Misiones Para Todos

Lula ganó, América Latina tomó posición

La reelección de Lula, la fuga de Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos y las reacciones de los gobiernos latinoamericanos han dado dimensión internacional a una disputa nacida en Brasil. En una región marcada por las rivalidades ideológicas y el renovado protagonismo de Washington, el resultado electoral también puso a prueba las relaciones entre Estados.

El domingo 25 de octubre, los brasileños eligieron presidente. Tres días después, el candidato derrotado llegaba a Miami, tras pasar por la Argentina y Ecuador, y se proclamaba víctima de un golpe electoral. Donald Trump había cuestionado la transparencia de los comicios mientras gran parte de América Latina se pronunciaba sobre el resultado.

Luiz Inácio Lula da Silva obtuvo su cuarto mandato presidencial con el 51,79% de los votos válidos, frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro. La diferencia superó los 4,4 millones de sufragios. Fue un resultado singular: Bolsonaro había terminado primero en la vuelta inicial, pero Lula consiguió revertir esa ventaja en el balotaje.

El candidato derrotado se negó a reconocer inicialmente el triunfo de Lula. Cuestionó la decisión judicial que extendió dos horas la votación y anunció que pediría la anulación de los comicios. La controversia tenía una particularidad: ambas campañas habían solicitado una prórroga, aunque con distinto alcance. Lula reclamó una extensión nacional y Bolsonaro la había pedido para determinadas localidades afectadas por problemas climáticos.

El Partido Liberal, al que pertenece Bolsonaro, terminó reconociendo oficialmente el resultado, aunque mantuvo objeciones sobre el procedimiento electoral. Flávio Bolsonaro siguió otro camino. Mientras la justicia brasileña lo investigaba por presuntas irregularidades financieras y le ordenaba entregar sus pasaportes, abandonó el país con su familia. Desde Estados Unidos publicó una carta en la que inicialmente se presentó como presidente electo.

Luego modificó el texto y se atribuyó la condición de legítimo líder de Brasil. También agradeció públicamente a Javier Milei por haberlo ayudado durante el viaje y a Donald Trump por recibirlo en territorio estadounidense.

Lula será presidente por cuarta vez en Brasil.
Lula será presidente por cuarta vez en Brasil.

La reacción de Trump merece especial atención. El 26 de octubre sostuvo que la elección brasileña parecía haber sido manipulada, aunque no aportó pruebas. Al mismo tiempo, afirmó que él no había tomado partido entre los candidatos y recordó que mantenía una buena relación con Lula.

El 31 de octubre agregó que Bolsonaro podía permanecer en Estados Unidos todo el tiempo que quisiera, pero aclaró que no tenía previsto reunirse con él. Ese mismo día, el secretario de Estado, Marco Rubio, negó que su gobierno hubiera facilitado la salida del candidato derrotado de Brasil.

Washington había autorizado su ingreso, pero no había reconocido su pretensión de atribuirse la presidencia brasileña. La distinción es importante: disentir con un resultado electoral no equivale a desconocer formalmente al vencedor.

La continuidad de Lula adquiere especial relevancia en una América Latina donde varios presidentes mantienen relaciones de estrecha afinidad política con Trump. Brasil, por su dimensión económica, demográfica y territorial, ocupa un lugar que ningún otro país sudamericano puede reemplazar. Su reelección impide imaginar una región políticamente homogénea y alineada con Washington. Tampoco anuncia el regreso de un bloque latinoamericano semejante al de comienzos de siglo. Las afinidades partidarias ya no permiten explicar por sí solas el comportamiento de los gobiernos.

Las felicitaciones a Lula ofrecen una muestra interesante. Claudia Sheinbaum, Yamandú Orsi y Miguel Díaz-Canel celebraron su victoria. También lo hicieron mandatarios de orientación conservadora, como José Antonio Kast, Santiago Peña, Daniel Noboa y Keiko Fujimori. Kast conversó telefónicamente con Lula y destacó la importancia de continuar trabajando en integración económica y seguridad. Peña subrayó la agenda compartida entre Paraguay y Brasil. Noboa se refirió a los desafíos comunes de la región.

Especialmente ilustrativa fue la reacción del presidente colombiano, Abelardo de la Espriella. Después de reconocer sus profundas diferencias políticas e ideológicas con Lula, sostuvo que Brasil y Colombia se necesitan mutuamente. Ninguno de ellos necesitó modificar sus convicciones para reconocer el resultado electoral de un país vecino.

También hubo silencios. Javier Milei no felicitó públicamente a Lula y el gobierno argentino confirmó que no emitiría un saludo oficial. El contraste resulta particularmente significativo: incluso Nayib Bukele, muy cercano políticamente a Donald Trump, envió una carta de felicitación al presidente brasileño. Venezuela también transmitió su reconocimiento institucional, aunque Delcy Rodríguez no se pronunció personalmente.

Milei no saludó a Lula por la victoria y facilitó la fuga de Flávio Bolsonaro de Brasil a Estados Unidos.
Milei no saludó a Lula por la victoria y facilitó la fuga de Flávio Bolsonaro de Brasil a Estados Unidos.

El caso argentino adquiere una significación particular por la importancia de Brasil para nuestra economía y por los acontecimientos posteriores. El paso de Flávio Bolsonaro por territorio argentino provocó un nuevo episodio de tensión diplomática. Según fuentes del gobierno brasileño, la Cancillería convocó a María Emilia Cortés, encargada de negocios de nuestro país en Brasilia, para pedir explicaciones sobre la posible participación argentina en la salida del candidato derrotado.

La controversia alcanzó directamente a las relaciones entre dos Estados vecinos, cuyos intereses económicos y estratégicos difícilmente puedan quedar sujetos a sus diferencias ideológicas. Para la Argentina, Brasil representa un socio comercial fundamental, un destino central para numerosas exportaciones industriales y una pieza indispensable del Mercosur. Las diferencias entre Milei y Lula son conocidas. La interdependencia entre ambos países también.

La victoria de Lula se produce, además, en un contexto de renovado despliegue de la influencia estadounidense en América Latina. Trump mantiene vínculos estrechos con varios gobiernos de la región y dispone de instrumentos económicos y diplomáticos para ejercer presión. Brasil, por su parte, conserva relaciones relevantes con Washington, Beijing, los BRICS y sus vecinos sudamericanos.

Pese a las tensiones, los canales diplomáticos siguen funcionando. El 30 de octubre, el canciller brasileño Mauro Vieira y Marco Rubio conversaron durante la reunión de ministros de Relaciones Exteriores del G20 y acordaron mantener un encuentro bilateral antes de la próxima cumbre de líderes.

El episodio brasileño invita a mirar más allá de la tradicional división entre gobiernos de izquierda y de derecha. Esas categorías describen afinidades políticas, pero resultan insuficientes para comprender las decisiones de países que comercian con China, mantienen vínculos estrechos con Estados Unidos y necesitan cooperar con vecinos cuyos gobiernos sostienen posiciones diferentes.

El triunfo de Lula y la fuga de Bolsonaro muestran hasta qué punto las disputas políticas nacionales pueden proyectarse sobre las relaciones internacionales. Es natural que los presidentes tengan afinidades políticas o ideológicas. Pero gobernar exige reconocer un límite: no pueden elegir su geografía ni desconocer los intereses permanentes que vinculan a sus países con sus vecinos.

Por Jorge Argüello-Presidente de la Fundación Embajada Abierta y exembajador ante ONU, Estados Unidos y Portugal.