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Por qué Milei ya no “farmea aura”

Lo que en la cultura de internet se conoce como "farmear aura" requiere una naturalidad que el oficialismo empieza a perder. Ante la inflación que se resiste y promesas cada vez más estrambóticas, la sociedad ya no exige culpables, sino respuestas concretas.

Hay una expresión que en estos días se volvió viral entre los jóvenes: “farmear aura”. Algo surgido de la cultura de internet, de la cual Milei y sus seguidores hicieron gala en streams como en Carajo y la red social X.

“Farmear” viene del inglés to farm, cultivar o trabajar una granja, pero en los videojuegos —especialmente en los juegos de rol, más conocidos como RPG— pasó a describir la repetición de acciones para acumular recursos, como puntos de experiencia u oro: cultivar y cosechar una y otra vez. De allí saltó al lenguaje de internet hasta llegar a “farmear aura”, donde aura funciona como sinónimo de carisma, prestigio, presencia, coolness o capital simbólico.

Pierre Bourdieu explicaba que en la sociedad no solo existen diferencias sociales por dinero, sino por distintos tipos de “capitales” que nos dan poder y ventaja sobre los demás. Además del capital económico (tus ingresos, propiedades y dinero), existe el capital cultural, que abarca tus conocimientos, títulos académicos, idioma o el gusto por el arte y la lectura.

También está el capital social, que es tu red de contactos, amigos o influencias a los que puedes acudir. Finalmente, todos estos se transforman en capital simbólico: el prestigio, honor o reconocimiento que los demás te otorgan. En síntesis, mientras el capital económico es lo que tienes en el banco y el social a quien conoces, el capital simbólico es el respeto y la admiración que la gente siente por una persona.

Si el “aura” es el “capital simbólico”, podría equivaler a imagen positiva. No hay sondeo que no indique una caída en la imagen del presidente. La nueva encuesta ESPOP de la Universidad de San Andrés que se difundió ayer es la más adversa. Muestra un escenario adverso para Javier Milei69% está insatisfecho con la marcha del país y 61% desaprueba su gestión, mientras el 57% considera que la situación económica empeoró respecto del año pasado.

“La gente ya la vio” puede ser una de las mejores explicaciones para entender qué está ocurriendo, en relación al “no la ven”, que utilizaban los mileístas para criticar a todo aquel que no creyera en el rumbo del presidente.

No necesariamente porque la economía haya sufrido un deterioro dramático en las últimas semanas, sino porque cambió algo más importante: la expectativa. Durante mucho tiempo, una parte de la sociedad aceptó el dolor presente porque creía que detrás de él venía una recompensa. El sacrificio podía tolerarse si significaba que mañana se estaría mejor.

Ese mecanismo psicológico fue uno de los principales activos políticos de Milei. El presidente consiguió transformar el ajuste en una prueba de fe. “No hay plata” no era solamente una descripción de la realidad fiscal: era una explicación del sufrimiento y, simultáneamente, la promesa de que ese sufrimiento tenía sentido. Con un horizonte estratégico: la Argentina saldrá de su sendero de decadencia y será potencia mundial.

Veamos esa delirante declaración de Milei, que es reciente:

Retomando, la sociedad podía perder ingresos, consumir menos y atravesar meses difíciles porque se le ofrecía una narrativa de futuro. El problema aparece cuando la expectativa empieza a agotarse.

Los escándalos de corrupción como el de Adorni o el alivio económico que nunca llega fueron erosionando la credibilidad del presidente.

En una de sus últimas columnas, Alfredo Zaiat argumenta que el gobierno de Javier Milei atraviesa una etapa de agotamiento de expectativas. Y destaca que el mercado financiero ha ignorado una serie de señales promercado impulsadas por la gestión actual, las cuales no lograron generar la confianza esperada ni atraer inversiones reales, dejando al riesgo país estancado en niveles elevados.

Algunas de las señales promercado fueron: El plan financiero de deuda (2026-2027): presentado para garantizar el cumplimiento de pagos. La visita de Kristalina Georgieva. El compromiso de adquirir 10.000 millones de dólares adicionales de reservas. La renovación del swap con China. La ratificación del ajuste fiscal y no hacer un “plan platita”. El desplazamiento de Manuel Adorni. La mejora en la nota por parte de agencias calificadoras internacionales de riesgo. La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central enfocada en la prohibición de emitir dinero.

Este debilitamiento político se profundiza, porque la administración no ha logrado traducir sus políticas de ajuste en una mejora tangible para los sectores productivos y sociales. La destrucción del empleo formal, el deterioro del salario de los jubilados y la situación de millones de morosos endeudados han generado un clima de descontento. Aunque el mileísmo intentó construir una imagen de éxito con variables macroeconómicas, la falta de respuesta ante la crisis cotidiana ha erosionado la sustentabilidad política del proyecto libertario.

