En el Parque Provincial Patagonia Azul, en la provincia de Chubut, Lucas Beltramino (38) registra ballenas y reconstruye sus rutas por el Atlántico Sur. Qué pistas sigue para encontrarlas, cómo logra identificarlas y cuáles son los riesgos que la especie enfrenta hoy
Navegamos por el Mar Argentino, en la costa del Parque Provincial Patagonia Azul, en la provincia de Chubut. Es una tarde soleada de marzo y la popa de la embarcación ofrece una buena vista del paisaje. Lo primero que vemos son cormoranes. Nos explican que se trata de un ave típica de la zona, que se caracteriza por capturar peces zambulléndose bajo el agua. Más adelante nos cruzamos con patos vapor: se los llama así porque su aleteo sobre el agua produce un efecto similar al de las paletas de un barco a vapor. No hay otros barcos a la vista. Somos apenas un punto en el agua. De pronto, aparecen toninas. Son varias y les gusta moverse en zig-zag por la proa y los laterales de la nave.
En el timón está Lucas Beltramino, licenciado en Ciencias Biológicas, buzo profesional y navegante. Actualmente es responsable del programa de monitoreo de ballenas, de tareas técnicas y científicas y de actividades náuticas en el Proyecto Patagonia Azul de Rewilding Argentina. Lo acompaña Tomás Tamagno,otro joven biólogo, que también forma parte del equipo.
En febrero pasado, durante una de sus típicas jornadas de monitoreo en la costa chubutense, ambos fueron testigos de un hito: por primera vez avistaron una ballena azul, el animal más grande del planeta. Si bien existen registros ocasionales de la especie en el Golfo San Jorge, cerca de Comodoro Rivadavia, la información sobre su presencia en el sector norte del golfo era inexistente hasta ahora. Está catalogada como “En Peligro”, con una recuperación lenta y paulatina, tras la cacería comercial que sufrió el siglo pasado.
Así fue el avistaje de la ballena azul en febrero pasado. El hallazgo marcó un hito para la biodiversidad del Parque Provincial Patagonia Azul (Video/Rewilding Argentina)
Seguimos viaje. Aunque nadie lo dice, con este antecedente, hay cierta expectativa de ver ballenas. No una azul, pero sí alguna otra. En la zona se pueden avistar tres especies: las jorobadas (desde fines de octubre hasta marzo); las sei (desde diciembre hasta junio); y las francas (desde mayo a octubre). Por las dudas, mejor no hacerse ilusiones.
Pasamos por una isla donde conviven lobos marinos, cormoranes, gaviotas y petreles. Beltramino apaga el motor para que podamos contemplar mejor las especies y el paisaje. Los sonidos se superponen —los graznidos de las aves con los resoplidos de los lobos— suben y bajan en intensidad. El aire también cambia y un olor intenso —mezcla de sal, algas y guano (excremento acumulado de aves marinas)— se mete de golpe en la nariz.
La navegación continúa serena, hasta que alguien detecta un soplido de ballena. Somos ocho personas a bordo del barco y la excitación es absoluta. Algunas nos movemos hacia la proa: nadie quiere perderse lo que está a punto de suceder. Desde el timón, Lucas sonríe. Todavía recuerda la primera vez que vio una ballena, allá por 2020: “Fue como un relámpago. Sacó la cola y desapareció. Pude verla, pero no logré sacarle ninguna foto. Recién al año siguiente empezamos a ver algunas más y pudimos tomar imágenes”, cuenta.
¿Cómo es salir a buscar ballenas en mar abierto? ¿Qué pistas sigue para encontrarlas y de qué manera logra identificarlas? En esta entrevista con Infobae, responde esas y otras preguntas. Además, explica qué revelan los registros sobre las rutas migratorias, por qué Patagonia Azul podría ser una parada clave y qué riesgos enfrentan hoy las ballenas en el Atlántico Sur.

