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Daniel Barenboim: “En honor a nuestra historia, el país debe recibir refugiados sirios”

Atento a la tragedia que sacude Medio Oriente, el músico cree que la Argentina tiene “la posibilidad y el deber moral de hacer algo” por los migrantes

Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, Israel distingue a los gentiles que ayudaron a los judíos a salvarse del Holocausto con la generosa expresión de “Justos entre las Naciones”. Algún día, los países árabes tal vez terminarán por otorgar un reconocimiento similar a Daniel Barenboim por los esfuerzos que ha desplegado durante toda su vida para establecer un diálogo fértil entre las comunidades que se desgarran en Medio Oriente.

Esa tenaz militancia de más de medio siglo del célebre director de orquesta argentino acaba de manifestarse una vez más, con una iniciativa en favor de los millones de refugiados sirios que huyen de su país, sumergido en una guerra interminable, con la esperanza de hallar una vida mejor para sus hijos.

“Se me ocurrió que habría que abrir las puertas de la Argentina a esa gente. Creo que nuestro país puede y debe hacerlo. Estamos hablando del país más europeo de América Latina. ¿Qué hubiera sido de la Argentina sin los italianos, los españoles, los judíos? Siempre fuimos un país de inmigración. Hoy estamos reducidos a ser un país local, sin papel importante a nivel internacional. ¡No puede ser! Es un país que tiene demasiada importancia para estar encerrado en sus problemas individuales”, dijo Barenboim durante la entrevista en el corazón de Berlín.

A los 72 años, en el curso de una excepcional carrera musical, Daniel Barenboim no sólo recibió los premios más prestigiosos y dirigió las orquestas más célebres del mundo. También ha agregado a su currículum las ciudadanías israelí, palestina y española. Es tal vez por eso, en su calidad de ciudadano del mundo, que ha mantenido un compromiso sin fallas con los derechos humanos.

La Orquesta del Diván de Oriente y Occidente -nombre inspirado en una antología de poemas de Goethe- es el mejor símbolo de esa búsqueda permanente. Imaginada por Barenboim y el filósofo palestino-estadounidense Edward Said, la orquesta reúne desde 1999 a jóvenes talentos musicales palestinos, árabes e israelíes, así como un foro para el diálogo y la reflexión sobre el conflicto israelí-palestino.

Es difícil imaginar que Daniel Barenboim dejó la Argentina hace 62 años. En su amplia oficina de Berlín, su país natal está omnipresente. De las paredes cuelgan retratos suyos con el papa Francisco y con su amiga de niñez, la célebre concertista de piano argentina Martha Argerich. Aunque más inesperada aún es la invitación del maestro a matizar la charla “con unos mates”, que él mismo ceba y sirve, con un pequeño termo.

¿Cuándo se le ocurrió la idea de recibir a los sirios en la Argentina?

Durante mis últimos viajes a la Argentina con la Orquesta del Diván, con la cual tenemos nuestro festival en el Colón. Este último año hicimos tres conciertos con un quinteto de metales: una vez en una sinagoga en la calle Libertad, una vez en un Centro Islámico, y una vez en la Catedral. Siempre vuelvo a experimentar ese sentimiento de convivencia que hay en la Argentina. Un sentimiento que es único. A mi regreso lo hablé con Martha Argerich, que también está muy comprometida con este proyecto, y coincidimos.

¿Usted se refiere a volver a hacer lo que la Argentina ya hizo a comienzos del siglo pasado?

Pienso en algo comparable -no digo idéntico porque los tiempos han cambiado- a lo que hizo el barón Hirsch a fines del siglo XIX. Así fue como llegaron mi familia y también la de Martha a la Argentina. Hoy la situación es diferente. No sé a quién pertenecen las tierras ahora. Todo eso hay que verlo. Pero creo que, con su historia de país acogedor y teniendo tres comunidades sirias (una judía, otra cristiana maronita y una tercera musulmana), la Argentina podría volver a intentarlo.

El ejemplo que cita Barenboim fue una de las grandes epopeyas del judaísmo. Moritz von Hirsch (1831-1896), empresario, banquero y filántropo judeo-alemán, consagró parte de su fortuna a organizar la emigración judía hacia América, esencialmente hacia la Argentina, financiando para ello la Jewish Colonization Association. Cuando Hirsh murió, la organización poseía en la Argentina más de 100.000 hectáreas, en las cuales vivían unas mil familias. Esa empresa fue inmortalizada por Alberto Gerchunoff en su libro Los gauchos judíos.

¿Por qué lanzar esta iniciativa justo hoy, cuando los argentinos van a las urnas?

Creo que es el momento justo. Está bien que esta entrevista aparezca hoy pues todavía no se sabrá quién ganó las elecciones. Esta iniciativa es un llamado a las futuras autoridades del país.

En otras palabras, esto no es un pronunciamiento político a favor de uno u otro de los candidatos.

