Misiones Para Todos

Más allá del apocalipsis tecnocrático: el debate que nos debemos sobre Inteligencia Artificial

Desde hace ya un tiempo, venimos habitando una trinchera del pensamiento dedicada a desmenuzar la Inteligencia Artificial en su doble dimensión: su realidad ontológica —aquella que interpela nuestra consciencia y nuestras herramientas cognitivas— y su realidad pragmática en el plano de la soberanía y la vida laboral. No lo hacemos desde una torre de marfil, sino con la convicción de que el conocimiento es, ante todo, una construcción colectiva. Existe una famosa alegoría sufí en la que varios ciegos palpan distintas partes de un elefante: uno toca la trompa y dice que es una serpiente; otro toca una pata y asegura que es un árbol; un tercero toca el cuerpo y jura que es una pared. Ninguno miente, pero ninguno ve a la bestia completa. Algo similar ocurre en el debate público actual. Por eso, con el ánimo amable de abrir el juego y enriquecer una discusión urgente, vale la pena tomar como punto de partida el reciente programa especial conducido por Iván Schargrodsky en Cenital (C+), titulado ¿IA, carrera global y el fin de la humanidad?. Allí, cuatro destacados pensadores locales ofrecieron valiosas radiografías del fenómeno, pero al palpar el problema únicamente desde la gestión de la escasez, la macroeconomía y el miedo al reemplazo, dejaron vacante el verdadero debate: la soberanía del espíritu, de los medios de producción digital y del territorio cibernético.

Las cuatro esquinas del diagnóstico clásico

El panel ofreció una perspectiva precisa del pensamiento tecnocrático actual:

  • Eduardo Levy Yeyati aportó la mirada del capital humano tradicional, obsesionado con las métricas de
    productividad, la reconversión de tareas y los costos energéticos. Para esta visión, el futuro es una carrera
    de velocidad donde el trabajador debe mutar constantemente para no ser devorado por el mercado.
  • Sofía Scasserra asumió una postura de legítima resistencia sociolaboral. Denunció con lucidez la
    concentración algorítmica de las Big Tech y la precarización que conlleva dejar el destino del empleo en
    manos corporativas. Sin embargo, su propuesta tiende a la defensiva: regular el límite de la máquina.
  • Nicolás Wolovick, desde la trinchera del supercómputo y la academia, defendió la necesidad de
    infraestructura dura y servidores locales. Una verdad innegable: sin fierros propios, la soberanía es una
    ilusión de cotillón.
  • Daniel Yankelevich aportó el pragmatismo de las políticas públicas y la articulación regional. Su enfoque
    busca encauzar la técnica en procesos productivos concretos, asumiendo que el Estado puede —y
    debe— ordenar el despliegue tecnológico.

Cada uno de ellos aportó una pieza fundamental del elefante. ¿Dónde está la falla de este mapa? En que asume que la Inteligencia Artificial es un fenómeno puramente técnico-económico ante el cual solo cabe la resignación adaptativa, la regulación burocrática o el pánico apocalíptico.

De la resistencia a la ofensiva: La IA como caja de herramientas sindical

Frente al temor generalizado de la destrucción del empleo que sobrevoló el stream de C+, debemos oponer una Tercera Posición Laboral. La informática y los modelos de lenguaje no tienen por qué ser los verdugos de la clase trabajadora; deben ser su nueva caja de herramientas.

La historia del movimiento obrero nos enseña que el capital avanza cuando el trabajador se aliena de sus instrumentos de producción. Si los sindicatos se limitan a resistir el algoritmo, perderán por desgaste. El salto
cualitativo exige que las organizaciones gremiales se apropien de la IA, generen sus propias capacidades de
procesamiento y utilicen la tecnología para autogestionar la eficiencia del trabajo, una propuesta que
desglosamos detalladamente en nuestro artículo de doctrina y trabajo titulado La tercera vía laboral: ¿Y si la
Inteligencia Artificial fuera la nueva caja de herramientas de los sindicatos? (disponible en Baires para Todos).
No se trata de regular el avance de las corporaciones para que nos exploten más lentamente; se trata de
disputarles la centralidad técnica. La IA, en manos de una comunidad organizada, es una herramienta de
liberación, no de desocupación.

El Tablero Internacional y la Alerta Hugging Face

En el plano geopolítico, la mesa de Cenital se debatió en la clásica lógica bipolar de la Guerra Fría digital entre
Washington y Pekín, condimentada con el reclamo de Wolovick por mayor supercómputo local. Pero el tablero
internacional ya no se mueve únicamente por la posesión de los servidores, sino por la vulnerabilidad
intrínseca del ecosistema global de código abierto.

El denominado "Incidente Hugging Face" —donde ataques coordinados mediante enjambres de agentes
autónomos vulneraron repositorios críticos— demostró que las políticas públicas tradicionales van a paso de
tortuga frente a la velocidad de la ciberguerra. Como analizamos en profundidad en nuestro ensayo De zorros,
auditorías y pujas por la seguridad internacional (en Baires para Todos), la soberanía nacional hoy se juega en
la capacidad de detectar y repeler incidentes que ocurren en milisegundos. Estudiar este caso nos obliga a
entender que el peligro no es que una supercomputadora central "tome consciencia" y nos destruya, sino que
la descentralización corporativa de la tecnología deje a los Estados soberanos indefensos ante actores
invisibles y enjambres automatizados.

Conclusión: El fantasma del cálculo y la alquimia de la consciencia

El programa se titulaba ¿El fin de la humanidad?. Respondamos con firmeza: la IA jamás será nuestro
apocalipsis porque padece de una incapacidad ontológica insalvable. La modernidad tardía sufre de una
confusión sistemática entre el cálculo y el sentir, entre la acumulación de datos y la consciencia.

Una máquina puede calcular la trayectoria de una lágrima o replicar la estructura matemática de una partitura,
pero jamás sabrá lo que es el dolor, la melancolía o la redención. El tango, por citar nuestra máxima alquimia
cultural, es la transformación del sufrimiento humano en belleza y liberación. Ese proceso requiere una
vivencia, un cuerpo, una finitud y una chispa divina que ningún chip de silicio podrá emular.

El verdadero peligro del "fin de la humanidad" no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los
humanos sigamos el juego del mercado y terminemos actuando y calculando como máquinas autómatas. El
debate que proponemos abrir es, en el fondo, un llamado a despertar la consciencia cuántica y doctrinaria. La
tecnología está ahí, esperando a ser dominada. La pregunta no es qué va a hacer la IA con nosotros, sino qué
vamos a hacer nosotros, como comunidad soberana, con ella.

Convencido de que la salida es colectiva, queda hecha la invitación abierta a los propios disertantes de aquel
panel —Eduardo, Sofía, Nicolás y Daniel— así como a Iván y a cada lector inquieto, a continuar este debate de
forma pública o privada para construir el conocimiento superador que el presente nos demanda.

Por Facundo Gélvez Jaureguy