Una edición atravesada por un mismo eje: la responsabilidad política en tiempos de desgaste. Desde Misiones, con un gobernador que decidió asumir en primera persona la conducción del Misionerismo Neo y hacerse cargo no solo de la gestión sino también de las expectativas que genera, hasta el plano nacional, donde el ajuste, la épica vacía y la confrontación permanente exponen un modelo que abandona a sectores sensibles mientras sobreactúa símbolos. El acompañamiento crítico al Presupuesto, la defensa explícita de la universidad pública y la discapacidad, la alerta por el deterioro salarial de las fuerzas y el llamado a descomprimir la pelea estéril marcan una misma línea: gobernar no es administrar relatos ni conflictos, es ordenar prioridades, asumir límites y cuidar algo que hoy escasea más que los recursos: la esperanza.
Gobernar no es solamente administrar recursos. Es, sobre todo, administrar expectativas. Los gobiernos ejercen el poder que les confiere la ciudadanía, pero ese mandato no se agota en balances ordenados o en obras visibles: también implica la obligación de trazar un rumbo creíble, uno que permita a la sociedad sentir que el esfuerzo cotidiano no es en vano. La política, cuando funciona, no solo gestiona el presente; también cuida algo más frágil y más escaso: la esperanza.
Administrar el Estado, entonces, no es únicamente acomodar números ni ejecutar partidas. Es construir sentido, identidad y proyección. Es ofrecer un horizonte posible en un país que suele castigar cualquier intento de mirar más allá de la coyuntura. La esperanza no es un slogan ni un gesto emocional: es un activo político que, cuando se pierde, deja a la sociedad a la intemperie.
El cierre de este convulsionado 2025 encontró a Misiones atravesando un calendario electoral complejo, con resultados dispares para el oficialismo provincial. Hubo una victoria en junio, sostenida por el emergente del Misionerismo Neo y una derrota contundente en los comicios nacionales, que funcionó como señal de alerta. En ese contexto, el gobernador Hugo Passalacqua, ya recuperado de los problemas de salud que marcaron el inicio de su mandato, tomó una decisión política clara: ponerse al hombro, de manera directa, la conducción de esta nueva etapa.
No se trata de un gesto menor. Implica asumir, en primera persona, el peso de la gestión, pero también el de las promesas implícitas y explícitas que acompañan cualquier liderazgo. Passalacqua decidió hacerse cargo no solo del funcionamiento del Estado, sino del clima político y social que se construye alrededor del gobierno. Y eso tiene consecuencias. Porque cuando un gobernador asume centralidad, también asume la responsabilidad de lo que despierta: expectativas, demandas y, sobre todo, esperanza.
Hay algo de impronta en esa decisión. Misiones siempre construyó su identidad política desde un lugar particular, más cercano a la figura de Andresito que a los grandes relatos nacionales. San Martín es el padre de la patria; Andresito es el símbolo de la tierra colorada. Esa diferencia no es menor: habla de una forma de ejercer el poder desde lo propio, desde lo cercano, desde una lógica más territorial que épica. El Misionerismo Neo se inscribe en esa tradición.
En ese marco, la designación del ahora ex intendente de Campo Grande, Carlos “Kako” Sartori, al frente del ministerio de Coordinación de Gabinete, generó que algunos intendentes celebraran la decisión a la espera de la llegada de recursos, que en honor a la verdad, dependen de que la Nación los habilite antes de ser redistribuidos. Ahí aparece otro riesgo con una expectativa desmedida. Algunos jefes comunales hablaron de comprensión renovada, como si hasta ayer dialogaran con otra provincia. El entusiasmo es entendible; la lectura ingenua, no
tanto.
Con el actual gobierno nacional, los fondos no están garantizados. No hay margen para prometer lo que no depende
de la Provincia. Y cuando algunos se entusiasman de más, el problema no es el discurso, sino el choque posterior con la realidad. La ironía es evidente: se celebra al Misionerismo Neo como si fuera una solución mágica, cuando en verdad es un esquema político que exige más responsabilidad que nunca.
Passalacqua sabe de esto. En su primera gestión le tocó gobernar con Mauricio Macri en la Casa Rosada. Ahora, por esas ironías del destino, le toca un escenario aún más adverso. No es fácil, como él mismo inmortalizó en una de sus frases más populares. Pero justamente por eso, esta segunda etapa tiene un desafío mayor: sostener la gobernabilidad, cuidar los recursos y, al mismo tiempo, no defraudar la esperanza que se deposita en las decisiones que se toman.
El gobernador eligió apoyarse en herramientas concretas: los programas Ahora Misiones, que administra el ministro de Hacienda y Finanzas, Adolfo Safrán; la estrategia sobre la yerba mate que impulsa el ministro del Agro y la Producción, Facundo “Cuca” Sartori y un esquema de intendentes que funcionan como espadas territoriales, representados, desde la semana pasada por Kako Sartori (que ya se encargó de aclarar que no es pariente de su par del Agro). No hay épica grandilocuente. Hay administración, coordinación y política real. Pero también hay un
límite claro: no prometer lo que no se puede cumplir.
La responsabilidad de la esperanza es esa. No alimentarla artificialmente, no usarla como combustible discursivo, pero tampoco abandonarla. Passalacqua asumió que esta etapa lo tiene como protagonista central. Y cuando eso ocurre, ya no alcanza con gestionar bien: también hay que cuidar lo que la sociedad espera. Porque cuando la esperanza se deposita en una conducción, defraudarla no es solo un error político. Es un costo mucho más profundo.
