Cada 15 de abril, los palestinos conmemoran la expulsión forzada de más de 750.000 habitantes de sus aldeas por la creación del Estado de Israel en 1948. En el marco de una cotidianeidad de represión bajo la ocupación israelí, muchos palestinos consideran que la Nakba ('catástrofe', en árabe) es un proceso que continúa, agravado por la invasión israelí en Gaza, las políticas anexionistas del gobierno de Benjamin Netanyahu y la violencia del Ejército y colonos en Cisjordania.
Las imágenes de palestinos huyendo a pie, con sus pocas pertenencias a cuestas, son un recuerdo y, a la vez, un hecho actual. A 78 años de la Nakba ('catástrofe', en árabe) –como se conoce al desplazamiento forzado de más de 750.000 palestinos de sus aldeas en el marco de la creación del Estado de Israel en 1948–, el éxodo y la violencia causados por Israel en Gaza y Cisjordania alimentan entre los palestinos el sentimiento de que la Nakba nunca acabó o que se repite en la actualidad.
En un discurso durante la jornada de conmemoración de la fecha en la ONU este viernes 15 de mayo, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, subrayó que se trata de una "catástrofe que continúa hasta el día de hoy" y denunció el "crimen de limpieza étnica infligido a nuestro pueblo palestino".
Su declaración –leída en Nueva York por Riyad Mansour, representante permanente de Palestina ante Naciones Unidas– intercaló referencias a esa Nakba de 1948 –que se tradujo en la expulsión de alrededor del 80% de los palestinos del territorio que luego se convertiría en Israel y en la destrucción de 531 ciudades y aldeas, según la Oficina Central de Estadísticas de Palestina (PCBS)– con una actualidad en la que "Israel, el poder ocupante ilegal, continúa cometiendo crímenes contra nuestro pueblo y ha perpetrado genocidio en la Franja de Gaza".
A su vez, el líder del partido Fatah remarcó: en Cisjordania, incluyendo Jerusalén Este, Israel "continúa matando y arrestando a nuestra gente", "expande sus crímenes" a través del "terrorismo de los colonos, la acelerada expansión de asentamientos y anexión" y "desplaza, invade, bombardea y asedia nuestras ciudades y campos de refugiados".
Así, subrayó Abbas, "se destruye la solución de dos Estados a la vista de todo el mundo, sin rendición de cuentas ni castigo, y sin justicia para el pueblo palestino y sus derechos".
Por eso consideró que "la causa palestina seguirá siendo la mayor prueba para el sistema internacional y su credibilidad", aunque confió en que "quien crea que la paz y la seguridad pueden lograrse sin hacer realidad los derechos del pueblo palestino, sin garantizar la independencia de su Estado dentro de las fronteras de 1967 y sin erradicar la ocupación israelí, sin importar cuánto tiempo tome, está equivocado".
Sus palabras resuenan mientras la denominada 'solución de dos Estados', abrazada por la comunidad internacional, corre riesgo de convertirse en un eslogan vacío cuando la realidad en el terreno muestra que un Estado palestino es cada vez más inviable por las políticas expansionistas de Israel, aceleradas bajo el actual gobierno de Benjamin Netanyahu.
Del mismo modo, la Autoridad Palestina –encargada de un autogobierno limitado en Cisjordania– ve cada vez más reducida su influencia y enfrenta un descontento muy mayoritario entre los palestinos, que lo consideran un órgano ineficiente, dominado por una élite corrupta y, a menudo, cómplice de las acciones de Israel.
"Esta segunda Nakba es más dura que la primera"
En Gaza es donde la Nakba se siente más presente que nunca. Desde octubre de 2023, según datos de las autoridades palestinas, la invasión israelí –investigada como posible "genocidio" en tribunales internacionales– ha matado a más de 72.000 personas, ha destruido más del 85% de sus edificios y ha desplazado múltiples veces a sus más de 2 millones de habitantes.
