Misiones Para Todos

Los bots manejando humanos

Hay una pregunta que casi nadie se hace frente a la pantalla: ¿cuántas de esa multitud existe? La política latinoamericana de los últimos años se vive como una marea de ultraderecha que arrasa en las redes. La evidencia disponible indica algo más incómodo. Buena parte de ese volumen fue fabricado, y lo fabricado se tomó por espontáneo. El neorreaccionarismo no nació de la nada, pero su tamaño visible fue inflado.

Una granja de bots es una fábrica de cuentas. Un mismo centro de operaciones maneja cientos o miles de perfiles falsos, automatizados o semiautomatizados, que se alternan entre software y operadores humanos. Rotan direcciones IP para no parecer un solo origen, publican en ráfaga durante los primeros minutos de un hashtag, porque los algoritmos de X, TikTok, Instagram y YouTube premian la velocidad inicial de interacción, y así logran que una consigna aparezca como tendencia. Repiten mensajes, atacan en grupo a un opositor hasta que abandona la conversación, y simulan adhesiones masivas a un candidato. Esto se llama astroturfing: un césped de plástico que imita un movimiento de base. Su objetivo rara vez es convencer. Es fabricar la impresión de que todos piensan lo mismo.

Esa impresión opera sobre dos mecanismos conocidos. La prueba social falsa: cuando dudamos, miramos lo que hacen los demás, y si los demás parecen millones, la duda se resuelve sola. La espiral del silencio, descrita por Elisabeth Noelle-Neumann en los años setenta: quien cree estar en minoría calla, y su silencio refuerza la apariencia de mayoría. Los experimentos de Solomon Asch sobre conformidad mostraron que la presión del grupo, incluso evidentemente errónea, doblega la percepción individual. Meta y Twitter han desmantelado en los últimos años redes de comportamiento inauténtico coordinado en varios países de la región, lo que confirma que la práctica existe.

  El efecto sobre personas reales es el verdadero resultado industrial. Un ciudadano agotado, saturado, sin tiempo para verificar, ve la misma consigna cien veces en su teléfono y concluye que es sentido común. Empieza a repetirla, y entonces ya es tráfico genuino que amplifica a los bots que lo engañaron. Así se fabrica un movimiento que parece omnipresente en el celular y casi invisible en la calle. Es la adiophoria llevada a su forma funcional: anestesiados, muchos terminan repitiendo consignas que no comprenden, redactadas en un galpón. No todo adherente es un engañado ni toda adhesión es falsa. Pero el volumen visible dejó de ser un indicador confiable del volumen real.

  La misma infraestructura se usa en otro territorio: la música. Las mismas granjas que inflan un hashtag inflan reproducciones. En septiembre de 2024 la justicia estadounidense acusó a Michael Smith de haber cobrado unos diez millones de dólares en regalías de plataformas de streaming con canciones generadas por inteligencia artificial y miles de cuentas automatizadas que las escuchaban sin parar. Es un caso, pero muestra el principio: quien controla la visibilidad fabrica prestigio. Aquí entra una hipótesis que conviene formular con honestidad: un ecosistema donde el algoritmo premia el contenido sin fricción favorece una cultura de consumo inmediato, individualismo y despolitización, que produce el sujeto que ya conocemos, apático, cínico y endeudado. Hay una afinidad estructural entre lo que se infla y el sujeto que necesita el modelo. La batalla cultural también se libra con bots.

El nombre que concentra esta trama es el de Fernando Cerimedo. Consultor argentino, dueño del portal La Derecha Diario y de la agencia Numen, fue descrito como el «cerebro digital» de la campaña de Javier Milei, a la que aportó horas de trabajo en especie según registros periodísticos, y asesoró también a Jair Bolsonaro, Rodrigo Paz y José Antonio Kast. El 4 de noviembre de 2022, desde el canal de YouTube de La Derecha Diario, transmitió un informe apócrifo que atribuía irregularidades a las urnas electrónicas brasileñas. La Policía Federal de Brasil, en un extenso informe dentro de la Operación Tempus Veritatis, sostuvo que usó los mismos argumentos falsos producidos por la red bolsonarista de desinformación, y el juez Alexandre de Moraes lo citó en ese sentido. El fiscal general Paulo Gonet decidió no acusarlo por el intento de golpe, porque no se probó que supiera que el material era falso.

