La garantía de seguridad estadounidense se volvió más incierta a la par que el entorno político-militar regional se tornaba más amenazante para Japón.
En retrospectiva, cuando se busque el punto de inflexión en el camino de Japón como nación constitucionalmente pacifista a engranaje fundamental en el armado de la estrategia estadounidense contra China, la decisión de esta semana del gobierno japonés de flexibilizar sus reglas de exportación de armamento podría ser una candidata seria entre los repetidos hitos que, en forma de pequeños pasos, construyen ese camino.
La reforma aprobada elimina las restricciones que limitaban las exportaciones militares a cinco categorías no letales y habilita, bajo revisión caso por caso, la venta de sistemas letales como buques de guerra, misiles o drones a países con los que Japón mantiene acuerdos de defensa. Una decisión que se suma a una serie que viene acumulándose desde que el gobierno de Shinzo Abe relativizara el alcance del artículo por el cual Japón renunció a su derecho soberano a recurrir a la guerra.
El pacifismo, producto virtuoso de la derrota
El pacifismo constitucional japonés no es el producto de una singularidad cultural que explica a una sociedad con niveles internos de violencia muy bajos, tampoco el de una refinada racionalidad nacional, ni una aversión civilizatoria a la guerra. Es, sobre todo, la consecuencia de la derrota total y profunda de un proyecto imperialista y militarista que fue hegemónico hasta la Segunda Guerra Mundial, donde fue dramáticamente derrotado. El Japón imperial alcanzó su máxima extensión en 1942, cuando su dominio abarcaba buena parte de Asia oriental y el Pacífico, incluyendo buena parte de China, Corea del Sur, y el sudeste asiático. Esa expansión impuso un orden de ocupación brutal, marcado por masacres, trabajos forzados, y violencia sexual sistemática, en particular en China y Corea. Una memoria asiática que permanece hasta el día de hoy.
De aquella expansión, inmediatamente posterior al ataque a Pearl Harbor, la aventura bélica japonesa terminó en una devastación brutal, que excedió el daño de las dos bombas atómicas y llevó a una rendición humillante, que terminó en una relativamente larga ocupación estadounidense. En esas condiciones, bajo ocupación externa, se aprobó la constitución con cláusulas expresamente pacifistas. Junto a ello, un límite informal del gasto en defensa, en torno a un punto del producto.
Ese arreglo funcionó como una garantía hacia los vecinos asiáticos que temían una reconstrucción del poder militar japonés, del mismo modo en que en Europa la partición limitó la posición militar alemana tras el nazismo. Esto fue acompañado por garantías de seguridad de Washington, en un esquema que impulsó la recuperación y crecimiento económicos. Fue una de las bases del milagro japonés. La tercerización de su seguridad en Estados Unidos redujo costos, permitió orientar la inversión hacia la industria civil y ayudó a construir una potencia manufacturera extraordinaria que, sin embargo, no generó los temores masivos que hubieran acompañado una rápida reconstrucción militar.
Crujidos para la Pax Americana
El esquema sobrevivió al final de la Guerra Fría, y acompañó la Pax Americana de los años noventa y la primera década del siglo XXI, a pesar de un crecimiento de riesgos regionales como la transformación nuclear de Corea del Norte, pero empezó a crujir tras los fracasos estadounidenses en Irak y Afganistán, que pusieron en cuestión, tanto a nivel interno como externo, el rol de los Estados Unidos como gendarme global. La opinión pública estadounidense empezó a preguntarse por los costos y beneficios de actuar como garante de su propio orden internacional. La respuesta que dio la llegada de Donald Trump fue un cuestionamiento a la idea misma de que el orden beneficiaría de algún modo a los Estados Unidos. Trump cuestionó las garantías estadounidenses y exigió a los aliados pagar por su propia defensa.
Esa transformación obligó a Japón a una revisión de las certezas construidas desde la posguerra. La garantía de seguridad estadounidense se volvió más incierta al mismo tiempo que el entorno político militar regional se volvía más amenazante, a partir de la consolidación de China, que superaría definitivamente al propio Japón en 2010 para convertirse en la segunda economía del mundo.
China, el ascenso del vecino incómodo
En la mirada japonesa, China representa una amenaza inédita por escala, proximidad e historia. Combina el tamaño de su economía y su capacidad industrial con un proceso de modernización militar acelerado, con una agenda de seguridad y proyección de poder regional que se solapa, con signo opuesto, a la japonesa, con el Pacífico como área prioritaria. Las hipótesis de conflicto centrales de China se superponen con las preocupaciones primarias de Japón.