En la mayoría de esas islas e islotes que hay en Parque Provincial Patagonia Azul —alrededor de 60— hay colonias de aves marinas (Foto/Sofía Pusielnik. Rewilding Argentina)
De técnico electrónico a biólogo
Lucas Beltramino tiene 38 años y nació en Rosario, provincia de Santa Fe. Su historia con las ballenas —cuenta— empezó cuando era un niño, atraído por los documentales del naturalista británico David Attenborough. “Los grababa desde la tele en VHS para poder mirarlos una y otra vez”, recuerda.
A pesar de su interés en el medio ambiente, se formó para ser técnico electrónico y, durante un tiempo, se dedicó a la programación. En 2008, cuando cumplió 21, decidió cambiar de rumbo: se mudó a Puerto Madryn y empezó a estudiar Ciencias Biológicas en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Al finalizar la carrera, participó durante seis años en el Programa de Monitoreo Sanitario de la Ballena Franca Austral y, en paralelo, se desempeñó como instructor de navegación a vela.
A Rewilding Argentina se sumó en 2019. Un año después, en 2020, se instaló en la localidad de Camarones con su familia y comenzó a explorar el mar con mayor intensidad. En una de sus primeras salidas tuvo su primer contacto con una ballena jorobada. No fue un encuentro cualquiera. “Cuando tenía siete años fui a Puerto Madryn a ver ballenas y me compré un collar que tenía la imagen de una ballena jorobada. Aunque no era como la franca que yo había visto, me quedó una fascinación por esa especie, que recién pude conocer a los 32 años. Me llevó tres décadas encontrarla...”, dice entre risas.

A pesar de su interés en el medio ambiente, Lucas se formó para ser técnico electrónico y, durante algunos años, se dedicó a la programación (Foto/Sofia Franchella. Rewilding Argentina)
El punto de inflexión llegó en 2021, cuando comenzó a registrar más ejemplares de ballenas y a fotografiarlos. A partir de la recomendación de un colega, empezó a subir esas imágenes a la plataforma Happy Whale, que compara las fotos con un catálogo internacional. “Al tiempo, recibimos un aviso desde la misma página que nos decía que había una coincidencia entre una de las ballenas que nosotros habíamos visto y una que había sido registrada en Brasil. Era la misma”, explica.
“Lo que diferencia a una ballena de otra es la cara inferior de la cola: esa es su huella digital. No hay dos iguales”, agrega.
Ese hallazgo no solo confirmó la utilidad del método, sino que abrió una nueva línea de trabajo. Desde entonces, cada vez que sale al mar, el equipo de Rewilding Argentina toma imágenes y amplía su propio catálogo de ballenas jorobadas. Hoy, tras cinco temporadas, llevan identificados 222 individuos.

La cara inferior de la cola de cada ballena tiene patrones únicos: es su “huella digital”. No hay dos iguales. Como el sexo no siempre puede determinarse, hay varias que figuran como “D” (desconocido) en el catálogo (Foto/Captura)
La rutina en el mar
“Tratamos de salir bien temprano por la mañana para estar la mayor parte del tiempo en el mar”, cuenta Beltramino sobre su rutina. “En Chubut, durante el verano, amanece antes de las cinco de la mañana y oscurece después de las nueve de la noche. Así que tenemos jornadas muy largas”, explica.
Por lo general, la mayor limitante que enfrentan es el viento. “Cuando sopla mucho del sur, las ballenas se alejan de la costa y van hacia lugares donde el mar está un poco más ‘armado’. También es un límite para una navegación segura. Pero mientras el viento y el mar nos lo permitan, estamos en el agua recorriendo, buscando a las ballenas, acercándonos y haciendo fotos”, detalla.
En estos últimos años, el equipo también empezó a tomar biopsias (muestras de piel) que, tras ser analizadas, les permiten incorporar otro tipo de información. “Por un lado, podemos conocer la proporción de machos y hembras. Por otro, se pueden comparar distintos marcadores del ADN con poblaciones ya conocidas, como la de Brasil o la del Pacífico”, cuenta.
Además, en enero de este año, marcaron tres ballenas jorobadas con dispositivos satelitales. “Son aparatos GPS que envían la localización de cada individuo en tiempo real. De los tres que colocamos, solo uno continúa transmitiendo. Los otros dos se soltaron hace poco más de un mes, pero durante ese tiempo las ballenas permanecieron en el área alimentándose. El individuo que sigue transmitiendo se empezó a alejar mar adentro y se fue a Georgias del Sur. Hoy se está alimentando en esa zona. Esperemos que el dispositivo siga transmitiendo y ver si, en su migración hacia el norte, vuelve a pasar por acá o sigue hasta Brasil. Sería un dato novedoso”.
Más allá del trabajo científico, hay una dimensión menos visible: la del vínculo que se construye con cada ballena a lo largo del tiempo. “Volver a ver a un individuo que viste hasta tres temporadas es superfantástico. No te digo que sea como reencontrarse con un amigo, porque capaz que la ballena no me reconoce; pero avistarlas nuevamente en el mismo lugar, incluso encontrarlas con un día de diferencia respecto al año anterior, es increíble”, cuenta Lucas.

