La decisión de suspender la llamada aduana paralela cambia las reglas y obliga a todos a jugar en serio: el gobierno de Misiones asume el riesgo y traslada la prueba al terreno donde la oposición construyó su discurso durante años. En paralelo, el Concejo Deliberante de Posadas expone otra cara de la política: acuerdos que no explican, oposiciones que no ordenan y gestos que reemplazan a las soluciones. Entre una jugada que abre el partido y un cuerpo que sigue jugando en chico, queda en evidencia dónde se discute de verdad y dónde se administra la superficie.
Hay partidos que se rompen con una sola jugada. No porque definan el resultado en ese momento, sino porque cambian la lógica del juego. Un equipo que venía administrando la pelota decide patear al arco desde mitad
de cancha. Es un riesgo. Puede salir mal. Pero obliga a todos a reacomodarse.
Algo de eso pasó con el discurso de Hugo Passalacqua en la apertura de sesiones de la Cámara de Representantes del 1 de mayo.
El anuncio de la suspensión del cobro anticipado de Ingresos Brutos en los puestos de control en los accesos a Misiones—la mal llamada aduana paralela— fue esa jugada. No fue decorativa. Fue directa. Y sobre todo,
incómoda.
Durante años, ese esquema fue el blanco preferido de empresarios, comerciantes, libertarios y buena parte de la oposición. Era el argumento perfecto. Siempre disponible. Siempre efectivo para marcar diferencias. Ahora
ese argumento entra en cancha.
Desde el 1° de julio, la mayoría de las empresas dejará de pagar ese anticipo al ingresar a la provincia. Los controles quedarán limitados a lo documental.
Solo un grupo reducido seguirá cumpliendo, pero de manera digital. Es un cambio operativo, sí, pero sobre todo es una decisión que expone.
Porque implica resignar una herramienta de recaudación en un momento donde cada peso cuenta. Y ahí está el punto.
Passalacqua no vendió la medida como una solución mágica. La planteó como un partido a doce meses. Un período para ver cómo responde la economía. Si se mueve, si reacciona, si aparece lo que durante años se
prometió desde el discurso.
Durante mucho tiempo, desde sectores libertarios y parte de la oposición, se jugó con una idea simple: menos intervención, más libertad, mejores resultados. Que sacando presión, el sistema iba a fluir solo. Bueno, ahora
tienen la pelota en su campo. A jugar con pelota ajena.
La provincia decidió aflojar en uno de los puntos más cuestionados. No en teoría, en la práctica. Con impacto real. La pregunta es concreta: ¿hay reacción? Si la hay, el planteo gana fuerza. Si no la hay, queda claro que el problema no era solo ese. Ese es el valor político de la jugada. No cierra el partido. Lo abre.
El discurso del 1° de mayo también dejó otra señal. La necesidad de salir del circuito cerrado, de ir al contacto real, de mirar lo que pasa afuera de la estructura. Porque cuando la economía golpea, no alcanza con tener la
pelota. Hay que saber qué hacer con ella.
Mientras tanto, algunos siguen jugando otro partido.
Aparecieron críticas laterales, discusiones sobre nombres, sobre formas. El ex gobernador radical, Ricardo “Cacho” Barrios Arrechea se paró en ese lugar. Pero es ruido de tribuna. Porque lo que está en juego no es cómo se
llama el equipo, sino cómo juega. La memoria también entra.
El tucán volvió a aparecer, ahora desde la vereda de los que opinan sobre estética política. Tiene algo de ironía. El mismo símbolo del EMITUR, que en su momento representó una etapa donde el negocio del turismo tenía dueños
bastante claros, hoy intenta dar lecciones. Y sí, el tucán siempre tuvo ventaja: con ese pico grande, agarraba mejor. La memoria, en política, no siempre es cómoda.
En medio de tantas palabras vacías, lo concreto es esto: una medida que durante años fue reclamada finalmente se tomó. Y se tomó en el peor contexto posible. Eso la vuelve más pesada.
Porque obliga a todos a jugar en serio. Al gobierno provincial, porque asumió el riesgo. A la oposición, porque se quedó sin argumento fácil. Y sobre todo a los libertarios, porque ahora tienen que demostrar que lo que proponían
funciona cuando la pelota empieza a rodar. Se terminó el relato liviano. Ahora empieza el partido donde el resultado no seexplica. Se ve.