El Mar del Sur de China, por donde circulan rutas críticas del comercio internacional, y Taiwán, a la que China –y la mayoría abrumadora de los países del mundo– reconocen como parte integrante del país, pero que opera en los hechos como una nación aparte, estrechamente integrada a los flujos de comercio globales y a la arquitectura de seguridad diseñada por los Estados Unidos. Para Beijing, la reunificación con la isla es una prioridad a la que no renunció siquiera en el momento de mayor acercamiento con los Estados Unidos. Para Japón, una crisis o una invasión de Taiwán tendría consecuencias directas sobre su propia seguridad, ya sea por cercanía geográfica, por la afectación de rutas marítimas, o por el impacto sobre la alianza con los Estados Unidos.
A ello se suma la disputa por las islas Senkaku/Diaoyu, administradas por Japón y reclamadas por China. Un punto de fricción permanente entre dos nacionalismos con memorias históricas opuestas. En 2010, tras la detención de un capitán chino cerca de esas islas, China restringió las exportaciones de tierras raras hacia Japón, un episodio que fue de vanguardia en la utilización política de las fortalezas en las cadenas de suministro globales. Desde aquel entonces, el poder militar chino creció de manera acelerada. Beijing mantiene el segundo mayor presupuesto militar del mundo, después de Estados Unidos, con un monto que en 2025 se ubica al menos en torno a los 250 mil millones de dólares. China posee además la mayor armada del mundo por número de buques, un elemento crucial para una doctrina de seguridad primariamente marítima.
De Abe a Takaichi: la erosión ordenada del mandato constitucional pacifista
En este marco, el rearme japonés obedece a causas estructurales, pero coincidió, además, con una coyuntura política interna: el ascenso de un sector del conservadurismo de orientación más nacionalista y revisionista, encarnado por el primer ministro Shinzo Abe. Él cuestionó como ningún gobernante antes los límites impuestos por la Constitución, escrita bajo ocupación estadounidense, sobre la capacidad estratégica del Estado japonés.
Con todo, las reformas fueron –y siguen siendo– graduales. En 2014, su gobierno reinterpretó el alcance del artículo 9 de la Constitución, que sólo habilita la autodefensa como función de las fuerzas armadas, para incluir el ejercicio del derecho de autodefensa colectiva de países aliados, y no sólo la de su propio territorio. El cambio fue confirmado por el Parlamento en 2015.
La Estrategia de Seguridad Nacional de 2022 consolidó esa transformación. El documento definió un entorno de seguridad complejo, identificó a China como el mayor desafío estratégico para Japón y estableció la necesidad de fortalecer las capacidades nacionales, incluyendo las militares. El documento estableció el objetivo de elevar el gasto en defensa del 1% vigente desde la posguerra hasta el 2% del PIB en el año fiscal 2027, en línea con el estándar de la OTAN.
Tras el asesinato de Abe, la llegada al poder de Sanae Takaichi profundizó el proceso. Protegida política de Abe, y también representante de la derecha japonesa más explícitamente nacionalista, Takaichi aceleró el calendario. En su primer discurso de política general como primera ministra prometió alcanzar el objetivo del 2% del PIB en defensa en el año fiscal 2025, dos años antes de la meta original de 2027. Takaichi impulsa ya no una reinterpretación de la Constitución, sino un proceso de reforma. La flexibilización de exportaciones debe leerse dentro de esa aceleración. La decisión mantiene el enfoque gradual, y no elimina todos los controles. Las ventas deberán ser aprobadas por el Consejo de Seguridad Nacional japonés, y se mantienen restricciones de uso. La dirección, sin embargo, es clara.
Un socio contra China
Si el rearme japonés es consecuencia directa del declive de la posición relativa estadounidense y las dudas sobre su rol global, su lógica es paradójica. Japón no busca, ni puede, prescindir de los Estados Unidos. En el corto y mediano plazo, el rearme japonés fortalece la arquitectura de defensa estadounidense en Asia, y busca mantener a la potencia norteamericana comprometida con la región. Japón no podría aspirar a balancear a China, y mucho menos a una combinación de China, Rusia y Corea del Norte, incluso si duplicara o triplicara su gasto militar, y modificara radicalmente su doctrina. Las reformas tienen una doble función. Responder a la demanda persistente, amplificada por Trump, de que los aliados contribuyan más a su propia defensa y convertirse en un actor indispensable en cualquier estrategia de disuasión dirigida a China.
Japón integra la llamada primera cadena de islas, el arco geográfico de aliados estadounidenses frente a las costas chinas que incluye también a Taiwán y Filipinas, y con menor protagonismo, a Indonesia y Malasia. Para Estados Unidos, esa cadena es esencial para contener la proyección naval china hacia el Pacífico.
