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"Maté a otra más": el sospechoso que fue a prisión por la huella en el frasco de un perfume

Jorge Alfredo Joaquín, alias Cogote, será juzgado en marzo próximo por el homicidio de su pareja y por haber apuñalado a una joven.

Eran las 9 cuando Jorge Alfredo Joaquín ingresó en la Comisaría Vecinal 1A de la Policía de la Ciudad, en la zona de Tribunales. Estaba vestido con una remera de mangas cortas y bermudas grises. Tapaba su cuerpo con una sábana blanca.

Serio, miró al oficial de guardia y confesó haber apuñalado en un departamento a una joven que había conocido la noche anterior en la plaza Vicente López y Planes, en Recoleta. “Quiero entregarme”, lanzó, mientras, por momentos, se quedaba dormido. Dos horas y 40 minutos después, el hombre volvió a hablar y, ante la sorpresa del uniformado que lo custodiaba. “Maté a otra más”, dijo. Afirmó que el crimen había ocurrido en la villa 31, en Retiro. Sostuvo que se fue de la escena del crimen porque tenía ganas de robar y matar.

Joaquín, conocido por el apodo de Cogote, no mentía. Mientras él confesaba los ataques, en el Hospital Fernández D. S., de 22 años, había sido operada de urgencia. Salvó su vida de milagro después de haber sido apuñalada en el cuello en su departamento del primer piso de un edificio de Montevideo al 1200, en Recoleta. La habían atacado con un cuchillo de cocina. Joaquín y la joven se habían cruzado la noche anterior. Él estaba sentado en un banco de plaza cuando, según su relato, la muchacha, vestida con una remera y un short gris se le acercó y le comentó que se había peleado con su novio. Después de hablar un rato, D. S. lo habría invitado a su departamento. Cuando confesó el ataque, Joaquín recordó haber caminado dos cuadras hasta que entraron en un edificio y subieron un piso por las escaleras. El confeso autor del ataque no dio muchos detalles de lo que pasó dentro del departamento. Solo dijo que apuñaló a la víctima y le robó el teléfono celular, un reloj y una cadena plateada. Después habría vendido el móvil para comprar paco, según explicaron fuentes policiales. Su ingreso, a las 22.57, y su salida del edificio, a las 23.24, quedaron registrados en una cámara de seguridad instalada en una propiedad vecina.

El edificio de Montevideo al 1200 donde el sospechoso apuñaló a una joven (arriba) y la vivienda de la villa 31 donde apareció muerta Gisela Zalesky (abajo)

A menos de 50 cuadras del lugar del ataque a D. S., en una habitación del primer piso de la vivienda identificada con el número 45 de la manzana 15 de la villa 31, una propiedad con peligro de derrumbe, estaba el cadáver de Gisela Zalesky, de 42 años. La mayor parte del cuerpo, atado de pies y manos, estaba tapado con una sábana, salvo la cabeza, que estaba dentro de un balde blanco lleno de agua. El ataque a Zalesky habría ocurrido mientras víctima y victimario fumaban paco. Joaquín habría perdido el control, según su versión de los hechos, cuando su compañera le dejó de convidar droga. Según el relato del sospechoso, comenzó a ahorcar a su víctima, pero como no se moría decidió ahogarla en un balde que llenó con agua. Cuando fue palpado de armas, los uniformados solo le encontraron una pipa utilizada para fumar paco, un reloj rojo de mujer y una cadena con una piedra en forma de corazón celeste. Ya no tenía el teléfono celular que le había robado a la joven. A la espera del juicio Ocho meses después de la doble confesión, ocurrida el 20 de febrero pasado, Joaquín, de 45 años, está preso a la espera del juicio oral y público. El debate estará a cargo del Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) porteño N° 8 y el Ministerio Público estará representado por la fiscal Ana Díaz Cano. El acusado, a partir de marzo próximo, será juzgado por el delito de homicidio calificado por el vínculo cometido con alevosía agravada por mediar violencia de género (por el crimen ocurrido en la villa 31, donde la víctima fue su pareja). En el debate también será juzgado por el delito de lesiones graves y homicidio en grado de tentativa y robo por el ataque del que fue víctima la joven de 22 años. Joaquín, que en el momento de quedar detenido vivía en situación de calle, no quedó comprometido por su doble confesión. A prisión lo llevaron otras pruebas que lo involucraron en los hechos, sobre todo una huella hallada en un frasco de perfume con el logo de la marca Kenzo secuestrado en la escena del homicidio y muestras de ADN compatibles con su patrón genético. El sospechoso fue procesado con prisión preventiva por el juez en lo criminal y correccional porteño Jorge De Santo el 8 de marzo pasado. El magistrado elevó la causa a juicio oral y público el 6 de agosto último, según informaron fuentes judiciales. Cuando fue indagado, Joaquín se negó a declarar. Ante los funcionarios judiciales no repitió lo que había dicho en la comisaría la mañana del 20 de febrero pasado, el día que se entregó. “Resulta de fundamental importancia el hallazgo de un rastro papilar en un frasco de perfume encontrado en el lugar del hecho, que resultó ser -de manera fehaciente, categórica e indubitable- del enjuiciado [sic]. Este dato es irrefutable y permite, sin lugar a duda, situar al encausado en la escena del crimen, y fortalecer la verosimilitud de sus manifestaciones”, según se desprende del expediente judicial.

