Misiones Para Todos

Se puso teológico el debate político

Entre anticristos y fuerzas del cielo

La política argentina ha abandonado definitivamente los manuales de economía para abrazar las páginas del Apocalipsis. Lo que en otros tiempos se dirimía entre planillas de Excel, tasas de interés y metas de déficit, hoy se debate en el plano de lo sobrenatural. De cara al escenario electoral de 2027, la superestructura política local parece haber sufrido una mutación psíquica colectiva: ante la indomable complejidad de la realidad territorial, los administradores del poder han decidido mudar sus frustraciones mundanas al plano celestial

La escalada verbal de las últimas semanas es elocuente. En el reciente CFO Summit, el ministro de Economía, Luis Caputo, abandonó el tecnicismo financiero para tildar al gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, como el "anticristo" de los mercados, advirtiendo que un eventual regreso del kirchnerismo equivaldría a una condena directa "al infierno". Por su parte, la narrativa oficialista ya venía cimentada sobre la apelación mística a las "fuerzas del cielo" y una resistencia escatológica de cuño bíblico, transformando el programa económico en una cruzada moral absoluta entre el bien y el mal. Incluso desde las trincheras de la oposición, dirigentes como Juan Grabois se ven forzados a ingresar al ring místico para aclarar públicamente que el presidente no encarna al anticristo, aunque
represente valores antievangélicos.

Esta repentina necesidad de elevar la discusión a una guerra metafísica no es casual; es el síntoma de una profunda impotencia teórica. Si se raspa la superficie de los dogmas enfrentados, la Escuela Austríaca de Javier Milei y la socialdemocracia interventora de Axel Kicillof comparten un mismo reduccionismo metodológico de matriz secular europea. Ambas asumen que la sociedad es un mecanismo abstracto que responde dócilmente a ecuaciones cerradas. Cuando el territorio real y multicausal demuestra que las personas no actúan según los axiomas libertarios ni se ordenan bajo los planos de la ingeniería burocrática, la dirigencia experimenta una parálisis técnica. La respuesta ante el fracaso práctico no es la autocrítica, sino la demonización del adversario. Si las políticas fallan, la culpa ya no es del diseño macroeconómico, sino de fuerzas oscuras y malignas.

Sin embargo, este fin de semana dejó al descubierto la verdadera asimetría que fractura al país. Mientras el Gobierno y sus aliados se hamacan en principios celestiales abstractos, la Conferencia Episcopal Argentina y el Papa León XIV —quien prepara su visita al país para este domingo 8 de noviembre— insisten en bajar el discurso al llano. La Iglesia Católica y los movimientos de base hablan de lo que sucede en el barro: la ludopatía infantil, el hambre en los comedores comunitarios y la urbanización de los barrios populares. Un diagnóstico crudamente plasmado por el arzobispo Jorge García Cuerva en su homilía, donde advirtió que "las heridas de la intolerancia supuran" en una Argentina fragmentada.

En medio de este escenario de sectarismos ilustrados y dogmas importados, emerge la persistencia de una matriz cultural que se niega a ser disuelta. El peronismo doctrinario, profundamente nacional y cristiano, se desmarca de los claustros académicos y del estatismo secular porque nació estructurado sobre la Doctrina Social de la Iglesia. Para esta concepción, el ser humano no es un mero Homo economicus ni un engranaje burocrático, sino una persona trascendente ligada a una comunidad organizada.

Por eso, cuando la superestructura se enreda en abstracciones y condenas eternas, el pueblo llano reactiva su brújula histórica. Mientras los megalómanos del poder se encierran en sus palacios a discutir el sexo de los ángeles macroeconómicos, el peronismo de los barrios, fiel a su matriz fundacional, prefiere caminar con los pies en el barro. Este fin de semana, bajo una lluvia persistente y destructora de relatos, más de un millón de peregrinos marcharon hacia la Basílica de Luján. Esa multitud silenciosa e indomable demostró que la verdad en Argentina no se encuentra en las profecías de los despachos oficiales, sino en la procesión colectiva. El pueblo no busca el cielo en las promesas de la teoría económica; camina al santuario mariano a buscar la fuerza y la dignidad que sus dirigentes, atrapados en su propio laberinto teológico, ya no saben cómo ofrecer.

Por Facundo Gélvez Jaureguy