Ezequiel identifica en el desprecio que recibió de su primera relación seria lo que le provocó su cortocircuito con el amor. Todas sus historias amorosas terminaban en fracaso, hasta que en terapia comprendió que el problema era él por no saber elegir. “Confieso que no sé bien qué es eso de querer. No le tengo miedo al amor en sí, le tengo miedo a las personas”, dice
Este domingo es diferente a otros. Ezequiel (36) es uno de nuestros fieles lectores de Amores Reales, pero curiosamente no nos escribió para contarnos su gran historia, sino más bien para revelarnos que anda descreído del amor. Dice que es algo que le viene pasando desde los 18 años y que los sucesivos fracasos lo han llevado a no creer en la pareja ni en el matrimonio. Es más: asegura no saber bien de qué se trata el amor porque nunca se lo han demostrado cabalmente.
Esta es la historia que hoy relata Ezequiel.
“Viví casi toda mi vida en la ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Parque Patricios. Al terminar la primaria, pasé a una escuela técnica donde hice todo el secundario. Mi familia se compone de papá, mamá y un hermano seis años mayor que yo. Tengo que reconocer que no me faltó nada. Estuvieron para llevarme a la escuela, al médico y, en lo cotidiano, tuve todo lo materialmente necesario, pero siento que me faltó lo más importante: el cariño”, cuenta. Explica que siente que no recibió el amor que realmente precisaba. Buscando razones, cree que quizá eso pasó “porque mi hermano era medio tiro al aire y por ese motivo le prestaron mucha más atención. Yo no daba nada de trabajo”. Cuenta que no en vano su hermano, entre tropiezo y tropiezo, vuelve siempre a vivir con sus padres: “Mis padres nunca le pusieron los puntos y yo me sentí abandonado en lo emocional. ¡Una vez tenía 15 años y volví a casa y mi hermano que tenía más de 20 estaba tomando cocaína con sus amigos! Usaba mi ropa, me quitaba la Play y hacía esas cosas pero mis padres no me escuchaban. Mi madre era muy negadora, es como que siempre vivió en otra realidad. Mi padre trabajaba todo el día, volvía y estaba conmigo un rato y después se iba a dormir. No es que no me quieran, es lo que les sale. Es lo que pueden hacer. No se conectan con las emociones”.
“En el secundario me puse de novio con una chica del barrio que se llamaba Gabriela. Ella tenía un compañero de clase que la perseguía. Era un tira y afloje. Un día fui a la casa de ese chico y le dije que la dejara en paz, que ella era mi novia, mi pareja. Estuvimos un año de novios. Casi al final de quinto año, Gabriela y sus compañeros se fueron de viaje de egresados. Al volver, ella me contó que con ese chico había pasado algo. Yo le vi en el cuello un moretón. Era un chupón. La relación se terminó y ella se puso de novia con ese chico con quien se casó años después. Esa ruptura me hizo sufrir mucho. Había sido mi primer amor. Encima, durante los últimos meses de clases, muchas veces yo iba caminando y los veía pasar en el colectivo escolar. Se asomaban y me gritaban cosas. Tanto bullying me hizo mal y eso quizá me hizo cerrarme al amor”.

Ezequiel coqueteó con su kinesióloga hasta que decidió avanzar. "Me trató muy mal, como si fuera un desubicado. Enseguida me aclaró que estaba de novia, que tenía pareja. Sentí una tristeza infinita. ¿Qué había hecho mal? ¿En qué me había equivocado?" (Imagen Ilustrativa Infobae)
Breves historias tóxicas
Terminado el colegio, Ezequiel estudió para Técnico en Seguridad e Higiene y, después, Educación Física. Se recibió en 2019 y se dedicó a la docenci
Sus siguientes relaciones afectivas nunca duraron demasiado. Todas las historias que siguieron a la primera resultaron, según reflexiona, contradictorias: “Fueron relaciones ambivalentes. Chicas que no querían nada serio, pero que me decían que me extrañaban. Yo me enganchaba y todo era muy confuso. Que sí, que no y terminaban en caos invariablemente. Habré tenido, hasta el día de hoy, unas ocho relaciones más y todas fueron tóxicas. Ninguna demasiado importante, cero compromiso y pura ambivalencia. Nunca un vínculo real. Quizá me boicotee, no lo sé, pero entre los 20 y los 30 prioricé mi juventud y divertirme y siempre las personas que elegí fueron destructivas”.
Una de esas mujeres que eligió fue su kinesióloga.
“Se llamaba Isabel y me atendía por una rectificación cervical. Me hacía chistes, me escuchaba, parecía interesada en lo que yo le contaba, me daba afecto, me decía ‘¡qué lindo estás! Uyyy me enamoré’. Fueron meses de histeriqueo por celular y por redes. Me coqueteaba, me mandaba fotos. Un día me animé y la encaré. Me trató muy mal, como si fuera un desubicado. Enseguida me aclaró que estaba de novia, que tenía pareja. Nunca llegó a pasar nada. Pero yo sentí una tristeza infinita. ¿Qué había hecho mal? ¿En qué me había equivocado? Pensaba mucho y todo lo que comía lo vomitaba. Fui a varios médicos porque bajé doce kilos. Me hicieron hasta una endoscopía, pero no me encontraron nada. Al final, me dijeron que era nervioso. Había convertido a Gabriela en el amor de mi vida… La siguiente historia duró cuatro o cinco meses. A Micaela la conocí en Caballito y era maestra jardinera. Tuvimos buen sexo y conversaciones largas. Ella me decía cosas lindísimas, pero después me aclaraba que no quería nada serio. Un día me enteré de que había tenido relaciones sexuales con un tipo que salía ahora con una amiga mía, justo en la época en que me había conocido. Le pregunté si era así. Primero me lo negó y al final cuando le dije que ella siempre decía que era de una manera y resultaba que era de otra y mentía… se levantó y me pegó con el pulóver. Me fui corriendo de su casa, como en las películas. Cuando estaba en el tren me envió un audio donde me explicó que en realidad no quería nada serio. Listo. Otro fracaso más. Hubo algunas historias más. Una fue con una chica muy atractiva con la que empecé a salir, pero justo yo estaba sin trabajo y ella exigía que yo pagara todo. Tampoco anduvo. Tuve muchos vínculos más, promiscuos y menos serios”.

