Encuentro Misionero avanza sin estridencias. La oposición todavía no sabe qué quiere ser cuando crezca. En el Día del Periodista, vale recordar a los que supieron mirar el silencio y no solo el ruido. La política y el periodismo, cuando se hacen bien, requieren la misma paciencia: la de las piezas que se acomodan antes de que empiece la partida.
Hay una manera de mirar la política que prefiere el silencio al estrépito. La que observa los movimientos que no se anuncian, las piezas que se acomodan antes de que empiece la partida, los gestos que solo perciben quienes tienen la paciencia de no mirar el centro de la escena. En las redacciones de los diarios viejos —los de papel, los que contenían noticias elaboradas, pensadas para que posteriormente fueran leídas con calma— solían decir que los grandes cambios nunca llegan con bombos y platillos. Llegan despacio. Se filtran. Y cuando la gente los advierte, ya es tarde para ignorarlos.
Misiones, quizás sin proponérselo, empezó a parecerse a esa lógica.
A menos de un año de la elección para gobernador, el escenario provincial comenzó a mostrar señales de reagrupamiento. No hay candidaturas definidas ni nombres oficializados. Pero sí una lógica que empieza a hacerse visible: gestión, presencia territorial y construcción política avanzan en paralelo. En criollo: no están quietos.
Encuentro Misionero, el espacio que Carlos Rovira presentó como una nueva etapa de la experiencia política que durante más de dos décadas se conoció como Frente Renovador de la Concordia, encontró un ritmo propio. La novedad no está solamente en el cambio de nombre —que ya es un dato— sino en la forma en que se organizan las tareas.
Por un lado, la agenda legislativa. Por otro, la gestión ejecutiva que encabeza Hugo Passalacqua. Son carriles distintos, pero con un mismo sentido político: sostener presencia en el territorio y mantener el vínculo con los sectores productivos, sociales e institucionales de la provincia. No perder el piso.
En ese esquema empieza a cobrar relevancia la figura del vicegobernador Lucas Romero Spinelli. No tanto por declaraciones o movimientos espectaculares —no es su estilo— sino por una presencia constante. Reuniones políticas, actividades educativas, operativos territoriales, contacto con distintos sectores. Una participación cada vez más visible dentro de la dinámica de Encuentro Misionero. Sin estridencias, pero sin ausencias.
Algo similar ocurre con el ministro Coordinador de Gabinete, Carlos “Kako” Sartori, uno de los responsables de una iniciativa que puede parecer sencilla pero tiene carga política: el Gabinete Itinerante. La primera experiencia se desarrolló en Montecarlo y puso alrededor de una misma mesa a ministros e intendentes. La lógica es simple: en lugar de esperar que los problemas lleguen a Posadas, llevar parte del gobierno hacia los municipios. Escuchar demandas. Buscar soluciones en el territorio. En una época donde gran parte de la política nacional se desarrolla en estudios de televisión, redes sociales o peleas permanentes, volver a caminar no es menor.
La presencia del ministro del Interior de la Nación, Diego Santilli, durante las conversaciones vinculadas al financiamiento provincial y al bono verde también dejó otra señal. Más allá de las diferencias políticas —que las hay, y no son pocas— Misiones sigue buscando canales de diálogo con el Gobierno nacional. No por gusto, sino porque necesita sostener herramientas que considera importantes para su desarrollo. Algunos lo llaman gestión. Otros, desde la comodidad de la crítica, lo confunden con sumisión. Error.
Mientras tanto, la oposición continúa atrapada en una dificultad que se vuelve cada vez más evidente. Su principal actividad política sigue siendo comentar lo que hace el oficialismo. Los libertarios construyeron buena parte de su
discurso provincial alrededor de la crítica. El problema aparece cuando llega el momento de presentar alternativas. Hasta ahora, no lograron exhibir un proyecto económico, productivo o institucional que ofrezca un camino distinto para Misiones. Crítica tienen. Propuestas, no tanto.
