El concepto de “libre mercado” ha seducido a muchos jóvenes en los últimos años en la Argentina, aborrecidos de la participación del Estado en la economía y la vida política durante las últimas décadas, sobre todo porque llegó envuelto en promesas de eficiencia, crecimiento y prosperidad general. La historia ofrece un archivo sobre cómo funcionaron estas experiencias cuando se aplicaron de manera concreta, en distintos países y contextos.
Sin consignas, sin prejuicios y sin dogmas, vale revisar qué ocurrió realmente cuando el mercado quedó librado a su propia lógica. A continuación, seis experiencias históricas ampliamente documentadas que permiten observar patrones, límites y consecuencias.
1. El liberalismo clásico del siglo XIX: progreso con miseria
Durante la Revolución Industrial, especialmente en Inglaterra y luego en Estados Unidos, el liberalismo económico se aplicó casi sin interferencias. El Estado debía intervenir lo menos posible y el mercado organizaría la producción y el trabajo.
El resultado fue un crecimiento económico acelerado, pero profundamente desigual. Las fábricas multiplicaron la riqueza, aunque concentrada en un reducido grupo de industriales y financistas. Para la mayoría, el progreso llegó en forma de jornadas laborales extenuantes, trabajo infantil, salarios de subsistencia y condiciones sanitarias deplorables.
Las grandes mejoras sociales —reducción de la jornada laboral, prohibición del trabajo infantil, seguridad social— no surgieron del mercado, sino de luchas sindicales y leyes estatales posteriores. El libre mercado generó riqueza; la redistribución llegó cuando se lo empezó a regular.
2. Estados Unidos antes de 1929: cuando el mercado no se autorregula
Durante los años veinte, Estados Unidos vivió una etapa de fuerte desregulación financiera. La especulación bursátil creció sin límites, los controles eran mínimos y se confiaba en la capacidad del mercado para corregirse solo.
La historia es conocida: el crack de 1929 arrastró al país a la peor crisis económica de su historia. Quiebras masivas, desempleo récord y pobreza generalizada mostraron que el mercado, lejos de autorregularse, había amplificado el colapso.
La salida no fue liberalizar más, sino exactamente lo contrario: intervención estatal, regulación bancaria, obra pública y fortalecimiento del empleo. El cambio de rumbo marcó un consenso histórico: el mercado sin reglas puede convertirse en una máquina de destrucción social.
3. Chile: estabilidad macro, fragilidad social
Chile es uno de los casos más citados cuando se habla de reformas pro mercado en América Latina. A partir de la década de 1970, el país implementó privatizaciones masivas, apertura comercial y un Estado reducido a funciones básicas.
Los indicadores macroeconómicos mejoraron: inflación controlada, crecimiento sostenido y estabilidad fiscal. Sin embargo, el costo social fue alto. Sistemas privatizados de jubilación, salud y educación generaron una sociedad profundamente desigual, con amplios sectores endeudados y sin cobertura suficiente.
Décadas después, esa tensión estalló en protestas masivas que pusieron en cuestión el modelo. La experiencia chilena muestra que el éxito macroeconómico no garantiza cohesión social.
4. Rusia en los años 90: privatización y concentración extrema
Tras la caída de la Unión Soviética, Rusia aplicó una liberalización abrupta de su economía. Empresas estratégicas, recursos naturales y servicios públicos fueron privatizados en tiempo récord.
El resultado fue devastador: caída del producto, empobrecimiento generalizado y reducción de la esperanza de vida. En paralelo, surgió una nueva élite económica que concentró activos clave a precios irrisorios: los oligarcas.
El libre mercado no generó competencia ni bienestar general, sino una concentración de riqueza inédita, con consecuencias sociales que aún persisten.
5. Países nórdicos: mercado sí, pero con red de contención
Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia suelen ser citados como ejemplos de economías exitosas y competitivas. Pero su rasgo distintivo no es el libre mercado irrestricto.
Estos países combinan actividad privada dinámica con impuestos elevados, sindicatos fuertes, servicios públicos universales y un Estado activo. El mercado funciona, pero dentro de reglas claras y con una fuerte redistribución.
El resultado es crecimiento con bajos niveles de desigualdad y alta cohesión social. No es una experiencia de mercado puro, sino de capitalismo regulado.
6. América Latina en los años 90: reformas y crisis
Durante la década de 1990, muchos países latinoamericanos adoptaron programas de apertura económica, privatización y desregulación. El discurso prometía modernización, inversiones y desarrollo.
En la práctica, los beneficios se concentraron en grandes empresas y sectores financieros. La industria local se debilitó, el empleo se volvió más precario y los Estados quedaron expuestos a crisis externas. Las consecuencias fueron visibles: endeudamiento, recesión y estallidos sociales. En Argentina ocurrieron entre 2001 y 2002.
Las reformas no fracasaron por falta de coherencia, sino por subestimar los efectos sociales y productivos de una apertura sin protección, como está ocurriendo en la actualidad.
Conclusión: el libre mercado beneficia a pocos
Las seis experiencias, separadas por tiempo y geografía, muestran un patrón recurrente: el libre mercado, cuando opera sin regulaciones ni políticas de equilibrio, tiende a beneficiar a minorías concentradas, mientras expone a las mayorías a ciclos de crisis, desigualdad y exclusión.
La historia no condena al mercado, pero sí desmiente la idea de que puede funcionar solo y en beneficio de todos. Donde hubo bienestar sostenido, hubo reglas, Estado y políticas públicas activas.
No es una conclusión ideológica. Es una lectura basada en hechos.
Por Luis Huls-Misiones Opina

