Entre el desgaste del poder nacional y las tensiones que empiezan a asomar en la política misionera, la promesa de cambio choca con una realidad más áspera: sin consistencia, sin cercanía y sin resultados, el poder se vuelve liviano. Y cuando eso pasa, dura menos de lo que llegó.
En La insoportable levedad del ser, Milan Kundera plantea una idea incómoda: cuando el peso de las decisiones desaparece, todo se vuelve liviano, demasiado liviano. Y en esa levedad, lo que debería sostenerse se desarma con facilidad. El problema no es la falta de poder, sino la falta de gravedad en su ejercicio. Algo de eso empieza a verse hoy en la política argentina, tanto en lo nacional como en lo provincial.
Hay dos planos que se superponen. Por un lado, los gobiernos provinciales enfrentan límites políticos propios: estructuras que contienen, equilibrios que se negocian, márgenes que no son infinitos. Pero hay otro factor igual de determinante: cómo actúan quienes ocupan circunstancialmente esos espacios de poder.
Cuando la gestión pierde criterio, el límite deja de ser político y pasa a ser humano.
El escándalo que involucra a Manuel Adorni (viajes, propiedades, sospechas de enriquecimiento desde su llegada al poder en diciembre de 2023) expuso algo más profundo que un caso puntual. Muestra una forma de entender el poder. Cuando se construye un discurso donde la vara moral se eleva al máximo, todos —propios y ajenos— quedan bajo esa misma exigencia. Y ahí aparece la paradoja: el mismo espacio que cuestionó durante años la idoneidad de toda la dirigencia termina poniendo en duda la propia.
Esa lógica no se detiene en una persona. Se expande. Porque si el criterio es absoluto, no hay excepciones. Todos los que ejercen la función pública quedan, en algún punto, en capilla. No por persecución, sino por exposición.
Ahí aparece un cambio más profundo, menos visible pero más decisivo. Durante años existió una barrera tácita entre la sociedad y el poder. No se lo cuestionaba del todo. Había distancia, incluso cierto temor. Esa pared empezó a romperse.
Hoy muchas de las cosas que se conocen del funcionamiento interno del poder surgen desde el propio poder. No es solo investigación o denuncia externa: es, siempre, filtración, interna, ruido propio. El caso Adorni es un ejemplo, pero no el único. Lo mismo ocurre en las administraciones provinciales, donde los errores —muchas veces evitables (Karina “Reina” Acosta, Carlos Heppner) — empiezan a salir a la superficie sin demasiados filtros.
Ese cambio modifica la percepción social. Antes, el crecimiento material de un funcionario podía incluso ser admirado o naturalizado. Formaba parte de una lógica aceptada. Hoy genera sospecha. Ya no se observa con distancia: se juzga.
Hay un antecedente claro en la política nacional. Durante los primeros años del kirchnerismo, el apoyo social convivió con una especie de disociación: gustaba el modelo, pero no necesariamente quienes lo ejecutaban. Las primeras advertencias sobre corrupción —como las que planteaba el Turco, Jorge Asís— tardaron años en convertirse en indignación masiva. La reacción social llegó después, cuando la acumulación ya era inocultable.
Lo que cambia ahora es la velocidad. La sociedad no espera lo cuatro años que duran los mandatos ejecutivos (las presidencias de Macri y Alberto Fernández son el ejemplo más vivo). La reacción es más inmediata, más visceral. Y eso tiene una explicación incómoda: la frustración es más directa. Cuando la economía aprieta y las expectativas no se cumplen, el enojo busca responsables más cercanos.
Ahí aparece una tensión difícil de procesar. Parte de esa sociedad empieza a cuestionar no solo al poder, sino también su propia decisión. Aceptar que se eligió mal no es sencillo. Y en ese proceso, la crítica se vuelve más dura, más personal, más urgente.
En paralelo, el poder muestra otra debilidad: su carácter transitorio. Todos los que hoy ocupan cargos lo hacen de manera circunstancial. El problema es cuando esa condición se olvida y el ejercicio del poder pierde densidad. Cuando se vuelve liviano. Demasiado liviano.
Como en la idea de Kundera, el poder sin peso no se sostiene. Se desliza. Se expone. Y, finalmente, se desgasta más rápido de lo que llegó.
