El fastidio del Presidente con los que “no llegan a fin de mes” expone la dificultad para lidiar con resultados peores a lo esperado; el giro discursivo ante la evidencia de la recesión y la presión de Bullrich
El enojo es la materia con la que Javier Milei construyó su liderazgo. Así llegó al poder, como un economista excéntrico que venía a vengar a una sociedad hastiada por la inflación, la corrupción y la deriva de decadencia argentina. Así gobernó, encaramado en la furia contra todo lo anterior, y así se afianzó en el centro del sistema político. Pero el hombre que grita, que insulta, que denuncia, que blande una motosierra como símbolo de impiedad con el despilfarro da muestras de extravío cuando percibe que el malestar social también apunta hacia él.
Esta semana se enredó con una frase que desató una cadena de críticas e ironías en su hábitat natural, las redes sociales. Empezó el lunes en Neuquén, delante de ejecutivos petroleros: “La idea de que la gente no llega a fin de mes es una pelotudez que impulsó el kirchnerismo. Si se quedan sin plata verdaderamente el 20, ¿cómo viven 10 días sin comer ni beber?” Fue un brote de literalidad que sostuvo de mil maneras los días siguientes como si estuviera en guerra contra los que se sienten disconformes con el presente económico.
Blindado en la negación de un problema, como es la caída de la actividad, el ajuste de los ingresos de las familias y la pérdida de empleo formal, eligió el fastidio antes que la empatía.
“Acá no se rinde nadie” fue el mensaje que baja hacia su propia tropa, a la que le impone la vieja doctrina del “vamos ganando”. Durante semanas refutó índices que trazan el contorno de una recesión con el argumento de que está cambiando la matriz de la economía, y entonces los números del Indec “dan cualquier cosa”. Minimizó la suba del desempleo y celebra que crezcan la informalidad y el cuentapropismo. Insistió con que el consumo está en niveles récord, sin consignar que gran parte de ese gasto mayor se va en pagar tarifas con menos subsidios. La acumulación de cifras negativas lo llevó finalmente a un giro. El jueves esbozó algo parecido a una admisión: “Los indicadores no están evolucionando tan positivamente como esperábamos”. Lo atribuyó al riesgo que causa el temor a un regreso del kirchnerismo y a un shock eterno. La autocrítica es por ahora una estación lejana, pero el giro narrativo resultó estridente viniendo de quien viene.
Así y todo sigue peleando contra un fantasma. La expresión “no llego a fin de mes” es a todas luces una simplificación que refleja cómo una parte de la población procesa la transformación económica en curso. Es cierto, no hay cadáveres apilados por las calles. Tan evidente como que el bienestar no se mide con el parámetro de la supervivencia biológica. Algunos se endeudan o suman horas de trabajo temporal, otros se atan a una bicicleta imparable con la tarjeta de crédito, está quien saca a sus hijos del colegio privado, quien se tiene que mudar o simplemente prescindir de cosas que, al perderlas, empeoran su calidad de vida. Los más golpeados salen a pedir limosna o van a almorzar a comedores populares.
Al fastidiarse con los que sufren, cae en un tic que cualquier asesor de comunicación política desalentaría: refuta sensaciones. Era lo que le pasaba al kirchnerismo cuando recitaba estadísticas criminales para desmentir la inseguridad que agobiaba a gran parte de la población la década pasada. Incluso si fuera solo una minoría la que sufre este presente económico, ¿qué sentido tienen la burla y el ataque, cuando puede aplicar la persuasión y llamar a la paciencia?
“Si aceptamos el lugar común de que la gente no llega a fin de mes nos rendimos al argumento del enemigo. No va a pasar. Estamos firmes, el plan funciona y los resultados son revolucionarios”, dice una fuente del Gobierno que sintoniza a la perfección con las ideas de Milei.
Por esa misma razón el Presidente se niega de plano a aceptar que debe hacer algo para bajar la morosidad bancaria. “Es un problema entre privados”, fue el mantra elegido para despegarse de cualquier responsabilidad.
Estabilidad versus crecimiento
Patricia Bullrich es quien pone la cara en el oficialismo para reclamar un cambio de tono y de políticas. Esta semana dio un paso más en su diferenciación de Milei, a quien ya no tan secretamente sueña con suceder: “Acuerdo político y una economía más holgada para la gente. Esa es la clave para este año. Si hacemos lo que hay que hacer, la Argentina va a seguir avanzando”.
Cara y cruz: la gente no se muere el día 20, pero necesita aire, dice la jefa del bloque de senadores de La Libertad Avanza. Encarna una mirada que otros oficialistas esbozan en secreto. Hasta el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el gobierno de Estados Unidos le sugieren al equipo económico que aplique una política monetaria menos restrictiva para mejorar el desempeño electoral en 2027.
Las palabras de Bullrich hicieron juego con una declaración del economista Ricardo Arriazu, a quien Milei profesa admiración desde el inicio de su mandato: “Hay una cosecha récord, producción récord de hidrocarburos, ganancia en minería y términos de intercambio favorables. Deberíamos estar creciendo arriba del 5% y estamos estancados apenas arriba del 2%. La explicación está en demasiadas compras de reservas por parte del Banco Central”.
