Misiones Para Todos

Dos Papas frente a Guinea Ecuatorial y Argentina: el giro de la diplomacia vaticana y el fin de las indulgencias

Falta muy poco para recibir en Argentina al Papa León XIV. Hacía cuatro décadas que no nos visitaba un Papa, concretamente desde la histórica visita de Juan Pablo II. Coincidentemente, ambos Sumos Pontífices también coincidieron en otro país: Guinea Ecuatorial, el mismo país denunciado por el pueblo de Annobón por genocidio.

  Y es interesante advertir cuanto cambió en la diplomacia Vaticana en estas últimas décadas. En primer lugar porque el mapa de la lucha por la hegemonía mundial se modificó notablemente.

 Cuando asumió Juan Pablo II el mundo se regía bajo las normas de la Guerra Fría, cuando la ya inexistente URSS y EEUU confrontaban empleando el mundo como tablero de un ajexdrez sangriento. Hoy, en tiempos de la multipolaridad y frente al franco y evidente proceso de decadencia estadounidense, Trump agita discursos patoteriles e incoherentes dando manotazos de ahogado para intentar recuperar posición de liderazgo mundial, pero consiguiendo cosechar solo retrocesos diplomáticos. Por eso, entre otras razones, las posiciones geopolíticas del Papa León XIV necesariamente serán distintas a las de su predecesor en las visitas a Argentina, así como ya fue diferente en Guinea Ecuatorial, como veremos a continuación.

 El 18 de febrero de 1982, Juan Pablo II aterrizó en Malabo, la capital guineana, para una visita de apenas unas horas. Lo recibió en el aeropuerto un coronel de 39 años que llevaba tres años en el poder tras haber mandado fusilar a su tío, a quien derrocó golpe militar mediante. El 21 de abril de 2026, León XIV aterrizó en la misma pista. Lo recibió el mismo hombre, ahora con 83 años, uniforme de general, 47 años de poder ininterrumpido y el título de jefe de Estado más longevo del planeta. Entre esas dos fotos idénticas hay dos Iglesias distintas, dos teologías y dos maneras de entender qué debe hacer el Vaticano con un dictador.

 La comparación de los discursos pronunciados por ambos pontífices ante Teodoro Obiang Nguema Mbasogo no es un simple ejercicio retórico. Es el acta del cambio de paradigma de la Santa Sede en África Central. Cuando Karol Wojtyla llegó a Guinea Ecuatorial, el país salía del que es considerado uno de los regímenes más sangrientos de la historia africana poscolonial. Francisco Macías Nguema había gobernado desde la independencia de España en 1968 hasta 1979 con una política de terror, ruptura total con la antigua metrópoli y acercamiento a la órbita soviética, cubana y norcoreana. Había cerrado iglesias, expulsado a los claretianos, prohibido la educación religiosa y asesinado a un tercio del clero nativo. La Iglesia católica, que había sido la estructura educativa del país, estaba físicamente destruida.

  En ese contexto se inscribe el discurso de Juan Pablo II. El Papa polaco no viajaba solo como pastor, viajaba como geopolítico. Su pontificado, iniciado en 1978, tenía una obsesión doctrinal clara: el comunismo era para él no solo un error económico, sino en su concepción una antropología atea incompatible con la dignidad humana. Todo lo que alejara a un país del bloque del Este era, para él, una ventana pastoral.

 Su intervención en la ceremonia de bienvenida de Malabo y luego en Roma el 25 de septiembre de 1982 lo refleja. Es un texto breve, afectuoso y fundacional. Agradece al presidente la invitación, celebra que Guinea sea una nación de gran mayoría católica y le pide, en términos genéricos, que tras los sufrimientos del pasado se cree un ambiente de fraternidad y concordia donde se respeten los valores religiosos y los derechos de las personas. No hay una sola mención al ejercicio del poder, a la duración del mandato, al ejército o a la economía. El énfasis está en otro lado: reabrir el seminario, elevar Malabo a archidiócesis, crear la diócesis de Ebebiyin, formar obispos fang para reemplazar a los españoles. Era la doctrina de Agostino Casaroli, el secretario de Estado artífice de la Ostpolitik vaticana: mejor pactar con un autoritario anticomunista que te permite reconstruir la Iglesia, que confrontarlo y volver a la clandestinidad.

