Misiones Para Todos

Entre la responsabilidad y la resignación

En medio del ajuste nacional y la retirada del Estado, Misiones intenta sostener lo esencial desde la gestión mientras crece la resignación de quienes avalaron ese rumbo. La advertencia de Bertolt Brecht atraviesa el presente argentino y dialoga con otra negación persistente: la de un kirchnerismo que durante años defendió al chavismo y hoy mira en silencio el fracaso de un régimen que expulsó a millones de venezolanos. Responsabilidad provincial frente a dogmas que se caen y relatos que ya no convocan.

Hay imágenes que condensan una época. La del gobernador Hugo Passalacqua, sobrio, concentrado, administrando en un contexto adverso, convive con otra mucho más extendida y silenciosa, alejada de la visión misionera: la resignación. No una resignación abstracta, sino concreta, palpable, la de quienes votaron al gobierno nacional, lo sostienen en público y empiezan a descubrir que el ajuste ya no es un concepto ideológico, sino una experiencia personal.

La Argentina transita un camino que Bertolt Brecht describió con crudeza hace décadas. “Primero vinieron por los negros, y no dije nada; luego vinieron por otros, y tampoco dije nada; cuando vinieron por mí, ya no quedaba nadie que hablara”. La secuencia es inquietantemente similar. Primero el gobierno nacional avanzó sobre los jubilados. Después sobre las universidades públicas y las personas con discapacidad. Hubo advertencias, pero también silencio, indiferencia o justificación. Hoy el ajuste empieza a golpear a la clase media, incluso a muchos que lo votaron y lo que aparece ya no es euforia sino resignación.

Brecht también dejó otra advertencia incómoda: “Desgraciado el país que necesita héroes”. Gobernar no debería depender de gestas épicas ni de sacrificios individuales, sino de decisiones políticas responsables. Y hay una tercera frase que completa el cuadro y que atraviesa este momento histórico: el que sabe y calla no es neutral, es cómplice.

Misiones no gobierna en el vacío. El Frente Renovador Neo y Hugo Passalacqua administran una provincia en un escenario nacional hostil, con un Estado nacional que se retira de áreas sensibles y con un discurso que estigmatiza cualquier política pública que no responda al dogma del ajuste. La diferencia es que acá no se gobierna desde la consigna, sino desde la gestión.

Los programas Ahora, el esfuerzo por sostener tarifas eléctricas con criterio social, la defensa del sistema de salud pública, la inversión en ambulancias y atención, no son relatos: son decisiones concretas para amortiguar un golpe que viene de arriba. Por eso resulta llamativo —y preocupante— que haya voces públicas que cuestionen la necesidad de sostener la tarifa ocial eléctrica, como si la energía fuera un privilegio y no un derecho básico.

También sorprende el discurso de algunos opinólogos libertarios que hablan de salud y servicios esenciales como si todo fuera gratis, como si las ambulancias, los hospitales y la atención médica aparecieran por generación espontánea. El Estado nacional se retiró. Ese no es un eslogan opositor: es un dato. Y cuando Nación se corre, alguien tiene que hacerse cargo. En Misiones, ese alguien es el gobierno provincial.

Passalacqua no eligió este contexto. Le tocó. Como en su primera gestión, cuando gobernó con Mauricio Macri, ahora le toca administrar con recursos escasos y demandas crecientes. La diferencia es la decisión política: no abandonar, no correrse, no mirar para otro lado. Gobernar con responsabilidad, aun cuando eso no genere aplausos.

La resignación, en cambio, es aceptar sin discutir. Es votar todo en el Congreso y después fingir sorpresa. Es creer que el ajuste siempre será para otros. Es la antesala del “no dijimos nada” de Brecht, repetido como tragedia contemporánea.

Se terminó una etapa. La revolución prometida quedó inconclusa y se transformó en ajuste sin anestesia. El peronismo tendrá tiempo de revisarse, repensarse y redefinirse. Pero hoy la línea divisoria es clara: entre un gobierno nacional que ajusta y se desentiende, y un gobierno provincial que, con límites evidentes, intenta sostener lo esencial.

Entre la responsabilidad y la resignación hay una distancia enorme. Misiones eligió la responsabilidad. El resto del país todavía está a tiempo de decidir si seguirá repitiendo, una vez más, la advertencia que Bertolt Brecht dejó escrita para quienes prefirieron callar.

Inmaduro

La caída de Nicolás Maduro no debería sorprender a nadie que haya querido mirar la realidad sin anteojeras ideológicas. Lo que durante años se presentó como un proceso popular terminó de consolidarse como un Estado cruel con su propio pueblo, incapaz de garantizar lo más elemental: comida, salud, seguridad y futuro. Venezuela no colapsó de un día para otro; fue el resultado de un régimen que concentró poder, anuló disidencias y convirtió la épica en coartada para la miseria.

El kirchnerismo carga con una responsabilidad política y moral en esta historia. Durante años defendió sin matices al chavismo, incluso cuando ya era evidente que el modelo avanzaba hacia el autoritarismo y la persecución. No fue un error aislado ni una lectura ingenua: fue una decisión política sostenida en el tiempo, aun cuando millones de venezolanos empezaban a huir de su país.

Los números hablan por sí solos. Más de 8 millones de personas tuvieron que abandonar Venezuela para buscar una vida medianamente digna. Muchos llegaron a la Argentina, un país con problemas estructurales propios, pero que aun así ofrecía algo que en su tierra había desaparecido: la posibilidad de trabajar, estudiar y proyectar. Basta hablar con cualquier venezolano que viva hoy en Misiones para entender, sin intermediarios ni consignas, qué fue
realmente el chavismo en su fase madura.

Mientras tanto, el kirchnerismo que supo llenar plazas, hoy se reduce a un grupo pequeño, casi testimonial, que se reúne en encuentros cerrados a lamerse las heridas del pasado. Lejos quedaron los discursos de Néstor y Cristina Kirchner ante multitudes, con una visión del mundo que, como toda construcción política, no era eterna. La historia cambia, muta, se reconfigura según las necesidades de cada época. Aferrarse a un relato cuando la realidad lo
desmiente no es convicción: es negación.

Este sábado, esa desconexión quedó expuesta en Posadas. Alicia Castro, ex embajadora argentina en Venezuela durante la presidencia de Hugo Chávez, visitó la ciudad y participó de una charla que no reunió más de 30 personas. En una entrevista periodística se animó a defender a Nicolás Maduro y al régimen chavista, y se autoproclamó bolivariana. El dato no es anecdótico: es simbólico. La defensa de Maduro ya no convoca multitudes; apenas sobrevive en círculos cerrados que repiten consignas como ritual.

La pregunta es inevitable: quienes todavía defienden a Maduro ¿conocen realmente la Venezuela de hoy? La respuesta parece sencilla. No hace falta viajar a Caracas ni leer informes internacionales. Basta con escuchar a los miles de venezolanos que viven en Misiones, una provincia que sabe lo que significa recibir inmigrantes que llegan con lo puesto, dispuestos a reinventarse desde cero.

Negar esa realidad es elegir el dogma por sobre las personas. Y cuando una ideología necesita negar el sufrimiento concreto de millones para sostenerse, deja de ser una causa y se transforma en complicidad.

Por Sergio Fernández