugo Passalacqua le había ordenado derogar una resolución general de rentas que aplicaba retenciones por pago a cuenta a productores primarios monotributistas de la zona sur de la provincia, una medida que había sido muy criticada por los productores primarios y los empresario pymes. Por otra parte, el Presupuesto 2020 le recortó poderes para modificar y establecer alícuotas y regímenes vigente y transfirió esas facultades al Ministerio de Hacienda.
Otro dato, “Pimpy” Thomas es hermano del arquitecto Oscar Thomas, ex Director Ejecutivo de la Entidad Binacional Yacyretá, procesado en el marco de la “Causa Cuadernos” sobre los presuntos actos de corrupción con la obra pública durante la administración kirchnerista.
Ahora volvamos a la presentación de Thomas. El origen del planteo versa sobre un expediente vinculado a un haber jubilatorio de privilegio, un régimen especial que él mismo había establecido cuando se encontraba al frente de la Dirección General de Rentas para cargos jerárquicos y que luego fue eliminado por considerarse gravoso para el erario público ya que ponía en jaque a la política de equilibrio fiscal impulsada por el Gobierno Provincial. Tras la revocatoria administrativa, el ex funcionario recurrió a la vía judicial y, ante la falta de una resolución favorable, denunció “retardo en la justicia”, responsabilizando directamente a la Presidente del Superior Tribunal de Justicia de Misiones.
La maniobra de Thomas, lejos de prosperar recibió un duro revés en la Comisión de Juicio Político de la Cámara de Representantes de la Provincia. Se trató de un reclamo de un privilegio disfrazado de cruzada republicana.
El mensaje institucional que dio el Parlamento Misionero fue contundente: cuando se pretende convertir un interés personal en una ofensiva contra el sistema, hace falta una respuesta firme. Y en ese sentido, la Legislatura le puso un freno a un rebuscado embate, falto de consistencia, producto de la falta de pruebas.
El presidente de la Comisión Investigadora, Alejandro Arnhold fue contundente al referirse a la maniobra: “no hay fundamentos”, motivo por el cual no están acreditados los extremos para avanzar con el procedimiento de juicio político que, cabe destacar, se trata de un mecanismo extrema y excepcional contemplado en la Constitución de la Provincia de Misiones que de ninguna manera puede ser utilizado como vía de presión cuando una decisión judicial no satisface intereses puramente personales. En esta línea, tras el profundo análisis del expediente compuesto por cinco cuerpos, la diputada Anazul Centeno subrayó que no se puede llevar al banquillo a una jueza porque uno no esté de acuerdo con una decisión jurídica que no satisface intereses particulares.
Por su parte, otro de los miembros de la Comisión Investigadora, José Luis Pastori advirtió que el pedido impulsado por Thomas presentaba “serios defectos legales desde el origen”.
En tiempos donde muchos predican “cuidar la plata de la gente”, este episodio mostró una postura firme que se traduce en un cuidado concreto: no habilitar atajos para manotear privilegios con dinero de los contribuyentes. Menos aún, cuando el infundado reclamo viene de un ex funcionario cuestionado, que se fue de la Renovación por la puerta de atrás y que tiene un trasfondo evidente, más cercano a un intento de operación política que a un reclamo legítimo. No debemos soslayar que la maniobra de Thomas fue acompañada de un fallido intento de instalación mediática impulsado por tres reconocidas figuras políticas (también integrantes de la Comisión Investigadora) con desmedidas aspiraciones de poder y serviles a intereses de grupos que buscan generar en los últimos tiempos un clima de caos en una provincia que siempre se ha destacado por tener un pueblo pacífico que eligió vivir en un clima de paz social y concordia.
Tampoco pasa desapercibido el contexto familiar y político: el apellido Thomas quedó íntimamente asociado a episodios sensibles de la Argentina reciente, con menciones de público conocimiento a su hermano Oscar, detenido y procesado en el marco de la causa conocida como “Cuadernos de las Coimas”, vinculada a Julio De Vido y a la corrupción kirchnerista.
Cuando una sociedad olvida el pasado reciente, se vuelve más vulnerable. Dicho esto, cuando las instituciones son fuertes, se transforman en una barrera infranqueable frente a los privilegios y las presiones sin sustento ejercidas por operaciones disfrazadas de reclamos legítimos. En contextos de debilidad institucional, en cambio, prosperan los privilegios, se confunden los límites y se naturaliza que quien grita más fuerte o tiene poder para ejercer la manipulación de la sociedad a través de los medios y las redes sociales pueda torcer decisiones que deberían resolverse conforme a derecho y sustentada en pruebas. Fortalecer las instituciones no es un gesto abstracto: es garantizar previsibilidad, proteger el interés público y asegurar que nadie esté por encima de la ley, por más poder o influencia que crea tener.
Por Nicolás Marchiori

