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Sociales

Mujeres indígenas crearon un medio de comunicación para recuperar sus identidades

Las fundadoras de TeleSISA tienen en común que crecieron ocultando su origen indígena para esquivar el racismo. El proyecto es parte de un proceso de recuperación de la identidad y, también, una forma de abrirles el camino a periodistas, diseñadoras, fotógrafas y otras profesionales que no tienen espacio en los grandes medios de comunicación. Desde hace dos años difunde sus contenidos en todas las redes sociales

La primera vez que a Laura Laki Quispe le preguntaron de qué nación era, algo vibró dentro suyo. En ese momento acompañaba a comunidades originarias que se manifestaban en la Ciudad de Buenos Aires por diferentes causas ambientales, pero siempre con cierta distancia, como desde atrás de un vidrio. “Era una imagen que me fortalecía: ver personas que tenían mis rasgos, reconocer mi cultura en sus atuendos, en sus comidas, en su lengua. Me hacía sentir bien. Pero miraba desde afuera, no me sentía parte del movimiento indígena, para nada. Lo rechazaba”, cuenta Laura. Hasta que en una de esas manifestaciones una mujer se le acercó y con cuatro palabras le llegó a las raíces.

—Fue una pregunta que nadie me había hecho en mi vida. Me reconoció como su hermana, me hizo sentir que lo era, porque en las comunidades nos decimos “hermana”, “hermano”. Y fue como si hubiese estado esperando que alguien me lo preguntara para responder: “Nación quechua”. Yo misma me sorprendí cuando me escuché. Pensé: “Lo dije sin saber que lo iba a decir en algún momento”.

Entonces Laura tenía 30 años. Hoy, a los 39, es una de las fundadoras de TeleSISA, un medio de comunicación creado por mujeres indígenas que viven en entornos urbanos para verse representadas, para contar sus historias con voz propia. También para visibilizar los problemas de los pueblos originarios y para hablar de feminismo, del colectivo LGBTIQ+ y de lo que ocurre en el país y en otros territorios que también son los suyos. El nombre es un homenaje a Bartolina Sisa, una mujer aimara que fue símbolo de la lucha anticolonial. Laura es diseñadora gráfica, fotógrafa y estudiante de Comunicación Social.

TeleSISA en la cobertura de un verdurazo, una protesta de productores de alimentos en la Ciudad de Buenos Aires. (Imagen: gentileza TeleSISA)TeleSISA en la cobertura de un verdurazo, una protesta de productores de alimentos en la Ciudad de Buenos Aires. (Imagen: gentileza TeleSISA)

“Mi historia no es muy distinta de la de muchas personas de comunidades originarias que viven en la urbanidad”, dice y así empieza a contarla: “Mi nombre es Laura Quispe, pero me conocen como Laki. Soy quechua. Recuperé mi identidad cultural tras un largo proceso de sanación durante mi activismo y mi formación académica”.

Laura vive en Rivadavia, un barrio obrero del partido de Merlo, en la zona oeste del conurbano bonaerense. Allí creció distanciándose de su identidad para sobrevivir al bullying, a la discriminación y al racismo. “Nuestras familias —dice— han migrado y se han despojado de su propia cultura para que sus hijas, hijos, hijes, no suframos la misma violencia que padecieron ellos”.

Su madre emigró a la Argentina desde Potosí, Bolivia. Su padre llegó a Buenos Aires desde Salta. “Ambos con historias muy fuertes de dolor y de racismo”, cuenta. Un racismo que a ella la atormentó desde pequeña, desde su primer día de clases. Al principio, porque su mamá “era una mujer de pollera”.

—Hoy no lo es. Cuando va a su territorio sí se pone la pollera y las trenzas, pero aquí no las puede usar con libertad porque está el prejuicio, el odio que se transmite a través de la mirada, de las palabras y de las actitudes. Hasta el día de hoy la siguen discriminando y violentando, aunque ella no lleve puesta su cultura. Entonces, seguimos luchando contra ese racismo. Hoy yo puedo decirlo y puedo nombrarlo. Pero antes, de eso no se hablaba. No solo por el dolor que implica, sino también porque es una herida que abre las violencias y dentro de la familia es un problema de discusión por todo el silenciamiento que hubo detrás, año tras año y siglo tras siglo, porque esto lo venimos arrastrando desde hace más de 500 años.

