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Dios quiere a Brasil

A contracorriente del mapa político actual y desmintiendo el fin de una era, Lula vuelve a torcer el rumbo de la historia. Frente al desgaste del PT y el avance de la nueva derecha, la victoria del histórico líder desafía el paso del tiempo, aunque deja al descubierto los límites de un modelo en una sociedad profundamente fragmentada.

Llovió sin parar durante todo el fin de semana en gran parte del territorio de Brasil donde se concentra la mayoría de los votantes de este país. La lluvia parecía un triste presagio. Como si la lluvia hubiera querido acompañar a los 128 millones de brasileños que fueron a las urnas llorando el fin de una época. Como si el país entero participara de una despedida, despidiendo al hombre que cuatro años atrás había logrado impedir que esa misma época terminara.

A Lula, el último gran héroe de la transición democrática latinoamericana que en 2022 todavía pudo detener la continuidad de Bolsonaro en su reelección y la onda azul de derecha que ya se esparcía en toda Latinoamérica. Pero en 2026 todas las encuestas indicaban que ya no alcanzaba con ser Lula para detener la segunda ola de la marea que reiniciaron Trump en su segunda presidencia y en Sudamérica su discípulo Milei en Argentina.

El principal diario de Brasil Folha de Sao Paulo tituló ayer domingo a todo el ancho de su tapa: “Flavio llega al balotaje con 51% y Lula con 49%” mientras todas las televisoras y radios colocaban siempre primero a Flavio y después a Lula. Todas las previsiones indicaban que la esperada derrota de Lula significaba el agotamiento de la época que él mismo encarnaba.

Los héroes pueden cambiar la historia pero no pueden impedir que la historia cambie, y como Mandela, Walesa, Havel o Mujica no pudieron detener el paso del tiempo ni garantizar que su sociedad permaneciera fiel al mundo que ayudaron a construir, se suponía que Lula tampoco. Pero Dios quiere a Brasil y Lula torció la dirección de la historia que parecía inevitable ganando ayer una elección que quedará en la historia para ser reelecto por segunda vez y electo para un cuarto mandato presidencial.

Lula, que mañana cumple 81 años, pertenece a una generación formada en los grandes conflictos del siglo XX, que encontró en el diálogo y la justicia social una respuesta a la violencia política. Es producto de la última parte del siglo XX con la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín, siendo puente de salida de aquella Latinoamérica de la violencia de las dictaduras y guerrillas para abrazar a la democracia como herramienta de resolución del conflicto.

Lula nació políticamente en una izquierda que todavía creía posible superar el capitalismo para terminar convirtiéndose en el dirigente que mejor logró conciliarlo con la inclusión social. Fue un reformismo gradual que buscó reducir la desigualdad sin provocar una ruptura social. Lula es mucho más que el Partido de Trabajadores que fundó y en sus orígenes surgía con el rojo de su bandera y su estrella como parte de una izquierda que buscaba diferenciarse del capitalismo en el marco de la lucha de clases.

El Partido de los Trabajadores nació en medio de la dictadura en 1980 conformado por obreros e intelectuales marxistas, antiguos militantes de izquierda y cristianos vinculados con la Teología de la Liberación. La estrella roja del PT nació cuando todavía existía la Unión Soviética pero llegó al gobierno nacional cuando la ex Unión Soviética hacía ya una década que había dejado de existir, gracias a Lula el hombre que transformó una esperanza revolucionaria en una promesa de inclusión democrática para demostrar que el capitalismo podía distribuir mejor sus frutos.

Lula nació en 1945 y fue formado por un mundo industrial, con fábricas, sindicatos, clases sociales bien definidas y partidos que expresaban identidades colectivas. Su épica nació en las huelgas metalúrgicas del ABC paulista, el conurbano de San Pablo. Su enemigo era reconocible: la dictadura, la desigualdad, la explotación del trabajador. Su promesa también era clara: democracia, derechos sociales y ascenso de los pobres a la clase media.

