Misiones Para Todos

El baile de la escoba

En Misiones, 67 intendentes firmaron, pidieron perdón y después dijeron que no sabían lo que firmaban. Rovira, mientras tanto, anunció que no será candidato y que los jóvenes deberán administrar el Estado. En el país, mientras tanto, el desastre de Milei no garantiza nada: ni quepie rda, ni que gane el peronismo. El voto bronca de 2023 sigue activo y todavía huérfano. Y millones de jóvenes votarán por primera vez sin emocionarse con los símbolos del pasado. La política argentina tiene dos problemas: adentro, los que bailan alrededor de la escoba sin saber quién la sostiene. Afuera, los que todavía creen que el tiempo juega a su favor.

Hay juegos que parecen inocentes hasta que se los mira un poco más de cerca. El baile de la escoba funciona así: alguien la sostiene, todos bailan alrededor, la música suena, las risas afloran. Pero nadie mira la mano que la agarra. Nadie quiere ver que, en el fondo, la escoba no se sostiene sola. Si la mano la suelta, la escoba se cae. Y el baile,
automáticamente, se termina.

Es lo que se vio esta semana después de la reunión de Ruiz de Montoya, donde 67 intendentes firmaron un documento reclamando más espacios de participación electoral dentro del oficialismo provincial. El
dato político, claro, no estuvo solamente en la firma colectiva. Estuvo en lo que vino después.

Cuando Mabel Pezoa, intendente de Santa Ana, salió a pedir perdón públicamente —con ese tono de quien explica cómo terminó en una fiesta a la que nunca quiso ir— la escena dejó de ser una anécdota y pasó a mostrar algo bastante más incómodo. Pezoa habló de la presión por púa, esa palabra misionera que suena casi dulce y que ayudó a la intendente a justificar su accionar con la falta de plata, el apuro, la necesidad. Dijo, más o menos, que la púa hace que uno termine haciendo cosas de las que después se arrepiente.

Lo curioso es que Pezoa no estaba sola. Detrás de ella, en el silencio que siguió a la reunión, aparecieron otros intendentes con versiones apenas distintas. Algunos, incluso, salieron a decir que no sabían bien qué tipo de documento estaban firmando. Que la cosa fue rápida, que había mucho apuro, que uno confía. Como quien firma un pagaré sin leer la letra chica y después, cuando el cobrador llama a la puerta, se agarra la cabeza.

La explicación tiene lo suyo. Nadie duda de que la economía aprieta, y mucho menos en municipios chicos donde cada peso que llega es una pequeña batalla. Pero tampoco se justifica todo por falta de plata. Y mucho menos se justifica con "no sabía lo que firmaba". Porque si hay algo que un intendente —alguien que gobierna, que toma decisiones,que maneja presupuestos— no puede decir sin sonrojarse es precisamente eso: no sabía.

La púa no vota, no firma documentos ni asiste a reuniones comprometidas. La púa aprieta, claro. Pero el que termina firmando y después se arrepiente es otro. El que firma sin leer, también. Y el que olvida quién sostiene la escoba mientras él baila, ese es el que después termina explicando cómo fue que se cayó.

Porque en Misiones, desde hace más de veinte años, la mano que sostiene la escoba tiene nombre y apellido. No hace falta decirlo. Todos lo saben. El problema aparece cuando algunos empiezan a creer que la escoba baila sola. Que el piso está limpio por arte de magia. Que la música se prende sin que nadie toque el equipo. Ahí es cuando se
empiezan a firmar documentos raros, a asistir a reuniones incómodas y, finalmente, a pedir perdón con la púa como excusa.

La reacción posterior a la reunión mostró algo que ya se sabía, aunque a algunos les incomode admitirlo: la vigencia de una conducción política que sigue funcionando incluso cuando no necesita levantar la voz. Carlos Rovira volvió a ordenar el escenario casi sin hablar demasiado. Un llamado por acá, una definición por allá. Eficacia
silenciosa. Y, sobre todo, una certeza: la escoba, cuando él la agarra, no se cae.

Y ahí, en medio de ese reacomodamiento, Rovira soltó una definición que pocos esperaban y que cambia el tablero de manera silenciosa pero definitiva. No será candidato a nada el año que viene. Dicho así, parece una frase menor. No lo es.

Rovira anunció que deja los espacios electorales para que los jóvenes tomen la posta. Que son ellos, los que vienen atrás, los que deberán administrar el Estado en los próximos años. Y fue más lejos: adelantó que desde Encuentro Misionero saldrá el próximo gobernador en 2027. No dijo nombres, no hizo ninguna apuesta personalista. Dijo "desde Encuentro Misionero". La diferencia es sutil pero enorme.

