En Misiones, la política se hace desde la ruta: obras, créditos, presencia territorial. En la Nación, desde un vallado. Karina Milei llegó a Posadas para fortalecer su espacio, pero afuera había familias reclamando por discapacidad y la respuesta fue una valla. Mientras unos gobiernan con el asfalto y el tiempo, otros se blindan detrás del discurso y las protecciones.
Todavía falta un año para elegir presidente, gobernadores e intendentes, pero buena parte de la dirigencia ya empezó a hablar del 2027. Se especula con candidaturas, se arman mesas, se ensayan alianzas y se miden nombres mientras la inflación sigue golpeando, el consumo no termina de recuperarse y la incertidumbre económica continúa marcando el humor social. Misiones, en ese escenario, parece recorrer otro camino.
No porque ignore que el calendario avanza. Nadie desconoce que el próximo turno electoral ya está en el horizonte. Pero, al menos por ahora, la prioridad sigue estando en la gestión. La semana dejó varios ejemplos. En Almafuerte se puso en funcionamiento una nueva perforación de agua que terminará con años de dependencia de los camiones cisterna. En Puerto Iguazú se entregaron nuevos títulos de propiedad. Se puso en marcha el nuevo esquema que elimina el cobro anticipado de Ingresos Brutos para el 95 por ciento de los que ingresan mercadería a la provincia. Se lanzaron créditos para fortalecer a las marcas misioneras premiadas en el Mundial de la Yerba Mate. Y volvió a extenderse la refinanciación de deudas para trabajadores activos y jubilados.
Ninguna de esas medidas, por separado, cambia el destino de una provincia. Pero juntas muestran una forma de gobernar. Mientras buena parte del debate nacional gira alrededor de peleas políticas que pocas veces llegan a la mesa de los argentinos, el oficialismo provincial intenta construir desde otro lugar: resolver problemas concretos, aunque sean menos vistosos que una discusión televisiva. Aburrido, tal vez. Efectivo, seguro.
En El Gatopardo, Lampedusa escribió sobre una familia que ve cómo el mundo cambia mientras ellos intentan conservar lo que tienen. La novela no es solo una historia de aristócratas. Es una reflexión sobre el tiempo y sobre cómo la política, para sobrevivir, necesita entender que el poder no se mide por la velocidad de los movimientos, sino por la capacidad de llegar al momento indicado con los deberes hechos. La política argentina, desde hace tiempo, parece haber perdido esa paciencia. En Misiones, al menos, todavía alguien parece recordarlo.
Ahí aparece también una característica de Hugo Passalacqua. Su estilo nunca estuvo asociado a los grandes anuncios ni a las frases destinadas a convertirse en tendencia. Prefiere recorrer municipios, hablar con los intendentes, escuchar reclamos y aparecer donde hay una obra, una escuela o un hospital antes que en el centro de una polémica. No gobierna desde las redes sociales. Gobierna desde la ruta. El asfalto, antes que las tendencias.
Naturalmente, nadie es ingenuo. Las elecciones del 2027 ya forman parte de todas las conversaciones políticas. También de las del oficialismo. Pero existe una diferencia entre prepararse para el futuro y vivir exclusivamente pensando en él. Por eso no sorprende que las voces que empiezan a mencionar una eventual candidatura de Passalacqua no salgan del propio Gobernador, sino de intendentes, dirigentes y vecinos que observan una gestión que logró mantener estabilidad en uno de los contextos económicos más complejos de los últimos años. La sociedad misionera, llegado el momento, dirá si acompaña o no, con el único mecanismo que la democracia reserva para que el ciudadano avale o castigue a la clase política: el voto. Mientras tanto, Passalacqua sigue haciendo lo mismo que hizo desde el primer día: gestionar.
Quizás esa sea una de las diferencias más visibles con la política nacional. Mientras en Buenos Aires muchas veces se gobierna pensando en la próxima elección, en Misiones el oficialismo intenta llegar a la próxima elección mostrando qué hizo durante la gestión. Después podrá gustar más o menos. Podrá discutirse cada decisión. Pero hay una realidad difícil de ignorar: ningún proyecto político llega fortalecido por hablar del futuro si antes no logró administrar con responsabilidad el presente.
