Misiones Para Todos

El estadista que no es

En la versión argentina de Alicia en el País de las Maravillas, el presidente Javier Milei declara muerta a la política mientras practica su versión más rudimentaria. Una caricatura donde un gobierno que promete libertad, achica el país real. En contraste, Misiones sostiene y frente al derrumbe nacional, elige hacer en lugar de declamar.

Hay una vieja tentación en la política argentina: confundir volumen con profundidad, eslogan con idea, furia con dirección. Javier Milei encarna esa pulsión como ningún otro presidente reciente. Se presenta como estadista, se autopercibe como conductor de una refundación histórica, pero gobierna desde el pensamiento fácil: consignas que simplifican problemas complejos y enemigos imaginarios que justifican cualquier demolición.

La historia ya conoció estos romances intensos entre líder y sociedad. Fueron breves, ruidosos y terminaron igual: fatiga social, frustración y un país más débil que antes. Esta vez no parece distinto. Según la última medición de AtlasIntel y Bloomberg, la desaprobación del gobierno libertario alcanzó el 52,8%. El enamoramiento empezó a cansar. Y cuando la expectativa se agota, el relato ya no alcanza.

Milei insiste en que destruye un sistema para liberar a la Argentina. Pero en los hechos, la llamada revolución cultural empieza a parecer otra cosa: una economía donde comer vuelve a ser un privilegio, donde la industria nacional se apaga, donde el mercado interno se marchita y donde la vida cotidiana se encoge. Habla en foros internacionales, como esta semana en Davos, sobre libertad, mientras aplica una receta que achica el país real. Dos planos superpuestos. Realidades paralelas.

Hay además un rasgo que completa el cuadro: la impostura intelectual. Milei no solo se presenta como economista salvador. También se autoproclama filósofo político. En su discursos en Davos llegó a declarar que Maquiavelo se murió (sus ideas), como si inaugurara una nueva era del pensamiento político universal. La frase busca grandeza histórica, pero termina exhibiendo algo más simple: un guion aprendido de memoria.

Basta escuchar con atención. Las referencias a Maquiavelo, Hobbes o la Escuela Austríaca aparecen encadenadas como citas de manual escolar. Definiciones copiadas, párrafos repetidos, fórmulas que circulan en Wikipedia o en compilaciones de divulgación básica – como Rincón del Vago-. El tono es solemne, pero el contenido es elemental. No hay elaboración propia. Hay copy-paste intelectual envuelto en épica verbal.

El problema no es citar a Maquiavelo. El problema es creer que mencionarlo reemplaza la comprensión de la realidad concreta que se gobierna. Milei habla de teorías del poder mientras enfrenta inflación, pobreza, caída del consumo y cierre de empresas. Declara la muerte del realismo político mientras practica una versión rudimentaria del mismo: disciplinar, confrontar y concentrar decisiones en un círculo mínimo.

Su discurso intenta vender una realidad que lo excede. Una Argentina imaginaria donde el mercado se autorregula, la sociedad soporta sacrificios infinitos y el Estado desaparece sin dejar daños. Es un país de laboratorio. No el país que paga tarifas, que pierde empleo o que deja de producir.

Maquiavelo no se murió. Lo que está vivo es su enseñanza central: quien no entiende la naturaleza de su pueblo termina perdiendo el poder. Milei cree haber superado la política. En verdad, apenas la está aprendiendo. Y la está aprendiendo sobre una sociedad real que ya empezó a mostrar signos de agotamiento.

La distancia entre el personaje y la realidad se achica. Y cuando eso ocurre, ya no alcanza con discursos pomposos ni citas recicladas. Se necesita algo que hasta ahora no apareció: gobierno.

El cinismo se volvió método. La moral libertaria predica sacrificio ajeno y salvación futura. El discurso se eleva en Davos mientras la producción nacional se apaga en casa. Es el proyecto de país mirándose al ombligo, pensando una sociedad para pocos, convencido de que el derrumbe presente es virtud si se lo narra como épica.

