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Irán: El golpe que Washington mandó detener y la CIA concretó

El domingo 16 de agosto de 1953, Kermit Roosevelt tenía motivos para creer que su carrera había terminado. Nieto de un presidente de Estados Unidos y jefe en Teherán del operativo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), acababa de ver fracasar el golpe de Estado contra el primer ministro iraní, Mohammad Mossadegh. El oficial encargado de entregar la orden de destitución había sido detenido por militares leales al gobierno, el Sha había huido a Bagdad y de allí a Roma, y desde Washington llegó un telegrama que ordenaba suspender la operación. Según el relato que difundió el cineasta iraní Maziar Bahari en la radio pública estadounidense NPR, Roosevelt no obedeció. Cuatro días después, un segundo intento tuvo éxito.

Durante décadas, Washington presentó aquello como un levantamiento popular contra un político complaciente con los comunistas. Sus propios archivos dicen otra cosa. En 2013, al cumplirse seis décadas, el instituto independiente National Security Archive, de la Universidad George Washington, publicó documentos de una historia interna de la CIA que consideró su primer reconocimiento formal: el golpe militar que derribó a Mossadegh se realizó bajo dirección de la agencia, como un acto de política exterior de Estados Unidos concebido y aprobado en lo más alto del gobierno.

El delito de Mossadegh era haber nacionalizado en 1951 el petróleo de su país. Hasta entonces, el recurso lo explotaba la Anglo-Iranian Oil Company, la empresa británica que hoy se llama BP, y Teherán recibía por él mucho menos de lo que recibía el fisco de Londres. Cuando Irán expropió, la compañía retiró a su personal y organizó un embargo mundial al crudo iraní. Gran Bretaña llevó el caso a la Corte Internacional de Justicia, que en 1952 se declaró incompetente. Mossadegh había ganado en La Haya. Perdió donde importaba: Londres, sin fuerza para actuar por su cuenta, buscó entonces el apoyo de una Casa Blanca recién llegada, y según los historiadores lo consiguió con el argumento que más vendía en 1953: la amenaza roja.

El método ocupa un lugar especial en los manuales del oficio. La CIA aprobó un presupuesto inicial de un millón de dólares y se puso a trabajar sobre tres frentes: sobornos a diputados y oficiales, propaganda y calle. Del primero hay constancia en la historia que escribió en 1954 uno de los planificadores, Donald Wilber: la agencia puso a disposición del nuevo gobierno cinco millones de dólares en los dos días posteriores a que el general Fazlollah Zahedi asumiera como primer ministro. La propaganda se apoyó en periodistas locales y en artículos plantados incluso en la prensa estadounidense. La calle quedó en manos de matones como Shaban Jafari, apodado «el Sin Cerebro», que movilizó a las turbas el día del golpe.

Entre los hechos que más sorprenden de la historia de Wilber, que The New York Times publicó casi completa en el año 2000 tras una filtración, está este: agentes iraníes que trabajaban para la CIA se hicieron pasar por comunistas para hostigar a líderes religiosos, y al menos la casa de un musulmán prominente fue bombardeada. El objetivo era volver a los clérigos contra Mossadegh. La agencia pagó atentados bajo bandera falsa para fabricar una amenaza que justificara lo que ya estaba decidido.

El resultado económico fue nítido. Tras la caída de Mossadegh, el Sha volvió a concentrar el poder. En agosto de 1954, bajo presión de Washington y Londres, se firmó un consorcio petrolero: la Anglo-Iranian recibió el 40 % del negocio y cinco compañías estadounidenses, las que hoy se conocen como Exxon, Mobil, Chevron, Texaco y Gulf, otro 40 % entre ellas; Shell se quedó con el 14 % y la francesa CFP con el 6 %. Las empresas de Estados Unidos entraban por primera vez en el petróleo iraní. Y en diciembre de ese año, la Anglo-Iranian cambió su nombre y pasó a llamarse British Petroleum. La empresa que Irán había querido recuperar salió del episodio con otro nombre, el 40 % de un negocio que antes controlaba entero y un gobierno dócil en Teherán.

Los historiadores discuten cuánto pesó el petróleo y cuánto el miedo a que la crisis económica entregara Irán a la Unión Soviética. Un artículo de 2019 en la revista Texas National Security Review defiende que los funcionarios temían sobre todo un colapso. El debate no altera lo que sigue. El Sha gobernó veinticinco años, según varios relatos con cada vez menos freno, y en 1957 creó la SAVAK, la policía secreta cuyo nombre quedó asociado a la vigilancia y la tortura. Algunas versiones sostienen que oficiales de la CIA ayudaron a organizarla. Mossadegh murió en 1967, sin haber salido de su arresto domiciliario.

El Estado que organizó el golpe tardó casi medio siglo en pronunciar una palabra de reconocimiento. En 2000, la secretaria de Estado Madeleine Albright lo calificó de revés para el desarrollo político de Irán y reconoció que la política previa había sido, en sus términos, miope. No hubo disculpa formal. En 2009, el presidente Barack Obama aludió al episodio en su discurso de El Cairo. La CIA, por su parte, mantenía clasificada gran parte de la historia de Wilber, hasta donde pude verificar, pese a una demanda presentada en 1999 con la ley de acceso a la información, y pese a que cualquiera puede leerla desde hace un cuarto de siglo en el sitio de un diario. Es una forma singular de guardar un secreto: custodiar con celo un documento que ya está en internet.

¿Y las víctimas, setenta y tres años más tarde? Irán vive hoy la consecuencia acumulada de una cadena de hechos de la que 1953 es el primer eslabón, aunque no el único. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel iniciaron una guerra aérea contra Irán que incluyó el asesinato del líder supremo, Alí Jameneí. Seis meses después, las negociaciones por un nuevo alto el fuego seguían estancadas, Washington había endurecido sus sanciones y bloqueado puertos, y el propio presidente iraní reconocía que el comercio exterior se había reducido en un tercio. La inflación anual alcanzó el 66 % en julio. En enero, el gobierno de la República Islámica había reprimido con violencia las protestas por la crisis económica: una organización de derechos humanos contó, a mediados de ese mes, al menos 3.428 muertos. La responsabilidad de esa represión es de quienes la ejecutaron. Pero para millones de iraníes, cada intervención extranjera se inscribe en un relato que comienza en 1953 y que el poder aprovecha para presentar a toda oposición como una agente del exterior.

Las preguntas son inevitables y no tienen respuesta segura. ¿Qué habría pasado si el Parlamento iraní hubiera seguido gobernando y la nacionalización hubiera ido por el cauce que Mossadegh buscaba? ¿Habría sobrevivido una monarquía constitucional en la que el Sha reinara sin gobernar, como pedía el primer ministro? ¿Habría existido la SAVAK, y con ella el resentimiento acumulado que la revolución de 1979 capitalizó? ¿Habría tomado el poder un clero que nunca tuvo un partido político fuerte, o habría encontrado otro país enfrente? ¿Existiría la desconfianza de hoy entre Teherán y Washington, que hace que cualquier gesto se lea como una trampa? Nadie puede afirmar qué habría ocurrido. Lo documentado es que hubo una alternativa elegida por el Parlamento, y que una agencia extranjera la eliminó con dinero, mentiras y una bomba plantada por falsos comunistas.

Por Ignacio Stankewitsch