La heurística
Llamémoslo Pedro. Tiene cincuenta y siete años, vive en el sur de Detroit y paga su insulina con una cobertura de Medicaid que su candidato prometió recortar. Lo sabe. Lo leyó. Igual lo votará. Hace dos décadas trabajaba en una planta de autopartes que cerró; desde entonces vio vaciarse la calle principal, cerrar la clínica, multiplicarse las funerarias. Nadie le explicó por qué. Alguien, en cambio, le dio un culpable: los inmigrantes, los que viven de la asistencia social, los comunistas. Pedro no se siente engañado. Se siente defendido. Cuando entra al cuarto oscuro cree estar haciendo lo único que le queda: pelear.
Pedro es un compuesto, pero cualquier sociólogo del cinturón de óxido lo reconocería. Existe también en Hungría, en el interior de Brasil. Acá también. Y siempre lo rodea la misma pregunta, dicha con desprecio o lástima: ¿cómo puede ser tan idiota?
No lo es. El problema es más incómodo.
En los años setenta, dos psicólogos israelíes, Daniel Kahneman y Amos Tversky, empezaron a catalogar los errores sistemáticos del juicio humano. No los errores al azar, que se compensan, sino los que empujan siempre hacia el mismo lado. Kahneman lo resumió después con una imagen: la mente trabaja con dos sistemas. El Sistema 1 es rápido, automático, emocional; decide antes de que lo notes. El Sistema 2 es lento, caro, deliberado; es el que hace las cuentas complejas y analiza con pensamiento crítico. Creemos que gobierna el segundo. Pero casi siempre manda el primero, porque razonar cansa y el mundo no espera.
Para sobrevivir, el Sistema 1 usa heurísticas: reglas prácticas que ahorran energía. Funcionan bien hasta que dejan de hacerlo. Tres son célebres.
La disponibilidad: juzgamos cuán frecuente es algo por la facilidad con que nos viene a la cabeza un ejemplo. Tras ver un accidente aéreo en la televisión, volar parece más peligroso que manejar, aunque las estadísticas digan lo contrario.
La representatividad: juzgamos por parecido. Si alguien encaja con el estereotipo, suponemos que pertenece a la categoría, sin preguntar cuántos hay de cada tipo. Un tipo callado y ordenado parece bibliotecario, aunque abunden los granjeros con esas características.
La aversión a la pérdida: perder duele, más o menos, el doble de lo que alegra ganar lo mismo. Por eso una amenaza a lo que tenemos pesa más que una promesa de lo que podríamos tener.
Ninguna es un defecto de carácter. Son el equipamiento de fábrica. Y el equipamiento de fábrica, como cualquier cerradura, puede ser forzado.
Ahí interviene la guerra híbrida. No la de los tanques: la de las pantallas, la que no conquista territorio sino criterio. Su lógica es de una simplicidad quirúrgica. No hace falta convencer a nadie de nada. Alcanza con activar el atajo correcto en el momento correcto. Llamémoslo atajo cognitivo secuestrado: una regla que evolucionó para protegerte, puesta al servicio de quien te quiere en en contra de tus verdaderos intereses.
Tomemos la disponibilidad. El crimen cometido por un migrante es un hecho. Mil crímenes imaginarios cometidos por migrantes, repetidos en bucle, sin contexto y sin comparación con los cometidos por nativos, son una arquitectura. El cerebro no hace estadística: cuenta ejemplos memorables. Si el ejemplo aparece doce veces por día en el feed, la frecuencia percibida se dispara aunque la real no se haya movido. El operador no miente. Selecciona que mostrar hasta el hartazgo. Y lo que se repite se vuelve familiar, y lo familiar se siente verdadero.
Tomemos la heurística afectiva, descripta por el psicólogo Paul Slovic: sentimos primero y justificamos después. Si una idea queda atada al asco o al miedo, el juicio llega cocinado. En 2016, la Internet Research Agency, la granja de trolls de San Petersburgo, convocó en Houston dos manifestaciones opuestas frente a la misma mezquita, una a favor del islam y otra en contra, desde cuentas falsas administradas en Rusia. No buscaba ganar la discusión. Buscaba que la calle oliera a amenaza. Según el testimonio de Facebook ante el Congreso estadounidense, el contenido de esa agencia alcanzó a unos 126 millones de usuarios de la red.
Tomemos, por fin, el sesgo de confirmación: la tendencia a buscar lo que ya creemos. Un sesgo tan viejo encontró un socio nuevo, los algoritmos de recomendación, optimizados para retener atención, y la atención se retiene con indignación. Los documentos internos que Frances Haugen filtró en 2021 mostraron que Facebook premiaba en 2018 las reacciones fuertes y que la propia empresa sabía que eso amplificaba lo divisivo. El algoritmo no necesita ideología. Le basta entender tu Sistema 1 mejor que vos.
Cambridge Analytica prometió llevar eso a escala industrial. Recolectó datos de hasta 87 millones de perfiles de Facebook mediante una aplicación de test de personalidad, según la estimación de la propia red, y vendió la idea de que podía segmentar mensajes según los rasgos emocionales de cada votante: tratar el temor de cada persona como una variable de campaña. Y así el Reino Unido votó el Brexit.
Y está el caso que mejor muestra el método, porque ni siquiera tiene candidato. Un estudio publicado en 2018 en el American Journal of Public Health analizó tuits sobre vacunas y halló que cuentas ligadas a la IRA y bots comerciales publicaban mensajes en ambos bandos. No buscaban que la gente rechazara la vacuna. Buscaban fabricar la impresión de que la ciencia estaba partida. Sembrar duda es más barato que construir convicción, y rinde más. Un debate simulado también es un atajo explotado: si hay dos bandos, la mente supone que hay dos mitades.
Volvamos a Pedro. ¿Qué significa decir que su voto es irracional? La economía clásica imaginó un votante que reúne información, pondera costos y beneficios, y elige. Ese ciudadano nunca existió. Herbert Simon lo sabía en los años cincuenta: tenemos racionalidad limitada, y la política siempre se hizo dentro de esos límites. La diferencia es que antes los límites eran un accidente de nuestra biología. Hoy son una superficie de ataque. Pedro no vota contra sus propios intereses por tonto: vota bajo anestesia, en un quirófano invisible, mientras otros deciden con precisión dónde operar.
Eso cambia las preguntas. Ya no se trata de si el votante razona bien, sino de quién diseñó el entorno en el que razona. Una decisión tomada en un ambiente saturado de estímulos calibrados no es del todo libre ni del todo manipulada. Es algo intermedio, y nuestras instituciones, que presuponen un ciudadano que elige con la mente despejada, todavía no tienen nombre para esto.
Hay dos salidas fáciles, y las dos son malas. La primera es el desprecio: concluir que el pueblo es manipulable y, por lo tanto, no merece decidir. La segunda es la ingenuidad: creer que cada voto es expresión pura de una voluntad y que preguntar por su origen es una ofensa. Ambos gestos protegen a quien opera en las sombra .
Queda un trabajo más lento: entender cómo funciona el mecanismol, nombrarlo, y construir defensas que no dependan de que cada ciudadano sea un filósofo a las seis de la tarde, cansado, con el celular en la mano.
Pero hay un detalle en toda esta explicación. Las heurísticas dicen cómo se nos puede empujar. No dicen hacia dónde. ¿Por qué el miedo de Pedro tiene un color político determinado?
Por Ignacio Stankewitsch