La analogía más clara no está en la teoría económica sino en la cultura popular. Diego Hartfield, diputado nacional por Misiones y rostro de Milei en la provincia, el gato que desprecia al mundo, evita todo esfuerzo y reduce la vida a su propio plato de comida. Parece hoy la metáfora involuntaria del proyecto. Un país pensado desde el egoísmo, sin noción de comunidad, sin empatía social y sin responsabilidad colectiva.

El contraste de Milei con Donald Trump es revelador. Más allá de su estilo belicista, Trump defiende la industria de su país, aplica proteccionismo y entiende que sin producción no hay nación fuerte. Puede hacerlo por convicción o por cálculo electoral, pero actúa sobre una premisa básica: ningún país se desarrolla destruyendo su propio aparato productivo. Milei hace exactamente lo contrario. Se jacta de dinamitarlo.

Y como en toda historia de poder acelerado, aparece otro factor: la ansiedad. Trump presiona a su Reserva Federal para bajar tasas porque necesita ganar elecciones legislativas. Milei presiona a la sociedad con ajuste permanente porque necesita sostener su relato. Ambos exhiben uso intensivo del poder. Pero mientras uno protege su mercado, el otro lo entrega.

La política argentina ya vivió estos ciclos. Líderes que se creyeron irreemplazables. Proyectos que se proclamaron fundacionales. Relatos que prometieron redención. Todos terminaron chocando contra la misma pared: la realidad social.

Milei quiere ser estadista. Pero el estadista construye. No arrasa, ordena. No incendia, integra. No excluye, piensa futuro. No solo ajuste. Por ahora, gobierna como quien cree ser lo que aún no es. Y la sociedad empieza a darse cuenta.

El estadista que no es. Que se cree que es. Pero no lo es.

Gobernar es hacer

Mientras en Buenos Aires la agenda gira alrededor de ajustes, recortes y disputas ideológicas, en Misiones el gobernador Hugo Passalacqua hizo lo que corresponde a quien entiende su tiempo: salir a buscar oportunidades. Su visita a España no fue protocolar ni decorativa. Fue gestión concreta. Reuniones, rondas de contacto, promoción de la provincia como destino turístico y plaza posible para inversiones. No paró un día. Y eso, en el contexto actual, no es un detalle: es una estrategia de supervivencia.

Hay una realidad que condiciona todo. Con el dólar liberado por el gobierno de Javier Milei, Argentina dejó de ser competitiva como destino turístico internacional. Para un europeo, hoy es más barato cruzar el Atlántico para vacacionar en Brasil que llegar hasta Puerto Iguazú. El sinceramiento cambiario terminó licuando uno de los pocos sectores capaces de generar divisas genuinas en las provincias. Frente a ese escenario, Misiones hace lo que puede: apostar a sus atractivos, sostener promoción, insistir en abrir mercados. Intentar que algo de esa luz
que emana de las Cataratas —una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo— derrame sobre hoteles, comercios y pueblos que viven del turismo.

Ese esfuerzo provincial convive con un clima nacional adverso. Por eso empieza a ser evidente que llegó el tiempo de cuidar lo propio. Sostener lo construido con años de políticas públicas. Resistir hasta que el modelo económico nacional muestre, si alguna vez lo hace, una relación menos hostil con las provincias. Porque conviene recordarlo: la Argentina no nace en Buenos Aires. La República se construye desde las provincias hacia la capital, no al revés. Sin embargo, todos los gobiernos centrales —sin excepción y sin importar el signo político— miraron históricamente al interior con desconfianza o desdén. El federalismo sigue siendo una promesa pendiente.

En ese marco se inscribe también la decisión del Instituto Provincial de Desarrollo Habitacional (IPRODHA) de auditar las viviendas construidas por la provincia. Verificar que las casas lleguen a familias que realmente las necesitan no es persecución ni burocracia: es cuidar una política pública esencial en tiempos donde la Nación abandonó la obra habitacional. Si los recursos son escasos, la responsabilidad debe ser mayor.

Gestión territorial, control de lo propio y búsqueda de oportunidades externas. Misiones se mueve. El país, por ahora, juega otro partido. Y cuando los contextos son adversos, gobernar no es declamar: es actuar

Por Sergio Fernández