Durante 2023, Javier Milei le dijo a Alejandro Fantino en una entrevista que, si él era presidente, los trabajadores “van a cobrar en dólares, pagar en dólares, moverse en dólares y hacer todo en dólares, como Ecuador o Panamá”.
No hay forma de saber si lo dijo deliberadamente, aun sabiendo que no lo iba a cumplir pero entusiasmando a los argentinos que padecían una moneda que se deterioraba minuto a minuto —con una inflación del 211% ese año—, o si efectivamente creía que podía dolarizar y luego, ya en la gestión, comprendió que hacer no es lo mismo que prometer.
En cualquier caso, su mandato terminará en 2027 y los argentinos no vamos a cobrar en dólares. Tampoco va a "dinamitar" el Banco Central ni se va a lograr una inflación de cero por ciento. Todas esas promesas incumplidas podrían obviarse si, al menos, cumpliera una de las centrales: hacer crecer la economía y mejorar el bolsillo de los argentinos. Algo esperable para alguien que se presentó como “especialista en crecimiento económico con y sin dinero”.
Pero el dato mata relato. El consumo acumula dos años de estancamiento y, como consecuencia, cerraron más de 22 mil empresas y se perdieron 300 mil puestos de trabajo formales. Son datos oficiales del INDEC que muestran una economía profundamente destartalada. Incluso podría presentarse como un caso de estudio mundial: si alguien quisiera fundir un país, difícilmente lo lograría más rápido.
Solo tres grandes rubros crecen: energía (combustibles y electricidad), minería y agroexportación. Su impacto en el empleo, en las pymes y en el consumo interno es mínimo, por no decir prácticamente nulo.
Según el INDEC, en Misiones hay 10 mil empleos formales perdidos y un 10% menos de empresas que en diciembre de 2023. Algunos sectores sostienen que el cierre de comercios responde a la presión fiscal de la ATM. Puede ser un factor —es un reclamo histórico—, pero no alcanza para explicar el fenómeno. La pregunta necesaria es: ¿Cómo hacían esas empresas para no fundirse antes, incluso con ese nivel de inflación, y empiezan a cerrar ahora con este modelo? Y más aún: ¿por qué ocurre lo mismo —o incluso peor— en provincias como Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba o Buenos Aires, donde no existe la ATM misionera?
La receta de la derecha
La causa parece ser otra: la economía no crece, el consumo no crece. Y eso poco tiene que ver con la simplificación del “riesgo Kuka”, como sostiene el ministro Luis Caputo y repiten algunos legisladores en la Tierra Colorada o el Cantón.
La causa es que La Libertad Avanza aplica una receta conocida, con fuertes similitudes a los modelos de José Alfredo Martínez de Hoz, Carlos Menem y Mauricio Macri. Un plan que va camino a tener los mismos resultados que antes.
Existe una continuidad en un programa que hoy algunos sintetizan como “las cuatro M” por las iniciales de sus responsables: apertura indiscriminada de la economía, endeudamiento externo, concentración del capital y debilitamiento de los derechos laborales. La lógica es siempre la misma: primero el sacrificio —devaluación, ajuste del gasto público, flexibilización— y luego, supuestamente, la prosperidad. Sin embargo, ese “derrame” prometido nunca termina de aparecer.
Datos del CELAG (Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica) refuerzan esta idea: el plan de Milei coincide en gran medida con políticas aplicadas en esos ciclos históricos. Lejos de ser novedoso, se trata de un modelo reiterado. Entre sus pilares aparecen la apertura financiera —que suele derivar en fuga de capitales—, la apertura comercial —asociada a la desindustrialización— y la reducción del Estado, con impacto directo en salud, educación y empleo.
La historia argentina ya mostró los resultados: aumento de la deuda externa, crecimiento débil y concentrado, y deterioro del entramado productivo. Desde la “miseria planificada” denunciada por Rodolfo Walsh en 1977 hasta las crisis más recientes, el patrón se repite.
La similitud no es solo técnica, sino también discursiva. Todos estos proyectos se presentaron como inevitables, como el único camino hacia el desarrollo. Pero el balance es claro: prometieron estabilidad y generaron retroceso; prometieron crecimiento y dejaron desigualdad.
Las promesas también se reciclan. Milei habló de dolarización y ser potencia mundial; Macri de “brotes verdes” y el mejor equipo de los últimos 50 años; Menem del “salariazo” y la “revolución productiva”; la dictadura de “saneamiento” para luego crecer. Todos pidieron paciencia. A esta altura, quizá la novedad no sea que no cumplan promesas, sino que una y otra vez haya quienes vuelvan a creer.
