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¿Por qué la gente vota contra sus propios intereses? (segunda parte)

Identidad

Llamémosla Juana. Tiene cuarenta y nueve años, cuida ancianos a domicilio en el este de Kentucky y su hija tiene asma. En la clínica del pueblo, una coordinadora le explica que califica para un seguro casi gratuito. Son diez minutos de trámite. Juana mira el formulario como dudando. Dice que no. Dice que su padre bajó a la mina durante treinta años sin pedirle nada a nadie, que su familia no vive de planes, que eso no es para nosotros. En su casa hay una foto del padre con el casco de minero, colgada junto a la Biblia.

La coordinadora insiste: no es un favor, es un derecho. Juana no discute. Sonríe, cansada, y se va con el inhalador comprado a precio carísimo.

No es orgullo tonto. Es lealtad. Firmar ese papel sería declarar que su gente estaba equivocada. Y hay cosas que cuestan más que un inhalador.

En 1970, el psicólogo Henri Tajfel hizo en Bristol un experimento que todavía incomoda. Reunió a chicos de catorce y quince años, los dividió en dos grupos con un criterio trivial, una supuesta preferencia por Klee o por Kandinsky, y les pidió repartir dinero entre desconocidos. La asignación, en realidad, fue azar. Daba igual. Los chicos favorecían a los suyos, incluso cuando eso les hacía ganar menos en términos absolutos. Preferían ganar pertenencia grupal antes que ganar más.

  Con su discípulo John Turner, Tajfel formalizó la idea: parte de lo que somos viene de los grupos a los que pertenecemos, y necesitamos que esos grupos valgan más que los otros. Es la célebre Teoría de la Identidad Social. Un grupo no es solo un dato sociológico: es una prolongación del yo.

  Trasladalo a las urnas. Los filósofos y economistas Geoffrey Brennan y Loren Lomasky distinguieron el voto instrumental, que busca un resultado, del voto expresivo, que busca decir algo. Tu voto define una elección con una probabilidad casi nula; sale barato. Y lo barato se usa para expresarse, como se grita en un estadio alentando a un equipo: no para mover el marcador, sino para estar ahí. Votar se vuelve un carnet de pertenencia.

  El cerebro tiene sus razones. Durante casi toda nuestra historia, ser expulsado del grupo equivalía a morir. Hoy, estudios de neuroimagen muestran que la exclusión social activa circuitos asociados al dolor físico. Entre la billetera y la tribu, el sistema nervioso elige la tribu. No por irracional, sino por instinto antiguo.

  Un operador de esta guerra híbrida en que el mundo actual está inmerso entiende esto mejor que la mayoría de los partidos. No necesita inventar identidades: las encuentra, las amplifica y las enfrenta. Como dice la canción: “Somos distintos, por eso nos matamos”.

  El trabajo del operador tiene cuatro movimientos.

 Primero, convertir un tema económico en un tema de identidad. Nadie se enamora de una teoría económica. Pero todos defienden a la “gente de bien” frente a los “parásitos”. En Brasil, Jair Bolsonaro hizo del "cidadão de bem" el sujeto de su campaña; seguridad e impuestos dejaron de ser políticas y pasaron a ser una frontera moral. En el Reino Unido, "Take back control" tradujo regulaciones, comercio y presupuestos a una sola palabra: soberanía. Cornualles, una de las regiones más beneficiadas por los fondos europeos, votó irse con el 56 por ciento.

  Segundo, fusionar el yo con el líder. La gorra roja de Donald Trump no es merchandising, es un uniforme. La camiseta amarilla de la selección brasileña dejó de ser de todos para volverse de un bando. Si el líder es uno, atacarlo es atacarte. El insulto al adversario hace el resto: es el ritual que renueva el pacto. Quien lo repite en voz alta no informa, jura lealtad. Trump lo dijo sin pudor en 2016: podía pararse en la Quinta Avenida y disparar a alguien sin perder votos. Tenía razón, y por eso nos tiene que importar y preocupar.