Laura creció con su identidad clausurada. Acercarse a ella estaba prohibido por su madre y su padre, que si hablaban quechua lo hacían por lo bajo para que ella y sus hermanas y hermanos no lo escucharan, no lo aprendieran. Si practicaban algún rito o costumbre, como una ofrenda a la Pachamama, lo hacían puertas adentro y a escondidas porque nadie debía enterarse de quiénes eran, de que mantenían encendida una pequeña llama de su cultura.

A pesar de esa negación con la que intentaron protegerla, Laura sufrió discriminación y violencia. Para sus compañeros y compañeras de la escuela primaria, incluso para los y las docentes, era “la hija de la boliviana que vendía golosinas en la puerta”. “Los maestros y maestras que me tocaron no tenían pudor de ser violentos conmigo. Me decían cosas de manera directa”, recuerda.

En la secundaria el trato no mejoró. Recibía bajas calificaciones y era obligada a rendir materias en marzo, no entendía por qué. Qué hacía mal. Aunque estudiaba mucho, no aprobaba. Cuando decidió cambiar de escuela y se anotó en una afuera de su barrio, más cerca del centro de Merlo, empezó a obtener varios 10 entre sus notas y tenía buena relación con sus profesores. Muchas veces, explica Laura, en los barrios de los bordes, en las periferias, el racismo y la discriminación son más agudos que en los del centro.

De cualquier manera, en el centro o en la periferia, Laura creció negando ser quien era.

No fue la única. Su historia se replica entre quienes hoy son sus compañeras en TeleSISA. Para llevar adelante este proyecto, afirman, primero debieron sanar. Dejar de rechazar lo que llevaban en la piel. Abrazar y recuperar su identidad. Volver a contarse.

“Me llamo Lisbet Valverde Romero, tengo 27 años y vivo en Avellaneda. Soy peruana. Desde niña sé que pertenezco a la nación inca por mi abuela y mi madre que llevan con orgullo el apellido Yupanqui. Además, escuchaba siempre a mi abuela hablar en su lengua nativa. El quechua de mi abuela, como ella decía, se formaba de la mezcla de palabras en español y en su lengua. Cuando migré a la Argentina era muy chica y sufrí mucho bullying, así que traté de borrar todo rasgo indígena: mi forma de hablar, las palabras en quechua que sabía. Las eliminé de mi mente, por el racismo sistemático que recibía y la xenofobia de este país. Aunque siempre tuve conexión con los pueblos originarios, traté de minimizarla o apoyarlos pero sin sentirme parte. Soy orgullosa peruana, pero nunca me sentí indígena, tenía miedo o vergüenza. Hasta que conocí TeleSISA. Allí encontré hermanas indígenas comunicadoras que tienen la meta de mostrar que también existimos. Allí somos nosotras las que decidimos las noticias y tendencias del día con nuestra mirada e identidad indígena”.

La fotógrafa y editora Lisbet Valverde Romero pertenece a la nación inca, nació en Perú y vive en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. (Imagen: gentileza TeleSISA).La fotógrafa y editora Lisbet Valverde Romero pertenece a la nación inca, nació en Perú y vive en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. (Imagen: gentileza TeleSISA).

“Mi nombre es Josefina Navarro, soy profesora de quechua, jujeña y kolla. Actualmente vivo en Buenos Aires. Decidí participar en TeleSISA porque me parece un espacio novedoso en cuanto a la forma de construcción comunitaria, a la impronta antipatriarcal, antirracista y, sobre todo, porque es un medio de comunicación creado por mujeres indígenas. Soy profesora de quechua y estudié Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Enseñar la lengua, para mí, siempre se relacionó con la militancia de los derechos lingüísticos y la resistencia cultural y epistémica. Con esta convicción surgió el microprograma De voz en voz, que tiene como objetivo visibilizar las lenguas indígenas que no están presentes en los medios ni mucho menos en los espacios de educación formal o instituciones estatales. Para mí, enseñar y hablar quechua es una manera de descolonizar los espacios y tomar un posicionamiento político activo frente al epistemicidio que sufrimos los pueblos originarios. Estoy convencida de que la construcción de un medio de comunicación nos da la posibilidad de pronunciarnos frente al racismo, de denunciar los atropellos a las comunidades indígenas y, lo más importante, de hablar con nuestra propia voz”.

