En un cuarto de siglo, el gigante asiático pasó de ser la 'fábrica del mundo' a disputar la supremacía tecnológica, militar y económica global. Beijing apuesta por inversiones masivas en infraestructura, la iniciativa de la Franja y la Ruta, avances en IA y una modernización militar. Su ascenso responde a una estrategia que combina planificación estatal, apertura controlada y ambición geopolítica, en medio de preguntas y sombras por su huella ambiental y la cuestión de los Derechos Humanos. Informe especial de nuestra retrospectiva 2025.
Desde el fallido 'Gran Salto Adelante' de Mao en 1958 —el intento de industrializar China que terminó en una profunda crisis agrícola y humana— el país tomó un rumbo distinto.
En 25 años, pasó de ser una economía en desarrollo a consolidarse como la segunda potencia mundial, solo superada por Estados Unidos.
Ese avance se ha conseguido tras un proceso gradual pragmático con lecciones históricas del pasado: crecimiento sostenido, inversión masiva en infraestructura, avances tecnológicos que lo colocan en la competencia global por la inteligencia artificial y un liderazgo sostenido en energías renovables.
A esto se suman una reducción histórica de la pobreza, mejoras en educación y una proyección internacional cada vez más amplia, articulada en torno a la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
Hoy, China exhibe poder económico, militar y tecnológico, fruto de una estrategia pragmática que combina planificación estatal, apertura controlada y ambición geopolítica global.

Un brillo económico y tecnológico que contrasta con las sombras medioambientales —al ser el mayor emisor de CO2— y críticas en materia de Derechos Humanos, especialmente contra minorías étnicas, derechos laborales y opositores políticos en Hong Kong.
Del ‘Siglo de la Humillación’ a la restauración de un imperio
El Siglo de la Humillación en la historia china abarcó desde la Primera Guerra del Opio en 1839 hasta la instauración de la República Popular en 1949, marcado por derrotas militares, imposición de tratados desiguales, pérdidas territoriales y ocupaciones extranjeras —casos emblemáticos son la cesión de Hong Kong y la masacre de Nanjing en 1937, solo por mencionar los más recordados—.
La proclamación de la República Popular China en 1949 puso fin a la guerra civil y cerró, desde la mirada china, un ciclo de invasiones y humillaciones. Al mismo tiempo, marcó el ascenso de Mao Zedong, que definió aquel momento como la recuperación de la soberanía perdida, una idea que se convirtió en el eje de la política nacional e internacional: nunca más depender de potencias extranjeras.
Como señala el politólogo William A. Callahan en China: The Pessoptimist Nation (2010), esa narrativa sigue siendo central en la identidad del país. Desde entonces, la construcción del Estado se ha sostenido sobre dos pilares que permanecen vigentes: control político centralizado y desarrollo económico como garantía de estabilidad.
Con el cambio de siglo, China dejó atrás la lógica de supervivencia y supremacía económica nacional y abrazó la ambición de convertirse en potencia global.
Las reformas iniciadas por Deng Xiaoping en los años ochenta — principalmente apertura al mercado, zonas económicas especiales y atracción de inversión extranjera— habían transformado la estructura productiva y preparado el terreno para un salto mayor.