La retórica sobre la "herencia recibida" perdió la eficacia tras dos años de gestión. La debilidad política del presidente, recluido en Olivos y con una agenda percibida como poco ejecutiva, hace que los actores económicos y políticos comiencen a mirar hacia el horizonte de 2027. El aura se perdió al confirmarse que las promesas de un futuro mejor no se materializaron, dejando a un gobierno que, para el mercado, ya no cuenta con el respaldo social ni la solidez necesaria para sostener su rumbo a largo plazo.

Además, el último dato de inflación, 2,1% en julio, muestra que el gobierno todavía conserva una mejora enorme respecto del descontrol inflacionario que recibió, pero también que la desinflación dejó de avanzar al ritmo que esperaba el oficialismo. La inflación acumulada hasta julio llega al 33,8% y ya resulta prácticamente imposible cumplir la meta presupuestaria de 10,1% para todo 2026.

Recordemos que el Gobierno, en diciembre del año pasado, aseguraba que la inflación sería de cero en agosto 2026.

“Tenés que estar muy carteado” (tener muy buenas cartas en el truco, tener mucha espalda como economista) para afirmar algo así con tanta seguridad, le dice el Gordo Dan. Evidentemente estaba equivocado.

A pesar de que bajó la inflación, nadie obligó a Milei a asegurar que la inflación comenzaría con cero en agosto. Es bajo sus propios términos y afirmaciones que su discurso fracasó respecto a la realidad. Así como ocurrió algo similar con su retórica anticasta y la final expulsión de Adorni en medio de escándalos de corrupción.

Ayer entrevistamos en este mismo programa a Lucas Romero, quien sostuvo que el principal problema del gobierno es que se quedó sin una explicación convincente de la realidad. Durante la primera mitad del mandato, la sociedad aceptó el costo del ajuste porque el gobierno había anticipado el sacrificio y construido la expectativa de que después llegaría el alivio.

Pero esa promesa no se estaría verificando: cayó la expectativa de futuro y, con ella, la tolerancia social al dolor. Para Romero, esta combinación —más percepción de padecimiento y menos esperanza de que ese padecimiento tenga un sentido o un final— explica el actual clima de opinión adverso y pone en duda la competitividad electoral de Javier Milei.

El 30% de aprobación es un umbral crítico: por debajo de ese nivel, el problema ya no sería solamente electoral, sino que comenzaría a afectar los incentivos del propio oficialismo y su capacidad de sostenerse como alternativa competitiva. El acercamiento entre La Libertad Avanza y el PRO sería una señal de que el gobierno percibe su debilidad y necesita ampliar su base.

Si no aparecen resultados económicos que modifiquen la trayectoria actual, podría perder su condición de principal candidato del antiperonismo. La clave no es solamente cuánto duele el ajuste, sino cuánto la sociedad cree todavía que ese dolor conduce hacia algún lugar.

Es allí donde aparece la paradoja: una economía puede no estar objetivamente peor que un mes atrás y, sin embargo, ser percibida como mucho peor. Porque el dolor no se mide solamente por su intensidad material sino por la expectativa que lo acompaña. Cuando se cree que el sacrificio conduce a alguna parte, se soporta. Cuando se deja de creer, el mismo sacrificio se vuelve insoportable.

En su libro 'AUCH, tu cuerpo habla', de la Dra. Teresa Zalazar, analiza que el dolor, lejos de ser un error que debe eliminarse rápidamente, puede funcionar como una frontera que interrumpe la rutina y obliga a mirar la propia vida con otra intensidad. En una cultura atravesada por la productividad y el rendimiento, que promueve anestesiar el malestar mediante medicamentos, diagnósticos, consumo o distracciones, detenerse ante el dolor aparece como un gesto contracultural. El dolor puede ser leído como un mensajero que permite revisar las señales ignoradas. No se trata de culpabilizarse, sino de comprender qué nos llevó hasta ese punto y recuperar el contacto con una realidad que muchas veces intentamos evitar.

Una reflexión sobre una experiencia universal: todos tenemos un cuerpo y, por lo tanto, todos vamos a sufrir, enfermarnos y sentir miedo. Frente a la costumbre de acallar el dolor con el “sana, sana” o el “ya pasará”, es sano proponernos preguntas que no anestesian sino que alojan el sufrimiento y permiten reconocerlo.

Milei comenzó diciendo “prefiero una verdad amarga a una mentira confortable” y prometía una Argentina entre los primeros países del mundo recién dentro de 30 años. Pero después el discurso se empezó a contaminar con frases que ya conocíamos de Caputo en su etapa con la gestión macrista: los salarios que “van a volar”, los “mejores 18 meses que se vienen” y los dólares que “van a salir por las orejas”.