 Tercero, fabricar el outgroup: un ellos amenazante y sin rostro. El migrante, el zurdo, el globalista, la casta. El ellos funciona mejor cuando pierde el rostro. Con una persona se puede conversar; con una categoría, no. En junio de 2016, un cartel de Nigel Farage mostraba una fila interminable de refugiados bajo la frase "Breaking Point". La foto se había tomado en la frontera de Eslovenia. Poco importaba. En Brasil, en 2018, circuló en redes sociales el "kit gay", un material escolar que jamás llegó a las aulas ni siquera como propuesta. Y la Internet Research Agency rusa fue más lejos: administró páginas falsas que simulaban ser activistas negros, cristianos evangélicos y patriotas texanos, para que cada identidad real tuviera un enemigo a medida.

Cuarto, amenazar el estatus. No te dicen que vas a perder plata. Te dicen que vas a dejar de ser quien siempre fuiste. Ser el hombre que sostiene su casa, la mujer que no se deja dominar, el patriota, el obrero: son rótulos, y los rótulos se pueden alterar. En 2018, la politóloga Diana Mutz publicó un estudio según el cual la amenaza de estatus, y no la dificultad económica, explicaba mejor el voto a Trump en 2016. La billetera quedó en segundo plano. Cuando Hillary Clinton habló de una "canasta de deplorables", la frase fue dicha sobre la mitad de los seguidores de Trump, pero millones se oyeron incluidos sin motivo real.

 Argentina conoce el resultado. La grieta funciona como identidad total: kuka y gorila, casta y anticasta, y una mesa familiar donde ya no se habla de política porque ya se discutió todo lo demás. Cuando el conflicto se vuelve totalidad, cualquier dato se lee como pertenencia. Un hospital, un precio, un decreto: nada es neutral. Todo es un carnet.

Si votar es ser, la parte racional llega tarde. Compite con un argumento contra algo que ya funciona como estructura de la personalidad. Un plan de salud, una tabla de costos, una proyección de empleo: son respuestas a una pregunta que el votante no está haciendo. Él pregunta quién es y de qué lado queda parado. Y se le contesta con frases hechas para alimentar un supuesto e inexistente sentido comun. Esto no vuelve inútil a la información y los datos. Los vuelve insuficientes.

  Por eso fracasa con tanta regularidad el reflejo clásico de la política profesional: apilar datos y esperar. Cada dato que contradice la identidad no la corrige, la activa. Se lee como un  ataque a la identidad. El votante cierra filas. Cuanto más lo apurás con la evidencia, más firme se queda.

 Pedirle a alguien que vote por sus intereses reales suena razonable hasta que se traduce como: dejá de ser vos mismo, tu grupo, tu gente. Nadie acepta ese canje, ni conviene que lo acepte. Una persona sin pertenencia es una persona sin defensa. Hay una pregunta previa, más fea, que la oferta racional evita: qué ofrece a cambio de lo que le pide al votante que suelte.

  La salida, si existe, no consiste en convencer a nadie de que sea otro. Consiste en ofrecer una manera de ser que no obligue a elegir entre la lealtad y la salud, entre el orgullo y el inhalador. Una política capaz de decirle a Juana que firmar ese formulario no traiciona a su padre. Casi nadie lo intentó. Los que sí lo hicieron descubrieron que no alcanza con tener razón: hay que ofrecer también un lugar donde quedarse, donde seguir siendo y perteneciendo. Quien opera la guerra híbrida, en cambio, escribe guiones de pertenencia todos los días. Guiones falaces, engañosos.

  Y eso es lo más inquietante. Porque si votar es ser, alguien tiene que describir quién somos. ¿Y si quien nos describe como creemos ser ya no somos nosotros mismos?

Por Ignacio Stankewitsch

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Link: ¿Por qué la gente vota contra sus propios intereses? (primera parte)