En la primera década de siglo, el crecimiento de China ha transitado de “más peso geoeconómico a más peso geopolítico”, según León de la Rosa.
Sumado a la diversificación de sus socios e iniciativas globales, como la Franja y La Ruta (BRI, por sus siglas en inglés).
La Franja y la Ruta: el mapa global de la influencia china
La infraestructura ha sido el corazón de la transformación china en el siglo XXI, no solo como motor de crecimiento interno, sino como herramienta de proyección global.
Tras modernizar su territorio con la red ferroviaria de alta velocidad más extensa del mundo y megaproyectos urbanos, China llevó esta lógica más allá de sus fronteras.
La iniciativa de la Franja y la Ruta lanzó una estrategia sin precedentes para conectar continentes mediante corredores logísticos, vías férreas, puertos, redes viales y proyectos energéticos, redefiniendo rutas comerciales y ampliando su influencia en Asia, África y Europa.
A esto se sumó la apuesta por infraestructura digital —desde redes 5G hasta centros de datos— que integró la economía física con la digital, consolidando a China como una potencia capaz de moldear el mapa comercial y tecnológico del siglo XXI.
“Lo que estamos viendo en el último cuarto de siglo es el desarrollo de un plan concreto, organizado. Los chinos tomaron el destino de su país en sus manos. Algo alejado de un milagro, como muchos describen, o de una occidentalización como otros esperaban” Lina Luna, sinóloga e internacionalista de la Universidad Externado de Colombia.
Una iniciativa global impulsada por el hoy presidente y secretario del Partido Comunista Chino, Xi Jinping.
El líder chino que más tiempo ha gobernado en lo corrido de siglo y que ha impulsado cambios constitucionales para mantenerse en el poder, más allá de dos periodos permitidos, además de impulsar el concepto de Socialismo con características chinas.

“La llegada de Xi Jinping acelera la sinización del marxismo que hemos visto en las reformas del Partido Comunista. Esto genera la directriz más importante para todas las políticas del país: los planes quinquenales, la política exterior y la política pública del país” dice Raquel León de la Rosa.
La Franja y la Ruta refleja el centro de la política exterior china orientada en la Cooperación Sur-Sur: por lo menos 146 países forman parte de esta iniciativa y 22 se encuentran en América Latina y el Caribe, siendo África el continente que más Estados reúne, con más de 50 países.

Para el caso de América Latina y el Caribe, “la relación entre China y América Latina ha crecido y se ha ampliado. Antes era una relación meramente comercial en la que los países de la región se limitaban a ser proveedores de materias primas. Hoy tenemos una relación más rica”, afirma el internacionalista David Castrillón Kerrigan, tras el anuncio de Colombia de negociar su ingreso a esta iniciativa al programa Así es Asia de France 24.
Esta apuesta china ha representado una ventana de oportunidad en financiamiento de proyectos de infraestructura en Asia, África y América Latina, que no ha estado exenta de riesgos medioambientales, de corrupción y de endeudamiento ilimitado, como el caso de Laos, en Asia, y Yibuti, en África (solo por mencionar algunos casos).
De la 'fábrica del mundo' a la vanguardia tecnológica
La ciencia y la tecnología pasaron a ocupar el centro de la disputa geopolítica. Con planes como Made in China 2025, Beijing comenzó a dejar atrás su rol de 'fábrica del mundo' para apostar por sectores considerados críticos para la seguridad nacional que permite aumentar las fronteras de la innovación y reforzar el férreo control estatal en línea.
Desde 2017, con el objetivo de liderar el mundo en IA para 2030, Beijing combinó incentivos gubernamentales, flujos de financiación millonarios y colaboración público-privada para situarse a la altura de gigantes tecnológicos occidentales como OpenAI y Google.

“El actual surgimiento de la IA en China viene desde hace varios años gracias a la política Made in China 2025. El país busca posicionarse como un líder global para 2030 en materia de inteligencia artificial. Esto se ha convertido en parte del interés nacional y se ha alineado al sector público, privado y a las universidades, como una meta de interés nacional y del interés colectivo, que es una característica del socialismo chino”, señala León de la Rosa.
El giro fue gradual, pero sostenido, según explica Lina Luna.
Inteligencia artificial, semiconductores y telecomunicaciones se convirtieron en pilares de una estrategia respaldada por fuerte inversión estatal, redes de innovación y empresas capaces de competir con los grandes actores globales occidentales.
En 2025, China no solo intenta reducir su dependencia tecnológica del exterior, sino también disputar la delantera en áreas clave como el 5G (del que ha desarrollado la mayor red en el país), la computación cuántica y los chips avanzados.