Veamos ese fragmento.

En el discurso pasó de explicar estratégicamente por qué había que atravesar el desierto a prometer resultados cada vez más inmediatos. Cada nueva promesa necesitó ser más grande que la anterior para producir el mismo efecto. Finalmente, los mileístas se quedaron gritando solos, como en el cuento de Pedro y el lobo, por algo que nunca llega.

El concepto de “tolerancia” describe un mecanismo en el que la repetición de un estímulo produce una pérdida progresiva de su efecto: para obtener el mismo resultado, cada vez hace falta una dosis mayor o un esfuerzo más intenso. El concepto viene de la farmacología, donde el organismo puede adaptarse a una sustancia y requerir cantidades crecientes para alcanzar el efecto inicial, pero también puede aplicarse metafóricamente a conductas, emociones, consumo o incluso a la búsqueda de reconocimiento.

Lo que antes alcanzaba para producir placer, impacto o satisfacción deja de ser suficiente y obliga a subir la apuesta: más intensidad, más tiempo, más exposición o más cantidad.

Es una ley que se puede aplicar a la comunicación política: para conseguir el mismo efecto hay que aumentar la dosis. Para ser escuchado hay que subir el volumen; después hay que gritar. Para entusiasmar hay que prometer; después hay que prometer más. Hasta que llega un punto en el que el volumen deja de aumentar la atención y empieza a producir saturación. Y cuando las promesas se acumulan sin que la experiencia cotidiana las confirme, aparece algo todavía peor para cualquier líder: la incredulidad.

El gobierno parece haber llegado a ese momento. Ante la dificultad de mostrar resultados económicos suficientemente visibles en la vida cotidiana, la política comienza a desplazarse hacia otros terrenos: la batalla cultural, la confrontación con el kirchnerismo, la denuncia permanente de enemigos y el alineamiento internacional. Pero el problema es que una parte de la sociedad ya no está esperando que le expliquen quién tiene la culpa: está esperando saber cuándo va a vivir mejor.

Quizás por eso el desafío de Milei ya no sea conseguir que la sociedad soporte más dolor. Su verdadero desafío es volver a producir una expectativa capaz de justificarlo.

Milei pierde el “aura” porque ya la esperanza no alcanza para justificar el dolor. El problema ya no es solamente que la economía no mejore al ritmo prometido, sino que cada nueva explicación necesita una dosis mayor de entusiasmo para producir un efecto que cada vez dura menos. El gobierno agotó la tolerancia de una sociedad a la que le pidió paciencia mientras le prometía resultados que no llegaron.

“Farmear aura”, entonces, se relaciona a este concepto en el sentido que significa hacer cosas que aumentan deliberadamente la admiración o la imagen que uno proyecta ante los demás: alguien que realiza una hazaña espectacular y parece hacerlo sin esfuerzo “está farmeando aura”. También puede usarse irónicamente para señalar el efecto contrario: quien se esfuerza demasiado por parecer interesante puede terminar perdiendo aura.

El problema es que el aura genuina radica precisamente en la naturalidad; por eso, al intentar "actuarla" de forma calculada, solo delatan que en realidad no la tienen. Al final, esa pose armada resulta tan frágil e inauténtica que dura poquísimo: en cuanto el público nota el esfuerzo desesperado por parecer interesante, la actuación se cae y el efecto se invierte, haciendo que pierdan instantáneamente todo el prestigio que pretendían ganar.

Veamos uno de los videos virales sobre estas competencias de “farmear aura”.

Ahora veamos, comparativamente con Milei “farmeando aura” durante un acto en el Movistar Arena.

Por eso Milei ya no está “farmeando aura”: está intentando recuperar la que perdió. Y cuanto más fuerza necesita para demostrar que todavía conserva su magnetismo, más evidente se vuelve su deterioro. La batalla cultural, los enemigos de siempre y las nuevas promesas pueden mantener encendida la maquinaria discursiva, pero no reemplazan la experiencia cotidiana de quienes esperan llegar a fin de mes. La sociedad ya no pregunta quién tiene la culpa ni cuánto falta para atravesar el desierto: pregunta dónde está la tierra prometida.

Y si el gobierno no consigue responder esa pregunta con resultados concretos, el “no la ven” terminará convertido en su propia sentencia: la gente “ya la vio”. Ya vio con claridad que el rumbo del gobierno anarcocapitalista no garantiza por sí mismo el bienestar que le prometieron. Y que detrás de la épica del sacrificio, puede no haber una tierra prometida, sino simplemente otro desierto.

Por Jorge Fontevecchia - Perfil

Día 975: Por qué Milei ya no “farmea aura”