No, no. Por eso lo hago antes de que se conozcan los resultados. Porque sea quien sea el que quede al frente del país a partir de esta semana, debería tomar esa decisión histórica y generosa.

Algunas familias sirias ya recibieron visas humanitarias para venir a la Argentina. Algunos llegaron a La Rioja, otros a Corrientes. El número, sin embargo, sigue siendo ínfimo.

Pero ahora estamos ante una situación dramática. A mi entender, la Argentina tiene la posibilidad y el deber moral de hacer algo por ellos. Tiene que ser un número considerable: 100.000, quizá más. Y hay que ir a buscarlos antes de que se lancen a esas odiseas terribles por el Mediterráneo para llegar a Europa. Hay que ir a buscarlos a Turquía, Jordania o el Líbano, donde viven hacinados en campos de refugiados.

¿Ese proyecto suyo se limita a la Argentina o incluye otros países de la región?

Por ahora me ocupo de la Argentina porque es mi país natal.

¿Tiene planes de reforzar su iniciativa con actos concretos? ¿Piensa viajar a Buenos Aires, tomar contacto con las nuevas autoridades?

No lo sé aún. Quise apresurarme a poner la propuesta sobre la mesa.

¿Qué piensa de la actitud de Europa frente a la crisis de los migrantes?

Europa sola no puede resolver el problema. La gente viene aquí porque es lo que tiene más cerca. Pero esto es un problema mucho más profundo y que tendrá efectos sobre todo el planeta.

Estados Unidos acaba de aumentar la cuota de asilo para los refugiados sirios. El presidente Barack Obama fijó esa cifra en 30.000. ¿Le parece suficiente?

No. Me vuelve a la memoria lo que uno sabe y ha leído del problema de los refugiados en los años 40. La manera cómo esa gente hallaba las puertas cerradas por todos lados.

¿Es eso lo que lo mueve en este caso?

Exacto. Aunque no comparo, por supuesto.

Al comienzo de nuestra conversación usted evocó la responsabilidad de Estados Unidos en la actual crisis de Medio Oriente. ¿Piensa que Occidente está haciendo lo necesario para poner fin al aumento del terrorismo islamista y los enfrentamientos regionales?

Lo que temo es que, por un lado, los rusos bombardean en la zona y por el otro, también lo hacen los aviones de la coalición formada por Estados Unidos, Francia, algunos países de Medio Oriente y Turquía. Aun cuando haya una coordinación para evitar incidentes, no veo una intención común para resolver las cosas. Es una difícil situación porque ha muerto tanta gente en Siria.

Usted me decía no comprender bien por qué Estados Unidos persiste en aplicar en esa región desde hace 50 años una política que no funciona.

Así es. Esa doble política de “por un lado Israel y por el otro el petróleo árabe” no puede funcionar. Pero, volviendo específicamente a Siria: por un lado lo que sucede es responsabilidad del gobierno sirio; por el otro, es lo único legítimo que hay en ese país. Si no se negocia con el régimen de Bashar el-Assad, ¿con quién se debe tratar? Hay en ese lugar una suerte de nebulosa de grupos de todas las tendencias. Cada uno persigue su propio objetivo. Y las víctimas son siempre las mismas: los civiles. Eso es terriblemente peligroso porque las fronteras de aquellos países, que fueron creados arbitrariamente después de la Primera Guerra Mundial, han estallado.

¿Y cree que la Argentina podría aportar algo diferente?

Pienso que es el momento para que la Argentina dé un paso moral y estratégico. Porque la moral y la estrategia van juntas. Nuestro país debería decir: “Siempre fuimos un país de acogida. En honor a nuestra historia, encontraremos la forma, recibiremos el número necesario de sirios”. Ese gesto moral pondrá estratégicamente a Argentina en una posición importante dentro del conjunto de las naciones. El país volverá a ser considerado como un actor central. Ése es su papel. ¡No puede ser que la Argentina se limite a tener un papa argentino, unos deportistas y dos o tres músicos internacionales!

¿Usted está pensando exclusivamente en refugiados sirios o su propuesta se extiende también a solicitantes de asilo de otras nacionalidades?

No. Lo que más me preocupa es la situación en Siria. Ellos son, a mi juicio, un capítulo separado, único.

En esa región en ebullición se perfila también una posible tercera Intifada en Israel, donde una nueva generación de jóvenes ha decidido utilizar cuchillos en vez de piedras contra los judíos. ¿Cuál es el riesgo que esta situación representa para su ideal de convivencia entre comunidades?

La situación es, una vez más, dramática. Y aquí también la Argentina tiene un gran papel que jugar. A mí me emocionó siempre esa convivencia que existe en nuestro país entre diferentes comunidades. Yo sé muy bien que es mucho más fácil ser amigo en Buenos Aires que en Jerusalén. Pero hay una curiosidad y una intención de ver el punto de vista del otro que siempre me impresionó mucho. Ese ideal de convivencia no la he visto en ningún otro país como en la Argentina. Ahora es el momento de alentar ese sentimiento. Nos hará muy bien a todos. No sólo es un deber, también es una oportunidad para el país.