 Para muchos historiadores, esa fue la matriz que explica por qué Juan Pablo II fue recibido con honores por Pinochet en Chile, por Videla en Argentina, por Stroessner en Paraguay o por Suharto en Indonesia. No era una adhesión al autoritarismo, era la convicción de que el catolicismo debía asegurar primero su supervivencia institucional y que la caída del comunismo traería después, por sí sola, la democracia. Una teología personalista, centrada en el hombre como imagen de Dios frente al colectivismo, pero que en la práctica diplomática toleraba el orden dictatorial si garantizaba la libertad religiosa. Un detalle no tenido en cuenta: las políticas implementadas desde Estados Unidos mediante el Plan Condor en América Latina significó los asesinatos de numerosísimos sacerdotes católicos que, tomando en cuenta la Justicia Social como mandato doctrinal y los avances producidos durante el Concilio Vaticano II, adherían a la Teología de la Liberación y a la opción por los pobres. Su muerte significó dejar liberado el territorio para permitir la penetración de los evangélicos pentecostales financiados por la CIA, para que sustituyan ante los sectores socialmente más vulnerables aquella teología que pugnaba por la solidaridad, lo colectivo y exigía mejores condiciones de vida y de trabajo, por otra teología operativamente más útil a los fines  estadounidenses. La teología de la prosperidad, el individualismo y la meritocracia, que tantos votantes de ultraderecha ha producido en la región en los últimos años.

Cuarenta y cuatro años después de aquella visita de Juan Pablo II a la ciudad de Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, León XIV pronunció su discurso en el mismo Palacio Presidencial, en español, con Obiang sentado a su lado. El texto oficial publicado por press.vatican.va empieza igual que el de 1982: cita a su predecesor. León XIV recuerda la definición que Juan Pablo II hizo de Obiang como centro simbólico hacia el que convergen las vivas aspiraciones de un pueblo a un clima social de auténtica libertad, de justicia, de respeto y promoción de los derechos de cada persona. Hasta ahí, parece continuidad y homenaje. La frase siguiente es la ruptura: Son palabras que siguen siendo actuales y que interpelan a cualquiera que ocupe un cargo público. En lenguaje vaticano, que evita el enfrentamiento directo, esa es una corrección fraterna en público. Traducido: en 1982 te pedimos libertad y justicia, en 2026 te las seguimos pidiendo porque no llegaron.

 El resto del discurso es incomprensible sin entender la teología de Robert Prevost. León XIV no es un Papa de la Guerra Fría. Es un agustino formado en la misión peruana, que vivió veinte años en Trujillo y Chiclayo, en contacto con la teología latinoamericana de la opción por los pobres, no con la teología de la liberación supuestamente marxista que Juan Pablo II combatió, pero sí con su vertiente pastoral. Su referencia doctrinal no es tanto la lucha contra el ateísmo de Estado, sino la Laudato Si y Fratelli Tutti de Francisco I: la crítica al extractivismo, a la economía que mata y a la colonización ideológica.

Por eso, mientras Juan Pablo II hablaba de evangelización, León XIV habla de petróleo. En su discurso dice textualmente que hoy es aún más evidente que uno de los principales motivos de la proliferación de los conflictos armados es la colonización de yacimientos petrolíferos y mineros, sin tener en cuenta el derecho internacional ni el derecho de los pueblos a la autodeterminación.

 Guinea Ecuatorial es el tercer productor de petróleo de África subsahariana. El crudo representa el 46 por ciento del PIB y más del 90 por ciento de las exportaciones, según datos del Banco Mundial. Sin embargo, según el mismo organismo, el 70 por ciento de sus 1,7 millones de habitantes vive bajo el umbral de la pobreza y ocupa el puesto 145 de 191 en el Índice de Desarrollo Humano. Decir eso en el palacio presidencial, frente al hombre cuya familia “gestiona” esos ingresos, es una acusación económica sin nombrar la corrupción.

La segunda diferencia doctrinal es el uso del nombre de Dios. León XIV advierte: Dios no quiere esto. Su Santo Nombre no puede ser profanado por la voluntad de dominio, la prepotencia y la discriminación; sobre todo, nunca debe ser invocado para justificar decisiones y acciones que causan la muerte. Obiang ha justificado su permanencia en el poder como voluntad divina. En 2003 dijo en una entrevista que Dios lo había puesto ahí y solo Dios lo sacaría. Para un Papa agustino, que cita La Ciudad de Dios de San Agustín para contraponer la ciudad del amor a los pobres a la ciudad del amor de sí y sed de poder, esa frase es teología política directa.