Disidencia
Los diputados misioneros del Frente Renovador Neo respaldaron la aprobación del Presupuesto Nacional con un argumento de fondo que ordenó toda su decisión: un país sin presupuesto es un país sin dirección. Desde esa lógica, plantearon que una ley de gastos debatida, votada y pública es una condición básica para garantizar previsibilidad económica, funcionamiento del Estado y límites claros a la discrecionalidad del poder central.
En el bloque explicaron que el presupuesto no es un gesto administrativo ni una formalidad parlamentaria. Es una
herramienta política concreta que define prioridades, ordena recursos y fija reglas de distribución. Acompañarlo, sostuvieron, fue una manera de evitar que la Argentina vuelva a moverse sin marco, un escenario que habilita arbitrariedades y debilita la estabilidad institucional.
Ese acompañamiento, sin embargo, no fue automático ni acrítico. Los legisladores misioneros marcaron una disidencia puntual frente al artículo 75, que deja sin efecto la Ley de Financiamiento Universitario y la Ley de Emergencia en Discapacidad. Según señalaron, esas normas hoy se encuentran judicializadas y, en la práctica, carecen de aplicación real porque no cuentan con partidas asignadas.
La posición del Frente Renovador Neo combinó así dos planos. Por un lado, una señal de responsabilidad institucional para que el país cuente con presupuesto. Por otro, una advertencia política y social: la necesidad de sostener recursos específicos para las universidades públicas y para las personas con discapacidad no puede quedar diluida en un ajuste general.
La síntesis que plantearon fue clara: acompañar la ley en su conjunto para garantizar estabilidad, pero dejar explícita la diferencia allí donde se ponen en juego derechos sensibles. Unequ ilibrio entre gobernabilidad y defensa de sectores que no pueden quedar a merced de recortes ni de interpretaciones discrecionales.
Milei y los granaderos
Hay una postal que el Gobierno nacional explota con entusiasmo: uniformes impecables, sables brillantes, música
épica y aplausos. Los granaderos tocando temas de Queen funcionan perfecto para la liturgia libertaria. Milei sonríe, celebra, se emociona. La escena circula, suma épica y orden. El problema empieza cuando se apaga la música y aparece la realidad: sueldos de miseria que están asfixiando a las Fuerzas Armadas y de seguridad.
Mientras el Presidente reivindica símbolos, en los hechos los está vaciando. Con salarios que rondan los 700 mil pesos, el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea no están siendo fortalecidos: están siendo empujados al límite. No hace falta un discurso sofisticado para entenderlo. A los granaderos, a los gendarmes, a los soldados, les están cagando de hambre. Así de simple.
La contradicción es obscena. Se reivindica la dictadura desde el relato, se agitan banderas de orden y autoridad, pero se abandona a quienes encarnan ese orden en la vida real. La épica no paga el alquiler, no llena la heladera ni cubre una guardia interminable. El aplauso no compensa el sueldo indigno. Y el ajuste, cuando cae sobre quienes portan el uniforme, no es ideológico: es cruel.
El discurso de Patricia Bullrich va por el mismo carril. Mano dura, orden, autoridad. Pero los salarios de las fuerzas que dice defender son un desastre. Mucha retórica, poca responsabilidad. Se exige lealtad, sacrificio y vocación, pero se responde con sueldos que empujan a la desesperación. No es firmeza: es abandono.
El caso del granadero misionero hallado muerto en la Quinta de Olivos fue una alarma que no debería haberse apagado tan rápido. A eso se sumaron otros episodios, incluido el de un gendarme, que exponen un cuadro preocupante. No son hechos aislados. Son síntomas. Cuando el Estado exprime hasta el límite a quienes dependen de él, el resultado no es disciplina: es daño.
Con este ejemplo no hace falta entrar en tecnicismos ni en debates económicos complejos. El modelo se explica solo. Se exalta el uniforme, pero se desprecia al uniformado. Se canta el himno, pero se recorta el sueldo. Se juega a la épica mientras se desarma lo básico.
Milei puede aplaudir a los granaderos cuando tocan Queen. Puede usar su imagen como decoración institucional. Pero mientras los salarios sigan siendo indignos, lo único que queda claro es la hipocresía. Porque no hay honor posible cuando el Estado abandona a los suyos. Y no hay épica que tape el hambre.
La confrontación no es política de Estado
Cuando se agota la política, aparece la confrontación como atajo. Y cuando eso ocurre, el resultado es un escenario empobrecido: se pierde el rumbo, se vacía el debate y se termina discutiendo todo, incluso lo irrelevante. La confrontación permanente no construye poder ni ordena el futuro; apenas sirve para disimular la falta de ideas.
Es una lección que debería observar con atención el peronismo en general y el peronismo bonaerense en particular, que se encamina a elecciones reales, competitivas, no a simulacros ni internas imaginarias como las que se anunciaron para Misiones.
Allí, donde el poder se disputa de verdad, la fragmentación y la pelea entre compañeros no fortalece: debilita.
Confundir la política con la pelea constante es un error recurrente. Gobernar, conducir o disputar liderazgo exige algo más que marcar diferencias a los gritos. Requiere proyecto, síntesis y capacidad de administrar tensiones sin dinamitar el espacio propio.
Hoy, más que la acumulación de espacios de poder, lo que está en juego es la capacidad de ofrecer una dirección clara. Sin eso, la confrontación deja de ser una herramienta táctica y se convierte en el síntoma más evidente de una política que se quedó sin contenido.
Por Sergio Fernández

