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Ese fútbol de amiguetes

Cerca de su muerte el cineasta Luis Buñuel ironizaba: “Lo ideal sería poder levantarse de la tumba cada diez años, comprar el periódico, ver un informativo, enterarse de los últimos chismes, tomarse un Martini y volver al cementerio”. Si Charles de Secondat, barón de Montesquieu, levantara la cabeza no saldría de la tumba. El fútbol tiene la culpa. Qué capacidad la de este deporte por enredar, retorcer, desenredar y volver a torcer. No deja de ser un territorio para el asombro: siempre hay algo nuevo por descubrir: un incidente, un gesto, un arrepentimiento.

No es difícil discernir cuando este deporte te habla desde el cerebro, desde el hígado o desde el lawfare. El buen fútbol siempre acaba por abrirse paso: una gambeta, un quiebro, un arranque, una imputación. Qué envidia ser el novelista de tu propio fútbol. Escoger los tiempos, los espacios, los jugadores de tu equipo, los del adversario, designar al arquero, llevar la pelota (sino no jugás), saltar la verja de tu casa y acceder al potrero lindante para jugarte un “picadito” inesperado con un grupo de fiscales y jueces que pasaban por ahí. Esa vida olorosa como repertorio de cercanías. Todo esto Mauricio Macri se lo pudo permitir. El que no vive el espíritu de su época vive todas sus miserias. El presidente de la Fundación FIFA lleva en las entrañas el fútbol como una pasión. Curiosamente la palabra pasión deriva del verbo latino padecer. Similitudes envenenadas. En realidad, de lo que se trata es que los “jugadores” no tengan más poder que el que los ciudadanos estén dispuestos a concederles. En ocasiones el ser humano sufre el delirio de creerse eterno.

El fútbol es un embrujo que engancha, que contagia, cautiva. Mucho más jugarlo que verlo. En un “picadito” uno puede pasar de una vida modesta a experimentar la sensación de un famoso. Uno necesita de estos partidos, el cuerpo lo reclama, para soltar piernas, para sentirse vivo e irse a dormir suelto de cuerpo. Los “picaditos” del expresidente estaban enfocados -como máximo responsable de la Fundación FIFA- en recaudar fondos para el desarrollo de infraestructuras deportivas en el tercer mundo. Hoy sabemos que algunos de ellos, además de soltar piernas, aliviaban algunas de sus contracturas judiciales y aceitaban otros procedimientos e imputaciones. Es lo que tiene el fútbol, reúne voluntades. Entre caños, rabonas, tiros libres, una cautelar, un asadito, una confesión, se va ha haciendo país. Esa ancestral impunidad de los hombres poderosos.

En el “El espíritu de las leyes” (1748), Montesquieu introducía la separación de poderes inspirado en el parlamentarismo inglés. El fútbol nacía más tarde, también en territorio británico, aunque algunos historiadores sostienen que su origen es chino. De ahí que los ojos de Xi Jinping, presidente del país asiático, dieran vueltas como canicas cuando Macri le enseñó el vídeo de su gol de tiro libre contra el equipo del fiscal y de los jueces. Cada cual tiene el derecho de suicidarse a su manera.

Este fútbol de “amiguetes”, de usar y tirar, sumamente tóxico, representa las entretelas humanas de un modelo jerárquicamente impune que se focaliza en una persistente dominación histórica. Así se nutren las “dinastías”, en esa institucionalización de las estructuras sociales que mantienen sus privilegios.

El fútbol de “haciendo amigos” se ha quedado a oscuras, tanto como para dejarnos ciegos.

Por José Luis Lanao

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