Cerimedo conoce el método y lo ha defendido en público. En mayo de 2023, en plena campaña presidencial argentina, dijo a Infobae que la gente debía saber que los trolls funcionan y que no todo es malo. El 20 de agosto de 2026 la Fiscalía de La Paz allanó inmuebles vinculados a él en la investigación por enriquecimiento ilícito, y el fiscal departamental Carlos Torrez informó que se secuestró una «granja de bots», junto con más de medio millón de bolivianos, dólares y euros. La defensa sostiene que se trataba de teléfonos satelitales y módems. El peritaje determinará el detalle técnico. Lo que consta es que la Fiscalía boliviana documentó el hallazgo en la propiedad de quien había teorizado sobre los trolls.

Después vino el dato que más llamó la atención. Tras el arresto del 18 de agosto, el especialista Martín Gak señaló que cuentas de influencers y candidatos de ultraderecha que acumulaban cientos de miles de interacciones mostraban cifras muy inferiores, y las cuentas de La Derecha Diario y de su cofundador Javier Negre perdieron hasta la mitad de sus interacciones en X. Un relevamiento de la consultora Sicchar sobre Instagram y TikTok en Córdoba encontró que agosto fue el peor mes de toda su serie para el rendimiento de las publicaciones libertarias. Los analistas discuten cuánto del declive era anterior, porque el desgaste venía de antes, pero la coincidencia entre la caída de la infraestructura y la caída del alcance es exactamente lo que la teoría del ventilador predice. Cerimedo no es un consultor aislado: es un activo de guerra híbrida, y su caso, investigado hasta el final, expone cómo se fabrica una tendencia.

  El caso boliviano muestra el resto. Cerimedo está detenido desde agosto, con prisión preventiva de ciento ochenta días, acusado de tentativa de feminicidio contra Nadia Beller y de enriquecimiento ilícito, y niega los cargos. El Ministerio Público que dirigía el fiscal general Roger Mariaca fue el que secuestró la granja. Según el abogado Thomas Becker, de la Red Universitaria por los Derechos Humanos, Mariaca investigaba a Cerimedo por una serie de presuntos delitos, y la causa cobraba impulso cuando el 28 de septiembre Estados Unidos le revocó la visa. Menos de cuarenta y ocho horas después el gobierno de Paz ordenó su detención. El Ministerio Público rechazó la operación. El gobierno sostiene que desarticuló una organización criminal dentro de la Fiscalía y le atribuye vínculos con el narcotraficante Sebastián Marset, algo que el Ministerio Público niega. El vicepresidente Edmand Lara, rival de Paz, denunció la presunta participación de la DEA en el operativo. Desde Madrid, el 1 de octubre, en el Foro Parlamentario Iberoamericano, cuestionó el procedimiento y advirtió que el reemplazo de Mariaca no puede designarse por decreto. Al día siguiente dijo temer por su vida y denunció un supuesto plan de «siembra de pruebas falsas» en su contra. El resultado práctico es que el acusado ve apartado al fiscal que lo investigaba, y esa es la secuencia que cualquier analista de inteligencia miraría primero.

Esa es la utilidad de Bolivia como laboratorio: muestra, en tiempo real, cómo una sanción externa, un gobierno aliado y un trámite policial pueden reordenar un proceso judicial, y cómo se defiende un método que depende de que nadie vea su motor.

No hubo una ola. En América Latina NO existe un movimiento de ultraderecha popular, orgánico y espontáneo. Lo que existe es una simulación a escala industrial, creada con granjas de bots y amplificación algorítmica. Los bots manejando humanos.

Por Ignacio Stankewitsch