"Hay ballenas muy curiosas que, cuando apagamos la embarcación, se acercan y empiezan a observar", cuenta Lucas (Foto/Horacio Barbieri.Rewilding Argentina)
—¿Qué señales permiten detectar la presencia de una ballena en el mar?
—El soplido es la señal más visible: se puede ver a kilómetros de distancia. También puede aparecer un salto, aunque es más esporádico. Cuando caen al agua generan un splash enorme que también se ve desde lejos. Pero el soplido es lo que más las delata. De hecho, era la pista que usaban para cazarlas. Hay otras formas de registrarlas, por ejemplo con hidrófonos, que son micrófonos que se colocan en el mar y captan sus sonidos.
—Una vez que la detectan, ¿qué hacen?
—Siempre que el animal lo permita, nos acercamos. Después esperamos el momento en que levantan la cola —la aleta caudal—, que es cuando se sumergen para alimentarse, y tomamos una foto. Luego registramos la fecha, la hora y la posición geográfica y volcamos toda esa información en una base de datos. Al mismo tiempo, subimos las imágenes a Happy Whale. Entonces, por un lado, tenemos nuestro catálogo y nuestras observaciones y, en paralelo, tenemos ese plus de información que nos da este sitio web.
—Cuando cargan esas fotos y aparecen coincidencias con registros de ballenas en otros lugares, ¿qué significa eso?
—Hoy tenemos alrededor de quince coincidencias con avistajes en Brasil, unas seis o siete en la Antártida y dos en el canal de Beagle. Son importantes porque empiezan a dibujar un mapa de por dónde se mueve esta población de ballenas. Hasta ahora, lo que se sabía de las jorobadas del Atlántico Sur es que, después de reproducirse en Brasil, migraban hacia las islas Georgias del Sur y la Antártida por dos rutas oceánicas, pero ninguna costeando. Lo que estamos viendo ahora es que hay al menos una tercera ruta, más cercana al continente, y que Patagonia Azul es una parada muy importante para muchas ballenas. Este año registramos más de cien individuos en una pequeña porción del parque, lo cual indica que una parte significativa de la población está usando esta zona. Son varias las que regresan temporada tras temporada y permanecen meses alimentándose en el área.

El salto de una ballena jorobada (Foto/Krissia Borja.Rewilding Argentina)
—¿Hay posibilidad de interactuar con las ballenas o los encuentros son más bien fugaces?
—Hay individuos muy curiosos que, cuando apagamos la embarcación, se acercan y empiezan a observar. Sacan la cabeza, como si también nos estuvieran mirando. Te sentís avistado por una ballena. Hemos tenido la suerte de vivir encuentros así, en los que se genera una conexión. Son inolvidables. Estás frente a los animales más grandes del mundo y, sin embargo, hay una curiosidad compartida: nosotros asomándonos al agua, ellos a la superficie. Son conexiones difíciles de explicar.
—¿Qué interpretación hacen acerca de los movimientos de las ballenas?
—Muchos están vinculados a los patrones de alimentación. En general, la ballena jorobada se alimenta bajando entre veinte y sesenta metros. Uno ve que respira dos o tres veces seguidas y después se arquea: saca la cola y se sumerge. Bueno, eso lo hace para buscar alimento. También las vemos saltar, aunque ese comportamiento todavía no está del todo explicado. Se cree que puede ser una forma de comunicación entre ellas, de sacarse parásitos o incluso algo territorial, pero es difícil de comprobar. Y después está el comportamiento de curiosidad a partir del cual algunos individuos se acercan a la embarcación y el comportamiento de juego. Vemos algas flotando y la ballena como que las busca, las levanta con la cabeza o las toca con una aleta. Juegan como niños en el agua.