 La tercera diferencia es la más pastoral. Juan Pablo II en 1982 pedía a los ecuatoguineanos ser ejemplares como católicos. León XIV en 2026 pide a las autoridades formar conciencias libres y responsables, que crezcan los espacios de libertad y se salvaguarde la dignidad de la persona humana, pienso en los más pobres, en los reclusos. Según organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, las cárceles de Black Beach y Oveng Azem son señaladas por torturas sistemáticas. Pedir dignidad para los reclusos en Malabo no es una frase piadosa, es una denuncia de derechos humanos en clave litúrgica.

 Este giro no es casual. Refleja el agotamiento de la doctrina de la estabilidad. En 1982, apoyar a Obiang tenía un rédito: la Iglesia volvía a abrir escuelas y parroquias. En 2026, el costo de ese apoyo es la pérdida de credibilidad ante una población joven - el 60 por ciento tiene menos de 25 años - que ve a una jerarquía local muy cercana al Partido Democrático de Guinea Ecuatorial. De hecho, antes del viaje, el sacerdote exiliado Aquilino Nguema Ona publicó una carta abierta que circuló en Religion Digital donde afirmaba que visitar Guinea ahora es apoyar resueltamente al régimen y recordaba que Benedicto XVI y Francisco rechazaron invitaciones similares precisamente por eso. El Vaticano lo sabía. Por eso León XIV no celebró la misa principal en la explanada del palacio, sino en Mongomo, bastión de Obiang, pero también en el Estadio de Malabo ante 30.000 personas, y visitó un hospital y una prisión.

En términos de diplomacia vaticana, el paso de Juan Pablo II a León XIV es el paso de la lógica de la presencia a la lógica del testimonio. Con Juan Pablo II, la Santa Sede creía que había que estar dentro del país a cualquier costo para evangelizar. Con León XIV, heredero de Francisco, cree que estar dentro sin decir nada termina convirtiendo a la Iglesia en capellán del poder. Por eso su discurso mantiene la forma - agradecimiento, cita a su predecesor, bendición - pero cambia el fondo: ya no legitima el origen del poder, interpela su ejercicio.

 Obiang, que en 1982 era “el joven que devolvió a Cristo al país”, en 2026 escuchó, en su propio palacio y en español, que los pueblos tienen hambre y sed de justicia y que el banquete del Reino no puede seguir reservado a una élite. Aplausos formales, banda militar y, entre líneas, el fin de 44 años de indulgencia.

 Todo hace pensar que la visita papal a la Argentina en tiempos en los que Milei es continuador de las políticas de Videla, seguirá un derrotero similar en lo discursivo y la acción de la diplomacia vaticana que en el caso de Guinea Ecuatorial. Solo habrá que saber leer entre líneas los mensajes.

    Pero allí no terminan las coincidencias entre ambos países.

 Obra en poder del Nuncio Apostólico de la República Argentina, Monseñor Michael Wallace Banach, una carta para ser entregada a Su Santidad. Puedo afirmarlo con absoluta certeza ya que yo personalmente me ocupé de hacérsela llegar al Nuncio. La misma está firmada por el Primer Ministro de Annobón, Orlando Cartagena Lagar, y comparto a continuación su contenido.  

A SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

Ciudad del Vaticano

Asunto: Súplica del pueblo cristiano de Annobón para preservar 500 años de fe y ser escuchado.

Beatísimo Padre,

    Desde Annobón, una pequeña isla del Atlántico Sur donde Cristo nunca dejó de ser rezado, le escribimos sus hijos fieles con filial afecto. Antes, elevamos nuestras oraciones por su salud, para que el Señor le conceda fortaleza en su ministerio.

    Santidad, le escribimos porque queremos seguir siendo cristianos.

I. Un pueblo que conservó la fe sin sacerdotes durante dos siglos

    Annobón es cristiana desde 1473. Portugueses, capuchinos y claretianos sembraron una fe que nuestro pueblo hizo suya.

    Cuando Europa nos olvidó y nos quedamos 200 años sin misioneros (1778-1898), no perdimos la fe. La guardaron nuestras familias.