Más de seis meses después de que se declarara un cese al fuego patrocinado por Estados Unidos –que Israel viola regularmente–, la población de la franja se encuentra hacinada en menos de la mitad del territorio de 40 kilómetros de largo, rodeada por una zona ocupada por fuerzas israelíes, que han aprovechado la tregua para silenciosamente expandir la denominada 'línea amarilla', el límite ficticio con el que Israel delimita su presencia en el enclave.
La entrada de ayuda humanitaria, otro de los compromisos del acuerdo auspiciado por el Gobierno de Donald Trump, sigue siendo limitada –y se ha desplomado desde que Estados Unidos e Israel iniciaron su guerra contra Irán, el 28 de febrero pasado–, mientras el pacto sigue sin avanzar de fase y los negociadores de la bautizada 'Junta de Paz' se enfocan principalmente en el desarme de Hamás, algo sobre lo que el grupo islamista se niega a avanzar cuando aún no se cumplen plenamente los requisitos de la primera fase del acuerdo.

Para Yahya Abdelwahid Al Taybi, "pasamos de una Nakba a otra", pero "esta segunda Nakba es más dura que la primera".
Este hombre de 90 años le contó a la agencia EFE que, con apenas 12 o 13 años, tuvo que huir de su aldea natal, Al Jiyya, situada a unos 19 kilómetros de Gaza, ante el avance de las tropas israelíes en 1948. Entonces, su familia se instaló en el campamento de Shati, dentro de la franja, convirtiéndose en uno de los hoy 6 millones de refugiados palestinos y sus descendientes, que están distribuidos en campos de Cisjordania, Gaza, Líbano, Siria y Jordania.
Ese trauma revivió con la invasión israelí en el enclave palestino, que le forzó a huir al menos cuatro meses en los dos años de bombardeos y ataques, uno de los cuales le causó la pérdida de su pierna izquierda. Hoy, junto a su familia, malvive en una carpa de uno de los campamentos instalados en el barrio de Sheikh Radwan, en Ciudad de Gaza.
Pese a todo, asegura que "nunca perdí nada de mi dignidad" y, como tantos otros palestinos, defiende su derecho a permanecer en su tierra, al igual que sus cinco hijos. "No permito ni a uno de mis hijos que salga de esta tierra. O morimos todos juntos o vivimos juntos", concluye.
"Pensábamos volver al cabo de unos días"
"La Nakba no es solo un evento o una historia que terminó en 1948", asegura a EFE Zaher Al-Waheidi, en un audio enviado desde la ciudad de Gaza. "La situación actual de Gaza y Cisjordania hace hoy de la Nakba una realidad presente, y no una cosa del pasado".
En Cisjordania, la vida cotidiana está marcada por una violencia exacerbada de colonos israelíes, que, amparados o apoyados por soldados, elevan a nuevos récords sus ataques y fuerzan desplazamientos de comunidades. Según la Oficina de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), solo en 2026 ya se contabilizan más de 800 agresiones de colonos en 220 comunidades (un promedio de seis incidentes por día, con al menos 15 palestinos asesinados en estos ataques) y casi 2.000 desplazados forzados, una cifra inédita.
Por su parte, las autoridades israelíes han aprobado a ritmos sin precedentes la aprobación de nuevos asentamientos (ilegales bajo el derecho internacional) y la construcción de viviendas en las colonias, han multiplicado las demoliciones y desalojos de viviendas y estructuras palestinas, han reforzado los controles militares que dificultan la conexión entre ciudades y aldeas palestinas y mantienen redadas y operaciones letales. Acciones que, para organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional, permiten hace ya años calificarlo como un régimen de apartheid impuesto por Israel a los palestinos.

Mustafa Mohammad Abu Dayya, de 91 años, es también víctima de una Nakba que se repite. Nacido en 1934 en la ahora destruida aldea de Qaqun, en el centro de lo que hoy es Israel, tuvo que huir con solo 14 años ante el avance de las tropas israelíes.
"Cerramos la llave y nos fuimos. Pensábamos volver al cabo de unos días. Pero entonces bombardearon el pueblo y borraron sus monumentos", relata a la agencia de noticias palestina Wafa este hombre que, como la mayoría de refugiados palestinos, conserva la llave original de su vivienda, convertida en símbolo del "derecho al retorno" palestino.