De Adorni a Núñez: el final es donde partí
En El final es donde partí, La Renga plantea una idea circular: no importa cuánto se avance, hay momentos en los que todo vuelve al punto de origen. No como repetición exacta, sino como confirmación de que el camino no resolvió lo esencial. En política, esa sensación empieza a aparecer cuando los procesos se agotan
más rápido de lo previsto y lo que parecía un cambio termina mostrando las mismas limitaciones de siempre.
De Manuel Adorni a Adrián Núñez, lo que aparece no es una diferencia de escala, sino un mismo problema: la mala
administración del poder. En un caso, desde la centralidad nacional; en el otro, desde una construcción que intenta
proyectarse. Pero el síntoma es idéntico. La levedad.
Lo que empezó a quedar en evidencia es algo más incómodo: el tiempo político se acorta. Javier Milei ya no garantiza 2027 como horizonte automático. Y cuando esa certeza se resquebraja, todos los que se montaron sobre esa ola empiezan a mirar el piso. Porque el problema de los fenómenos políticos intensos es ese: cuando pierden fuerza, no dejan estructura. Dejan vacío.
Ahí es donde nombres como el de Núñez empiezan a quedar expuestos. No por lo que hicieron, sino por lo que intentan representar. Hay una construcción de solemnidad —esa cosa medio armada, medio impostada como en la foto que ilustra esta editorial— que no termina de sostenerse en la realidad. Una puesta en escena que busca proyectar volumen político, pero que choca con un dato básico: el poder que se ejerce es limitado, transitorio y,
muchas veces, prestado.
Lo que se termina con Javier Milei no es solo una etapa. Es una forma de hacer política. Durante un tiempo alcanzó con la estética, con la sobreactuación, con la idea de pertenecer a algo más grande. Funcionó. Pero esa lógica tenía un problema: dependía demasiado del clima de época.
Hoy ese clima cambia.
A los libertarios se les acorta el tiempo político. Ya no alcanza con la identidad. Empieza a pesar la gestión, la coherencia, la cercanía. Y en ese terreno, muchos quedan en evidencia. La base que construyeron en Misiones es más frágil de lo que parecía: algunos cargos, algo de representación y un nivel de exposición que ya empieza a generar rechazo.
Pero el problema no es exclusivo de un espacio. También hay sectores que, aun dentro del oficialismo provincial, actúan como si el tiempo no hubiera pasado. Como si el desgaste no existiera. Como si nadie estuviera mirando.
Y sí, están mirando. Lo que viene no se va a resolver solo con la renovación. Ya pasó antes: cuando se armó Juntos por el Cambio (Macri + UCR + Lilita Carrió), el eje fue todos contra el kirchnerismo. Hoy empieza a insinuarse otra lógica: la necesidad de construir algo frente a La Libertad Avanza. La diferencia es que antes el adversario estaba
fuerte. Hoy, empieza a debilitarse.
Eso abre una pregunta incómoda: ¿conviene esperar o empezar a construir ahora? En el caso de Milei, lo que empieza a percibirse es unadesconexión. Una lectura de la realidad que no siempre coincide con lo que pasa. En el caso de Núñez, el movimiento parece otro: un intento de despegarse, de armar algo propio, incluso de tomar distancia de referencias que ya no garantizan futuro, como Diego Hartfield, quien ya insinuó que no tendría problemas con regresar a su actividad privada.
Pero hay un límite claro. La política no se sostiene solo con intención. Necesita volumen, territorio, legitimidad. Y eso no se construye con fotos. El problema de fondo es otro. La sociedad empieza a mostrar un cansancio distinto. No hay margen para discursos contradictorios.
No alcanza con hablar de austeridad si no se practica. No alcanza con señalar si no se aguanta la misma vara.
Ahí aparece algo más básico. Un baño de realidad. O, si se quiere, de humildad. Para todos.
Porque si las caras son las mismas, el mensaje también lo es. Y cuando el mensaje no cambia, la respuesta social tampoco. El problema ya no es solo político. Es de credibilidad. Y cuando eso se pierde, no hay construcción que alcance.
Ahí es donde todo vuelve al punto de partida. Como en El final es donde partí, no importa cuánto se avance si lo esencial no se resuelve. El recorrido puede ser largo, incluso ruidoso, pero el desenlace termina mostrando lo mismo: los límites siguen ahí.
En política pasa igual. Lo que parecía una ruptura termina revelando continuidades. Y cuando eso ocurre, lo que queda ya no es la promesa de cambio, sino algo bastante más incómodo: demostrar, de una vez, que se puede hacer distinto.
Por Sergio Fernández