Al ministro Luis Caputo le vienen sugiriendo empresarios e inversores que remonetice la economía gradualmente, mediante la liberación de pesos para crédito productivo. Milei se niega: teme complicar la estabilidad relativa de los precios. Y más aún ante el shock global que ha producido la guerra en Irán, con su impacto en el costo de los combustibles.
Pasó de la motosierra a la bazuca de dólares, otra metáfora ruidosa para advertir que no va a permitir una corrida cambiaria en el camino a las elecciones. Por mucho que no les guste a Arriazu y a otros economistas liberales, insiste en que el Banco Central seguirá comprando reservas para pertrecharse de cara a “la batalla por el dólar” del año que viene. Se abraza a una épica defensiva.
Suena firme e irreductible porque cree que la oposición lo quiere empujar con un “relato sensiblero” que no piensa convalidar. “No me van a psicopatear”, repite. El enojo lo expone: muestra su frustración e impotencia porque la economía no está donde él había imaginado después de ganar las elecciones de mitad de mandato. Tiene a raya la inflación, pero sin alcanzar los niveles internacionales, como se había propuesto. El índice no empezó con cero en agosto. El empleo en blanco cae, pese a que invirtió capital político en la reforma laboral con la intención de que ocurriera lo contrario. El consumo masivo no da señales de repuntar a pesar de que todo el aparato de propaganda oficial difunde a diario escenas de multitudes en la salida de los teatros o los centros comerciales.
Milei no encuentra palabras para conectarse desde la sensibilidad porque la ve como el rasgo de los débiles. Atraviesa una crisis de comunicación, que ha sido siempre uno de sus grandes activos como líder. Su discurso desconcierta a votantes que son propios. Y se habitúa a pronunciar frases estrepitosas que muchas veces carecen de lógica interna.
Agitación en Madrid
Quedó a la vista en su visita a Madrid, donde quiso participar en la campaña presidencial como un contradictor del socialista Pedro Sánchez, pero terminó por incomodar a sus propios aliados de la derecha alternativa. Al presidente español lo acusó de “dictador impresentable”, como si en la tierra de un tirano pudiera decirse algo así sin consecuencias. En el mismo discurso despotricó contra la inmigración masiva en Europa, impulsada por “aquellos que quieren sustituirlos por otras culturas que los van a exterminar”. Pero agradeció a España por haber acogido a miles de argentinos en el pasado que huyeron de las políticas “del socialismo del siglo XXI”, en alusión al kirchnerismo. Siguiendo su razonamiento, esos argentinos huían de un socialismo para prosperar en otro, la dictadura de Sánchez. El kirchnerismo gobernó 16 años, en 11 de los cuales había en España gobiernos de la centroizquierda.
Milei interpretó magistralmente el papel del argentino jactancioso. Dio cátedra de economía como si la recesión del país que gobierna fuera un detalle anecdótico. A los españoles les enseñó historia, civismo, religión. Solo le faltó cargarlos por la final del Mundial.
Sánchez, que corre de atrás en las encuestas, lo esperó como los toreros. Sacó a sus ministros a comparar las cifras de actividad, salarios, inflación y empleo en España con las de Argentina. Y colgó en el balcón de la sede de su partido una bandera gigante que decía: “Bienvenido Milei al país con la economía que más crece en Europa”.
Ni en el costoso recreo madrileño se olvidó Milei de la gente que no llega a fin de mes. Repitió ante un cronista español su muletilla de la semana:
-Si se quedan sin plata verdaderamente, ¿me podés decir cómo hacen para vivir 10 días sin comer ni beber? ¡Dale, contestame!
-¿Pero entonces qué quiere decir, que la gente se tiene que estar muriendo a fin de mes?
-No, lo que digo es que están repitiendo un eslogan barato. Nosotros bajamos la pobreza de lo que nos dejó el gobierno anterior. Si vos querés abrazarte a un eslogan emocional, bien. Amo tu corazón, pero no puedo respetar tu cerebro - dijo, y se fue.
Sus ministros se preservaron para otras discusiones. En esta cruzada lo respaldaron tres de sus más fieles voceros mediáticos, el camarógrafo oficial Santiago Oría y las diputadas Lilia Lemoine y Juliana Santillán. Destacaron que su argumento sirvió para que sus rivales “dejen de dramatizar lo cotidiano”. Otro de los divulgadores del relato libertario, el funcionario Juan Pablo Carreira (alias Juan Doe) se sumó desde otro costado, al quejarse de cómo se cuentan en los medios las noticias sobre las colas de gente en empresas o comercios que buscan empleados. “En cualquier país del mundo esto sería un notición. ¿En teoría estamos atravesando una ‘feroz crisis económica’ pero hay una pyme tomando 40 personas?”, escribió. Milei lo celebró.
El Presidente se acerca al 2027 electoral despojado de su aura de antisistema y obligado a revivir el optimismo social, herido por los últimos meses de chatura e incertidumbre. ¿Podrá volver a conectar si se aferra a un método de comunicación que prioriza la intensidad y el rechazo? ¿O le convendría, como le sugieren personas que lo quieren ver ganador, encontrar alguna forma de abrazar a los que se sienten afectados por las consecuencias inmediatas de su programa? Abrazar, se entiende, en estricto sentido metafórico.
Por Martín Rodríguez Yebra-LN