"Un día me levanté harto y me dije: no puede ser que siempre salga todo mal, el problema no es de ellas, el problema soy yo que no sé elegir" (Imagen Ilustrativa Infobae)
Terapia y búsqueda de culpables
“Mis historias terminaban siempre igual. Un día me levanté harto y me dije: no puede ser que siempre salga todo mal, el problema no es de ellas, el problema soy yo que no sé elegir. Empecé terapia y descubrí un montón de cosas. Pude ver cómo me afectó la falta de comunicación profunda con mis padres y con mi hermano. También comprendí que en las relaciones con las mujeres yo insistía demasiado aunque me dijeran que no. Eso generaba rechazo. Hoy soy plenamente consciente de que elegía mal y que uno es responsable de sus elecciones”, analiza Ezequiel sobre el momento en que comenzó terapia con 27 años.
El psicoterapeuta logró que Ezequiel viera sus errores, pero sus gustos no cambiaron y siguió con lo que considera malas elecciones.
¿Por qué cree que elige mal? Intenta explicarlo, pero no le resulta fácil: “Elijo, pero elijo mal. Quizá sea a propósito, mi inconsciente, porque temo comprometerme. A mí me gustan los perfiles tóxicos, las mujeres que no quieren construir. En cambio las que buscan formar una familia me aburren. Las personas más complejas y tóxicas me generan más adrenalina. Con ellas el sexo es más ardiente y desaforado. Es lo que me gusta, pero ya sé que ahí no se puede construir nada. ¿Pero cómo hago? Eso es lo que naturalmente me atrae. Hoy me gustaría construir. Entender el amor. No lo entiendo, pero quisiera conocer el buen amor para hacer una pareja”.
Hace un par de años, Ezequiel se mudó al sur. Ahora habla con Infobae desde San Martín de los Andes, donde se desempeña como docente.

Ezequiel se imagina así: viviendo en el sur con una pareja estable y una familia consolidada (Imagen Ilustrativa Infobae)
“Cada tanto voy a Buenos Aires a visitar a mi familia, en vacaciones y fiestas. Y, para ponerte al tanto de mi vida amorosa actual… hasta ayer tuve una relación parecida a todas. O, por ahí, no tanto. Porque Agustina, así se llama, es más grande, tiene dos hijos chicos, y fue la primera mujer en mi vida que me dijo que me quería. Pero al final tampoco quiso comprometerse, ponerse de novia ni que conociera a sus hijos. Dudas, dudas, siempre dudas. Duramos cuatro meses, en los que tengo que reconocer que me trató muy bien. Yo también le decía que la quería. Aunque confieso que no sé bien qué es eso de querer. No le tengo miedo al amor en sí, le tengo miedo a las personas. Me cuesta confiar. Creo que es por lo que sufrí”.
¿Sueña con casarse? “No porque no creo en el amor, no lo conozco. No podría casarme pensando que me van a dejar. Me da temor. Siempre dudaría por qué me eligió a mí… No creo que me puedan querer. No sé si no soy querible, no sé si podría manejarlo. ¿Hijos? Nunca me interesaron los niños, pero sí me podría llevar bien con alguien que tenga hijos. No quiero uno mío propio porque implica dejar tu vida y es algo que no estoy dispuesto a hacer”.
El próximo 8 de mayo cumplirá 37 años. Aún no sabe qué deseo le pedirá al universo: “Durante años elegí no estar en pareja, hoy quizá querría construir una. Me gustaría tener proyectos de pareja, casa, viajar… y que no me dé pánico”.
La última pregunta: ¿por qué lee esta sección de amores si está tan decepcionado?
“Porque me da muchísima curiosidad ver las historias de otros. Y porque, si bien no sé si existe, me encantaría experimentar el amor y sentirme querido por alguien”.
Por Carolina Balbiani -Infobae

