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La vida bizarra de Bolsonaro en Estados Unidos

El anuncio del expresidente sobre regresar a Brasil en las próximas semanas quedó atrás. Su esposa Michelle declaró que no tiene fecha y necesita más descanso. El respaldo del pastor evangélico Mark Boykin y de sus fieles. 

El status legal de Jair Bolsonaro en Estados Unidos puede resultar engañoso. Pidió una visa de turista por seis meses a fines de enero, pero anunció el 11 de febrero que volvería a Brasil “en las próximas semanas”. Por ahora, no lo hará. Su esposa Michelle dijo que necesitaba más descanso y que su regreso no tiene fecha. 

El expresidente nunca dejó de hacer política, aunque su vida en Orlando es un mosaico de imágenes un tanto bizarras, rodeado como está de una feligresía tan incondicional como reaccionaria. Cada vez más seguido se sube a una tribuna para decir algo. O apenas para saludar. El viernes pasado estuvo en Nashville, la capital de Tennessee. Acompañó a su hijo Eduardo, el diputado federal, en un acto del Safari Club International (SCI). Lo eligieron legislador del año y le entregaron la estatuilla de un león en reconocimiento por su apoyo al lobby de la armas. El exmilitar levantó su brazo señalando el cielo como si le agradeciera a Dios. Los cazadores y taxidermistas presentes lo aplaudieron como a un ídolo de música country. Era lógico: en la cuna de este género popular Bolsonaro parece un cowboy más.

Yes Brazil USA

Los seguidores del político ultraderechista en los estados sureños se cuentan de a miles y en particular Florida, donde reside. Son la avanzada de las ideas medievales que profesa el Trump de los trópicos, como lo llaman. Yes Brazil USA se define en su Facebook como “un grupo de derecha que reúne cristianos comprometidos con un Brasil libre de la ideología comunista/socialista y sus tentáculos funestos”. Desde que Bolsonaro es su vecino, sus integrantes mantienen encuentros con él, peregrinan a su casa y lo acompañan en la Iglesia evangélica de Todas las Naciones en Boca Ratón. Ahí juega de local el pastor Mark Boykin, un precursor del ideario oscurantista que hizo buenas migas con elexpresidente y vio como crecía su grey con la presencia del nuevo invitado.

En ese templo Bolsonaro anunció su vuelta a Brasil, desalentada por su esposa días después. El anfitrión no se quedó atrás cuando lo presentó. Sermoneó con un par de fake news acordes a la investidura ficticia del visitante. Lo llamó “presidente recién elegido” y rezó en voz muy alta – como suelen hacerlo los pastores – para que Estados Unidos y Brasil algún día “aprendan a contar cuando hay elecciones”.

Boykin es un personaje fascinado con el inventor de la gripezinha que minimizó la pandemia. Las palabras de Bolsonaro a quien sumó a su servicio pastoral, sonaron como música a sus oídos: “Empezamos a respetar nuevamente la familia tradicional, el respeto a la propiedad privada, el amor al prójimo”, dijo el expresidente. La movida en la Iglesia evangélica de Todas las Naciones había sido organizada por Yes Brazil USA. La liturgia de la celebración tuvo remembranzas de aquellos días en que la turba bolsonarista asaltó los tres poderes del estado el 8 de enero. “¡Brasil pertenece al Señor Jesús! ¡El Senado es nuestra iglesia! ¡El Senado es la iglesia del pueblo de Dios!”, gritaban los invasores del Planalto.

El pastor Boykin es un hombre coherente en su celoso conservadurismo. Hace más de tres décadas predica en la Iglesia Evangélica Pentecostal. En 2011 celebró dos servicios titulados El matrimonio homosexual: ¿la nueva moralidad? porque sostenía que “dos hombres vivan juntos y tengan relaciones carnales o que dos mujeres estén juntas y tengan relaciones carnales, creemos que es un pecado”.

En 2015 ya había definido su posición favorable al ingreso con armas a un templo. “Es mi responsabilidad como pastor principal brindar cierta seguridad a nuestra gente”, declaró. Seis años después, en febrero de 2021, insistió: “El hecho de que un lugar de culto o una casa de culto tenga un preescolar o una escuela no debe prohibir que los feligreses puedan venir y portar armas si desean defenderse”.

Bolsonaro debe sentirse muy orgulloso de su pastor. Además de promover el uso de armas en las iglesias atacar al matrimonio civil entre dos personas del mismo sexo, en 2018 inició una campaña contra la instalación de una playa nudista en Palm Beach, donde vive Donald Trump. “No queremos ser conocidos como un lugar frecuentado por nudistas”, pregonaba.

La amigable recepción que le dieron al expresidente en Florida está lejos de sorprender. El estado lo gobierna un ultraconservador: Ron DeSantis. El político que se perfila como el adversario más complicado de Trump en las primarias republicanas de 2024. En cambio, si su amigo Bolsonaro quiere regresar al poder en elecciones democráticas deberá esperar hasta 2026.

En el corto y mediano plazo tiene varios problemas jurídicos que resolver. En EE.UU, su status migratorio todavía no se definió después de que ingresara al país el 30 de diciembre de 2022 todavía como presidente. Según Anna Eskamani, una legisladora estatal demócrata que representa un distrito del área de Orlando: “Se esconde detrás de una visa de turista estadounidense”. Su declaración salió publicada en la revista Time en un artículo del 3 de febrero que definió el estilo de vida de Bolsonaro como “surrealista”. Citada por el medio agregó: “Este es un individuo que básicamente está tratando de evitar las investigaciones criminales al buscar refugio en los Estados Unidos”.

En Brasil lo esperan varias causas judiciales por presuntos delitos electorales, su indulgencia criminal para enfrentar la pandemia y una sobre fake news, algunas de las cuales pueden hacerlo inelegible para ocupar cargos públicos o llevarlo a prisión. Mientras tanto descansa en la casa que le prestó José Aldo, su anfitrión y expeleador de artes marciales mixtas en la UFC, visita iglesias evangélicas, se muestra en eventos donde le garantizan una audiencia complaciente y realiza una defensa persistente de su obra de gobierno en su cuenta de twitter. Solo le faltaría emprender un safari de caza como los que organiza el SCI que distinguió a su hijo Eduardo. Esa noche Bolsonaro seguramente sintió que valió la pena mudarse a Estados Unidos.

Por Gustavo Veiga – Página/12