Porque mientras otros dirigentes de este país se aferran a la escoba como si fuera un bastón de comando, Rovira decidió hacer lo contrario: soltarla a propósito, pero asegurándose de que haya manos entrenadas para agarrarla. No es habitual. Tampoco es casual. En un escenario donde la política argentina vive atrapada en el cargo eterno,
la decisión de correrse para que otros ocupen el lugar tiene un costado casi extemporáneo. Casi raro. Pero también, visto con atención, profundamente inteligente.

El mensaje para adentro del oficialismo fue claro: el que quiera bailar, que aprenda a sostener la escoba. Porque el espacio no se hereda, se construye. Y porque la renovación, esta vez, no es una frase hecha.

En algunos despachos del oficialismo, entre ironías y bronca genuina —dos cosas que no son incompatibles— llegó a escucharse una frase bastante gráfica: ni la Cruz de Santa Ana va a alcanzar para exorcizar las traiciones de algunos intendentes. La exageración tiene algo de humor misionero. Pero también deja ver el nivel de irritación que
provocó la movida de los 67. Porque en política, más que los gestos, lo que nunca se perdona es la sensación de desorden. Y el desorden, en este caso, tuvo 67 firmas.

Hugo Passalacqua, desde la administración diaria de la provincia, sigue intentando sostener equilibrio en medio de un país que parece administrado por gente que disfruta incendiar todo alrededor. Tarea difícil, pero hasta ahora, firme.

Mientras tanto, en otro rincón del tablero, apareció otra foto que también generó ruido. Héctor "Cacho" Bárbaro, del Partido Agrario y Social, posó junto a Christian Humada, presidente del PJ Misiones por el voto de sus afiliados. Una imagen simple. Suficiente, sin embargo, para activar sospechas, llamados y lecturas cruzadas.

El peronismo misionero está tan golpeado y fragmentado que una sola foto alcanza para disparar especulaciones sobre frentes, acuerdos y rearmados. Algunos creen que el PJ conserva la esperanza de reconstruirse a nivel nacional antes de terminar absorbido por alianzas provinciales. Otros piensan que ya es demasiado tarde para eso.

A esto se suma el enojo con el diputado nacional Alberto Arrúa que circula por abajo entre los peronistas. Sobre todo después de algunos movimientos y posicionamientos, por ejemplo el de llamar a votar en contra de Humada, se leyeron como demasiado cercanos a sectores que buscan tensionar el armado. El malestar está.

En el medio aparece Bárbaro, que tiene una habilidad política bastante conocida: nunca terminar de quedar del todo atado a ningún lugar. Flota. Se acerca, se aleja, tantea. Unos creen que realmente busca construir un frente amplio anti Milei. Otros sospechan que simplemente está haciendo política de mercado: subir el valor de sus acciones antes de sentarse a negociar con quien termine gobernando. Lo que está claro es que baila. Lo que no está tan claro es si sabe quién sostiene la escoba.

Todo ocurre mientras la política nacional sigue detonada y Javier Milei convierte cada semana de gobierno en un nuevo episodio de desgaste institucional. En ese contexto, Misiones empezó a moverse con otra
lógica: menos épica y más supervivencia.

Cuando la economía aprieta y el clima social se vuelve espeso, nadie quiere quedar parado cuando la música se corta. Pero más importante todavía: nadie quiere ser el que suelta la escoba. Porque todos saben,
en el fondo, que sin la mano que la agarra, no hay baile que valga.

En Misiones, hace rato que aprendieron eso. También aprendieron, o deberían haberlo hecho, que firmar sin leer es un lujo que pocos pueden darse. Que pedir perdón después, con la púa como excusa, suena más a cálculo que a arrepentimiento. Y que bailar alrededor de la escoba es divertido, pero olvidar quién la sostiene es, directamente,
un error político de manual.

Mientras tanto, Rovira ya tomó su decisión: no será candidato, es tiempo de los jóvenes. Y adelantó que desde Encuentro Misionero, en 2027, saldrá el próximo gobernador. La escoba, por ahora, sigue firme. El resto, mientras tanto, sigue bailando. Con la esperanza de no ser los que queden mirando cuando la mano, algún día, decida soltarla del todo.

Los huérfanos

Hay una tentación comprensible pero peligrosa: creer que el desastre del gobierno de Javier Milei es, por sí mismo, una buena noticia para la oposición. No lo es. Al menos no automáticamente.

Porque la política argentina tiene una ley no escrita que suele recordarse en los peores momentos: el quebrado no siempre va al que parece. A veces va al que mejor se posiciona en el caos. Otras veces, simplemente, se fragmenta.