“Mi nombre es Milagros Panta, soy del pueblo quechua, soy del Perú. Tengo 29 años, estoy radicada en la provincia de Buenos Aires desde hace cuatro y actualmente vivo en San Francisco Solano, zona sur. Llegué a TeleSISA gracias a Laki, que me convocó cuando nos reconocimos como mujeres indígenas viviendo en Buenos Aires. Fue vernos a los ojos, los rostros, nuestros rasgos, reconocernos. Yo estaba iniciando un proceso de recuperación identitaria y me pareció muy importante este paso de formar parte de una comunidad como TeleSISA. Somos mujeres indígenas que estamos recuperando nuestra identidad, descolonizando no solo el lenguaje, sino también el cuerpo y el sentir, para saber, desde ahí, cómo comunicar”.

Milagros Panta, peruana y del pueblo quechua, es reportera en TeleSISA. (Imagen: gentileza TeleSISA)Milagros Panta, peruana y del pueblo quechua, es reportera en TeleSISA. (Imagen: gentileza TeleSISA)

Cuando Laura pudo nombrar la nación a la que pertenecía, sus esfuerzos por adaptarse a una cultura hegemónica terminaron. La universidad y la formación académica, dice, también le dieron herramientas que la fortalecieron y la ayudaron a reencontrarse con quien era.

Para ese momento ya había pasado por diferentes medios de comunicación autogestivos e independientes en los que también había vivido situaciones de racismo y donde observaba falta de representación indígena. Estaba en ese proceso de autoconocimiento cuando se le apareció, casi como una epifanía, lo que quería hacer “para aportar a la transformación del paradigma cultural”: “Crear medios de comunicación integrados por personas como yo, que viviendo en la urbanidad estuvieran recuperando su identidad cultural, y que fueran también espacios para la contención, la escucha, el acompañamiento. Primero debía formarme, para sentirme segura”, dice.

Aunque tenía herramientas adquiridas en los medios en los que había trabajado y en los años de activismo, comenzó a estudiar Comunicación Social. Al terminar el primer año decidió dar el paso y darle forma a la idea. Convocó a fotógrafas, periodistas, redactoras, creadoras de contenidos en redes sociales, todas integrantes de comunidades indígenas. “Y se fueron acercando un montón de mujeres”, cuenta.

El golpe de Estado en Bolivia, a fines del 2019, fue un episodio “que revivió la lucha por la identidad cultural en Buenos Aires”, cuenta Laura, y también el puntapié para iniciar TeleSISA, una comunidad que hoy suma más de 20 personas entre comunicadoras, administradoras, abogadas y otros roles necesarios “para sostener un medio que se proyecta al futuro”. La mayoría habita la urbanidad del AMBA, pero también hay integrantes de Salta, Córdoba, Colombia, Perú, que narran lo que sucede en sus territorios.

Otra de sus integrantes es Kusi Inkivil Sosa, una mujer diaguita calchaquí de 23 años que vive en el barrio porteño de Boedo. Su nombre significa “la mayor alegría del pueblo”, en kakán, la lengua diaguita. A diferencia de muchas de sus compañeras, Kusi creció conociendo sus raíces y su cultura. “Mis padres me narraban historias de nuestros antepasados haciéndome sentir orgullosa de ser diaguita, practicábamos ceremonias y costumbres típicas de nuestro pueblo”, cuenta.

Pero no por eso estuvo a salvo del racismo: “Viví toda mi infancia teniendo que explicar mi nombre, diciendo que no era chino, no era hindú, que yo era argentina, que no creía en Dios porque no era católica, y la gente se sorprendía mucho. Por eso, desde chica supe que quería estudiar Periodismo, formarme para darles voz a quienes no la tienen y posicionar en los medios a los pueblos originarios como sujetos políticos pensantes y no como meros objetos de estudios antropológicos. Porque así es como yo notaba que veían mi cultura: como algo enterrado, que ya no existe, folklórico. Así, con mi identidad como bandera me recibí en la UCES, a los 22 años”, cuenta.