Los promeseros de Misiones
En Misiones, los representantes libertarios también construyen su propio relato.
El diputado nacional Diego Hartfield recurrió esta semana a una parábola bíblica para explicar la situación: reconoció que muchas familias misioneras la están pasando mal, pero planteó que ese sufrimiento es parte de una transición necesaria. Primero el desierto, después la tierra prometida. Primero el sacrificio, después el paraíso.
Hartfield admitió que “una parte de la sociedad hoy la está pasando difícil” y justificó ese padecimiento como parte de una travesía necesaria, al comparar la crisis actual con el pueblo de Israel que, en medio del éxodo, quería volver a Egipto.
Días antes había sido más explícito: en el programa "La Última Rosca", para defender la apertura importadora sostuvo que “hace falta destruir para volver a construir de una manera más sólida”. La frase no solo transparenta una lógica, también la resume: naturalizar el daño presente en nombre de un futuro feliz que siempre se posterga hacia más adelante.
Pero cuando la heladera cada vez cuesta más llenarla, la metáfora pierde fuerza. Porque mientras se invoca a Moisés, la sociedad no ve la tierra prometida, sino caída del consumo, pérdida del poder adquisitivo e incertidumbre diaria. El problema no es la comparación bíblica: es el milagro que nunca llega.
En paralelo, el presidente de LLA en Misiones y diputado provincial, Adrián Núñez, construye otro discurso que también choca con la realidad. Propone bajar impuestos y eliminar lo que denomina una “aduana paralela”, denunciando la presión fiscal sobre comerciantes y productores. Sin embargo, ese planteo contrasta con la política nacional: el IVA sigue en 21%, Ganancias alcanza alícuotas de hasta el 35% y sectores como el campo siguen reclamando una baja de retenciones que no llega. Otra de las promesas de Milei fue bajar los impuestos.
A eso se suma la retención de fondos como el impuesto a los combustibles o los ATN, recursos que corresponden a las provincias pero que la Nación se apropia.
Es decir, Núñez propone que un Gobierno Provincial aplique decisiones que su propio espacio no concreta en la Nación.
La contradicción se profundiza cuando el dirigente reclama transparencia en las empresas provinciales, pero no se extiende al plano nacional, teniendo en cuenta que su mismo espacio nacional acumula cuestionamientos y escándalos que chocan con la transparencia y van desde causas por enriquecimiento del ministro Adorni hasta denuncias penales contra el presidente por el Caso Libra; desde una transferencia “narco” a un diputado candidato como Esper hasta el caso del “tres por ciento para Karina”. Incluso el propio Núñez ha sido señalado en la provincia por prácticas cuestionadas como la elección a dedo de los candidatos, un pedido de “diezmo” a empleados públicos nacionales y cuestionamientos por una voracidad fiscal contra contribuyentes cuando era recaudador de la Municipalidad de Posadas en la gestión de dos exintendentes renovadores.
Así, el esquema se repite: promesas de orden, crecimiento y transparencia frente a un presente de ajuste, desorden e inconsistencias. La estrategia vuelve a ser la misma: pedirle a la sociedad que aguante hoy con la promesa de un mañana mejor que, hasta ahora, no aparece.
Carne de burro y guanaco
A esta altura, la promesa libertaria empieza a parecerse más a una ficción que a un programa económico, tanto a nivel nacional como provincial.
Si en la Nación no se cumplieron las promesas más básicas, ¿por qué los misioneros deberían creer que sí se cumplirán a nivel local? Si el modelo solo beneficia a un grupo reducido de sectores concentrados y no derrama en el conjunto de la sociedad —como lo muestran las 22 mil empresas cerradas y los 300 mil empleos perdidos—, ¿por qué trasladado a Misiones generaría desarrollo?

Otra vez "dato mata relato": en 2023, el peor año del Gobierno “Kuka” de Alberto Fernández, los argentinos consumieron 53,4 kilos de carne vacuna por habitante, según la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes (CICCRA). En 2024 fue 47,4 kilos y el año pasado alcanzó 49,5 kg por persona.
Para encontrar consumos similares hay que retroceder a 1920, hace algo más de un siglo, cuando se consumieron 46,9 kg por habitante (datos de la Bolsa de Comercio de Rosario).
Es decir, en el peor año del modelo que se cuestionaba, donde supuestamente la mayoría comía polenta y vivía en una ficción, se consumió más asado que en el modelo que prometió cobrar en dólares y ser potencia mundial. Hoy la discusión no es dolarizar ni crecer, sino elegir entre carne de vaca o burro.
Por Luis Huls