Usted se reunió con el papa Francisco. ¿De qué habló con él?

Nos vimos en noviembre del año pasado y hablamos de Medio Oriente. Yo tengo una gran admiración por ese hombre. Porque cuando fue a Palestina tuvo el coraje de decir cosas fuertes y duras, el mismo día en Tel Aviv hizo lo mismo con los israelíes. Y después, ¿qué hizo? Invitó a los presidentes de Israel y de la Autoridad Palestina a venir al Vaticano a rezar con él. Obviamente, el Papa es cualquier cosa menos ingenuo. No imaginó ni un segundo que un palestino y un judío necesitaban ir al Vaticano para rezar. Yo interpreté que con ese mensaje estaba diciendo: “Todo lo que habéis hecho hasta ahora no sirvió para nada, venid ahora y pongámonos juntos a buscar una forma de resolver las cosas”. Ese tipo de gestos son los que me inspiran.

¿Cree que estaría de acuerdo con su iniciativa?

No lo dudo. Esa tendencia a la solidaridad está en nuestro ADN. Cuando le planteé la idea a Martha Argerich, me dijo que sí en tres minutos. A pesar de nuestras diferencias, los argentinos somos todos iguales en ese sentido.

¿Cuando estuvo por última vez en Argentina?

Hace dos meses.

¿Y cómo vio el país? ¿Unido, fracturado? ¿Cree que existe suficiente consenso para una iniciativa así? Le recuerdo que la presencia en el país de miles de inmigrantes de países limítrofes no siempre es bienvenida. ¿Por qué cree que debería ser diferente con los refugiados sirios?

Lo que divide a los argentinos son los intereses individuales. Estoy convencido de que los argentinos pueden ser autodestructivos y ciegos, pero también son generosos. Esta propuesta debería tocar el orgullo nacional. Es verdad, a veces uno es indiferente con sus propios vecinos. Pero esto es, a mi juicio, lo que en Francia se llama le grand geste (el gran gesto). E imagínese con qué admiración Europa podría mirar a la Argentina si fuéramos capaces de hacerlo. Naturalmente no sé cómo se podría hacer. Sólo sé que el país está vacío. Mi bisabuelo fue a Carlos Casares. Yo estuve ahora porque quería ver dónde nació mi madre. Está todo vacío. No sé a quién pertenece. Hay lugar. Todo país necesita gente para hacerlo crecer. En la Argentina hay tres millones de musulmanes. Hay una base siria que podría facilitar la integración.

Símbolo de reconciliación posible entre pueblos que se desgarran, la Orquesta del Diván cuenta ahora con un lugar físico: la Academia Barenboim-Said, instalada en el corazón de Berlín, en un bello edificio de los años 50, originalmente destinado a conservar los decorados de la Ópera nacional.

“El edificio será inaugurado en octubre del año próximo, pero las actividades ya comenzaron. Este año tomé la iniciativa de hacer un proyecto piloto con un número reducido de alumnos; solo 16 estudiantes”, precisa.

¿Qué tiene de original?

Se trata de una escuela de música donde se enseña filosofía. Porque el problema con los músicos de hoy es que no aprenden a pensar en la música. Y si el público no piensa en la música, es porque no hay educación musical. Además de las materias normales, los estudiantes tendrán dos veces por semana clases de pensamiento, sobre ideas filosóficas necesarias para el conocimiento personal.

¿Y usted cómo aprendió eso?

Mi papá me educó muy bien. Era maestro de piano, pero también había estudiado filosofía y me enseñó a pensar en la música y con la música. Durante tres semanas, nuestros alumnos estudiarán, por ejemplo, lo que dice Spinoza sobre qué es el conocimiento. Y después yo les enseñaré cómo aprender una partitura a través de ese proceso según Spinoza.

Además de la Academia y de sus conciertos en Berlín, ¿qué hará en las próximas semanas?

A fines de octubre iremos con la Orquesta del Diván a España y para el día de los Derechos Humanos daremos un concierto en Naciones Unidas. Allí estará el secretario general de la organización, Ban Ki Moon, de modo que hablaré con él de nuestro proyecto en la Argentina.

¿Usted tiene mal carácter, como la mayoría de los genios?

Eso tiene que preguntárselo a mi mujer y a los músicos de la orquesta. Yo diría que no. Más bien soy impaciente. Y le diré por qué: porque espero vivir muchos años. Tengo muy buena salud, pero sé que estoy muy lejos de haber aprendido todo lo que puedo. Por eso estoy siempre apurado.

¿Y cómo hace para mantenerse en tan buen estado físico? ¿Hace deportes, come sano?

Nada de eso. Doy muy pocas entrevistas.

Por Luisa Corradini

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