La mejor época para ver ballenas jorobadas en el Parque Provincial Patagonia Azul es desde fines de octubre hasta marzo (Foto/Maike Friedrich.Rewilding Argentina)
—¿Qué riesgos enfrentan hoy las ballenas?
—Afortunadamente, la caza ya no es el principal riesgo. Y eso es un avance enorme, porque durante mucho tiempo fue devastadora. Hoy hay amenazas directas, como las colisiones con embarcaciones o el enmallamiento, es decir, quedar atrapadas en redes. Hemos visto muchas ballenas con cicatrices de hélices o de cabos que se les enredaron. Sin embargo, el mayor problema es otro: la competencia por el alimento. En la Antártida, por ejemplo, se está pescando krill, que es la base de la cadena alimenticia de los mamíferos y aves marinas. Cada año hay más barcos y se baten récords de captura. Por las toneladas que sacan, el impacto que tiene en la fauna marina es increíble. Lo mismo ocurre con la pesca de arrastre. Se pesca langostino o merluza, pero muchas veces se arrasa con todo lo que hay en el fondo. Incluso se descarta parte de la captura: merluza cuando se busca langostino, langostino cuando se busca merluza. Entonces no solo se reduce el alimento disponible, sino que también se desperdicia.
—¿Qué aporta hoy el Parque Provincial Patagonia Azul a las ballenas y al ecosistema?
—El parque representa un beneficio enorme para todas las especies marinas, no solo para las ballenas, sino también para los lobos marinos, los pingüinos y muchas aves que se reproducen en la zona. Hasta hace diez o quince años se hacía pesca de arrastre entre las islas. Hoy eso está prohibido —o al menos se ha alejado— y eso ya es significativo. Todo ese alimento que no se extrae queda disponible para la fauna. Además, el área puede ser parte de esta ruta migratoria. Tener un lugar donde alimentarse durante varios meses, sin necesidad de ir directamente hasta la Antártida, puede mejorar el éxito reproductivo cuando vuelven a las zonas de reproducción. Está demostrado que, cuando los animales están bien alimentados, ese éxito aumenta. Con esta información, la idea es poner en valor la importancia del área y ampliar la conservación, buscando también un impacto positivo en las comunidades locales. Que lugares como Camarones puedan beneficiarse a través de actividades como el turismo, y avanzar hacia un modelo menos extractivo y más vinculado con el ambiente.

La pesca de krill pone en riesgo la principal fuente de alimento de las ballenas (Foto/Maike Friedrich.Rewilding Argentina)
Finalmente, la vemos. Una ballena jorobada. Asoma la cola y vuelve a sumergirse. Es un instante, pero alcanza para fotografiarla y filmarla. Lo más impactante llega después. El mar queda completamente liso, como una hoja. No hay olas, no hay movimiento: solo una superficie quieta.
Desde el timón, Lucas sonríe en silencio: “Para mí esto es una pasión y me gusta transmitirla. Siempre que puedo, dedico el tiempo a salir a navegar con gente, con mi esposa Miriam y mis dos hijas. Tengo la suerte de que sea mi trabajo, pero me gusta que puedan conocerlo y transmitirlo. Creo que es importante transmitir estas cosas, porque uno solo observando y registrando no va a hacer que perdure. Tenemos que transmitirlo y contagiarlo para que las próximas generaciones puedan seguir disfrutándolas en el futuro”.
Por Florencia Illbele-Infobae