Lo que está ocurriendo con el electorado que votó a Milei en 2023 es un fenómeno que debería encender todas las alarmas. Muchos de esos votantes están decepcionados. Algunos, furiosos. Otros, simplemente cansados. Pero no encontraron todavía una alternativa que los convenza. Son, en rigor, votantes huérfanos de representación. No
volverán a los partidos que ya castigaron. Tampoco están seguros de querer repetir el experimento libertario. Flotan. Y esa flotación, en un escenario de crisis, es un territorio minado.

El primer error sería creer que un gobierno desastroso no puede ser reelegido. La historia argentina enseña lo contrario. Carlos Menem llegó a 1995 con una Argentina que ya mostraba grietas profundas: desocupación récord, desigualdad creciente, la crisis de México pegando de lleno. Sin embargo, ganó en primera vuelta. No porque la
gente estuviera contenta. Sino porque la oposición no supo construir una alternativa creíble.

Algo de eso puede repetirse. Milei tiene una ventaja que Menem también tuvo: un voto de bronca que, aunque desgastado, sigue siendo un voto de castigo. Y mientras la oposición no ofrezca algo más que "no
ser Milei", ese voto puede terminar donde menos se espera.

El segundo error es aún más común: creer que si Milei pierde, el ganador será el peronismo. No hay ninguna garantía de eso. El peronismo llegó fragmentado a 2023, perdió y no mostró señales firmes de reconstrucción. Algunos sectores siguen atrapados en internas eternas. Otros no terminan de entender que el mundo cambió. Y los
votantes, especialmente los más jóvenes, ya no distinguen entre partidos buenos y partidos malos. Distinguen entre los que resuelven y los que no.

El ejemplo más claro de lo que puede pasar está en 2003. Ese año, el sistema político argentino explotó. La crisis de 2001 todavía estaba fresca. Los partidos tradicionales quedaron reducidos a escombros. Y el resultado fue una fragmentación salvaje: las dos opciones que llegaron al balotaje apenas superaron el 20% de los votos. Carlos
Menem- Juan Carlos Romero sacaron 24,45 %. Néstor Kirchner-Daniel Scioli, 22,25 %. El resto se dispersó. La victoria, finalmente, fue para Kirchner por el abandono del ex presidente. Pero no fue una victoria aplastante. Fue una victoria de supervivencia, construida sobre las cenizas de un sistema que se había derrumbado.

Ese escenario puede volver a repetirse. No porque la historia sea cíclica, sino porque las condiciones están dadas: crisis económica, desconfianza social, dirigencia desconectada y un electorado que ya no le debe lealtad a nadie.
Hay otro dato que los partidos tradicionales parecen no terminar de procesar y que ya fue clave en 2023. Millones de jóvenes votarán por primera o segunda vez en 2027. No vivieron el regreso de la democracia.

No recuerdan la hiperinflación. No se emocionan con el discurso de cierre de campaña de Raúl Alfonsín recitando el preámbulo de la Constitución Nacional. Ese gesto, que para generaciones anteriores era un símbolo de esperanza y decencia institucional, para los nuevos votantes es apenas una imagen antigua en un video de redes sociales.

No es culpa de ellos. Es el paso del tiempo. El problema es que lapolítica argentina sigue hablando como si ese tiempo no hubiera pasado. Los mismos nombres, los mismos gestos, los mismos rituales. Mientras tanto, afuera, hay un país que cambió la velocidad de sus preguntas.

Por eso en este escenario se anotan nombres de todo color político. Javier Milei, obviamente, buscará la reelección si las condiciones no se lo impiden. Mauricio Macri sigue esperando una segunda oportunidad, convencido de que el péndulo volverá a pasar por su lado. Patricia Bullrich se mantiene en la trinchera del discurso de mano dura. Axel
Kicillof asoma como la apuesta más sólida del peronismo, pero sin garantías de que eso alcance. Sergio Uñac intenta reconstruir una idea de peronismo federal. Y hasta Miriam Bregman, de la izquierda, aparece en algunas lecturas como un voto de protesta que puede crecer en un electorado que ya no cree en nada.

El mapa está abierto. Demasiado abierto.

Lo peligroso no es que Milei pueda ser reelegido. Eso es unaposibilidad, no una certeza. Lo peligroso es que la oposición —toda la oposición, sin distinciones— todavía no terminó de entender que el voto bronca de 2023 no se fue a su casa. Sigue ahí, activo, buscando a quién castigar. Y si no encuentra una alternativa creíble, puede volver a
votar al mismo desastre o, peor aún, dispersarse en opciones que nadie tiene en el radar.

La historia argentina es, en gran medida, una crónica de oportunidades perdidas por la soberbia de los que creían que el tiempo trabajaba para ellos. Este es un momento de humildad política. Porque el desastre ajeno no es, automáticamente, una victoria propia.

Y porque, en el fondo, los votantes huérfanos no quieren promesas. Quieren respuestas.

Por Sergio Fernández