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El día que la dictadura desapareció a los tres científicos jóvenes más promisorios de la Comisión Nacional de Energía Atómica

En tres operativos realizados casi en cadena, el 15 de julio de 1977, los grupos de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada secuestraron a los físicos nucleares Daniel Rus, Graciela Barroca y Gerardo Strejilevich, que luego fueron vistos en los centros clandestinos de detención y tortura que funcionaron en el “Club Atlético” y en la ESMA. Los proyectos de Massera para la CNEA y el terrible saldo del plan represivo que implementó allí

Para julio de 1977 el plan sistemático de desaparición de personas que perpetraba la última dictadura se había cobrado miles de víctimas y los grupos de tareas de la represión ilegal hilaban fino en la elección de sus “blancos”. El viernes 15 a las dos y media de la tarde, como era su costumbre, el físico nuclear Daniel Lázaro Rus salió de su trabajo en la sede de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), en las avenidas de los Constituyentes y General Paz, en la Ciudad de Buenos Aires. A punto de cumplir 27 años, era uno de los científicos más promisorios de esa área, por la que se había apasionado desde casi el mismo momento en que empezó a estudiar la carrera. Hijo de madre polaca sobreviviente de Auschwitz y militante de la tendencia revolucionaria del peronismo, Rus seguía trabajando a pesar de que la CNEA venía sufriendo, desde el comienzo de la dictadura, una sangría que no solo se medía en la cantidad de científicos que la dejaban para irse del país sino también en los que desaparecían en las catacumbas de los centros clandestinos de detención y tortura. Rus no se había alejado mucho de la puerta de la CNEA cuando, a plena luz del día, un grupo de hombres armados lo subió por la fuerza a un auto y se lo llevó con rumbo desconocido. No les importaron los testigos.

La noticia del secuestro circuló con rapidez y por eso su amigo Gerardo Strejilevich no demoró en enterarse. También trabajaba en la CNEA, en el Departamento de Reactores Nucleares del Centro Atómico Constituyentes, a la vez que preparaba su tesis de Licenciatura en Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. La desaparición de Daniel hizo sonar todas las alarmas en la cabeza de Gerardo. Por prevención, esa noche se fue a dormir a la casa de su amigo Manuel Rosa, en la calle Mateo Echegaray al 4900 de Caseros, en el oeste del Gran Buenos Aires. Eso solo le sirvió para demorar unas pocas horas su secuestro. Esa noche, en un raid siniestro, un grupo de tareas irrumpió primero en la casa de sus padres, de donde se llevó a su hermana Nora, y más tarde, el mismo grupo, o quizás otro, rodeó la casa donde la novia de Gerardo, Graciela Barroca, que también trabajaba en la CNEA, vivía con sus padres. Cuando la joven, de 24 años, llegó esa noche la estaban esperando para llevársela. De allí el mismo grupo se dirigió a Caseros, donde finalmente secuestró a Gerardo y a su amigo Manuel.

Ningún medio de comunicación informó sobre los secuestros. Las noticias de esos días eran el apagón de más de 15 horas que el día anterior había sufrido Nueva York, con saqueos y detenciones incluidas; el anuncio de un aumento del 25% a las alicaídas pensiones de los jubilados y la ajustada victoria de Boca Juniors sobre Libertad de Paraguay en una de las semifinales de la Copa Libertadores de América. Salvo raras excepciones, como la de The Buenos Aires Herald, sobre el terror dictatorial no se publicaba nada.

Un botín de Massera

La Comisión Nacional de Energía Atómica llevaba más de 25 años investigando y desarrollando energía nuclear con fines pacíficos en la Argentina. Al terminar la Segunda Guerra Mundial con el brutal recurso del lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, las armas nucleares quedaron restringidas a un grupo muy reducido de naciones y prohibido siquiera su desarrollo para el resto.

A pesar de que la Argentina no formaba parte de ese selecto grupo, Juan Domingo Perón le dio una gran importancia al tema y decidió abocar recursos al desarrollo de la energía atómica. En secreto, en 1948, la espléndida isla Huemul —en pleno Nahuel Huapi— fue escenario de la creación de un par de laboratorios para explorar la generación de energía nuclear. Dos años después, en mayo de 1950, creó la CNEA, y luego un instituto de excelencia destinado a estudiantes de grado y postgrado en Física e Ingeniería orientados a esa especialidad. La dirección de esa unidad académica recayó en el físico José Antonio Balseiro, quien inauguró las clases el 1 de agosto de 1955.

Juan Domingo Perón fue derrocado exactamente 46 días después de la inauguración del instituto. A pesar del golpe, Balseiro y el equipo docente siguieron impartiendo clases y tres años después, pese al terremoto político, egresaron los primeros científicos de aquel centro de excelencia instalado en una de las zonas más bellas de la cordillera de los Andes. Balseiro murió poco antes de cumplir 43 años, en marzo de 1962, y entonces el instituto pasó a llevar su nombre.