En enero de 2025, la entrada de las tropas israelíes en el campo de refugiados de Tulkarem, al norte de Cisjordania ocupada, le forzó a dejar el hogar que construyó, también con la esperanza de regresar. Pero desde entonces, el Ejército israelí mantiene su ocupación de ese y otros campamentos, como el de Jenin, lo que para Abu Dayya se transformó en una réplica del anterior éxodo forzado.
Tanto antes como ahora, conserva el mismo deseo: "Esperamos que las condiciones mejoren. Y que podamos regresar a la patria de la que fuimos desplazados".
Otra marcha de ultranacionalistas israelíes tiñó Jerusalén Este de racismo y agresiones
La víspera de la Nakba coincidió con el denominado Día de Jerusalén, en el que Israel recuerda la toma y ocupación militar de Jerusalén Este tras la guerra de los Seis Días.
Como ya es habitual, en el evento principal de esa conmemoración, el 'Desfile de las Banderas', decenas de miles de ultranacionalistas israelíes –en su mayoría jóvenes, muchos procedentes de las colonias de Cisjordania– se movilizaron el jueves 14 de mayo por las calles de la Ciudad Vieja, entonando cánticos racistas y anti-árabes y protagonizando agresiones y acoso a los comerciantes palestinos –que se ven forzados a cerrar sus tiendas–, a activistas que intentan interponerse a las agresiones y a periodistas.
"Muerte a los árabes" o "Que tu aldea arda" fueron los eslóganes, como es costumbre, de estos grupos extremistas, que también golpearon y vandalizaron puertas de los comercios cerrados. Esos actos de violencia son tan usuales en esta marcha anual que algunos comerciantes judíos situados en la ruta del desfile colgaron carteles señalando que se trataba de propiedad judía para evitar que los dañaran.

Aunque la Policía israelí aseguró haber detenido a al menos 16 sospechosos de actos vandálicos "aislados", en su gran mayoría los efectivos dan libertad de acción a los extremistas, mientras en redes sociales circularon videos de agentes echando de la zona a activistas de izquierda que buscaban proteger a los comerciantes palestinos y a periodistas.
El periódico israelí 'Haaretz' denunció que uno de los oficiales empujó a una de sus reporteras, Lisa Dayan, después de que ella, identificada con chaleco de prensa, se negara a salir del área. Otros profesionales de los medios denunciaron escupitajos, empujones o intentos de quitarles sus móviles y cámaras por parte de los asistentes a la marcha.
Asimismo, antes del inicio de la marcha, el ministro ultranacionalista de Seguridad Interior de Israel, el extremista Itamar Ben-Gvir, desplegó una bandera israelí en la Explanada de las Mezquitas –o Monte del Templo, para los judíos–, donde se encuentra la Mezquita de Al-Aqsa, un acto provocador con el que reivindicó que la zona "está en nuestras manos".
Según el delicado statu quo de la Ciudad Santa, el área, administrada por el Waqf jordano, está reservada al culto musulmán. Sin embargo, Ben-Gvir se ha proclamado varias veces como el responsable de haber alterado esas normas y, este jueves, ingresó al complejo bajo una fuerte custodia policial y acompañado del legislador Yitzhak Kroizer, quien también realizó una postración frente al Domo de la Roca –violando el statu quo– y llamó a "deshacerse de todas las mezquitas y empezar a construir el Templo", en referencia al Tercer Templo que, según la creencia judía, debe erigirse en el lugar donde hoy se encuentra Al-Aqsa.
La Organización para la Cooperación Islámica (OIC, por sus siglas en inglés), integrada por 57 países del mundo musulmán, condenó las acciones de Ben-Gvir y recalcó que "izar la bandera de la ocupación israelí y realizar rituales provocadores dentro de sus patios, bajo la protección de las fuerzas de ocupación israelíes, se considera una agresión flagrante y una provocación deliberada a los sentimientos de los musulmanes de todo el mundo".
Fuente: FRance24

