Aversión a la pérdida y miedo
Imaginá a un hombre. Cuarenta y dos años, dos hijos, una casa de dos ambientes en el conurbano que terminó de levantar con sus manos, una moto en treinta y seis cuotas. Gana lo justo. Los chicos cenan todas las noches. Es todo lo que tiene, y conoce el inventario de memoria.
Se presenta un candidato. Le dice: si me votás, tus ingresos se duplican en cuatro años. Hay riesgo. Habrá cambios. No todo saldrá bien.
Se presenta otro. Le dice: conmigo no vas a estar mejor. Pero si gana el otro, perdés la casa, la moto y la comida de tus hijos.
Esa noche el hombre no duerme. Piensa en la cocina, en las camas de los chicos, en el candado del portón. Repasa las cuotas. Mira la puerta. Siente, debajo de las costillas, algo que no figura en ningún programa de gobierno.
Y vota al segundo. No por amor. Por pánico.
En 1979, Daniel Kahneman y Amos Tversky publicaron la teoría de las perspectivas y, con ella, la pieza más incómoda de la economía conductual: perder y ganar no pesan lo mismo. Perder cien pesos duele, en promedio, el doble de lo que alegra ganarlos. Por eso, para aceptar una apuesta a cara o ceca en la que arriesgás cien, casi nadie se conforma con la chance de ganar cien. Se retira del juego.
La razón no es aritmética. Es evolutiva. El cerebro no fue diseñado para optimizar: fue diseñado para sobrevivir. El ancestro que subestimaba una ganancia perdía una oportunidad. El que subestimaba una pérdida perdía la vida. La selección natural no dudó sobre cuál de los dos errores era más caro. Una revisión célebre del psicólogo Roy Baumeister lo resumió en el título: lo malo es más fuerte que lo bueno.
Ahora sumá la escasez. Los economistas Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir mostraron que la carencia acapara la atención: quien llega justo a fin de mes piensa en el fin de mes, y le queda menos mente para todo lo demás. En ese estado el sesgo se agrava. Cada peso es un montón. Cada pérdida es una tragedia griega. El optimismo es un lujo que se puede permitir.
No hay irracionalidad en esto. Hay una racionalidad de supervivencia. Quien tiene poco no pesa lo que podría ganar. Pesa cuántos días aguanta si lo pierde. Se vuelve ultraconservador de lo poco que tiene. Y eso, para quien sabe leerlo, es una varita mágica.
La guerra híbrida entendió algo que la publicidad había entendido antes: nadie se moviliza por lo que podría tener. Pero por lo que podría perder, sí. Su trabajo no consiste en prometer. Consiste en amenazar. Con tres técnicas, siempre las mismas.
La primera es la pérdida inventada. No te van a quitar algo que tenes. Te van a quitar algo que nunca tuviste y que, sin embargo, creés tener: la libertad, el futuro venturoso, la clase social (a la que no pertenecés), los privilegios. En 2018, la campaña de Jair Bolsonaro repitió que Brasil iba a convertirse en Venezuela. En media región prosperó una consigna gemela: con la educación sexual, el Estado te va a sacar a tus hijos; el movimiento "Con mis hijos no te metas" nació en Perú en 2016 y se replicó de país en país. Donald Trump hizo de la pérdida una frase: "Make America Great Again" es sobre algo que se fue, o lo que crees que fue. Y en su asunción de 2017 habló de "carnicería americana". En su lanzamiento, en 2015, dijo que México y China se estaban llevando los empleos de los estadounidenses. La amenaza no necesita ser real. Necesita ser verosímil para el Sistema 1, el de la heurística.
La segunda es la cuenta regresiva. El miedo exige urgencia, porque la urgencia anula el largo plazo. En septiembre de 2016, el ensayo "The Flight 93 Election", de Michael Anton, comparó los comicios con un avión secuestrado: se carga contra la cabina o se muere. La consigna cambia de forma, es ahora o nunca, es la última oportunidad, si ganan no se van más, pero cumple la misma función: apagar el Sistema 2, el del pensamiento crítico. Nadie vota su interés a diez años cuando cree que mañana lo pierde todo. El reloj no está en el calendario electoral. Está en el cuerpo del votante, hecho miedo.
La tercera es el testimonio del que perdió. Una inundación tóxica de casos testigo, curada y repetida: el comerciante fundido por los cortes de calle, la familia asaltada por un migrante, el empresario al que el Estado le puso la mano en el cuello. Cada caso puede ser verdadero. El conjunto es falso, porque la proporción desaparece. Es la amplificación y repetición, un motor de miedo. Los sistemas de recomendación gobergadas por los algoritmos de las redes sociales, que miden atención, descubren pronto que el miedo la retiene. En Estados Unidos, Gallup pregunta desde 1993 si el crimen aumentó respecto del año anterior; en la gran mayoría de las mediciones, la mayoría respondió que sí, incluso en años en que las cifras oficiales bajaban. El votante no vota entonces por sí mismo. Vota contra el monstruo que puede quitarle lo suyo.
El Brexit usó un mapa: una campaña a favor de la salida afirmó que Turquía, con setenta y seis millones de habitantes, estaba por ingresar a la Unión Europea. No lo estaba. En Argentina, Javier Milei llama robo a los impuestos y casta a quien se beneficia por los impuestos (jubilados, discapacitados, estudiantes, personas con enfermedades) La presión fiscal como despojo diario. Ninguna frase describe un hecho. Cada una activa un reflejo defensivo. Todos venden lo mismo. Protección contra una pérdida.
Compará las ofertas. La democracia liberal ofrece ganancias futuras, abstractas y repartidas: más derechos, mejor distribución, más Estado. Nadie sabe cuánto le toca ni cuándo llega. La guerra híbrida ofrece evitar una pérdida presente, concreta y personal: que no te roben, que no te quiten. Todos saben qué es lo suyo y quién viene por eso. O creen que saben.
En el cerebro humano, el miedo le gana a la razón. No por maldad ni por ignorancia: por diseño. Una promesa pide imaginación. Una amenaza se siente en el cuerpo, en el pulso, en la boca seca. Y lo que se siente en el cuerpo no se rebate con evidencias. Y el miedo, a diferencia de la esperanza, no necesita explicación ni mucha paciencia.
Ahí está la trampa perfecta. Quien quiere desactivar el miedo con datos le habla a un sistema que ya dejó de escuchar. Quien quiere desactivarlo con otro miedo cae en el mismo mecanismo y lo legitima. En el balotaje argentino de 2023, cada campaña advirtió que el otro destruiría lo que el votante más temía perder: de un lado, la salud, la educación y la jubilación públicas; del otro, el salario y los ahorros devorados por la inflación. Dos miedos compitiendo, y un votante en el medio.
Cuando los dos candidatos hablan el idioma del pánico, el votante no elige un futuro. Elige a qué amenaza decide creerle.
Entonces la pregunta se vuelve trágica. ¿Cómo se le gana al miedo sin crear un miedo más grande del otro lado? ¿Estamos condenados a una política de dos miedos compitiendo, donde cada elección es un referéndum sobre quién nos asusta mejor? ¿Y qué historia haría falta contar para que el miedo deje de ser la única lengua en la que un país pueda hablar de su futuro?
Por Ignacio Stankewitsch
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