La situación nacional tampoco ayuda. Las recetas económicas que prometían crecimiento rápido, inversiones masivas y recuperación del poder adquisitivo vienen mostrando resultados muy lejos de aquellas expectativas. La inflación bajó respecto de los niveles más críticos, pero la actividad económica sigue débil, el consumo no termina de recuperarse y amplios sectores de la sociedad siguen sintiendo el ajuste. Dicho de manera más cruda: la gente sigue llegando a fin de mes, casi arrastrándose.
Esa realidad también repercute en las provincias. Por eso resulta llamativo —por no decir otra cosa— que mientras el oficialismo provincial discute producción, financiamiento, infraestructura o herramientas para los municipios, buena parte de la oposición siga concentrada en debates que muchas veces nacen en Buenos Aires y llegan a Misiones con varios kilómetros de distancia respecto de los problemas cotidianos de los misioneros.
Quizás por eso las piezas empiezan a acomodarse. No porque el resultado esté escrito —mucho menos porque la elección esté definida— sino porque la política, cuando se acerca una instancia importante, empieza a revelar quién tiene un plan y quién apenas tiene una reacción.
Y hoy, mientras unos avanzan con reuniones territoriales, despliegue institucional y construcción política, otros siguen esperando que el desgaste ajeno haga el trabajo propio. Los diarios viejos, los de papel, solían tener una expresión para esa actitud: mirar el tablero sin mover ficha. En Misiones, hace rato que eso no alcanza.
Es el oficio, estúpido
Los formatos cambiaron. Cambiaron las redacciones, las tecnologías, las velocidades y hasta las formas de consumir información. Lo que no cambió, a pesar de todo, fue el corazón del oficio.
En el Día del Periodista vale una reflexión contundente. El periodismo sigue dependiendo de dos cosas que ninguna inteligencia artificial, algoritmo o red social puede reemplazar: la curiosidad y el olfato. La curiosidad para hacerse preguntas cuando todos parecen conformes con las respuestas. El olfato para detectar que detrás de una declaración, de un expediente, de una foto o de una escena aparentemente normal puede haber una historia mucho más importante.
A veces se confunde periodismo con chisme. Son cosas distintas. El chisme busca satisfacer una curiosidad superficial. El periodismo intenta comprender por qué ocurren las cosas y qué consecuencias tienen para la sociedad. Uno se alimenta de rumores. El otro necesita hechos. Uno se agota rápido. El otro, cuando está bien hecho, deja registro.
Por eso el trabajo periodístico nunca consistió solamente en contar lo que pasó. Consistió, sobre todo, en entender qué significa lo que pasó. Detrás de cada noticia hay contexto, intereses, silencios, contradicciones y personas. Ahí aparece la tarea más compleja: separar el ruido de lo importante. Encontrar sentido en medio de una cantidad cada vez mayor de información. En el mundo actual cualquiera puede publicar algo desde un teléfono, la diferencia ya no pasa por quién tiene acceso a una plataforma. La diferencia pasa por quién es capaz de verificar, ordenar, interpretar y explicar. Dicho de otro modo: cualquiera puede tuitear. Pocos pueden contar bien una historia.
También existe otra condición que atraviesa al oficio desde siempre: la pasión. Nadie permanece demasiado tiempo en esta profesión solamente por una cuestión económica. El periodismo exige horarios imprevisibles, lecturas permanentes, llamados fuera de agenda y una atención constante sobre lo que ocurre alrededor. Lo que sostiene esa dinámica es, simplemente, la satisfacción de descubrir una historia. De comprender un proceso. De encontrar un dato que ayuda a explicar mejor la realidad.
El trabajo bien hecho, dicho sin vueltas, sigue siendo la única recompensa que realmente importa. La plata ayuda, claro. Pero no es eso lo que mantiene a nadie despierto hasta las tres de la mañana.
Por eso, más allá de las herramientas, de las modas y de las plataformas, la esencia permanece intacta. Contar historias. Mostrar aquello que no aparece a simple vista. Preguntar cuando otros prefieren callar. Mantener viva una curiosidad que, en el fondo, es la misma que impulsó a los primeros periodistas.
Los medios cambian. El oficio, no tanto. Y el día que eso cambie, probablemente, se pierda algo que no se recupera con ningún algoritmo.
Por Sergio Fernández


