Misiones Para Todos

Casta, inflación y destrucción

El gobierno que prometió dinamitar la casta termina organizando sus propios blindajes. La imagen de Milei se vuelve más errática mientras la economía real sigue desangrándose. Los gobernadores, atrapados entre la supervivencia y el costo político de acompañar un experimento que ya empieza a perder el monopolio del enojo. En Misiones, mientras tanto, Passalacqua sigue caminando el territorio y Encuentro Misionero mueve fichas de cara al nuevo escenario

En Joker, la película de Todd Phillips, hay una escena donde todo deja de parecer un accidente y empieza a verse como síntoma. Arthur Fleck ya no es solamente un hombre roto: es el producto de un sistema que perdió completamente el sentido de realidad. La ciudad sigue funcionando, los estudios de televisión siguen al aire, los políticos siguen hablando, pero abajo hay otra cosa. Bronca. Cansancio. Una sensación de descomposición
que ya no entra en el decorado.

Argentina empezó a parecerse demasiado a esa atmósfera. Probablemente sea una exageración. Pero no parece.

El gobierno de Javier Milei llegó con la promesa de terminar con la casta, bajar la inflación y ordenar el país. Lo curioso —y ahí conviene detenerse un segundo— es que con el correr de los meses empezó a parecerse cada vez más a aquello que decía combatir. No en el discurso, ojo. El discurso sigue siendo furioso, a veces hasta entretenido. Sino en los mecanismos. En los reflejos. Protección de los propios, construcción de enemigos, relatos
heróicos y una lógica donde el poder siempre tiene explicación para lo ajeno pero casi nunca para lo propio.

El caso de Manuel Adorni terminó exponiendo eso con crudeza. Y se dice caso porque no hay bien un nombre para ponerle. Escándalo es muy fuerte. Ruido, tal vez. Sospecha. La cuestión no es tanto el funcionario en sí —cada cual que saque sus conclusiones— sino la reacción posterior. El Gobierno nacional montó una escena de respaldo total. Javier Milei y Karina Milei se mostraron con él durante toda la semana y después encabezaron una reunión de gabinete atravesada por la tensión interna, el último día de la semana.

La postal fue extraña incluso para los códigos libertarios.

Patricia Bullrich, que días antes había pedido públicamente que Adorni presentara de inmediato su declaración jurada, terminó sentada en la misma mesa mientras el Presidente abría el encuentro con un discurso de media hora dedicado a ratificarle apoyo político al jefe de Gabinete. Si hay que hablar media hora para respaldar a alguien, algo no está del todo bien. Detalle.

Después fue el propio Adorni quien tomó la conducción de la reunión para hablar del plan de gestión 2026/2027. Todo muy normal en un gobierno que llegó diciendo que venía a romper con las prácticas de la vieja política. La diferencia —y ahí va una frase para anotar— es que antes denunciaban blindajes. Ahora los organizan.

Y mientras eso pasa, la imagen de Milei empieza a entrar en una zona más extraña. Más errática. Más desconectada. El escándalo de la reunión —o el ruido, como se prefiera llamarlo— dejó una sensación incómoda incluso entre aliados circunstanciales del Gobierno. Hay algo que ya no parece solamente desorden político. Empieza a parecer desgaste emocional del poder. Y eso es más difícil de revertir que una mala encuesta.

También aparece otro rasgo preocupante: el desprecio cada vez más abierto hacia el periodismo profesional. El Gobierno convirtió cualquier investigación incómoda en una operación y cualquier pregunta incómoda en un ataque. Es una lógica peligrosa. No se trata de ofensas personales —los periodistas ya tienen la piel curtida— sino de un patrón conocido: los gobiernos autoritarios siempre necesitan desacreditar primero a quienes
hacen preguntas. Después viene el resto.

Eso deja a los gobernadores en un lugar imposible. Y en este punto conviene hablar con conocimiento de causa, porque a muchos se los conoce, se los ve en los pasillos, se los escucha quejarse en off.

Porque muchos acompañaron al Gobierno por necesidad, por supervivencia o por cálculo. Algunos creyeron genuinamente en la posibilidad de estabilizar la economía. Otros entendieron que pelearse con un presidente recién asumido podía ser suicida. Pero el problema aparece cuando el costo político empieza a ser más grande que el beneficio institucional. Hoy varios gobernadores —no hace falta mencionarlos— parecen rehenes de una administración que cambia de humor, de prioridades y de enemigos cada semana.

Y en el medio de semejante crisis económica, la agenda oficial muchas veces entra en un terreno absurdo. Mientras hay discusiones urgentes sobre discapacidad, medicamentos, universidades o caída del consumo, el Gobierno insiste con cortinas de humo como la reforma electoral o la eliminación de las PASO. Ojo: que las PASO puedan discutirse tiene lógica. Que el sistema electoral argentino necesita reformas, también. El problema es el contexto. Hay algo profundamente desconectado en discutir ingeniería política mientras hay familias enteras tratando de sobrevivir a fin de mes.

Ahí aparece la gran contradicción libertaria. Y esto es lo que más crispa. Construyeron identidad alrededor de la idea de racionalidad económica, pero gobiernan muchas veces desde el impulso. Hablan de austeridad mientras la política sigue protegiendo privilegiados propios. Hablan contra la corrupción mientras salen desesperados
a blindar dirigentes apenas quedan bajo sospecha. Hablan de libertad mientras la crueldad se vuelve método discursivo.