Apenas egresó, encontró TeleSISA en Instagram. “No sabía que en Buenos Aires había medios 100 % indígenas y antirracistas con perspectiva feminista porque, justamente, hay mucha falta de visibilización. Les hablé para formar parte y en cuanto me dijeron que sí, vislumbré cómo mi meta continuaba cumpliéndose. Escribir notas, generar contenidos indígenas, con la formación que me dio mi carrera, es estar viviendo un sueño. Un sueño que nos hace sentir muy orgullosos, a mí y a mi familia. Nunca más nos sentiremos invisibilizados, no mientras tengamos el poder de las palabras y la perseverancia de no rendirnos hasta que se nos den los espacios que nos corresponden”, dice.

Las coberturas audiovisuales de TeleSISA se difunden en sus redes sociales. (Imagen: gentileza TeleSISA).Las coberturas audiovisuales de TeleSISA se difunden en sus redes sociales. (Imagen: gentileza TeleSISA).

Johana Arce, de 26 años, es de la nación kolla y guaraní. Como Kusi, vive en la capital y conoció TeleSISA por sus campañas y publicaciones en Instagram. Primero participó colaborando con algunas fotografías, luego se incorporó al medio y a la comunidad. “Hace un tiempo que me encontré con la fotografía. A través del lente se pueden ver las diferencias entre los cuerpos. Es evidente que hay unos que valen más que otros, que son más visibles. Los que son invisibilizados son los cuerpos racializados. Y a veces sucede que si son visibles se produce una especie de romantización de estos cuerpos, de estos rasgos; o incluso una extranjerización: se los ve como objetos, no se les reconoce una identidad y una historia. Sobre estos cuerpos también recae la estigmatización, por nuestros rasgos, nuestros orígenes, por nuestras raíces y por donde vivimos”, sostiene.

“En los medios —sigue— también se encuentran prejuicios y noticias sobre pueblos originarios contadas por personas que no son indígenas, que no pasaron por nuestras experiencias ni conocen el territorio y hacen una interpretación de los hechos. A veces, de manera intencional, cuentan sus historias negando nuestra existencia y nuestros derechos. En estas coberturas, no es común que haya fotógrafas o periodistas indígenas. En TeleSISA buscamos estar presentes en las noticias que no son visibles, en las que no tienen eco, vamos adonde están nuestros hermanos, en los barrios o luchando por sus derechos”.

La fotógrafa y reportera Johana Arce es parte de la nación kolla y guaraní y vive en la Ciudad de Buenos Aires. (Imagen: gentileza TeleSISA)La fotógrafa y reportera Johana Arce es parte de la nación kolla y guaraní y vive en la Ciudad de Buenos Aires. (Imagen: gentileza TeleSISA)

TeleSISA es un espacio que utiliza todas las plataformas virtuales y redes sociales a disposición (Facebook, Instagram, Telegram, Twitter, YouTube) y tiene una página web en construcción. Además, está tramitando la personería jurídica como comunidad originaria: “Lo consideramos importante para exigirle al Estado soberanía comunicacional. No queremos que nos subvencionen y nos pongan condiciones sino libertad para contar”, explica Laura, que se desempeña como editora, productora y además hace la prensa del medio.

Milagros Panta dice que identificó la falta de representación de los pueblos indígenas, en primer lugar, en los medios hegemónicos, donde las caras visibles “son todas personas blancas, muy de clase media”. Pero también la detectó en su formación académica: “Como estudiante de Comunicación Social me di cuenta de que mi voz, mi pensar, mi sentir como mujer indígena, migrante, lesbiana, precarizada, no eran tomados en cuenta en esos espacios académicos. No les prestaban la misma atención que a la participación de mis compañeros. En TeleSISA nos preguntamos qué hubiese pasado si no hubiéramos creado ese espacio. ¿Hubiéramos tenido la misma oportunidad que las demás personas de acceder a un medio, no necesariamente hegemónico sino también a uno alternativo, popular, independiente? ¿Hubiéramos tenido las mismas oportunidades que otras personas blancas de ser la cara visible? Por eso abrazamos el espacio que estamos creando”.

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