Disonancia cognitiva y negacionismo
Un año después, Pedro cobra menos que antes. Paga más de luz, más de transporte, más de remedios. El turno en el hospital que le daban en una semana ahora demora tres meses. Lo sabe. Su mujer lo sabe desde hace rato. Lo sabe hasta el cuñado que no abre la boca en el asado y mira la parrilla que cada vez queda más grande para lo que se le pone encima.
Pero esta tarde llega un móvil de televisión a la cuadra y una periodista le acerca el micrófono. Pedro se endereza. "Había que pasar por esto", dice. "Estamos pagando la fiesta de antes." Y después, con una sonrisa canchera: "Por lo menos ahora no nos roban."
No está mintiendo. Está sosteniendo una pared. Si la suelta, se le cae encima el año entero: el voto, la pelea con el hermano, la cara que puso cuando ganó. Rubén no defiende un gobierno. Defiende al hombre que le eligió una identidad. Y para poder sostener esa pared niega la realidad, pero ni se entera que la está negando.
En 1954, una mujer de Chicago anunció que el mundo terminaría con una inundación el 21 de diciembre. Un platillo volador rescataría a sus seguidores a medianoche. El psicólogo León Festinger infiltró el grupo con tres colegas. Quería ver qué pasaba cuando la profecía fallaba. A medianoche no llegó nadie, ningún extraterrestre mesiánico, ningúna nave interplanetaria. A las cuatro y media de la madrugada, la líder “recibió un mensaje”: la fe del grupo había salvado al planeta. Los seguidores, que antes esquivaban a la prensa, salieron a buscar periodistas. Creían más que antes.
Festinger lo llamó disonancia cognitiva. Cuando la realidad contradice una decisión que define quién soy, el cerebro no corrige la decisión. Corrige la realidad. Decir "me equivoqué" sale caro. Decir "me equivoqué y además me perjudiqué" sale carísimo. Decir "los datos mienten" sale barato.
En 1959, otro experimento lo mostró en versión mínima. A unos estudiantes les pagaron un dólar por decirle a otro que una tarea tediosa era divertida. A otros, veinte por decir la verdad. Los del dólar terminaron convencidos de que la tarea era entretenida: no tenían una excusa mejor para haber mentido. Los dos grupos eran iguales; lo único que cambiaba era el precio de la mentira. Cuanto menos te pagan por mentir, más necesitás creerte la mentira.
La mente dispone de tres herramientas. La negación: eso no pasó. La racionalización: pasó, pero tenía sentido sufrir ese momento. La proyección: pasó, y la culpa es de otro. Rubén las usa las tres antes del postre. Ninguna es cinismo. Son programación anestesia. Y toda anestesia necesita un proveedor.
La guerra híbrida no se retira después del voto. Se queda. Y trabaja más.
La primera técnica es el ecosistema de coartada. Todos los días, a cualquier hora, el votante recibe el material exacto para no sentir lo que debería sentir. Una infografía sin fuente que muestra que todo mejora. Un "economista" de YouTube que explica con calma que el dolor es una fase. Cuentas que repiten "vamos bien" en cada hilo, treinta veces, desde treinta rostros que no existen. Un conductor que llama sacrificio necesario a lo que el vecino llama hambre. Es una industria de analgésicos cognitivos. Sin ella, la disonancia le explotaría en la cara. Cuando Estados Unidos y China entraron en guerra arancelaria en 2018, los productores de soja del Medio Oeste perdieron a su principal comprador. Washington les giró unos 28.000 millones de dólares en ayudas. Muchos siguieron votando a quien había encendido el incendio. La explicación llegó sola: era una negociación, el dolor era momentáneo, China iba a ceder. Con el Brexit, el patrón se repitió: cuando en 2021 faltaron camioneros y se vaciaron góndolas, la explicación circuló más rápido que los camiones: era la pandemia, era algo pasajero.
La segunda es el negacionismo como identidad. Empieza negando un dato, la inflación no es tanta, y termina negando el mundo: no hay ajuste, hay reordenamiento; no hay más pobres, hay sinceramiento. La frase "estamos mal, pero vamos bien" viene de la Argentina de los noventa y funciona: el mismo sacrificio, con otro libreto. Brasil dio el caso extremo. En marzo de 2020, Jair Bolsonaro llamó "gripecita" a una pandemia que mataría a más de setecientos mil brasileños, y millones de seguidores defendieron la frase con los muertos en la puerta de casa. El método viene de lejos. En 1969, un memorando de la tabacalera Brown & Williamson lo dijo sin pudor: la duda es nuestro producto. Décadas después se supo que los científicos de Exxon habían proyectado con precisión el calentamiento global mientras la empresa financiaba a quienes lo negaban. El negacionismo funciona siempre igual: si admitís un dato, se te cae la identidad entera. Por eso no se discute con datos. El dato se sufre como un ataque personal.
La tercera es el costo de salida. Para que nadie se desdiga, hay que encarecer la desdicha. Si dudás, sos tibio. Si te arrepentís, sos traidor. Si preguntás, sos un zurdo encubierto. Los castigos los aplican los propios compañeros de tribu, sin necesidad de órdenes. En 2022, Liz Cheney perdió su banca en la primaria republicana de Wyoming por casi cuarenta puntos, tras votar el juicio político a Trump. La lección llegó a todos los que miraban. En el Reino Unido, una mayoría dice hoy que salir de la Unión Europea fue un error; entre quienes votaron salir, solo una minoría lo admite. La puerta de salida del negacionismo cuesta amistades, asados, familia. Así la gente queda atrapada votando contra sus intereses para no perder a su tribu. Es una secta perfecta.
Si la heurística te hace caer, la identidad te hace quedarte y el miedo te impide irte, la disonancia sella la puerta por dentro. Ya no hace falta que te manipulen desde afuera. Vos mismo te censurás: la duda aparece y la apagás antes de terminar de pensarla. Oíste una cifra que no te gustó y cambiaste de canal sin decidirlo. Es el trabajo más eficiente que se le puede pedir a un operador político: que el operado haga el resto.
Eso vuelve inútiles las dos respuestas más naturales. ¿Más datos? No. Cada dato nuevo es una amenaza para quien necesita no sentir la herida. ¿Más insultos? Menos. El insulto confirma lo que la tribu ya les dijo: afuera hace frío, hay gente que te desprecia, quedate en la tribu. Quien llama idiota al que votó mal le regala la coraza que necesitaba.
Entonces, ¿con qué enfrentar esto? No hay receta. Apenas sabemos de qué estaría hecha la salida: de una puerta que no cueste todo. De una forma de decir "me equivoqué" que no equivalga a decir "no valgo nada". De alguien que no se burle. No sabemos fabricar eso. Tampoco sabemos si queremos ser nosotros quienes lo ofrezcan, sin cobrarlo después con una sonrisa o diciendo “yo te avisé”.
Y hay algo más difícil de decir. Nada de esto es un defecto de los otros. Pedro no es un caso. Es una configuración que nos incluye: cualquiera que haya sostenido una decisión después de saber que era mala, un noviazgo, un trabajo, una deuda, una idea, conoce el peso de esa pared.
Esta serie empezó con una pregunta sobre los otros: por qué esa gente vota contra sí misma. Sigue con una pregunta sobre nosotros. ¿Cuál es la decisión que vos no podrías desdecir sin que la pared te caiga encima? ¿Y cuántas veces, esta semana, preferiste tener razón en vez de tener los ojos bien abiertos?
Por Ignacio Stankewitsch
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