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Sofismo digital: tiempos de IA

En el frescor del plátano que custodiaba las orillas del río Iliso, Platón inmortalizó en el Fedro una advertencia que hoy, veinticuatro siglos después, resuena con la fuerza de una profecía matemática. El dios Theuth, orgulloso inventor de los caracteres sagrados, le presentó la escritura al rey Thamus como un elixir para la memoria y la sabiduría. El monarca, lejos de deslumbrarse, rechazó la ofrenda con una lucidez implacable: aquello no era un fármaco para recordar, sino para el olvido; un artilugio que sembraría la ilusión de saber en hombres que, en realidad, solo acumularían datos externos sin haber comprendido nada.

Hoy asistimos al advenimiento del sofista definitivo. La Inteligencia Artificial se nos presenta en el mercado global con la misma promesa mesiánica de Theuth: una prótesis cognitiva capaz de redactar, conectar, pintar y decidir por nosotros. Sin embargo, al igual que los viejos maestros de la retórica helénica, la IA domina la perfección formal pero carece de episteme, de compromiso con la verdad y de experiencia vital. Es una máquina probabilística que nos entrega discursos irreprochables y empaquetados para el consumo inmediato, ahorrándonos el "sufrimiento" de
pensar. En la era del algoritmo, corremos el riesgo de transformarnos en ciudadanos de una doxosophia generalizada: sabios en apariencia, profundamente ignorantes en la práctica.

Esta automatización del intelecto se ensambla a la perfección con la inercia de nuestros tiempos líquidos. La modernidad hipertecnológica ha desatado una guerra silenciosa pero feroz contra el concepto mismo de proceso. Hubo una época, no tan lejana, en la que el simple acto de comer una empanada exigía habitar el tiempo: requería el pastoreo y la faena del animal, la molienda del trigo para la harina, el reposo de la masa y el dominio del fuego. Hoy, esa compleja coreografía humana y natural se ha reducido a la fricción de un dedo sobre el vidrio templado de un teléfono; un par de clics en una aplicación de delivery y el producto aterriza en la mesa. Hemos borrado el camino para glorificar el destino.

El problema radica en que, tanto en la cocina como en el espíritu, los subproductos más valiosos nacen estrictamente del tránsito, nunca de la inmediatez. Los antiguos llamaban a esto sophrosyne: la templanza. Pero la templanza no es un software que se descarga ni un insumo que se compra; es una virtud que se forja. El acero necesita pasar por la tortura del fuego y el rigor del choque térmico para adquirir su flexibilidad característica; el buen vino exige la paciente penumbra de la barrica para que los taninos decanten y el cuerpo madure. El pensamiento humano funciona bajo la misma ley física y existencial: necesita el conflicto con la dificultad, el borrador roto, la duda metódica y el peso de la incertidumbre para constituir un criterio sólido.

Al extirpar el esfuerzo intermedio, la Inteligencia Artificial y la cultura de la inmediatez están pariendo una intelectualidad quebradiza. Un pensamiento que no se ha templado en la fragua de la concentración sostenida es un pensamiento blando, propenso a resquebrajarse ante el primer embate de la complejidad o la contradicción. Confundimos la velocidad de procesamiento de nuestros dispositivos con nuestra propia lucidez.

Las cosas que carecen de un proceso que las sustente son intrínsecamente inestables. Un saber sin raíces en la experiencia propia se vuelve volátil, incapaz de sostener el tejido de una comunidad que necesita ir hacia adelante y construir. Si permitimos que el algoritmo sustituya nuestra capacidad de interrelacionar la realidad, terminaremos habitando un mundo técnicamente perfecto pero humanamente estéril. La IA debe ser una herramienta para liberar tiempo creativo, no el oráculo que nos exima de la hermosa e irrenunciable fatiga de pensar. Al fin y al cabo, lo valioso de una pregunta nunca fue la respuesta instantánea, sino el ser humano en el que nos convertimos mientras
intentamos descifrarla.

Por Facundo Gélvez Jaureguy