Sin embargo, China aún se encuentra en la carrera por su autonomía de microprocesadores, en la que ha visto problemas para desarrollar tecnologías por debajo de los 5 nanómetros y alcanzar a líderes en esta área como Taiwán y Estados Unidos, principalmente por las restricciones promovidas desde Washington, con la Administración del presidente Joe Biden y profundizadas con el presidente Trump.
El dragón muestra los dientes: 25 años de expansión y modernización militar
China ha llevado adelante una profunda transformación de su Ejército Popular de Liberación. Dejó atrás el modelo de una fuerza numerosa y centrada casi exclusivamente en tierra para avanzar hacia unas Fuerzas Armadas más reducidas, profesionales y orientadas a la tecnología.
El proceso incluyó recortes de personal (especialmente desde reformas impulsadas por el presidente Xi Jinping en 2015), la modernización del armamento, cambios doctrinales y un fuerte énfasis en las capacidades navales y aéreas, pensadas para operar a mayor distancia de sus fronteras.
Un ejemplo de esta expansión es la cantidad de buques de guerra, que hoy lidera el gigante asiático, con 754 buques de acuerdo al ranking de Global Fire Power de 2025.
A esto se sumó la inversión en ámbitos considerados estratégicos para la seguridad nacional, como los misiles hipersónicos, la ciberseguridad y el espacio.
En paralelo, el presupuesto de defensa creció de forma sostenida, consolidando a China como la segunda potencia militar del mundo y reforzando una doctrina cada vez más enfocada en el Indo-Pacífico y en la defensa de sus intereses regionales.
En 2024, China lanzó un misil intercontinental tras más de cuatro décadas sin hacer este tipo de ejercicios militares en aguas internacionales del océano pacífico.
“Taiwán representa un dilema de seguridad para China. Ha sido utilizado como un talón de Aquiles por Estados Unidos quien se ha beneficiado, por ejemplo, de la compra de armas” afirma Raquel León de la Rosa.
En el frente del pacífico, una zona con un pulso militar constante desde Beijing, las maniobras militares de China en torno a Taiwán han aumentado de forma sostenida, pasando de episodios puntuales y esporádicos a una presión casi permanente.
Los registros del Ministerio de Defensa de Taiwán, analizados por la firma británica de defensa Janes, indican que las incursiones de aviones del Ejército Popular de Liberación (PLA) en la zona de identificación aérea (ADIZ) taiwanesa pasaron de 972 vuelos en 2021 a 3.615 en 2024; es decir, más del triple en solo tres años.
La dinámica continuó en 2025: entre enero y febrero se contabilizaron 739 incursiones, lo que mantuvo un promedio mensual por encima de las 360 operaciones. Esta firma reporta que el incremento sostenido se ha producido desde 2022.

Para la analista León de la Rosa, la lógica estratégica y militar de China se centra en “asegurar sus perímetros, más que en involucrarse en conflictos alrededor del mundo”.
Esta visión ayuda a entender el aumento de las tensiones en sus fronteras marítimas, especialmente en el mar de China Meridional, donde Beijing ha protagonizado fricciones diplomáticas y militares con Vietnam, Filipinas, Malasia y Brunéi.
Estos choques se intensificaron a partir de 2013, cuando el gigante asiático comenzó la construcción de islas artificiales en los archipiélagos de las Spratly y las Paracel, dotándolas de aeródromos, radares y sistemas de misiles.
En lo que va del siglo XXI, China pasó de ser considerada una potencia emergente a ocupar un lugar central en la dinámica internacional.
Ese cambio responde a una estrategia sostenida, basada en una fuerte planificación estatal, una apertura económica gradual y una política exterior cada vez más activa.
La inversión en infraestructura, el desarrollo tecnológico y la modernización militar han sido elementos clave de ese proceso.
Al mismo tiempo, el avance chino se produce en un contexto de crecientes tensiones internas, críticas desde el exterior y desafíos medioambientales que condicionan su proyección a largo plazo en una ruta que da señales de ser imparable.