    Nació así nuestra antigua Iglesia: presidida por el Sacristán Mayor, bautizado y casado en la Iglesia Católica, que conservó oraciones, cantos y procesiones con el Cristo Crucificado en nuestra lengua, el Fa d’Ambô, y en portugués antiguo. Cada cruz de la isla —San Antonio de Padua, nuestro Patrono, San José, Santa María, Santiago— es una iglesia viva cuidada por un Sacristán Menor. Es una herencia única de perseverancia cristiana que ni el aislamiento pudo destruir. Guardamos especial amor a los frailes capuchinos, que defendieron nuestra dignidad cuando éramos vendidos como esclavos.

II. Hoy esa fe está en peligro de extinción

    Esa herencia que sobrevivió a dos siglos sin sacerdotes hoy corre el riesgo de desaparecer por la represión.

Santidad:

1) Abandono pastoral total: En Guinea Ecuatorial hay más de 60 colegios católicos. En Annobón, ninguno. No hay comunidad religiosa estable, ni colegio católico, ni presencia femenina consagrada. Solo un sacerdote claretiano para toda la isla.

2) Persecución de nuestra tradición: Se nos impide reparar nuestras cruces y celebrar nuestras procesiones tradicionales por temor a represalias. Nuestra iglesia de San José fue demolida para ampliar un aeropuerto que hoy está abandonado y que se usa para detener y deportar a nuestros jóvenes.

3) Crisis humanitaria: Aislamiento forzado, sin agua potable, sin luz, sin sanidad, sin barcos, sin internet. Detenciones arbitrarias, deportaciones y abusos contra mujeres y menores. Lo que no logró destruir el abandono colonial, lo está destruyendo ahora la represión y el olvido.

III. Nuestra súplica filial

    No acudimos a Roma para hacer política, sino para pedirle al Sucesor de Pedro que nos ayude a no perder a Cristo. Pero para seguir siendo cristianos necesitamos vivir con dignidad.

    Por ello, rogamos humildemente a Su Santidad:

1. Su bendición y oración por los niños, ancianos y familias de Annobón.

2. Que la Santa Sede nos mire y nos visite. Que envíe una misión pastoral que conozca nuestra antigua Iglesia del Sacristán Mayor y discierna su valor dentro de la comunión católica. No queremos separación, queremos comunión.

3. Que interceda por nuestra libertad religiosa, para poder cuidar nuestras cruces y rezar sin miedo.

4. Que promueva una presencia educativa católica en Annobón, para que nuestros niños tengan las mismas oportunidades que los de Bioko y Río Muni.

5. Y que eleve su voz por nuestro pueblo ante la comunidad internacional. Santidad, un pueblo que conservó la fe durante 500 años merece conservar también su derecho a existir, a su tierra y a decidir su futuro en paz. Su palabra ante Naciones Unidas y los organismos internacionales puede abrir la puerta al diálogo entre Annobón y Guinea Ecuatorial y evitar más sufrimiento.

    Si la Iglesia no nos escucha, ¿quién lo hará?

    Confiados en su corazón de pastor, le pedimos la gracia de una breve audiencia cuando su salud lo permita, para mostrarle nuestras oraciones en Fa d’Ambô y nuestra historia de fidelidad.

    El pueblo cristiano de Annobón rezará por Usted, cada día, ante nuestras cruces.

    Besando filialmente el Anillo del Pescador y pidiendo su Bendición Apostólica,

Orlando Cartagena Lagar,

Representante de la Sociedad Civil de Annobón en España

En nombre del Pueblo cristiano de Annobón

Palé, 15 de octubre de 2026

    Cuando hace unas pocas semanas atrás le realicé la entrevista al Primer Ministro Cartagena Lagar (ver link en notas conexas, al final del presente artículo) charlamos sobre la posibilidad de acudir ante la Santa Sede para plantear ante el Papa las violaciones de los Derechos Humanos con que el régimen de Obiang somete al pueblo de Annobon. Dicho esto en la certeza que con solo una palabra de León XIV el tema adquiriría una repercusión que permita visibilizar este genocidio sobre el cual el mundo prácticamente ni habla  El Nuncio Apostólico de la República Argentina, Monseñor Banach, es un veterano en la diplomacia Vaticana, a la cual ingresó en 1994, y seguramente cumplirá con el deber de entregar esta carta al Pontífice. No dudo de ello, La incógnita es cuál será la reacción y la respuesta del representante de Cristo en la Tierra. De acuerdo a su actuación en el pontificado hasta el momento todo hace pensar que no será indiferente. 

Por Ignacio Stankewitsch

Nota relacionada: