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Sobre Oro, Soberanía y Fútbol

El sábado 3 de octubre, en el Monumental, la Selección Argentina le ganó 7 a 0 a Burkina Faso. El marcador es indiscutible; el contexto, más que interesante. Los africanos aterrizaron en Ezeiza apenas cinco horas antes del pitazo inicial, porque se complicó por problemas técnicos el vuelo privado que los traía desde Marruecos. Llegaron con un plantel armado a las apuradas, que Telefe describió como sub-23, y con el sueño como un lujo que no entró en el equipaje. Ganarle por siete a un rival en esas condiciones es el equivalente a correr cuando el otro llegó sin ruedas.

Conviene no confundir la goleada con la grandeza. Porque mientras en la cancha el marcador favoreció a Argentina, en otra cancha, la de las reservas de oro, el partido se juega con otro árbitro y el resultado va en sentido contrario.

Veamos las toneladas. Burkina Faso, un país que muchos argentinos conocieron por un partido amistoso, produjo en 2025 unas 94 toneladas de oro. El Banco Central argentino guarda 61,7 toneladas, o 1,98 millones de onzas troy, una cifra que no se movió en al menos cinco años. Producción no es reserva, pero la comparación sirve para dimensionar de qué hablamos: un país que apenas pudo llevar su selección a tiempo extrae en un año más oro del que Argentina tiene guardado en total.

¿Por qué importa? Porque el oro tiene una virtud que ningún otro activo de reserva ofrece: no es la deuda con nadie. Es soberanía económica. Un bono del Tesoro estadounidense es la promesa de un gobierno; un depósito en un banco extranjero es la promesa de ese banco; pero un lingote es siempre un lingote. Cuando en 2022 Occidente inmovilizó las reservas del Banco Central ruso, los bancos centrales del mundo recordaron algo que los economistas sabían y los gobiernos preferían ignorar: una reserva que otro puede congelar no es del todo tuya. Deja de serlo cuando una potencia extranjera decide congelártela, que es un eufemismo para decir que por cuestiones políticas, se queda con tu oro. Entonces resulta muy poco inteligente encargarle a un tercero militarmente superior que te guarde el oro.

El mundo hizo la cuenta. Según el Consejo Mundial del Oro, los bancos centrales compraron 863 toneladas en 2025, con Polonia a la cabeza con 102. En el segundo trimestre de 2026 sumaron 289 toneladas, un récord para un segundo trimestre, y casi la mitad de los bancos centrales consultados, un récord del 45 %, dice que planea aumentar sus propias tenencias en el próximo año. No compran oro por nostalgia. Lo compran para dormir tranquilos.

Nadie dice que sea un activo sin sobresaltos. El oro marcó en enero un máximo histórico superior a los 5.500 dólares la onza y el 1 de julio cotizaba en 3.978, una caída del 27,7 %. Pero una reserva estratégica se mide en décadas, no en trimestres, y su función no es dar rentabilidad sino asegurar que, cuando todo lo demás falle, algo siga en pie y sea tuyo. Es el resguardo de tu soberanía económica.

Y Argentina, ¿qué hace con sus 61,7 toneladas? Las mantiene quietas: no hay evidencia de compras en 2025 ni en 2026. Una parte, según confirmó el presidente del Banco Central, Santiago Bausili, ante el Senado, está depositada en el Banco de Pagos Internacionales, en Suiza (aunque hay fundadas razones para creer que mintió y están en Inglaterra). Nuestro oro duerme, a diferencia de la delegación de Burkina Faso, que no pudo hacerlo.

  Y mientras duerme, timbea. En 2025 el Banco Central contrató un seguro, en forma de opciones atadas al precio del oro, para cubrirse de una caída que no sucedió. El oro subió 64,9 % en el balance de la entidad y esas opciones cerraron con un resultado negativo de 960,2 millones de dólares, más 62,8 millones de primas: unos mil millones de dólares en billetes reales, según la Auditoría General de la Nación. El auditor general, Juan Manuel Olmos, lo calificó de «especulación». El Banco Central y varios economistas responden que cubrirse es práctica corriente en los mercados y que, aun así, el año cerró con una ganancia neta de unos 2.350 millones. Todos tienen parte de razón. Pero admitamos la ironía: contratamos un paraguas para una lluvia que no llegó y lo pagamos con dólares de los verdaderos. Llámenlo cobertura o llámenlo ruleta: según los cálculos del economista Nau Bernues, la operación se comió cerca del 30 % de lo que el oro ganó en el año. Quien se cubre gana cuando le va mal; cuando todo sale bien, la cobertura sale cara. Apostar a la baja del oro no es inteligente. Una baja es solo estacional en este caso, ya que en el mediano y largo plazo el valor del oro siempre está en alza. Además, lo que uno lo pierde otro lo gana, y nadie responde quien ganó los más de 1.000 millones de dólares que el país perdió en la especulación financiera.

 La paradoja es que el mérito en el aumento del valor en dólares de la reserva de oro, hasta ahora, no es nuestro. El valor del oro en el balance pasó de unos 4.024 millones de dólares, cuando asumió Javier Milei, a unos 8.586 millones a mediados de enero de 2026, sin que se sumara una sola onza. Fue el mercado, no una estrategia, quien hizo el trabajo.

Burkina Faso, en cambio, juega a otra cosa. En 2024 impuso un código minero que obliga a procesar dentro del país la producción. Creó una empresa minera estatal que se quedó con minas que antes operaba una compañía extranjera. En mayo anunció un fondo soberano minero. Y el 28 de septiembre, cinco días antes de que su selección improvisada aterrizara en Buenos Aires, inauguró en Uagadugú su primera refinería de oro, con una capacidad que, según la fuente, va de 150 a 164 toneladas por año. Es decir, el país que perdió 7 a 0 está jugando un partido que no sale en la tele: el de decidir qué se hace con lo que tiene bajo tierra.

No se trata de canonizar a nadie. El gobierno militar de Burkina Faso también tiene sus problemas. Human Rights Watch documentó crímenes de lesa humanidad atribuidos a sus milicias aliadas y a un grupo armado vinculado a Al Qaeda, en el marco de una guerra contra el terrorismo islámico que asola parte de su territorio. Y la refinería tiene un problema que ningún decreto resuelve: necesita oro para funcionar y todavía no tiene asegurado el abastecimiento total para operar a capacidad máxima.

Pero la distinción sirve para el otro lado de la cuenta. Un país golpeado por la violencia, sin litoral y con un plantel que viaja con cinco horas de margen previo a un partido de fútbol, entendió que el oro no es solo un metal brillante: es un instrumento de poder. Argentina, con una reserva inmóvil desde hace cinco años y una parte cubierta con derivados, lo trata como una ficha más de la mesa de dinero.

La lección del 7-0 es, entonces, la inversa de la que dice el marcador. Ganar un partido es fácil cuando el rival llegó desvelado. Lo difícil es llegar a la próxima crisis descansado, a tiempo y con el oro a la vista. Burkina Faso no durmió para llegar al Monumental; Argentina duerme con parte de su oro en el extranjero. Si hay que elegir quién está más despierto, habrá que mirar el oro, no el marcador.

Por Ignacio Stankewitsch