En tiempos donde casi todos corren detrás del calendario —como si el tiempo fuera un enemigo y no un aliado— el verdadero desafío sigue siendo el mismo que planteaba Lampedusa hace más de sesenta años: entender que la política también consiste en saber gobernar el tiempo. Y que el tiempo, cuando se lo administra mal, se cobra su factura.
El vallado de Karina
Hay dirigentes que recorren el país para escuchar. Otros lo hacen rodeados de vallas para no ver ni escuchar a quienes disienten con ellos.
Karina Milei eligió la segunda opción.
La secretaria general de la Presidencia llegó este sábado a Posadas para encabezar una capacitación partidaria de La Libertad Avanza. Hasta ahí, nada extraordinario. La política consiste, entre otras cosas, en recorrer el territorio y fortalecer espacios propios. Lo que llamó la atención fue el contexto que terminó rodeando la visita.
Mientras dentro del hotel se hablaba de organización política y estrategia electoral, con la excusa del lanzamiento de una escuela de formación política libertaria, afuera había personas reclamando por las consecuencias concretas de las políticas del Gobierno nacional. Familias vinculadas a la discapacidad, vecinos y manifestantes que no fueron a discutir cargos ni candidaturas. Fueron a decir que hay decisiones que les cambiaron la vida para peor.
La respuesta fue un vallado. Es una imagen que empieza a repetirse demasiado.
Un gobierno que llegó prometiendo terminar con la casta terminó rodeándose de los mismos dispositivos de protección que durante años cuestionó. Los que decían que la política debía mezclarse con la gente ahora necesitan cada vez más policías para encontrarse con ella.
Hay una contradicción que ya no se puede esconder. Javier Milei construyó su liderazgo diciendo que venía a romper con los privilegios del poder. Sin embargo, cada semana aparecen escenas que muestran exactamente lo contrario. Funcionarios cuestionados que permanecen en sus cargos, explicaciones que nadie cree, operaciones para desacreditar a periodistas y una conducción política cada vez más cerrada sobre sí misma.
Karina Milei ocupa un lugar central en esa construcción. No fue elegida por el voto popular. Sin embargo, concentra un poder pocas veces visto para un secretario general de la Presidencia. Define candidaturas, organiza el partido, interviene en las provincias y participa de las principales decisiones políticas del Gobierno. Es, probablemente, la dirigente con mayor influencia sobre Javier Milei -Manuel Adorni puede dar fe-.
Por eso su presencia en Misiones no puede leerse solamente como una actividad partidaria. Es la llegada de quien administra el verdadero poder dentro de La Libertad Avanza. Y también la llegada de un modelo político que empieza a mostrar los mismos defectos que decía combatir.
Mientras la economía sigue golpeando a trabajadores, jubilados, comerciantes y pequeños productores, la prioridad vuelve a ser la construcción electoral. Mientras miles de familias siguen esperando respuestas por medicamentos, pensiones o prestaciones para personas con discapacidad, el oficialismo dedica tiempo y recursos a consolidar su estructura partidaria.
No hay nada ilegítimo en organizar un partido político. Lo que resulta difícil de explicar es el orden de las prioridades. Porque gobernar no consiste solamente en ganar elecciones.
Consiste, sobre todo, en administrar las consecuencias de las decisiones que se toman.
Y esas consecuencias hoy están a la vista.
La pobreza sigue siendo alta. El consumo continúa deprimido. Las economías regionales atraviesan dificultades. Las provincias hacen equilibrio para sostener servicios esenciales mientras la Nación reduce su participación. El conflicto con el sistema de discapacidad dejó de ser una discusión política para transformarse en un problema humanitario para miles de familias.
Sin embargo, el discurso oficial parece vivir en otro país. Todo se reduce a enemigos, traidores, periodistas, gobernadores o conspiraciones. Nunca a errores propios.
Quizás esa sea la mayor transformación del gobierno de Milei.
Ya no se presenta como una fuerza distinta. Empieza a comportarse como aquello que prometió reemplazar. Con una diferencia: la vieja política, al menos, no había construido toda su legitimidad sobre la idea de superioridad moral. La Libertad Avanza sí.
Por eso cada contradicción pesa el doble. Y por eso también cada vallado termina diciendo mucho más que cualquier discurso pronunciado puertas adentro.
Por Sergio Fernández