La corporación
Hay escenas donde todo parece funcionar en la superficie: los gestos son correctos, el vestuario ordenado, los discursos prolijos. Pero cuando la cámara se acerca, aparecen los huecos. Algo de eso pasó en el Concejo
Deliberante de Posadas en la sesión del jueves último.
El intendente Leonardo “Lalo” Stelatto logró lo que en política local no es menor: la aprobación del balance municipal del 2025 con votos propios y ajenos. Una especie de mayoría ampliada que, más que fortaleza, deja una
pregunta incómoda. Porque ese mismo balance arrastraba inconsistenciasevide ntes. Recursos que no se ejecutaron, áreas que quedaron vaciadas tras el recorte de personal y ninguna explicación clara sobre el destino de esos fondos. Sin embargo, casi nadie preguntó.
El acompañamiento de concejales opositores como María Elena Fernández, vicepresidente segundo del cuerpo, de La Libertad Avanza; Fernando Zarza, de Hacemos; Ángel Mario Martínez, de Por la Vida y los Valores y Judith
Salom, de la Unión Cívica Radical (UCR), terminó de cerrar una escena donde el oficialismo no solo gestionó, sino que construyó una lógica de respaldo transversal. Una corporación, en términos políticos. No declarada,
pero efectiva. En ese movimiento, la oposición quedó expuesta.
Sobre todo el sector que se referencia en La Libertad Avanza. Pablo Argañaraz, presidente del bloque y el influencer Santiago Horianski, dos de las voces más visibles del espacio, no lograron ordenar el voto opositor ni
construir una posición común frente a un tema clave como el balance. El resultado fue evidente: acompañamientos dispersos, falta de estrategia y una señal preocupante hacia adelante. Sin capacidad de articulación, la oposición
se diluye. Pero no fueron los únicos.
Del lado del oficialismo también hubo señales de improvisación. Jair Dib, jefe del bloque de Encuentro Misionero, presentó un proyecto para obligar a la empresa de capitales norteamericanos Servicio de Agua de Misiones
Sociedad Anónima (SAMSA) a instalar bloqueadores de aire en los medidores de la red de agua potable que abastece a los barrios de la ciudad.
La iniciativa apareció en sintonía con un reclamo real de los vecinos, golpeados por la falta de servicio y facturas elevadas durante el verano. El problema no fue el tema. Fue la forma.
El proyecto se superpuso con otro impulsado por Valeria Gómez de Olivera, desde La Libertad Avanza, con el mismo objetivo. Cuando llegó al recinto, no consiguió respaldo suficiente. Ni siquiera dentro del propio oficialismo, cuyos
miembros optaron por la abstención. Y con las ausencias de Argañaraz y Salom, terminó cayendo. Los votos del propio Dib y algunos otros opositores no fueron suficientes en un contexto donde oficialistas y opositores empatan
en siete.
El dato político es doble. Por un lado, muestra un oficialismo que puede ordenar lo estructural —como un balance— pero que falla en iniciativas más sensibles si no están bien trabajadas. Por el otro, deja a la oposición en una
posición todavía más débil: ni construye alternativas, ni sostiene presencia.
En rigor, la propuesta de Dib tenía más de gesto que de solución. Pretender que una empresa como SAMSA instale bloqueadores de aire en más de 230 mil conexiones en poco tiempo no es un plan, es una consigna. Suena bien,
pero no resiste el primer análisis técnico.
Ahí aparece el problema de fondo.
El Honorable Concejo Deliberante de Posadas funciona muchas veces como una caja de resonancia de gestos políticos antes que como un espacio de resolución concreta de problemas. Se votan balances sin demasiada
discusión y se presentan proyectos que difícilmente se puedan ejecutar.
Mientras tanto, los vecinos siguen con los mismos problemas: el agua que no llega, las facturas que sorprenden, las respuestas que no aparecen.
La política, en ese nivel, debería ser más simple: escuchar, entender y resolver. Pero hoy parece estar en otra sintonía.
Y esa distancia, con el tiempo, se paga.
Por Sergio Fernández