Muchas décadas después la sociedad se fragmentó, el empleo industrial perdió centralidad, las iglesias evangélicas adquirieron mayor peso político, las redes sociales cambiaron la forma de construir liderazgos y la identidad de clase compite con las identidades religiosas, culturales y afectivas.

Un cuarto de siglo después ya no se producen las mismas experiencias subjetivas de ascenso social que en los años 2000. La antropóloga Rosana Pinheiro-Machado plantea un problema más estructural: el ascenso de una clase trabajadora vinculada a plataformas digitales, más individualista y menos identificada con las organizaciones tradicionales, transformaciones que ayudan a explicar por qué el lenguaje político nacido en los sindicatos industriales ya no llega del mismo modo a todos los trabajadores.

Y aunque Lula conservase intacta su capacidad política se temía que perdiese la capacidad de representar el futuro. Hoy, con las manifestaciones estudiantiles en Francia que recuerdan el mayo de 1968, vale recordar que aquellos jóvenes no solo discutían las políticas de otro prócer de la democracia, el presidente Charles De Gaulle, sino la autoridad, la cultura y las jerarquías que él encarnaba con 77 años.

Lula fue un líder sindical que enfrentó a la dictadura. Después fue el presidente que sacó a millones de brasileños de la pobreza. Más tarde, el hombre que salió de la cárcel, recuperó sus derechos políticos y derrotó a Bolsonaro en 2022. Lula fue decisivo para contener a la derecha hace cuatro años pero al mismo tiempo se fue convirtiendo en la causa del deseo de una renovación. Pero no hay que confundir una demanda de cambio de la mitad de la sociedad brasileña con la simplificación de un voto ideológico a la derecha en la que cayeron Milei y los libertarios.

Hay un natural desgaste de un proyecto político que lleva más de veinte años organizando la competencia brasileña. Al tiempo que Lula representa la memoria política contemporánea de Brasil, le cuesta representar una promesa nueva, no porque haya fracasado su proyecto sino porque cumplió su misión histórica y ya cambió la sociedad a la que ese proyecto estaba dirigido.

Hay una diferencia entre ganar el gobierno y representar a toda una sociedad, una victoria por tres puntos le otorga al vencedor la legitimidad institucional para gobernar pero tendrá que usarla para resolver parte de las contradicciones históricas de la sociedad para lograr un nuevo consenso: casi 60 millones de brasileños votaron por Flávio Bolsonaro y la corriente política que Lula derrotó conserva una fuerza social inmensa.

Hegel vio pasar a Napoleón a caballo por las calles de Jena, en 1806 y creyó estar viendo al espíritu de la historia montado a caballo. No era simplemente un hombre poderoso, era un hombre en cuyo cuerpo se encarnaba una época. Desde la perspectiva de Hegel los grandes actores de la historia creen perseguir sus propios fines, pero terminan realizando transformaciones que van mucho más allá de sus deseos. Lo que Hegel llamaba la astucia de la razón.

Lula fue uno de esos hombres que no sólo llegaron al poder gracias a su tiempo sino que también ayudaron a construirlo: fue obrero cuando los obreros eran protagonistas de la historia, sindicalista cuando los sindicatos podían cambiar el destino de un país, socialista cuando el socialismo todavía prometía otro mundo y además fue demócrata cuando Latinoamérica buscaba dejar atrás las dictaduras y la violencia política. Lula no se limitó a recibir los vientos de la historia, él también contribuyó a cambiar su dirección.

La lluvia se había detenido a la noche del domingo, volvió por momentos cuando Lula habló en la Avenida Paulista en la madrugada de hoy. Mojaba su camisa ahora como presagio alegre no solo para Brasil sino Sudamérica, dentro de una semana la historia sigue con las elecciones de Estados Unidos.

Por Jorge Fontevecchia - Perfil

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