Mientras planificaban el golpe de Estado de marzo de 1976, los comandantes en jefe del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea distribuyeron entre sí las áreas de influencia de cada fuerza, no solo como bastiones de gestión y poder sino también como territorios de cacería humana. En ese reparto, Emilio Eduardo Massera se quedó, entre otros sectores clave, con la Cancillería y la Comisión Nacional de Energía Atómica.

El hombre que Massera eligió para dirigir la CNEA fue el capitán de navío Carlos Castro Madero, un oficial que además de hacer la carrera militar en la Armada había estudiado Física en el Instituto Balseiro. Cuando Castro Madero se hizo cargo, el lunes 29 de marzo, ya había tenido tiempo para indagar las capacidades científicas del personal y, por supuesto, sus historias políticas y afinidades ideológicas. El capitán reportaba directamente a Massera y tenía claro que no podía filtrarse información sensible, no solo a los opositores a la dictadura sino también a las otras fuerzas armadas, con las que mantenía una sorda disputa de poder.

La Armada se apoderó así de la investigación y producción de la energía atómica, una de las áreas más delicadas en esos tiempos de potencias enfrentadas en la Guerra Fría. Los proyectos de Massera y Castro Madero para enriquecer uranio debían hacerse de modo que ni siquiera pudieran meter las narices los agentes de inteligencia de los Estados Unidos. Massera había logrado que el presupuesto para energía nuclear se multiplicara por cuatro.

Al mismo tiempo que el capitán de navío Castro Madero avanzaba con el proyecto que Massera tenía para la CNEA, los grupos de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada se ocuparon, por orden de Massera, de hacer la “limpieza de elementos subversivos” allí y en el Instituto Balseiro.

El doctor José Antonio Balseiro, físico (Archivo Instituto Balseiro)

La “limpieza” de la CNEA

Luego de ser secuestrados,Manuel Rosa y Nora Strejilevich fueron llevados a un centro clandestino de detención donde fueron torturados y permanecieron varios días hasta ser liberados. En cambio, Daniel Lázaro Rus, Gerardo Strejilevich y Graciela Barroca forman parte de la lista de detenidos desaparecidos por la dictadura en la Comisión Nacional de Energía Atómica.

A partir de los testimonios de varios sobrevivientes se pudo establecer que Graciela Barroca estuvo secuestrada en el centro clandestino de detención conocido como “Club Atlético” y en las catacumbas de la Escuela de Mecánica de la Armada. Por el testimonio de su hermana y otros sobrevivientes, se pudo saber que Gerardo Strejilevich también pasó primero por el “Club Atlético” y después por el centro clandestino de detención de la ESMA. Daniel Rus también permaneció detenido desaparecido en la Escuela de Mecánica de la Armada por un período que no se ha podido determinar. Algunos testimonios lo ubican, además, en el “Club Atlético”. Poco después de su desaparición, su madre, Schejene María Laskier de Rus, sobreviviente del campo de concentración nazi de Auschwitz, se sumó a las Madres de Plaza de Mayo.

El capitán de navío —luego ascendido a contraalmirante— Carlos Castro Madero estuvo al frente de la Comisión Nacional de Energía Atómica durante los más de siete años que se prolongó la última dictadura. Nunca fue citado por la Justicia a declarar por los crímenes de lesa humanidad perpetrados contra las víctimas de la CNEA.

Al final de la dictadura, las víctimas del terrorismo de Estado en las instituciones bajo su jurisdicción se contaron por centenares. Los grupos de tareas secuestraron a 25 científicos, profesionales y trabajadores de la Comisión Nacional de energía Atómica, 15 de los cuales continúan desaparecidos. También fueron secuestrados tres exalumnos del Instituto Balseiro de Bariloche. Además, la gestión de Castro Madero echo a 107 integrantes de la planta permanente de la CNEA y otros 120 fueron cesanteados al discontinuar sus contratos temporales.

Por el clima de terror imperante, entre 1976 y 1978 renunciaron 370 personas, entre ellas muchos científicos de excelencia formados en el país, una fuga de cerebros muy superior a la provocada una década antes, por la dictadura de Juan Carlos Onganía después de la tristemente célebre “Noche de los Bastones Largos” perpetrada en la Universidad de Buenos Aires.

Todos estos datos provienen del trabajo de la Comisión de Derechos Humanos del Personal de CNEA, constituida apenas asumió Raúl Alfonsín en diciembre de 1983. Participaron los delegados de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE), del Sindicato de Energía Atómica (SEA), de la Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN), de la Asociación de Profesionales de la CNEA, de la Asociación de Técnicos de la CNEA y de la Asociación Física Argentina.

Por Daniel Cecchin-Inofobae