Así trabaja la policía científica en una escena del crimen

Huella

La huella que confirmó que Joaquín había ahorcado y ahogado a Zalesky fue descubierta por los especialistas de la Unidad Criminalística Móvil (UCM) de la Superintendencia de Policía Científica de la fuerza de seguridad porteña. “Es fundamental el cuidado de la escena del crimen por parte del policía que se encuentra de consigna, hasta la llegada de los especialistas de la UCM, que serán los responsables de abordarla, hacer una inspección ocular y recolectar los rastros para que sean examinados”, explicó una fuente de la Policía de la Ciudad.

El 20 de febrero pasado, la UCM llegó a la escena del homicidio de la pareja de Joaquín a las 16.50. “Por el estado de la propiedad, casi al borde del derrumbe, el acceso hasta el primer piso donde estaba el cadáver no fue fácil”, recordó una fuente de la investigación. Para poder trabajar, los peritos tuvieron la colaboración del Cuartel Central de los Bomberos Voluntarios Padre Mujica. Como en cada escena del crimen, esa calurosa tarde de febrero pasado los especialistas de la Policía Científica se vistieron con una indumentaria adecuada para no contaminar las posibles pruebas e indicios: barbijo N95, gafas, mameluco, guantes y cubrebotas.

En casos de homicidios, como el que llevó a prisión a Joaquín, la dirección de la escena de los hechos queda a cargo de un licenciado en criminalística.

12 indicios

En la habitación donde fue hallado el cuerpo se tomaron fotografías y se hizo un relevamiento planimétrico. Todo el operativo fue filmado. El siguiente paso de la UCM fue buscar indicios.

Esa tarde recolectaron 12:

1) una lata de aluminio de bebida gaseosa

2) un jean

3) una remera gris con inscripciones blancas

4) un frasco transparente de vidrio con la inscripción Kenzo

5) un balde plástico de color blanco

6) una tela plástica tipo mantel que se encontraba debajo del cuerpo de la víctima

7) retazos de telas blanca la cual se encontraba sujetando las muñecas de la víctima

8) una manta que cubría la mitad inferior del cuerpo del óbito

9), 10) y 11) “Fueron rastros de origen papilar, que fueron levantados de las paredes del baño y que fueron llevados a la Sección Sistema Automático de Identificación de Huellas Dactilares y Palmares de la Policía de la Ciudad con la intención de que se puedan cotejar con los datos de los registros papilares”, explicaron fuentes policiales.

12) una funda de almohada lila

Cuchillo

La UCM también estuvo en el departamento de la joven apuñalada donde fue secuestrado un cuchillo que habría sido utilizado para atacar a la víctima. Había manchas de sangre en el baño, en el living y en una habitación. “Para levantar huellas dactilares se utilizan polvos magnéticos o líquidos para reflejarlas, dependiendo de la superficie a examinar. Cada rastro que es levantado se resguarda en sobres que son firmados por el responsable de UCM y los testigos, que dan fe de la existencia del mismo en la escena del crimen. Además, se labra un acta, en la que se enumeran los detalles del rastro conseguido. En el caso de que se encuentre un arma de fuego, se detalla si está cargada y cuántos cartuchos contiene en su interior”, explicó una fuente de la Superintendencia de Policía Científica de la Policía de la Ciudad.

Los indicios levantados en el homicidio imputado a Joaquín fueron llevados al laboratorio de la Superintendencia de la Policía de la Ciudad, situado en Retiro, donde se hizo el análisis de las muestras. Para que una huella sea apta y pueda ser insertada en el sistema tiene que tener determinadas características, por eso se utilizan diferentes reactivos o dispositivos, como la cámara de cianocrilato, donde se ingresan los elementos y se pueden verificar las marcas que tiene, explicaron las fuentes consultadas. El laboratorio donde se analizaron los rastros levantados en la escena del homicidio está en el cuarto piso del edificio de la Superintendencia de la Policía Científica de la fuerza de seguridad porteña, en la avenida Ramón Castillo 1720, en Retiro. Apenas uno ingresa en el despacho donde trabajan los peritos se puede leer en una pizarra: “Los indicios hablan un idioma que no todos sabemos interpretar”. Los especialistas lograron interpretar el indicio que pudieron levantar del frasco de perfume y confirmaron la presencia de Joaquín en la escena del homicidio ocurrido en la villa 31. "Uno tiene identificado a la policía en la calle, investigando, previniendo y combatiendo el delito, pero en muchos casos el trabajo de los profesionales de la Policía Científica es vital, ya que sin su tarea no podríamos lograr la prueba del delito para lograr las condenas”, sostuvo el ministro de Justicia y Seguridad porteño, Marcelo D´Alessandro. No se sabe si Joaquín hablará cuando esté frente a los jueces durante el juicio. Sí, seguramente, declararán como testigos los peritos que descubrieron la huella en el frasco de perfume, una prueba más fuerte que la confesión.

Por Gabriel Di Nicola-La Nación