Y eso empieza a generar una fatiga social distinta. No es la fatiga del 2001. Es más silenciosa. Más doméstica.

Porque la inflación podrá desacelerarse en algunos indicadores, pero el deterioro cotidiano sigue ahí. Comercios vacíos. Profesionales que ya no llegan. Jubilados contando monedas.Familias enteras ajustando alimentos. La economía real no vive en las redes sociales. Vive en supermercados, farmacias y boletas de servicios. Es la heladera, estúpido.

Lo más delicado para el Gobierno es que empieza a perder el monopolio emocional del enojo. Milei interpretó como nadie la bronca contra el sistema. El problema es que ahora empieza a convertirse en destinatario de esa misma frustración.

Y cuando eso pasa, el poder entra en otra etapa. Una que ya se vio antes, con otros colores y otras caras.

Por eso los gobernadores dudan. Algunos todavía acompañan porque no ven alternativa clara. Otros empiezan a despegarse lentamente. Nadie quiere quedar pegado a un experimento que prometía dinamitar la casta y terminó construyendo su propia versión, más ruidosa, más agresiva y bastante menos eficiente de lo que decía combatir.

La política argentina tiene experiencia en sobrevivir crisis. Lo que no siempre sobrevive es la paciencia social. Y eso es lo que empieza a sentirse abajo del ruido.

Hugo sigue caminando

Mientras buena parte de la política nacional se consume entre internas, escándalos y funcionarios que se protegen entre ellos como si estuvieran atrapados en una reunión de consorcio sin presidente, en Misiones la escena empezó a tomar otro ritmo. El gobernador Hugo Passalacqua sigue caminando. Y no es una frase hecha, aunque lo parezca.

En política, caminar el territorio sigue siendo una forma bastante más efectiva de medir el clima social que cualquier encuesta maquillada o cualquier hilo de redes sociales armado por consultores de escritorio. El gobernador entendió algo elemental: la crisis económica dejó a la gente sin paciencia para las puestas en escena. Por eso el movimiento volvió al territorio.

Ahí aparece también la idea que Carlos Rovira viene repitiendo desde hace tiempo, y que en las últimas semanas volvió a tomar cuerpo: el poder está en la gente. No en las estructuras cerradas, no en los sellos partidarios ni en las oficinas con aire acondicionado. En la gente. Esa definición explica bastante de lo que empezó a verse con Encuentro Misionero.

En ese contexto también tomó forma otra definición política: acompañar en el Congreso la reforma electoral impulsada por Javier Milei. No porque la discusión electoral sea hoy la principal preocupación de la sociedad —claramente no lo es— sino porque dentro del paquete de reformas aparecen puntos que sí tienen lógica en medio de una crisis feroz. La eliminación de las PASO, por ejemplo, dejó de leerse solamente como una discusión política
y empezó a verse también como una discusión de gasto y prioridades.

Encuentro Misionero parece haber entendido que una cosa no contradice la otra. Se puede sostener que la economía real es la urgencia central y al mismo tiempo acompañar cambios que reduzcan costos de una política que hace tiempo perdió capacidad de explicar ciertos privilegios. Ahí aparece otra vez el pragmatismo misionero: evitar las discusiones ideológicas absolutas y moverse según lo que demanda el contexto. Ni alquimia ni
fundamentalismo: gestión.

Mientras tanto, en los pasillos del poder provincial empezó a circular otra versión que ya pocos toman como simple rumor. El Partido Agrario y Social, conducido por Héctor "Cacho" Bárbaro, aparece cada vez más cerca de algún tipo de acuerdo político con Encuentro Misionero. Nada cerrado todavía, pero conversaciones que dejaron de esconderse demasiado. En ese esquema también asoma el intendente de Colonia Aurora, Carlos "Cali"
Goring, con buen vínculo político y territorial. Su esposa, Elvani Goring, comparte bancada en la Legislatura provincial con el propio Bárbaro, y eso alimenta todavía más las especulaciones sobre un posible entendimiento futuro.

Por ahora nadie confirma nada. Pero en política, cuando demasiados dirigentes empiezan a coincidir en los mismos lugares —y en las mismas mesas— generalmente es porque algo se está moviendo.

Y atrás, bastante más atrás, también empiezan a aparecer algunos radicales mirando de reojo la posibilidad de no quedarse afuera del nuevo armado. Ariel "Pepe" Pianesi asoma en esa fila de espera silenciosa que siempre existe cuando el poder empieza a reorganizarse. Incluso ya dejó trascender la hipótesis de que sería nefasto para la provincia un gobierno de La Libertad Avanza. Un guiño difícil de disimular.

La política misionera tiene una particularidad: rara vez se queda quieta demasiado tiempo. Cuando el escenario nacional se vuelve caótico, acá suelen acelerarse los movimientos. Algunos por convicción. Otros por supervivencia.

Passalacqua entendió que había que volver a caminar. Rovira volvió a marcar el rumbo. Y varios empezaron a sacar cuentas antes de que el cierre de listas los encuentre mirando desde afuera.

Por Sergio Fernández