Es, además, la mayor economía de Asia después de China, mantiene una economía industrial avanzada y una democracia estable.
Removidos los límites para su despliegue estratégico, puede ser un nodo en la estrategia de construcción de alianzas para contrarrestar el poder de China. El ejemplo del QUAD, el diálogo de seguridad entre Estados Unidos, Japón, India y Australia, es la mejor expresión de esa lógica, que buscó con éxito relativo atraer a India a un esquema de balance contra China. También el acercamiento reciente de Japón con Corea del Sur, una relación históricamente condicionada por la memoria de la ocupación japonesa, que hoy encuentra preocupaciones compartidas en Corea del Norte y, especialmente, en China. El punto más delicado es Taiwan. Takaichi ya provocó una crisis diplomática con China al sugerir que un ataque chino contra Taiwán podría constituir una situación de supervivencia para Japón y habilitar una respuesta militar.
Las consecuencias económicas de la guerra
Por último, el rearme tiene una dimensión económica a la que convendría prestar atención, particularmente por la relación entre la capacidad bélica e industrial. La capacidad industrial en tiempos de paz puede fácilmente redirigirse en un contexto bélico, y la capacidad de producción tiene una preeminencia evidente en la medición de capacidades militares. La debilidad relativa estadounidense en este terreno es evidente. China produce más, lo hace más rápido y con una escala imposible de replicar por ningún otro país. Sin embargo, si tomamos a los Estados Unidos y sus aliados de tratado en conjunto, su capacidad productiva supera con creces la de China.
El rol de Japón en este contexto cobra una relevancia enorme. El país mantiene una base industrial extensa como pilar de su economía. Mantiene posiciones de liderazgo en maquinaria industrial, robótica, sensores, electrónica, materiales avanzados, automotriz, construcción naval, manufactura de precisión y de energía nuclear. Japón explica casi la mitad de los robots industriales del mundo, no necesita convertirse en una economía militarizada para ser un actor relevante. Le alcanza con orientar parte de su base industrial civil hacia usos duales y defensa.
La nueva política de exportaciones podría inscribirse en una lógica de escala. Una industria de defensa limitada al mercado doméstico tiene dificultades para sostener costos de desarrollo, innovación y producción. Una industria que puede exportar a aliados y socios estratégicos puede repartir costos, competir en contratos internacionales, sostener líneas de producción y participar en proyectos conjuntos. Para una economía japonesa que lleva décadas conviviendo con bajo crecimiento, presiones fiscales y dificultades en su ecosistema de innovación, la defensa puede aparecer como un dinamizador interesante, aunque no reemplace los problemas estructurales de productividad ni resuelva la demografía.
Un paso más cerca del vacío
Si el rearme japonés parece, desde esta lógica, casi autoevidente, desde la perspectiva china –donde la memoria del imperialismo japonés sigue viva y es fundacional– constituye una evidente señal de alarma y aumenta las tensiones regionales y globales.
La resistencia contra la ocupación japonesa ocupa un lugar central en la narrativa del Partido Comunista sobre la humillación nacional, y la recuperación del lugar histórico de China. Cada movimiento japonés hacia una política militar más activa es leído a través de esa memoria. Los movimientos de rearme son presentados como señales de remilitarización de un país que nunca hizo una autocrítica suficiente de su pasado imperial.
Las percepciones cruzadas vuelven peligrosa la dinámica, que puede rápidamente tornarse escalatoria. China ve a Japón como un eslabón clave de una estrategia de cerco estadounidense. Japón ve a China como una potencia revisionista, que podría alterar por la fuerza el equilibrio regional. Corea del Sur, Corea del Norte, Taiwán, los Estados Unidos, Rusia, y hasta India participan de esta dinámica, que arriesga un arrastre complejo.
La remilitarización japonesa es una variable ineludible de un equilibrio asiático todavía en construcción. En el lugar donde es mayor el riesgo de que una guerra local termine por involucrar directamente a todas o la mayoría de las grandes potencias mundiales. Si la excepcionalidad japonesa (y alemana) de posguerra –que combinó potencia económica e impotencia militar– ya no luce sostenible en los nuevos tiempos, el nuevo entorno estratégico, marcado por el revisionismo constante y las lógicas escalatorias parece una receta para la inestabilidad. Y, peor aún, para que algún error de cálculo pueda llevar a que la construcción de disuasión se convierta en preparación para la guerra.

Por Martín Schapiro - Cenital

